Capítulo 20 · Escarcha
Escarcha
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Esa noche no subo a la plataforma.
No porque no quiera. Porque cuando llega la medianoche estoy sentada en la cama con la vela encendida, mirando mi sombra en la pared, y no me puedo mover.
Tengo las manos frías. Tengo la nariz todavía hinchada por la sangre de la tarde.
Y cada vez que cierro los ojos, veo una lámpara de llama azul y un cuchillo de cristal.
Lo que sale de la sombra en ese momento, lo ven todos.
Una derrota. Me queda una.
Y mañana peleo contra Dalia Morn.
Nadie está despierta. Lo siento. No dice nada, no se mueve, pero está ahí, mirándome desde adentro, como un perro que mira a su dueña llorar y no entiende por qué.
—Hoy te encerré —le digo en voz baja, a la sombra en la pared—. Te dolió. Lo sé.
La sombra no se mueve.
—Mañana tengo que hacerlo otra vez. Y si pierdo, nos van a separar. Con un cuchillo. Delante de todos. —Se me quiebra la voz—. Y no sé qué te van a hacer cuando te vean.
La sombra en la pared se mueve, por fin. Despacio. Se despega de la piedra, se acerca a la silueta que proyecta mi cuerpo, y se apoya contra ella.
Como la noche que le puse nombre.
Me abrazo las rodillas y me quedo así, con mi sombra abrazada a mi sombra, hasta que la vela se consume.
A las dos de la mañana, la ventana se abre sola. Escucho el silencio llenar el cuarto. Siento que alguien se queda de pie junto al marco, mucho rato, sin entrar.
No me doy vuelta.
Cuando el ruido vuelve, la ventana está cerrada.
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El Foso está más lleno que ayer.
No me sorprende. La sin sombra que volvió con sombra contra la heredera de los Morn. Si yo fuera apostadora, también vendría.
Lo que me sorprende es el palco.
No hay palcos en el Foso; solo gradas de piedra.
Pero alguien trajo una silla de madera tallada, con respaldo alto, y la puso en la grada más baja, frente al árbol muerto, en el mejor lugar.
Y en la silla, con las piernas cruzadas y las manos enguantadas sobre la rodilla, está sentado un hombre de pelo plateado.
Lord Cassian Morn vino a ver pelear a su hija.
A su alrededor, en un círculo de diez pasos, las gradas están vacías. Nadie se atreve a sentarse cerca.
Dalia ya está en la arena cuando bajo. Tiene el uniforme negro impecable, el broche del cuervo en el pecho, el pelo negro peinado hacia atrás.
En la muñeca derecha, el brazalete de plata.
Y a su lado, desplegado sobre la arena, Escarcha: el cuervo blanco del tamaño de un carruaje, con los ojos negros fijos en mí.
No me mira a mí. Mira a su padre.
Lord Morn no le devuelve la mirada. Mira el árbol muerto, como si el combate ya hubiera terminado y fuera aburrido.
Me pongo frente a ella.
—Morn.
—Veyl.
Silencio. El Foso entero contiene el aliento.
Y entonces Dalia da un paso hacia mí, como si fuera a saludarme, como hacen a veces los cadetes antes de un combate, y baja la voz tanto que solo yo la escucho.
—Si pierdes hoy, te cortan el vínculo mañana al amanecer. En la Sala de la Medida. Con la lámpara. —Sus ojos de hielo no parpadean—. Y mi padre va a estar ahí para ver qué sale.
Se me corta la respiración.
—¿Por qué me lo dices?
Dalia no contesta. Retrocede el paso. Levanta la barbilla.
—Comiencen —dice Hesk.
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Escarcha no carga como el jabalí.
Escarcha vuela.
Despega de la arena con un solo golpe de alas que me tira el pelo hacia atrás y levanta una nube de polvo negro, sube diez metros, quince, se queda suspendida sobre el Foso como una nube blanca. Y después baja.
No recto. En espiral. Girando alrededor del árbol muerto, alrededor mío, cada vez más cerca, cada vez más rápido, tan rápido que no sé de qué lado va a venir el golpe.
Viene de la izquierda.
Una garra me rasguña el hombro. Me tiro al suelo, ruedo. Me levanto. Escarcha ya está arriba otra vez.
Y Dalia ya está encima de mí.
No usa los puños, como Brenna. Usa un bastón de práctica, de madera dura, del largo de su brazo, que maneja como si hubiera nacido con él. Un golpe en las costillas. Otro en la pierna. Me agacho del tercero, me caigo antes del cuarto, ruedo, me levanto.
Escarcha baja otra vez, desde atrás.
No es como con Brenna. No hay baile. Brenna era una pared que se movía; podía verla venir. Dalia y su cuervo son dos cosas a la vez, de dos lados a la vez, y cada vez que esquivo una, la otra ya está ahí. Es como pelear contra la lluvia.
Me golpea. Me golpea. Me golpea.
