Capítulo 23 · El viento
El viento
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Cumple su palabra.
Eso es lo peor de todo. Que la cumpla.
No viene a mi cuarto. La vela no se apaga sola a medianoche, la ventana no se abre, el silencio no llena la torre.
No está en los puentes de piedra cuando hago el llamado en el Foso.
No está contra la pared del portón, ni en el patio de las plataformas de vuelo, ni en el comedor.
Si se cruza conmigo en un pasillo, y pasa dos veces en una semana, se detiene antes de que lo vea, se da vuelta, y se va por otro lado.
Lo sé porque lo escucho: el ruido que se apaga y vuelve, como una puerta que se abre y se cierra en otra habitación.
Le pedí que no me buscara. No me busca.
Al cuarto día subo a la plataforma.
No sé para qué. Me digo que es para entrenar sola, como las nueve noches en que estuvo herido. Me siento en la piedra fría bajo la luna, respiro, le pido a Nadie la mano. Nadie me la da. El brazo. Me lo da. La sombra entera, separada de mis pies, de pie sobre la piedra como una persona.
Me la da.
Y después se queda mirando hacia el borde de la plataforma. Hacia el lugar donde él se arrodillaba a decir los nombres. Como un perro que mira la puerta por donde se fue alguien.
—No va a venir —le digo.
La sombra no se mueve.
—Le dije que no viniera.
Nada.
—Mató a nuestro hermano —le digo, y la voz se me rompe en nuestro, porque no sé por qué dije nuestro, porque Nadie no tiene hermanos, porque Nadie es una cosa del fondo de la Fosa que vive detrás de mi esternón. Pero lo dije. Y Nadie, de pie sobre la piedra, gira la cabeza hacia mí.
Y vuelve a mirar el borde.
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Escribo su nombre.
En el cuaderno de mi abuela, en una página en blanco del final, con un lápiz de carbón que le robé al Velado de Historia. Lo escribo como el Verdugo me enseñó en el pantano, como él dice los suyos frente a la Fosa.
Ilian Veyl. Veintiséis años. Ojos grises. Dibujaba polillas en los márgenes de todo.
Y después, debajo, lo que sé yo y él no sabe.
Me escribía para mis cumpleaños. Nunca me olvidó ni uno.
La carta de los diez años tenía una polilla con anteojos, porque yo le había contado que quería ser bibliotecaria.
La de los quince tenía una polilla con espada, porque le había contado que quería aprender a pelear.
La de los dieciocho, la última, tenía una polilla volando hacia una vela.
Y debajo decía: «Hacia la luz, aunque queme. Pero no tanto, Mara. No tanto.»
Me quedo mirando lo que escribí hasta que la luz de la vela se vuelve borrosa.
No me acuerdo de su cara. Nunca la vi. Pero me acuerdo de esa polilla con espada, y de cómo la colgué en la pared de la despensa con un clavo, y de cómo mi madre la arrancó y la tiró al fuego.
Lo arrancaron de todas partes. De la casa, de la ciudad, de las cartas. Lo arrojaron al abismo, y lo único que queda de él es una cicatriz rosada en el brazo del hombre que lo mató, y estas, en un cuaderno, escondidas debajo de un colchón.
Y yo lo odio. Al hombre del brazo. Lo odio.
Y él es el único en el mundo que se acuerda de los ojos de mi hermano.
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A Seren la cruzo en la escalera del ala norte, al quinto día.
Va bajando con los libros contra el pecho y la trenza de metal. Yo voy subiendo. Somos las únicas en la escalera. Ella me ve y hace lo de siempre: levanta la barbilla, endurece la cara, se pega a la pared para pasar sin rozarme.
Cuando está a mi altura, sin mirarla, sin detenerme, digo una sola palabra.
—Ilian.
Seren se para en seco.
No se da vuelta. No dice nada. Pero los libros se le resbalan de los brazos, uno, dos, y caen por la escalera con un ruido seco, rebotando en los escalones. Y ella no se agacha a recogerlos.
