Capítulo 25 · La torre de la campana rota
La torre de la campana rota
✦
No corremos hacia la escalera.
Corremos hacia la pared.
Theron me arrastra de la mano por la plataforma, entre los cadetes que se apartan gritando, directo hacia el arco de piedra que sostiene el techo de la escalera. A esta hora, con el sol bajo, el arco proyecta una sombra larga y negra sobre la piedra del suelo.
Vamos a chocar contra la pared. Lo sé. Vamos a chocar.
—No sueltes mi mano —dice él.
Y entramos en la sombra.
✦
No hay suelo.
Eso es lo primero. Un segundo estoy corriendo sobre la piedra de la plataforma, y al siguiente no hay nada bajo mis botas, y no estoy cayendo pero tampoco estoy de pie. Estoy en un lugar frío. Muy frío. Un frío que no se siente en la piel sino adentro, en los huesos, en los dientes.
Y oscuro. No como la noche, ni como el pantano. Una oscuridad espesa, que se mueve a mi alrededor como agua, que me roza la cara y los brazos y el pelo.
Y voces.
Las mismas del fondo de la Fosa. Muchas. Lejanas. Susurrando en esa lengua suave que no conozco y entiendo. No dicen nada claro. Solo una palabra, una y otra vez, que sube y baja como una marea.
Ithe. Ithe. Ithe.
Corazón.
Lo único real es la mano de Theron. Fría, fuerte, cerrada sobre la mía. Tira de mí hacia adelante, en una dirección que no puedo ver, y yo lo sigo, porque no hay nada más que seguir.
Nadie está despierta. No asustada. Al revés. Está tranquila. Más tranquila que nunca. Como alguien que vuelve a su casa después de un viaje largo.
Ithe, susurran las voces.
Y Nadie, desde adentro, les contesta. No con palabras. Con algo que siento como un ronroneo.
Y entonces el frío se rompe, y hay suelo otra vez, y salimos.
✦
Caigo de rodillas sobre madera vieja.
Tengo náuseas. Me tiembla todo. Me agarro a lo primero que encuentro, que resulta ser una viga podrida, y respiro, dentro cuatro, fuera seis, hasta que el mundo deja de girar.
Estamos en una torre. Una torre vieja, muy alta, con el techo medio derrumbado y el cielo del atardecer entrando por los agujeros.
Hay una campana enorme de bronce colgada de una viga, tan vieja que se ha puesto verde, con una grieta que la parte de arriba abajo.
Palomas. Polvo. Olor a madera húmeda y a excremento de pájaro.
La torre de la campana rota. La vi desde mi ventana muchas noches: en la muralla oeste, la parte más vieja de la Ciudadela, donde ya no va nadie.
Theron está de pie junto a la campana, con una mano apoyada en el bronce, respirando con dificultad. El vendaje del costado se le ha manchado otra vez a través de la camisa. Levanta la otra mano, la que no está apoyada, y el ruido del mundo se apaga.
Las palomas, el viento, la campana de alarma que todavía suena lejos. Todo.
Silencio.
—¿Qué fue eso? —Me sale ronca la voz.
—Caminar por las sombras. —Se sienta en el suelo, con la espalda contra una viga—. Toda sombra toca a todas las demás, en algún lugar. Las umbrías saben encontrar el camino.
—Escuché voces.
Me mira.
—¿Qué decían?
—Una palabra. Ithe.
El Verdugo cierra los ojos.
—Yo nunca escucho nada —dice—. Ahí adentro, siempre está en silencio.
No sé qué contestar a eso.
—¿Kip?
—Vivo. Lo vi sentarse en el patio antes de que entráramos a la sombra. —Una pausa—. Tu umbría lo bajó como si fuera de cristal.
Me tapo la cara con las manos. Me tiemblan.
—Lo vieron —digo—. Todos. Veinte cadetes. Los instructores. El guardia de la muralla gritó abominación. Esta vez no hay oscuridad que lo tape. Esta vez no hay lobo.
—Esta vez voy a decir que fue Vesper.
Levanto la cabeza.
—¿Que fue Vesper qué?
—Que mi umbría puede mover la sombra de otro a distancia. Que vi caer al cadete y la usé para atraparlo, y que la sombra volvió a la cadete Veyl porque era la más cercana.
—¿Puede hacer eso?
—No.
—Entonces…
—Nadie sabe lo que puede hacer Vesper, Mara. —Me mira—. Le tienen demasiado miedo para preguntar.
