Capítulo 21 · Los once
Los once
✦
Dalia Morn no vuelve a la Ciudadela durante dos días.
Asuntos familiares, dice Hesk cuando alguien pregunta en el Foso.
La muñeca, dicen las tres chicas que la siguen como pájaros, con una seguridad que no tienen.
Su padre la sacó del registro, dice el chico de segundo con la tablilla de apuestas, y cobra dos umbrales a quien quiera apostar a que no vuelve.
Vuelve al tercer día.
Entra al comedor a la hora del desayuno como si fuera suyo, igual que siempre. Uniforme impecable, broche del cuervo, pelo negro peinado hacia atrás. Se sienta en la mesa de los Morn. Come. No mira a nadie.
Pero lleva el cuello de la chaqueta abotonado hasta arriba, cosa que nunca hace. Y cuando levanta la taza, lo hace con la mano izquierda.
Y se sienta un lugar más cerca de nuestra mesa que antes.
Kip lo nota antes que yo.
—Le debes una —me dice en voz baja, con la boca llena de pan.
—Lo sé.
—¿Qué le vas a dar?
—No sé. No me lo ha pedido.
Kip mastica, pensativo, mirando a Dalia por encima de mi hombro.
—Los Morn no piden —dice al fin—. Cobran.
✦
Esa noche subo temprano.
No sé bien por qué. Quiero agradecerle la ventana, la noche antes del duelo. Quiero preguntarle por qué Dalia Morn conoce su forma de respirar, dentro cuatro, fuera seis, como si se la hubiera enseñado él. Quiero preguntarle muchas cosas que sé que me va a contestar con pregunta otra cosa.
Y quiero verlo. Eso también. Aunque no lo diga.
Así que salgo por la ventana una hora antes de la medianoche, y subo.
Ya no tardo. Ya no tengo que pensar dónde pongo las manos.
Las grietas de la pared de la torre me las sé de memoria, como me sabía los escalones de la cocina de mi casa, y Nadie me ayuda: cuando busco un apoyo en la oscuridad, mi sombra lo encuentra antes que yo, se estira por la piedra, y mi mano la sigue. Subo rápido. Subo en silencio.
Tanto silencio que, cuando asomo la cabeza por el borde de la plataforma, él no me escucha.
Está de rodillas.
En el borde opuesto, de cara a la Fosa, con la espalda hacia mí. Sin chaqueta, en camisa negra. La luna está casi llena y le cae sobre los hombros, sobre el pelo, sobre la manga izquierda, que lleva arremangada hasta el codo.
Tiene el antebrazo extendido sobre la rodilla, con la cara interna hacia arriba. Hacia la luna.
Y está hablando.
No me muevo. Me quedo colgada del borde de la plataforma, con los codos sobre la piedra y el cuerpo sobre el vacío.
Y sin pedírselo, siento que Nadie se extiende a mi alrededor, despacio, suave, y que la oscuridad donde estoy se vuelve un poco más espesa.
Como en el Archivo. Como cuando nos escondió de la lámpara del Velado.
No sé si quiere protegerme de él o a él de mí.
Escucho.
✦
—Maren Ashby —dice el Verdugo.
Su voz es baja. Casi un susurro. No la voz de quien da la hora. Otra.
—Veintidós años. Tejedora, del cuarto anillo. Cantaba mientras trabajaba. Cantó cuando la llevé al borde. No sé qué canción era.
Con dos dedos de la mano derecha, toca su antebrazo. La primera cicatriz, la más vieja, la que está cerca de la muñeca.
Se me para el corazón.
—Doran Pell. Dieciocho años. Le faltaban dos dedos de la mano izquierda, de un accidente en las canteras. Me escupió en la cara. —Una pausa—. Hizo bien.
La segunda cicatriz.
—Ilse Varga. Treinta y un años. Tenía una hija con sombra, de seis. Me pidió que no se lo dijera. Que le dijera que se fue de viaje. —Los dedos se quedan quietos sobre la piel—. Nunca supe si alguien se lo dijo.
La tercera.
Me tapo la boca con la mano.
—Tobin Rook. Diecisiete años. No dijo nada. Ni una palabra, desde que lo encontraron hasta el final. Tenía los ojos verdes.
La cuarta.
—Wenna Clay. Veinte años. Me preguntó si dolía. Le dije que no. —Una pausa larga—. Le mentí.
La quinta.
Sigue. Uno por uno. No los apura. A cada nombre le da su edad y algo más, una cosa, una sola, como si fuera lo único que pudo guardar de cada uno.
Un oficio. Un color de ojos. Una última palabra.
