Capítulo 26 · La Reina
La Reina
✦
En tres días, nadie me arresta.
Me lo espero cada hora. Cada vez que se abre una puerta, cada vez que escucho botas en un pasillo, cada vez que un Velado cruza el patio con su rostro cubierto, pienso: ahora. Duermo vestida. Tengo el cuaderno de mi abuela escondido dentro de la chaqueta, contra el pecho, por si tengo que correr.
No vienen.
Lo que viene es una citación para el Verdugo.
La tarde del primer día lo llaman a la sala del Consejo, en el palacio, y no vuelve hasta la noche.
Kip, que tiene amigos en la cocina, me cuenta lo que se dice: que el comandante de la Legión declaró ante el Sumo Velado y Lord Morn y Lady Thal que fue su umbría la que atrapó al cadete Arden en el aire.
Que el guardia de la muralla declaró que la sombra volvió a los pies de la cadete Veyl.
Que el Sumo Velado pidió que me midieran otra vez con la luz de la Madre, esa misma noche.
Y que Lady Corisande Thal, con una sonrisa, dijo que no hacía falta.
La Reina viene en tres días. Que la Reina decida.
Ninguno le discutió.
—Eso es peor —dice Kip, con la cara seria—. Mucho peor. Si los Thal quieren que esperes a la Reina, es porque la Reina quiere verte.
Tiene un moretón morado en la cadera, del tamaño de un plato, donde las losas del patio lo rozaron antes de que Nadie lo terminara de bajar. Cojea un poco. No se ha quejado ni una vez.
—Kip.
—¿Qué?
—Lo siento. Lo de la sombra. Todo el mundo vio. Ahora todos van a saber que tú…
—Mara. —Me interrumpe con la boca llena de pan—. Me caí de un halcón a cuarenta metros de altura. Estaría hecho puré en el patio, y Migaja estaría huérfano. —Traga—. Te debo una granja. Entera. Con vacas.
Me río, aunque no tengo ganas.
Migaja asoma de la sombra de Kip, sube por la mesa, y se me acurruca en el regazo. Se queda ahí todo el desayuno, ronroneando, mientras le rasco detrás de las orejas.
✦
No veo a Theron en tres días.
No como antes. No porque él me esquive. Porque no se puede.
La Ciudadela se ha llenado de guardias reales, de Velados, de funcionarios con libros de registro, de sirvientes que pulen cada piedra para la visita de la Reina.
Hay ojos en todas partes. Y la vela de mi cuarto sigue encendida a medianoche, y la ventana sigue cerrada, porque ninguno de los dos es tan idiota.
Una sola vez, el segundo día, lo veo de lejos. Cruza el patio de las plataformas de vuelo con dos oficiales, hablando. Yo estoy en el pasillo de la muralla, donde Ezra me preguntó por el viento.
Él levanta la vista.
No se detiene. No cambia el paso. No hace ningún gesto. Solo me mira, un segundo, a través de cincuenta metros de patio.
Y yo siento su boca en la mía, contra el bronce frío de la campana rota.
Después baja la vista y sigue caminando.
Y yo me quedo de pie en el pasillo de la muralla con la cara ardiendo, como una idiota.
✦
La Reina llega al amanecer del tercer día, a la hora larga.
No vuela. Eso me sorprende. Pensé que la primera jinete de Vhal llegaría en el lomo de alguna bestia gigantesca, como en los tapices del comedor.
Pero llega en un carruaje negro tirado por seis caballos blancos, por el camino del anillo interior, escoltada por cincuenta guardias reales a caballo con armaduras de plata.
Nos forman en el patio central. Los trece cadetes de primer año, en la primera fila, con los uniformes recién lavados y las botas lustradas hasta brillar. Detrás, los de segundo y tercero. Detrás, los profesores, los oficiales, la Legión.
Y en las gradas del Foso, el Consejo.
Lord Cassian Morn, con su cara de hielo.
Una mujer delgada y elegante, de pelo castaño claro y ojos verdes muy pálidos, con un vestido verde veneno bordado en oro: Lady Corisande Thal.
El Ojo de la Reina. A su lado, con la misma sonrisa, Ezra.
El Sumo Velado, con su rostro cubierto. Y otros que no conozco: un hombre enorme de barba roja con un lobo encadenado en el pecho, una mujer vieja vestida de blanco hueso, un hombre gris de cara cerrada con una torre bordada en la manga.
Las cinco Casas. Todas aquí. Para ver la Criba.
O para verme a mí.
El Verdugo está de pie al frente de la Legión, a la derecha del portón, con el uniforme negro abotonado hasta el cuello. No me mira. Tiene la espalda tan derecha que debe dolerle la herida del costado.
Y tiene la cara blanca.
Como en la torre de la campana rota, cuando sonaron las campanas.
El carruaje negro entra por el portón.
✦
La Reina Ysolde es hermosa.
No como las damas de los salones, que se pintan la cara con polvo de arroz y se ajustan el corsé hasta no poder respirar.
Es hermosa como es hermosa una montaña, o una tormenta.
Alta. Delgada. Con el pelo rubio pálido, casi blanco, recogido en una trenza sobre la cabeza, bajo una corona de plata de siete puntas con un ojo de cristal en el centro.
Viste de negro, de pies a cabeza, un vestido sencillo, sin bordados, sin joyas.
Aparenta cuarenta años. Tal vez menos. Tiene la piel lisa, los ojos claros, una boca que sonríe con facilidad.
Y no tiene sombra.
