Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 24 · Caer
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Capítulo 24 · Caer

Caer

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—¿Qué le dijiste?

Kip tiene la cuchara a medio camino entre el cuenco y la boca. No se mueve. La sopa de ceniza le gotea sobre la mesa.

—Nada —le digo—. Le dije que estaba cansada y me fui a la torre. No me siguió.

—No necesita seguirte. Ya vio lo que quería ver.

Kip deja la cuchara. Mira alrededor, a las mesas cercanas, como hace siempre antes de decir algo importante. Después se inclina hacia mí.

—Mara. La madre de Ezra es Lady Corisande Thal.

—¿Y?

—Le dicen el Ojo de la Reina. —Baja la voz todavía más—. Los Thal no solo hacen diplomacia. Saben cosas. De todos. Cuando trabajaba en la cocina, había un sirviente que los Thal le pagaban para que les contara qué comían los profesores, con quién, a qué hora. Por el amor de la Madre, qué comían.

Me acuerdo de los ojos de Ezra en la muralla. Quietos. Como los de un gato frente a un agujero.

—Me dijo que tenía una hermana —digo, despacio—. Que murió en el Puente de Ceniza hace dos años.

Kip se queda mirándome.

—Mara, yo serví la cena en el banquete de los Thal el Día Corto del año pasado. Cuatro horas cargando bandejas. —Habla con mucho cuidado—. Lady Corisande tiene tres hijos. Los tres varones. Ezra es el menor.

El pan se me queda en la garganta.

No hubo hermana. No hubo Puente de Ceniza. No hubo tristeza vieja en los hombros. Fue un pastel de miel robado, una historia triste en el momento justo y una pregunta, al pasar, mientras yo tenía la guardia baja.

¿Tú tienes hermanos? ¿Solo una?

Y yo casi le creí.

No confíes en nadie que te mire como él.

Por primera vez desde los baños, me pregunto si Seren hablaba de ojos verdes.

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Esa tarde empieza el entrenamiento de vuelo.

Los cadetes de primer año todavía no podemos volar solos.

La mayoría de nuestras umbrías ni siquiera tiene alas, y las que las tienen, como Escarcha, no tienen fuerza para cargar a su jinete durante más de unos minutos.

Así que nos suben de a dos con los de tercero, detrás de ellos, en el lomo de sus bestias, para que aprendamos a sentir el aire.

Nos reunimos en la plataforma de vuelo norte, la de Dalia, en lo alto de la torre. El viento sopla fuerte. Desde aquí se ve todo el patio central de la Ciudadela, cincuenta metros más abajo, con sus losas de piedra gris y el árbol muerto del Foso como un hueso blanco clavado en la arena.

Y en el borde de la plataforma, supervisando, con las manos cruzadas detrás de la espalda, el comandante de la Legión.

No me mira.

No me mira tan a propósito que es lo mismo que mirarme todo el tiempo. Está de pie a diez pasos, de espaldas a mí, dando órdenes a los jinetes de tercero con su voz de siempre, la que da la hora. Y cada vez que me muevo, aunque sea un paso, siento que algo en sus hombros se tensa.

Siete días sin hablarme. Siete días cumpliendo su palabra.

Hoy no tiene opción. La Legión supervisa los vuelos. Y el comandante de la Legión es él.

—Arden —dice—. Con Varn. Arriba.

Kip se pone pálido. El chico Varn es uno de tercero, alto y callado, con una umbría que parece un halcón hecho de humo gris, del tamaño de un caballo.

Kip se sube detrás de él con las piernas temblando, y Migaja asoma de su sombra, mira el abismo de cincuenta metros, y se vuelve a meter con un chillido.

—Agárrate de su cintura —le grito a Kip—. Y no mires abajo.

—¡Ya miré abajo!

El halcón de humo despliega las alas y salta al vacío.

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Vuelan bien.

Los veo desde el borde de la plataforma, con el corazón en la boca: el halcón gris haciendo círculos lentos sobre el patio, Kip abrazado a la espalda de Varn como un mono a un árbol, gritando algo que el viento se lleva. Un círculo. Dos. Al tercero, Kip suelta una mano para saludarme.

Me río. No puedo evitarlo.

A mi lado, Liane Thal, que espera su turno, también se ríe. Es la primera vez que la escucho reírse desde el pantano.

Al cuarto círculo, el halcón se asusta.