Me quedo mirándolo.
—Un guardia de la muralla vio la sombra salir de mis pies.
—Un guardia de la muralla contra el comandante de la Legión. —Apoya la cabeza en la viga—. Vamos a ver a quién le creen.
—¿Y si le creen al guardia?
No contesta.
✦
Afuera, sin que lo escuchemos, el sol termina de ponerse. La luz que entra por los agujeros del techo pasa del naranja al rojo, del rojo al violeta. La campana rota proyecta una sombra enorme sobre las tablas del suelo.
Ninguno de los dos se mueve.
—Me dijiste que no me ibas a buscar —digo, al fin.
—No te busqué. —No abre los ojos—. Te encontré. Estabas a diez pasos.
—Rompiste tu palabra.
—Sí.
—Siete días sin mirarme, y la rompiste en un segundo.
Abre los ojos.
—Siete días mirándote —dice—. Sin que me vieras.
Se me corta la respiración.
Me pongo de pie. No sé por qué. Para tener algo que hacer con el cuerpo. Camino hasta la campana rota, apoyo la mano en el bronce frío, al lado de la grieta.
—Todavía te odio —le digo, de espaldas.
—Lo sé.
—Mataste a mi hermano.
—Sí.
—Y él te pidió que me dejaras ir. Y no lo hiciste. Me enseñaste a respirar, y viniste al pantano, y hoy me agarraste la mano delante de todos y me metiste en una sombra. —Me doy vuelta—. ¿Por qué? Si le prometiste que me dejarías ir, ¿por qué no me dejas ir?
Theron se pone de pie.
Despacio. Apoyándose en la viga. Se queda frente a mí, a tres pasos, con el costado manchado de sangre y el pelo negro lleno de polvo de la torre, bajo la luz violeta que entra por el techo roto.
—Porque no sé cómo —dice.
Lo dice muy bajo. Como una confesión.
—Lo intenté. Siete días. Me quedé lejos. Cambié de pasillo. No subí a la torre. —Hace una pausa—. Y cada noche, a medianoche, me encontraba en el patio, debajo de tu ventana, mirando si la vela estaba encendida. Sin saber cómo había llegado ahí.
No me muevo.
—Le prometí a tu hermano que te dejaría ir —dice—. Y es la única promesa de mi vida que no sé cumplir.
✦
No sé quién se mueve primero.
Creo que soy yo. Creo que cruzo los tres pasos. Creo que le agarro la camisa con las dos manos, con los puños cerrados, como la noche en la plataforma cuando le pegaba. Pero esta vez no le pego.
Esta vez tiro.
Y él baja la cabeza.
Se detiene a un palmo de mi cara. Como en el pantano. Siento su aliento en la boca. Veo la peca chiquita debajo del ojo izquierdo. Veo que tiene las pestañas llenas de polvo.
—Mara —dice. Una sola palabra, ronca, casi una pregunta—. ¿Estás segura?
—No —le digo—. Bésame igual.
Y me besa.
✦
No es como me lo imaginé.
Y me lo imaginé. Me lo imaginé en el techo de la torre, con su mano en mi muñeca y nuestras sombras encimadas. Me lo imaginé en el pantano, con mi mano en su mejilla. Me lo imaginé muchas noches, sola en mi cuarto, mirando la ventana, aunque me odiaba por imaginarlo.
No es así.
Es peor. Es mejor. Es las dos cosas.
Al principio es despacio. Tan despacio que casi no es un beso; es solo su boca contra la mía, quieta, como si estuviera pidiendo permiso otra vez. Siento que tiembla. Él, el Verdugo de la Fosa, el Silencio, tiembla.
Y después le contesto.
Le suelto la camisa y le pongo las manos en la cara. Y él hace un sonido bajo, en el fondo de la garganta, que siento en mis propios labios, y me rodea la cintura con un brazo, y me pega contra él, y deja de pedir permiso.
Es un beso de alguien que lleva siete días mirando una ventana. De alguien que lleva once cicatrices en el brazo. Es hambre y es pena y es algo que no tiene nombre, algo que me quema la boca y me llena los ojos al mismo tiempo, y no sé si lo estoy besando o si me estoy ahogando.
Nadie se queda completamente quieta.
Y en el suelo de la torre, bajo la luz violeta, nuestras sombras ya no son dos.
Me empuja contra la campana rota.
El bronce está frío en mi espalda y él está ardiendo contra mi pecho, y el contraste me arranca un jadeo que él se traga con la boca.