No, no es eso. Tiene sombra. La veo, al pie del carruaje, sobre las losas del patio, larga y negra como la de todos a esta hora. Pero hay algo raro en ella. Algo que no logro identificar. Es más pálida que las demás. Más tenue. Como una sombra dibujada con un lápiz que se está quedando sin carbón.
Por dentro, Nadie se queda inmóvil.
No como cuando tiene miedo. No como cuando está atenta. Inmóvil como un animal que reconoce el olor de algo. Algo que no ha olido en mucho, mucho tiempo.
La Reina camina por el patio, despacio, sin escolta, con las manos cruzadas delante. Se detiene frente al comandante de la Ciudadela, que se inclina hasta casi tocar el suelo con la barba. Frente a Hesk, que se inclina con su manga vacía. Frente al Verdugo.
Se detiene frente al Verdugo más tiempo que frente a los demás.
No dice nada. Solo lo mira. Y le pone una mano en la mejilla.
Con cariño. Como una madre.
Theron no se mueve. No se inclina. No respira, creo. Se queda de pie con la mano de la Reina en la cara y los ojos fijos en un punto lejano, por encima de su cabeza, y yo veo, desde la primera fila, que le tiembla un músculo en la mandíbula.
La Reina le da dos palmaditas suaves en la mejilla. Y sigue caminando.
Hacia nosotros.
✦
Se detiene frente a cada cadete de primer año.
A cada uno le dice su nombre. Sin que nadie se lo diga.
Liane Thal, dice, y le toma las manos, y le dice que su madre está muy orgullosa.
Kip Arden, dice, y Kip se pone tan rojo que le brillan las pecas, y la Reina se ríe con una risa clara, bonita, y le dice que ha escuchado hablar de su umbría, que es la más valiente de la Ciudadela. Brenna Ardane. Dalia Morn.
A Dalia le toma la cara con las dos manos, como al Verdugo. Dalia no se mueve. Su cara de hielo no cambia. Pero veo que tiene los puños apretados a los costados, tan apretados que el brazalete de plata se le clava en la muñeca.
Y después la Reina dice algo que hace que el patio entero se quede en silencio.
—Faltan dos —dice, mirando la fila—. La Fosa eligió a quince este año. Uno no pudo cruzar el Puente de Ceniza, y eso no es ninguna vergüenza. Y otro ya no está. —Hace una pausa—. Joss Tamber. Hijo de un ladrillero del cuarto anillo. Murió en los Pantanos de Mirra salvando a una compañera.
El patio entero deja de respirar.
Ninguno de los Consejeros dijo ese nombre en el funeral. Ni el comandante, ni el Sumo Velado. Ninguno.
La Reina lo dice en voz alta, en el patio central, frente a las cinco Casas. Y se le humedecen los ojos.
—Que la Madre lo guarde —dice.
Y a mi lado, Liane Thal empieza a llorar en silencio.
Yo también tengo la garganta cerrada. No puedo evitarlo. Esta mujer, la Reina de Vhal, la que firma los decretos y pone su sello en las monedas, sabe el nombre de un chico de orejas de soplillo que hablaba sin respirar.
Es amable, pienso, sin querer. Es buena.
Y después la Reina se detiene frente a mí.
✦
—Mara Veyl —dice.
Tiene la voz suave. Dulce. Como una canción para dormir.
Me toma las manos. Las suyas son frías, muy frías, más frías que las del Verdugo, y suaves como el papel. Me las aprieta con cariño.
—La que volvió de la Fosa —dice—. La que todos llamaban vacía.
No sé qué decir. Me inclino, torpe, como me enseñaron. Ella no me suelta las manos.
—No, no. No te inclines, hija. —Sonríe—. Has sufrido mucho. Lo sé. Te empujaron, te despreciaron, te pisaron la sombra. —Me aprieta las manos—. Eso se acabó. Mientras yo viva, nadie en Vhal volverá a pisarte la sombra.
Se me llenan los ojos. No sé por qué. Es lo que siempre quise escuchar. Toda mi vida. Que alguien con poder me mirara a la cara y me dijera eso se acabó.
Nadie no se mueve. Ni un poco. Está tan quieta que parece muerta.
La Reina me mira a los ojos. Mucho rato. Como si buscara algo detrás de ellos, igual que Dalia en la plataforma norte.
Y entonces sonríe, más ancho, con una ternura que me desarma.
—Tienes los ojos de tu abuela —dice.
Me quedo quieta.
—¿La conoció?
—Oh, sí. —La Reina se ríe, bajito, con la risa de alguien que recuerda algo lindo—. Muy bien. Era una muchacha brillante. Terca como una mula. Tenía exactamente tu edad cuando la conocí. Diecinueve. Y me miraba igual que tú me estás mirando ahora.
Me suelta las manos. Me acaricia la mejilla, una vez, con un dedo frío.
Y sigue caminando por la fila, hacia el siguiente cadete, hacia Seren.
Yo no me muevo.
No puedo.
Mi abuela tenía diecinueve años hace sesenta años. Cuando la Casa Veyl todavía estaba en el Consejo. Cuando empezó a investigar el corazón. Mucho antes de que naciera mi madre.
Y la Reina, que aparenta cuarenta años, la conoció.
Levanto la vista, sin querer, hacia la derecha del portón.
El Verdugo me está mirando.
Por primera vez en tres días, me mira de frente, sin disimular. Y en su cara blanca, en sus ojos grises, veo que sabe exactamente lo que acabo de entender.
Y que lo sabe desde siempre.