Capítulo 27 · Lo que hay debajo
Lo que hay debajo
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La Reina no se va.
Esa misma tarde se anuncia en el comedor: Su Majestad se quedará dos días en la Ciudadela, en las habitaciones del comandante, que el comandante desocupó con tanta prisa que dejó la mitad de sus medallas en un cajón. Y para honrar su visita, la quinta prueba de la Criba se adelanta.
La Prueba del Mediodía.
—Pasado mañana —dice Hesk en el Foso, con una voz más seca que nunca—. A la hora desnuda.
Nos explica las reglas mientras camina frente a la fila, con la manga vacía balanceándose.
Todos los cadetes de primer año a la vez, en el Foso, a mediodía.
Sin bastones. Sin cuchillos. Solo los jinetes y sus umbrías.
Pelean todos contra todos, y el último que quede de pie, gana.
Los que caigan, quedan fuera de la prueba, pero no de la Criba.
—¿Por qué a mediodía? —pregunta Brenna Ardane.
Hesk se detiene.
—Porque a mediodía, Ardane, el sol está justo encima, y las sombras son del tamaño de un plato. Y las umbrías también. —Mira la fila—. A la hora larga, cualquier idiota con un cuervo grande parece un guerrero. A la hora desnuda, se ve lo que hay debajo. Quién es jinete y quién es solo un pasajero.
Ninguno dice nada.
Hesk me mira a mí. Un segundo. Después sigue caminando.
—Pasado mañana. Duerman bien.
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No duermo bien.
Me paso la noche en la plataforma, sola, con la luna casi llena encima, haciéndole a Nadie la misma pregunta una y otra vez.
¿Qué te pasa a mediodía?
No lo sé. Nunca lo he probado. Desde que salí de la Fosa, a mediodía siempre estoy adentro: en el comedor, en la biblioteca, en clase de historia. Nunca he mirado mi sombra con el sol encima.
Así que a la mañana siguiente, cuando el sol empieza a subir, me escapo de la clase de armas y subo a la plataforma de mi torre.
Espero.
A media mañana, a la hora corta, mi sombra está a la mitad de su largo, como la de todos. Me quedo de pie en el centro de la piedra. Miro.
El sol sube.
Las sombras de la Ciudadela, abajo, se van encogiendo.
La del poste oxidado, a mi lado, se va acortando, se mete debajo de sí misma, hasta que es solo un círculo oscuro en la base.
Las sombras de las almenas, de las torres, de los puentes de piedra.
Todas se encogen. Todas se esconden debajo de las cosas que las proyectan, como animales que se meten en sus cuevas cuando pasa un halcón.
La mía no.
El sol llega arriba. Justo arriba. La hora desnuda.
Y mi sombra sigue ahí. Sobre la piedra. Larga. Negra. Del mismo tamaño que a la hora larga, estirada hacia el oeste como si el sol estuviera a punto de ponerse.
Como si el sol no le importara.
Me quedo mirándola mucho rato. Ella se queda quieta, perfecta, imposible.
—No puedes hacer eso —le susurro—. Mañana. Delante de todos. Tienes que achicarte. Como las demás. Tienes que…
Nadie se remueve. No como cuando quiere salir. Como cuando no entiende algo.
Le pido que se achique.
Lo intenta. La siento intentarlo, apretarse, encogerse. Y mi sombra se acorta, un poco, un palmo, dos. Y después se queda ahí, temblando, como un perro al que le piden que se pare en dos patas. Y de golpe vuelve a estirarse.
No sabe cómo.
Nunca ha tenido que hacerlo. Las otras umbrías se debilitan con el sol porque son pedazos. Fragmentos. Cosas pequeñas que necesitan oscuridad para existir.
Nadie no es un pedazo.
El corazón, pienso. El corazón no se apaga a mediodía.
Y mañana, en el Foso, delante de la Reina, todos lo van a ver.
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Esa noche bajo al Foso.
No sé qué busco. Quizás practicar en la oscuridad.
Quizás solo no estar en mi torre, mirando el techo, esperando el mediodía como se espera una ejecución.
Cruzo los patios pegada a las paredes. Hay guardias de plata por todas partes, la guardia de la Reina, con antorchas, en cada arco.
Paso entre ellos por las sombras, con Nadie estirándose delante de mí como un gato que guía el camino.
La sala de armas está debajo de las gradas del Foso.
Un pasillo largo y estrecho, de piedra, con estantes de bastones de entrenamiento a los dos lados, escudos de cuero colgados en las paredes, olor a sudor viejo y a aceite.
No hay ventanas. Solo una lámpara de aceite que alguien dejó encendida al fondo, casi apagada.
Agarro un bastón. Me pongo en guardia frente a la nada.
Y una voz dice, detrás de mí:
—Mañana no pelees.
Me doy vuelta tan rápido que casi le parto la cabeza con el bastón.
Está apoyado en el marco de la puerta. Con el uniforme de gala de la Legión, el de la escolta de la Reina, negro con plata en los puños. Con los brazos cruzados. Con la cara de piedra.
Cinco días sin tocarme. Cinco días cambiándose de pasillo cuando me ve venir.
Cinco días desde la torre de la campana rota, desde el bronce frío en mi espalda y sus manos debajo de mi camisa.
Y la única vez que me miró de frente, en el patio, fue para decirme con los ojos que la Reina es exactamente lo que yo empezaba a temer.
Y ahora está aquí.
—¿Perdón?
