Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 22 · Lo que le prometió
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Capítulo 22 · Lo que le prometió

Lo que le prometió

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No lo niega.

Pensé que lo haría. No sé por qué. Una parte de mí, la parte estúpida, la que todavía siente su mano sobre la mía en el amanecer del pantano, esperaba que dijera te equivocas, o no es lo que crees, o pregunta otra cosa. Cualquier cosa que me dejara un hueco por donde no creerlo.

No lo hace.

Se pone de pie. Despacio, como en el pantano, como si todavía le doliera el costado. Se queda frente a mí, en el centro de la plataforma, con la manga arremangada y el brazo a la vista, con las once cicatrices plateadas bajo la luna. No se baja la manga. No las esconde.

—Sí —dice.

Una sola palabra.

Y algo dentro de mí se rompe con un ruido que solo escucho yo.

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—¿Cómo?

No reconozco mi voz. Es ronca, rota, como la de alguien que gritó toda la noche.

—¿Cómo lo encontraste? Estaba en las Cumbres. Estaba lejos. Mi madre lo mandó lejos para que nadie…

—Vivía con los rebeldes de la frontera norte —dice él. No se mueve. No se acerca—. Con otro nombre. Hacía mapas para ellos. La Corona tiene gente en las Cumbres, como en todas partes. Alguien lo vendió.

Y cada cosa que alguien escucha, alguien la vende.

—Hace siete meses me mandaron a buscarlo —sigue—. Lo traje a Valcarne. Estuvo tres días en las celdas de la Orden, debajo del palco real.

—Debajo de la Sala de la Medida.

—Sí.

Me acuerdo del piso de mármol blanco. De la luz que caía del techo. De mis pies descalzos sobre la piedra fría, mientras Nadie se encogía de miedo frente a la lámpara azul.

Y mi hermano estaba debajo. Tres pisos más abajo. Esperando.

—¿Y después?

El Verdugo cierra los ojos un segundo. Solo uno. Después los abre y me mira, y no aparta la vista.

—A los sin sombra que la Corona considera peligrosos no se los ejecuta en público. Se los lleva al borde de noche, sin testigos, y se los arroja vivos. Que la Madre decida, dice la Orden. —Una pausa—. Yo lo llevé. Yo lo arrojé.

Me tapo la boca.

—¿Lo mataste?

—Lo arrojé a la Fosa, Mara. Es lo mismo.

—¿Lo viste morir?

Silencio.

Un silencio distinto a los suyos. No el que crea con su poder, donde no existe el sonido. Un silencio humano, de alguien que no sabe qué contestar.

—Nadie vuelve de la Fosa —dice al fin.

—Yo volví.

Las palabras salen solas.

Y algo le pasa por la cara. Rápido. Como el primer día en el borde, como en la casa de guardia, como en el pantano. Algo que se mueve debajo del hielo y desaparece antes de que pueda nombrarlo.

Pero esta vez lo veo. Esta vez lo nombro.

Es una pregunta. La misma que me estoy haciendo yo.

Ninguno de los dos la dice en voz alta.

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—¿Por qué él?

—Por la misma razón que todos. —Mira el antebrazo, las cicatrices, una por una—. Los once. Todos sin sombra. Todos encontrados, escondidos, vendidos. La Corona busca a los sin sombra desde hace trescientos años, y cuando los encuentra, me manda a mí.

—¿Por qué? ¿Qué buscan?

Me mira.

No contesta. Bajo la vista, sin querer, a mi sombra en la piedra, que la luna proyecta larga hacia él. Y siento a Nadie detrás del esternón, despierta, inmóvil, escuchando.

El corazón no puede ser vinculado por quien tiene sombra propia. Necesita un lugar vacío donde caber entero. Por eso los sin sombra. Por eso los cazan.

—Me buscaban a mí —susurro.

—Buscaban lo que llevas dentro. Tú eras el lugar donde podía estar.

—Y mi hermano también.

—Tu hermano también. Y los otros diez.

Pienso en Maren Ashby, que cantaba. En Ilse Varga y su hija de seis años. En Sela Brand, que corrió muy rápido. En Tobin Rook, que no dijo nada.

Todos ellos eran yo. Un lugar vacío donde algo podría haber cabido.

Y él los llevó al borde. Uno por uno. Durante años. Buscándome.

—¿Lo sabías? —Me tiembla la voz—. Cuando me viste salir de la Fosa. Cuando tu lobo retrocedió. ¿Sabías lo que era?

—No. —Sin pausa—. Sabía que eras algo. No sabía qué. Lo supe en el puente.

—¿Y aun así me enseñaste? ¿Me protegiste? ¿Me…?