Se queda de pie, de espaldas a mí, con la mano apoyada en la pared de piedra. Y veo que la mano le tiembla tanto que las uñas rascan la piedra.
Sabe.
Sabía.
Espero a que se dé vuelta. A que diga algo. A que me mire, aunque sea con hielo.
No lo hace. Después de un rato largo, se agacha, recoge los libros uno por uno, sin apuro, y sigue bajando.
Pero cuando llega al descanso de abajo, la escucho. Un sonido chiquito, ahogado. El mismo de la capilla.
No voy detrás de ella.
No sé por qué. Supongo que porque, por primera vez, me doy cuenta de que mi hermana carga algo tan pesado como yo. Y de que lo carga sola.
Igual que yo.
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Esa noche hay un papel debajo de mi puerta.
No lo escucho llegar. Nunca escucho nada. Estoy sentada en la cama con la vela encendida y el cuaderno de la abuela cerrado sobre las rodillas, y cuando levanto la vista, está ahí, en el suelo de piedra, en la franja de oscuridad que deja la puerta. Doblado en dos. Blanco.
Tardo mucho en levantarme a buscarlo.
Es papel barato, de los registros de la Legión, con líneas impresas. Y encima de las líneas, alguien dibujó con carbón, con cuidado, con una mano que no está acostumbrada a dibujar.
Una polilla.
No bien hecha. Torpe, con las alas un poco torcidas, con las antenas demasiado largas.
Copiada de otra. Lo sé porque en las alas hay unos detalles que la mano torpe no entendió pero copió igual, punto por punto, raya por raya, como quien copia una palabra en un idioma que no conoce: unas manchas como ojos, un borde de flecos.
Las polillas de las esquinas de mis cartas tenían exactamente esas manchas.
Debajo del dibujo, con otra letra, con la letra recta y apretada de alguien que escribe órdenes, hay tres líneas.
Esto estaba en la pared de su celda. La blanquearon al día siguiente. Lo copié antes, de noche, con la lámpara de los Velados. No sé por qué. Ahora sí.
Y más abajo, separado, como si lo hubiera escrito después, como si hubiera dudado mucho antes de escribirlo:
Debajo de la polilla, él escribió dos palabras. Las copié también. No tienes que contestarme.
Miro el dibujo otra vez.
Debajo de la polilla, chiquitas, casi borradas por el carbón que se corrió, hay dos palabras. Copiadas con la misma mano torpe. Con la misma obediencia.
Para M.
Me siento en el suelo, con la espalda contra la puerta.
No lloro. Ya lloré demasiado esta semana.
Me quedo ahí sentada, con el papel en las manos, pensando en un hombre que arrojó a mi hermano a la Fosa y después volvió a su celda, de noche, a copiar con una lámpara azul el último dibujo que hizo.
Que lo guardó siete meses sin saber para qué.
Que sabía, al deslizarlo debajo de mi puerta, que era una prueba más contra él.
Y que lo deslizó igual.
No lo perdono. No sé si se perdona algo así.
Pero me levanto. Voy hasta la ventana. Y abajo, en el patio vacío, contra la pared del pozo, en la sombra, hay una figura de negro que no mira hacia arriba.
No le hago ninguna seña.
Solo dejo la vela encendida.
Hasta que se consume.
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—Te ves terrible.
Levanto la cabeza. Estoy en el jardín de invierno de la Ciudadela, un patio cubierto con un techo de vidrio sucio y unos árboles enanos que nadie riega, sentada en un banco de piedra con el cuaderno de mi abuela cerrado sobre las rodillas. Hace una hora que no lo abro.
Ezra Thal se sienta a mi lado sin pedir permiso. Igual que en la biblioteca.
—Me lo dijiste la primera vez —le digo.
—Y era verdad entonces. Pero ahora es peor. —Me mira con sus ojos verdes, con la cabeza ladeada, y la sonrisa no le llega del todo a la boca—. ¿Quieres que me vaya?
Lo pienso.
—No sé.