No sé de qué. Nadie sabe de qué. Lo veo pasar a mitad de un giro, sobre el patio, a cuarenta metros del suelo, y de pronto da un respingo en el aire, como un caballo que ve una serpiente. Se encabrita. Bate las alas hacia atrás. Varn grita algo, tira del cuello de humo, se aferra.

Kip no.

Kip tenía una mano levantada, saludándome.

Lo veo resbalar. Lo veo deslizarse por el lomo de humo gris, hacia un costado, con los brazos abiertos, agarrando aire. Lo veo separarse del halcón.

Lo veo caer.

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No pienso.

No hay tiempo para pensar. No hay tiempo para pequeña ni para respira ni para escóndelo de todos.

Hay cuarenta metros entre Kip y las losas de piedra del patio, y Kip está cayendo, y yo estoy en el borde de una plataforma a cincuenta metros de altura, y no puedo llegar, nadie puede llegar, es imposible llegar…

—Nadie.

No es un grito. Es un susurro. Es lo único que me sale.

Y es suficiente.

Mi sombra se lanza desde mis pies.

No cae. No se derrama. Se lanza, como una flecha, como un relámpago negro, desde el borde de la plataforma, por la pared de la torre, hacia abajo.

La veo bajar por la piedra más rápido que nada que haya visto moverse nunca, una mancha de tinta que corre por el muro como agua por un caño.

Llega al patio. Se extiende sobre las losas.

Se estira, se abre, se vuelve enorme, un charco negro de diez pasos de ancho justo debajo de Kip, lleno de puntos de luz plateada.

Y cuando Kip está a tres metros del suelo, el charco se levanta.

Como una mano.

Una mano de sombra, enorme, negra, con estrellas adentro, que sube desde las losas del patio, se abre, y lo atrapa en el aire.

No lo golpea. No lo aplasta. Lo recibe. Los dedos de oscuridad se cierran alrededor de su cuerpo, despacio, con cuidado, como se toma un pájaro herido. Lo sostienen un segundo en el aire.

Y lo bajan a las losas.

Kip queda tendido sobre la piedra, de espaldas, con los ojos abiertos y la boca abierta, mirando el cielo.

Vivo.

La mano de sombra se queda un segundo más sobre él. Después se deshace. Se vuelve charco. Y el charco se recoge, sube por la pared de la torre, rápido, en silencio, cincuenta metros hacia arriba, hasta la plataforma, hasta mis pies.

Se acomoda bajo mis botas.

Y vuelve a ser mi sombra.

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El silencio que viene después no es el de él. Es otro.

Es el silencio de veinte cadetes y cinco jinetes de tercero y tres instructores de la Legión, en la plataforma de vuelo norte, que acaban de ver una sombra bajar por una torre, atrapar a un chico en el aire y volver a los pies de una cadete de primer año.

Liane, a mi lado, me mira con la boca abierta.

Yo me miro las manos. Tengo las venas negras hasta los codos. Me sangra la nariz.

Y abajo, en el patio, alguien grita.

No Kip. Un guardia. Uno de los que hacen la ronda en la muralla este, con lanza y casco, que estaba ahí, en la pasarela, a veinte pasos de donde cayó Kip. Que lo vio todo de cerca. Que está señalando hacia arriba, hacia la plataforma, hacia mí.

—¡Sombra viva! —grita—. ¡Una sombra viva! ¡Abominación! ¡Guardias!

Otro guardia aparece en la muralla. Y otro. Escucho botas en las escaleras. Escucho una campana que empieza a sonar en algún lado, una campana que no conozco, rápida, insistente.

La campana de alarma.

No me puedo mover.

Estoy de pie en el borde de la plataforma, con las manos negras y la nariz sangrando, y no me puedo mover. Escucho las botas subir. Escucho a los instructores de la Legión gritar órdenes. Escucho a alguien, quizás un cadete, decir mi nombre como si fuera una maldición.

Y entonces alguien me agarra la mano.

No el brazo. No la muñeca. La mano. Unos dedos largos, fríos, que se cierran sobre los míos con fuerza.

Levanto la vista.

Theron Vask está a mi lado.

No sé cuándo cruzó los diez pasos. No lo escuché. Nunca lo escucho. Está de pie junto a mí, en el borde de la plataforma, con su mano apretando la mía y los ojos grises clavados en los míos. Siete días sin hablarme. Siete días cumpliendo su palabra.

La rompe en una sola palabra.

—Corre.