—Mañana no pelees. —Se despega del marco. Cierra la puerta detrás de él. El clic de la cerradura suena muy fuerte en el pasillo estrecho—. Haz lo que te enseñó el chico de las cocinas: cáete primero. Quédate en el borde del círculo, lejos del centro, lejos de ella. Que no te vea.
—Ya lo sabía.
—No. No sabes nada. —Da un paso hacia mí—. No sabes lo que es ella. No sabes lo que hace con las cosas que le interesan.
—Porque no me lo dices.
—Porque no puedo.
—No, porque no quieres. —Le apunto con el bastón al pecho—. Igual que no quieres mirarme. Igual que no quieres hablar de la torre. Cinco días, comandante. Cinco días como si no hubiera pasado nada.
Algo le cruza la cara. Rápido. Oscuro.
—La Reina duerme a doscientos metros de aquí —dice, muy bajo—. En la cama del viejo comandante, con sus medallas en el cajón. Y cada vez que te miro delante de ella, ella me mira a mí mirarte. —Otro paso—. ¿Quieres saber por qué no te miro? Porque no sé hacerlo sin que se me note.
El bastón me tiembla en la mano.
—Entonces no me mires —le digo.
Y lo ataco.
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No sé por qué lo hago. Sí sé. Porque si no le pego, voy a hacer otra cosa.
Él desvía el primer golpe con el antebrazo, sin esfuerzo. El segundo con la palma. El tercero lo atrapa en el aire, me arranca el bastón de las manos y lo tira al suelo, y el ruido de la madera contra la piedra rebota por todo el pasillo.
Le pego con el puño en el pecho. Me agarra la muñeca. Le pego con la otra. Me agarra esa también.
Y me empuja contra la pared.
Los estantes tiemblan. Un escudo de cuero se cae al suelo. Tengo la espalda contra la piedra fría, las dos muñecas atrapadas en sus manos contra la pared, a la altura de mi cabeza, y él está encima de mí. Todo el cuerpo contra el mío. Del pecho a las rodillas. Respirando fuerte.
—Para —dice.
—Suéltame.
No me suelta.
Nos quedamos así. Mirándonos. A la luz moribunda de la lámpara, con su aliento en mi cara y el mío en la suya.
Siento cada lugar donde nos tocamos. Sus muslos contra los míos.
Su pecho aplastándome los pechos, que suben y bajan contra él con cada respiración.
Sus dedos en mis muñecas, justo sobre el pulso, que se me ha vuelto loco.
Y él lo siente. Como en la plataforma, la primera noche. Lo siente, y se le oscurecen los ojos.
—Suéltame —repito. Pero ya no suena igual.
—Dímelo en serio —dice, ronco—. Dime en serio que te suelte, y te suelto.
No lo digo.
Levanto la barbilla. Lo miro a la boca.
Y él se rinde.
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No es como en la torre. En la torre hubo un momento antes, un segundo de duda, una pregunta. Aquí no. Aquí me besa como si llevara cinco días aguantando la respiración y por fin pudiera tomar aire.
Me sostiene las muñecas contra la pared con una sola mano.
Con la otra me agarra la mandíbula, me inclina la cara, me abre la boca con la suya.
Me besa hondo, lento, con una lengua que sabe exactamente lo que hace, y yo dejo de pensar.
Me arqueo contra la pared. Contra él. Y él mete una rodilla entre mis piernas.
Y presiona.
Se me escapa un sonido que no sabía que podía hacer. Alto. Desesperado. Rebota en las paredes de piedra del pasillo.
Theron me tapa la boca con la suya para callarlo.
—Shh. —Contra mis labios. Con algo que es casi una risa, oscura, ronca—. Hay guardias de la Reina en el patio.
—Entonces apaga el sonido.
—No. —Me muerde el labio inferior. Tira. Lo suelta—. Si lo apago, ella lo siente. Siente todo lo que hago con la sombra. Vas a tener que aguantar.
Y vuelve a presionar con la rodilla. Despacio. Un movimiento lento, deliberado, hacia arriba.
Me muerdo el labio hasta que me sangra para no gritar.
—Así —susurra contra mi oído, con la boca pegada a mi piel—. Calladita. Puedes, ¿verdad?
No puedo. No puedo nada. Me suelta las muñecas y yo le agarro la chaqueta de gala con las dos manos, le arranco el cuello, le busco la piel del cuello con la boca.
Sus manos bajan por mis costados. Me agarran las caderas.
Me levantan, apenas, contra su muslo, y me mueven sobre él, una vez, dos, tres, con un ritmo lento que me deja ciega.
Le muerdo el hombro a través de la tela para no gritar.
Y bajo la mano. Por su pecho, por su vientre, por la hebilla del cinturón. Lo siento contra la palma a través del pantalón, duro, enorme, y él suelta el aire de golpe y se le doblan las rodillas, apenas, contra mí.
Le busco la hebilla.
Y su mano me atrapa la mía.
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—No.
Lo dice con los ojos cerrados. Con la frente apoyada en la piedra, al lado de mi cabeza. Con todo el cuerpo temblando contra el mío.
—Theron...
—No. Aquí no. —Abre los ojos. Me mira, a un dedo de distancia, y tiene la cara destrozada de deseo y de algo más, algo que se parece a la rabia—. No en un pasillo. No escondidos entre estantes, con ella durmiendo arriba, con miedo de que nos escuchen.
Me toma la cara con las dos manos.