Me besa como si me odiara. Como si se odiara a sí mismo por besarme.
Con los dientes, con la lengua, con una mano enredada en mi pelo, tirando apenas, inclinándome la cabeza hacia atrás para llegar más hondo.
Le meto los dedos en el pelo lleno de polvo. Tiro yo también. Y él gruñe contra mi boca, un sonido grave, animal, que me baja por la columna hasta el vientre.
Su boca se va de la mía. Baja. La mandíbula. El cuello. Encuentra el lugar justo debajo de la oreja, donde me late el pulso, y lo muerde. Despacio. Y después pasa la lengua por encima, como pidiendo perdón.
Se me doblan las rodillas.
No me caigo. No me deja. Me agarra de los muslos con las dos manos y me levanta del suelo como si no pesara nada, y me sostiene contra la campana, contra el bronce frío, y yo le rodeo la cintura con las piernas sin pensarlo, por puro instinto, y lo atraigo contra mí.
Y lo siento.
Entero. Duro. Contra el centro de mi cuerpo, a través de dos capas de tela que de pronto son demasiadas.
Los dos dejamos de respirar.
Nos quedamos así un segundo. Frente contra frente. Jadeando. Con los ojos abiertos.
Y después me muevo. Contra él. Una vez. Despacio.
Theron cierra los ojos y suelta una maldición en voz baja que no le había escuchado nunca.
Las manos se le cierran en mis muslos. Me empuja contra el bronce, contra él, una vez, y otra, buscando, y cada vez que lo hace algo se enciende entre mis piernas que me hace clavarle las uñas en la nuca y gemir contra su boca.
Sus manos suben. Por debajo de mi camisa. Por mi cintura desnuda. Por mis costillas. Los dedos callosos en la piel. Se detienen justo debajo de mis pechos, temblando, sin atreverse.
—Sí —le digo contra la boca, antes de que pregunte.
Y sube.
Me cubre con las palmas. Me roza con los pulgares.
Y el sonido que hago rebota en las vigas de la torre, y se me olvida que existe una Ciudadela, una Criba, una Reina, un hermano muerto.
Solo existen sus manos y su boca y el bronce frío y su cuerpo moviéndose contra el mío, cada vez más rápido, cada vez más desesperado.
—Mara. —Mi nombre contra la boca, una vez, como si lo estuviera rezando—. Mara, tenemos que parar.
—No.
—Si no paramos ahora...
—No pares.
Apoya la frente en la mía. Le tiemblan los brazos. Le tiembla todo. Y con un esfuerzo que le veo en la cara, en la mandíbula, en los ojos cerrados, se queda quieto.
—Esto es un error —dice, contra mi frente. Sin aire.
—Lo sé.
—Me odias.
—Lo sé.
No se aparta. Sus manos siguen en mi piel, debajo de la camisa. Yo sigo con las piernas alrededor de su cintura. Siento su corazón golpeándome el pecho. Siento lo mucho que me desea, todavía, contra mí.
Y sé que si me muevo una vez más, una sola, ninguno de los dos va a poder parar.
Y entonces el silencio se rompe.
✦
No es él. Él no lo rompe. Es algo más grande que su poder, algo que atraviesa el silencio que creó como si fuera papel.
Campanas.
Todas las campanas de Valcarne a la vez.
Las de las torres de la Ciudadela, las de los templos de la Orden, las de las plazas de los anillos, las del palco real.
Un repique enorme, grave, lento, que sube desde la ciudad entera y hace vibrar las vigas de la torre y despierta a las palomas, que salen volando por los agujeros del techo en una nube de alas.
Y la campana rota, a mi espalda, vibra también. Contra mi columna. Una sola nota, grave, quebrada.
Theron se aparta de mí de golpe.
No hacia atrás. Hacia la ventana. Se queda de pie frente al hueco de la pared, mirando hacia la ciudad, y toda la sangre se le va de la cara.
Nunca lo había visto así. Ni en el puente, ni en el pantano, ni con las once cicatrices al aire.
Tiene miedo.
—¿Qué es? —le pregunto—. ¿Qué pasa?
Abajo, en el patio, alguien grita. Un mensajero, con la voz de quien ha corrido mucho. Grita la misma frase una y otra vez, hacia los barracones, hacia las torres, hacia todas partes.
No necesito que Theron me lo traduzca. Lo escucho perfectamente.
—¡La Reina visitará la Ciudadela! ¡En tres días! ¡La Reina viene a ver la Criba!