No termino. No puedo decir me tomaste la mano. No puedo decir casi me besas. No con él ahí, con las once cicatrices al aire, y la última, la rosada, la de mi hermano.

El Verdugo da un paso hacia mí.

Uno solo.

Yo retrocedo dos.

Él se detiene en seco. No vuelve a moverse.

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Le pego.

No lo planeo. Un segundo estoy de pie a tres pasos, temblando, y al siguiente estoy delante de él, golpeándole el pecho con los puños.

No como en el entrenamiento. No con técnica.

Como pega una niña: con los puños cerrados, sin apuntar, una y otra vez, contra la camisa negra, contra el esternón, contra el lugar donde late su corazón, que sentí bajo las palmas la noche de la luna.

Él no se defiende.

No me agarra las muñecas. No se aparta. No dice pequeña ni respira. Se queda de pie, recibiendo cada golpe, con los brazos a los costados y los ojos cerrados, como quien se queda bajo la lluvia porque cree que se la merece.

Nadie no hace nada.

Eso es lo peor. No me protege. No sale. No intenta detenerme ni ayudarme. Se queda quieta, como si supiera que esto no es una pelea. Como si supiera que no hay nada de qué protegerme.

Me canso antes de que se me pase.

Los puños se me abren contra su camisa. Me quedo con las manos apoyadas en su pecho, con la cabeza gacha, jadeando. Siento su corazón bajo las palmas. Late rápido. Igual que aquella noche.

—Te odio —le digo, contra su camisa.

—Lo sé.

—Te odio.

—Está bien.

No me abraza. Quiero que me abrace y lo odio por eso, y me odio a mí, y no me abraza.

Me aparto. Me limpio la cara con la manga. Retrocedo hasta el borde de la plataforma, hasta el lugar por donde subí.

—No me vuelvas a buscar —le digo—. No vengas a mi cuarto. No me esperes aquí. No me mires desde los puentes. No me…

Se me quiebra la voz.

—No lo haré —dice él.

Lo dice sin discutir. Sin pedir nada. Acepta la sentencia sin apelar.

Y eso me duele más que si me hubiera rogado.

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Me doy vuelta para bajar.

Pongo las manos en el borde de la piedra, busco la primera grieta con el pie, siento a Nadie estirarse por la pared para encontrarla antes que yo.

Y me detengo.

Hay una pregunta que todavía no le hice. La que le hago desde el primer día. La que siempre contesta con pregunta otra cosa.

Me doy vuelta.

Sigue de pie en el centro de la plataforma, con la luna encima y el brazo desnudo y las once cicatrices, exactamente donde lo dejé. No se ha movido ni un centímetro.

—¿Por qué mentiste por mí en el borde? —le pregunto—. El primer día. Cuando salí de la Fosa y tu lobo retrocedió y tú tenías la espada levantada. Era tu trabajo. Eras el Verdugo. Llevaste a once personas al abismo por mucho menos. ¿Por qué a mí no?

No contesta.

—Dime la verdad —le digo—. Por una vez. Una sola. Me lo debes.

El Verdugo baja la vista al antebrazo. A la última cicatriz. La rosada. La toca, con dos dedos, como cuando decía los nombres.

Y cuando levanta la vista, tiene los ojos mojados.

No sabía que podía llorar. No sabía que alguien como él tenía lágrimas en alguna parte. No le caen. Se le quedan ahí, en los ojos plateados, brillando bajo la luna, como la Fosa cuando le pega el sol.

—Porque me lo pidió —dice.

No entiendo.

—La noche antes. En la celda. Habló toda la noche.

Me contó de las Cumbres, de los mapas, de los rebeldes.

Me contó de tu madre, que lo mandó lejos cuando era un niño para que nadie supiera.

Me contó de una hermana chica que no conocía, a la que le escribía cartas para sus cumpleaños con una polilla en la esquina.

—Su voz se quiebra, apenas, en la última palabra—. Una hermana que había nacido como él.

Me aferro al borde de la plataforma.

—Al amanecer, cuando lo llevé al borde, me pidió una sola cosa.

No me pidió que lo dejara ir. Sabía que no podía.

No me pidió que lo recordara. Sabía que lo iba a hacer.

—El Verdugo me mira, y por fin le cae una lágrima, una sola, por la mejilla, hasta la mandíbula—.

Me pidió que si algún día la encontraba, la dejara ir.

El viento de la Fosa sube por la pared de la torre. Me enfría la cara mojada.

—Y yo le dije que sí. Y lo arrojé.

Cierra los ojos.

—Tu hermano me pidió que no te encontrara nunca.