A cada nombre le toca su cicatriz, despacio, con dos dedos, como quien toca la cabeza de un niño dormido.
Repítelo hasta que lo sepas como sabes tu nombre, me dijo en el pantano. Y después, no lo sueltes.
No era un consejo.
Era lo que él hace. Todas las noches, quizás. Solo, en el borde de una torre, frente al abismo al que los arrojó.
—Arlo Fenn. Veintiséis. Panadero. Tenía harina en las uñas.
La sexta.
—Sela Brand. Diecinueve. Corrió. —Su voz se quiebra, apenas—. Corrió muy rápido.
La séptima.
Ocho. Nueve. Diez. Los escucho, los nombres, las edades, las cosas pequeñas. Un pastor de las Tierras Grises que le pidió que cuidara a su perro. Una chica que se rió. Un hombre viejo que le dio las gracias, y Theron no sabe por qué.
Diez cicatrices. Diez nombres.
Los dedos de su mano derecha bajan a la última. La que está más cerca del codo. La que vi en el techo de la torre, bajo la otra luna, todavía rosada.
Y se quedan quietos sobre ella mucho tiempo.
Tanto que pienso que ya terminó. Que no la va a decir. Que hay nombres que no se pueden decir en voz alta, ni siquiera a la Fosa, ni siquiera a solas.
Después, muy despacio, lo dice.
—Ilian Veyl.
El mundo se detiene.
—Veintiséis años. Ojos grises. Dibujaba polillas en los márgenes de todo. En las paredes de su celda. En la palma de su mano, con carbón, la noche antes.
No respiro. No puedo respirar.
—Me pidió…
Se detiene.
No termina la frase. Apoya la frente en el antebrazo, sobre la última cicatriz, y se queda así, de rodillas, encorvado, con los hombros tensos, como un hombre que carga algo demasiado pesado y acaba de darse cuenta de que no va a poder soltarlo nunca.
✦
Ilian.
Ilian, que me mandaba cartas para mis cumpleaños con una polilla dibujada en la esquina.
Ilian, a quien no recuerdo porque se lo llevaron a las Cumbres de Hierro cuando yo tenía tres años.
Ilian, que murió de fiebre hace seis meses, según una carta con otra letra que mi madre leyó de pie en la cocina y quemó en el fogón sin llorar.
No murió de fiebre.
Ilian Veyl era un sin sombra.
Como yo.
Y mi madre lo sabía. Por eso lo mandó lejos cuando era un niño, a la frontera, donde nadie lo conociera. Por eso las cartas. Por eso nunca volvió para las fiestas. Por eso, cuando llegó la carta con otra letra, no lloró.
Porque ya sabía que algún día iba a llegar.
Y el hombre que me enseñó a respirar, que me sostuvo en el puente, que vino por mí al pantano rompiendo todas las reglas, que me puso la mano en su mejilla en el amanecer y me dijo no porque no sabes lo que soy, ese hombre lo llevó al borde.
Lo arrojó.
Y después se hizo un corte en el brazo para no olvidarlo.
Nadie se pone de pie dentro de mí.
No por miedo. No por rabia. Por algo que no tiene nombre, algo que me sube desde el estómago como agua hirviendo, que me cierra la garganta, que me llena los ojos. Y la oscuridad que me escondía en el borde de la plataforma se rompe. Se deshace. Como un vidrio.
Y la piedra bajo mis codos cruje.
El Verdugo levanta la cabeza.
No se da vuelta de golpe. No desenvaina. Se queda de rodillas, inmóvil, con la frente todavía cerca del brazo, y por la forma en que se le tensan los hombros sé que ya sabe. Que lo supo en el segundo en que la piedra crujió.
Que sabe quién está detrás de él. Y qué escuchó.
Me impulso con los brazos y subo a la plataforma. Me quedo de pie en el borde, con las piernas temblando y el viento de la Fosa en la cara.
Él se da vuelta, despacio. Todavía de rodillas. Con la manga arremangada y las once cicatrices plateadas bajo la luna, sin intentar esconderlas.
Me mira.
No hay nada de frío en sus ojos. No hay nada de nada. Solo una cosa, que reconozco porque la he visto en el espejo de agua de mi cuarto muchas noches.
Es alguien que esperaba este momento desde el principio.
—Mara —dice.
Es la primera vez que dice solo mi nombre. Sin el apellido. Sin nada.
Y yo, con la voz que me queda, con los ojos llenos y la garganta cerrada y Nadie hirviendo detrás del esternón, le digo lo único que puedo decir.
—El undécimo era mi hermano.