—Es justo. —Saca algo de un bolsillo de la chaqueta. Un paquete chiquito de papel encerado—. Pastel de miel oscura. Lo robé de la cocina de los profesores. Si alguien pregunta, fuiste tú.
Despliega el papel y me lo pone sobre el cuaderno. El pastel es negro, brillante, huele a miel quemada y a especias. El lujo de las fiestas. La última vez que lo comí fue el día que cumplí siete años, y la abuela me lo dio a escondidas en la despensa.
Se me cierra la garganta.
—Gracias.
—No me lo agradezcas. —Ezra se apoya en el respaldo del banco, con las manos detrás de la cabeza—. Es mi forma de hacer amigos. Los soborno con comida y espero a que se olviden de que les caigo mal.
—No me caes mal.
—Todavía. —Me sonríe—. Dame tiempo.
Me río. Es la primera vez en cinco días. Me sale chiquito, ronco, como una puerta que no se abría hace mucho.
Como un pedazo del pastel. Es dulce y amargo y me llena la boca de algo parecido al recuerdo.
Ezra no me pregunta por qué me veo terrible.
Habla de otras cosas. Del Velado de Historia, que se quedó dormido en su propia clase.
De un cadete de tercero que intentó volar con su umbría borracho y terminó en el tejado de la capilla.
De su madre, que le manda cartas todas las semanas diciéndole que coma más.
—¿Tú tienes hermanos? —pregunta, de pasada.
Me quedo quieta.
—Una hermana.
—¿Solo una?
No le contesto. Él no insiste. Mira el techo de vidrio sucio, por donde entra la luz gris de la tarde.
—Yo tenía una hermana mayor —dice, con una voz distinta, más baja—. Murió hace dos años. En el Puente de Ceniza.
Lo miro.
No sonríe. Por primera vez desde que lo conozco, la cara de Ezra Thal no tiene ninguna sonrisa. Solo una tristeza cansada, vieja, que se le ve en los hombros.
—Lo siento —digo.
—Yo también. —Se encoge de hombros—. Dicen que se va pasando. No se pasa. Solo aprendes a cargarlo.
Y si no los cargas, se te olvidan.
No sé si me está diciendo la verdad. No sé si Ezra Thal tuvo una hermana. Pero en ese momento, en el jardín de invierno, con el pastel de miel en la boca y el cuaderno de la abuela en las rodillas, quiero creerle.
Quiero creerle a alguien.
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Me acompaña hasta la torre.
Ya es el atardecer, y el camino más corto es por la muralla este: un pasillo descubierto en lo alto del muro, entre dos almenas, con el patio a un lado y el vacío del otro. A esta hora sopla el viento de la Fosa, frío y fuerte, y el sol bajo nos proyecta largos sobre la piedra del pasillo.
Ezra camina a mi lado, con las manos en los bolsillos, hablando de nada. Yo lo escucho a medias, con el cuaderno apretado contra el pecho.
El viento me suelta el pelo. Me tapa la cara. Me levanta la chaqueta abierta, la hace flamear como una bandera. Me la sujeto con una mano.
Ezra se detiene.
No dice nada al principio. Se queda quieto en el medio del pasillo, mirando hacia abajo. Hacia la piedra. Hacia nuestras sombras, que el sol bajo estira sobre el muro, una al lado de la otra.
La suya tiene el pelo revuelto. La chaqueta abierta, flameando. Las mangas moviéndose con el viento, como las de él.
La mía está quieta.
Perfecta. Nítida. Con mi forma exacta, mis brazos, mis piernas, el cuaderno contra el pecho. Pero el pelo no se le mueve. La chaqueta no flamea. Ni un hilo. Es la sombra de una chica de pie en un día sin viento.
Nadie copia mi cuerpo. Siempre lo copió perfecto.
Nunca aprendió a copiar el viento.
Ezra Thal levanta la vista hacia mí. Tiene la sonrisa de siempre en la cara. Encantadora. Tranquila. Pero los ojos verdes, por un segundo, están completamente quietos. Como los de un gato frente a un agujero en la pared.
—Qué curioso —dice, con suavidad—. Tu sombra no se mueve con el viento.