Y yo me caigo, y ruedo, y me levanto. Una y otra vez. Escucho las gradas gritar. Escucho a Kip gritar mi nombre. Escucho a alguien gritar ¡Cinco a uno! ¡Cinco a uno por la Morn!
Y la siento levantarse.
Despacio, esta vez. No furiosa como ayer. Cansada. Herida. Pero se levanta igual, porque me están pegando, y a ella no le importa nada más que eso.
Quieta, le pido. Por favor. Una vez más. Quieta.
Escarcha baja.
No la veo. La siento: un viento frío desde arriba, un olor a plumas y a nieve.
Me tiro al suelo un segundo tarde. Las garras me atrapan los hombros, me aplastan contra la arena, me dejan boca arriba con un cuervo del tamaño de un carruaje parado sobre mi pecho, con el pico negro a un palmo de mi cara.
No puedo moverme.
Y Nadie empuja.
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La siento llegar a mis manos. Las venas negras me suben por los dedos, por las muñecas, por los antebrazos. La siento llegar a mi sombra, debajo de mí, debajo del cuervo. La siento hervir.
Y esta vez no tengo fuerzas para empujarla de vuelta.
Lo intento. Respiro. Dentro, cuatro. Fuera, seis. Me sale entrecortado. Se me nubla la vista en los bordes, como una vela que se está apagando. Pequeña. Pequeña. Pequeña.
No funciona.
En el borde de mi sombra, en la arena negra, empiezan a aparecer puntos de luz.
Pequeños. Plateados. Temblorosos.
Estrellas.
Escarcha las ve. Lo sé porque el cuervo, encima de mí, de pronto se queda muy quieto. Sus garras se aflojan sobre mis hombros. Sus ojos negros bajan hacia la arena, hacia los puntos de luz, y algo cambia en ellos.
Lo he visto antes. En el puente. En el pantano.
Va a arrodillarse.
Delante de todo el Foso. Delante de la Orden. Delante de Lord Cassian Morn.
No, pienso, desesperada. No, no, no…
Y entonces, una sombra cae sobre mi cara.
Dalia.
Está de pie junto a mí, junto a su cuervo, con el bastón en la mano, mirándome desde arriba. Su cara está tan cerca que le veo las pecas que se tapa con polvo de arroz, y la línea tensa de la mandíbula, y los ojos.
Los ojos están mirando las estrellas en la arena.
Después me miran a mí.
Y Dalia Morn, la heredera de la Casa más poderosa del Consejo, con su padre sentado a diez pasos en una silla de madera tallada, se inclina sobre mí y me dice, en un susurro tan bajo que casi no es sonido:
—Respira, Veyl.
No entiendo.
—Dentro —susurra ella—. Cuatro.
Respiro. Dentro. Cuatro.
—Fuera. Seis.
Fuera. Seis.
—Otra vez.
Dentro. Fuera. Ella respira conmigo, inclinada sobre mí, con el bastón en la mano, como si estuviera a punto de darme el golpe final. Desde las gradas, eso es lo que parece. Lo sé. Lo siento en el silencio.
Dentro. Fuera.
Las estrellas en la arena parpadean.
Se apagan una por una.
Nadie gime. Bajito. Agotada. Y se enrosca. Y se queda quieta.
Escarcha levanta la cabeza. Parpadea, confundida, como un pájaro que despierta de un sueño. Sus garras vuelven a apretarse sobre mis hombros.
Dalia se endereza.
Mira a su padre. Un segundo. Largo.
Después me mira a mí.
Y deja caer el bastón.
El golpe de la madera contra la arena suena enorme en el silencio del Foso.
—Me rindo —dice Dalia Morn.
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Nada se mueve.
Ni en las gradas, ni en la arena, ni en el banco donde Hesk se ha puesto de pie con el cuaderno en la mano y la boca entreabierta. Es como si el Foso entero se hubiera vuelto de piedra.
—¿Morn? —dice Hesk, al fin.
—Me rindo. —Dalia se agarra la muñeca derecha, la del brazalete de plata, con la mano izquierda. Su voz suena perfectamente tranquila—. Me torcí la muñeca en el último golpe. No puedo sostener el bastón.
Hesk la mira. Mira la muñeca. Mira el bastón en la arena. Me mira a mí, todavía tirada debajo del cuervo, con la vista todavía nublada y las manos con las venas que se van aclarando.
Y no dice nada de lo que está pensando.
—Veyl gana —dice.
Escarcha me suelta. Se hunde en la sombra de su jinete con un movimiento rápido, avergonzado.
Y en la grada más baja, Lord Cassian Morn se pone de pie.
No dice nada. No mira a su hija. Se acomoda los guantes, uno y después el otro, con cuidado, dedo por dedo. Y se va. Sube las gradas sin prisa, y la gente se aparta a su paso como se apartaba del Verdugo, y desaparece por el arco de piedra hacia los patios.
La silla tallada queda vacía en la grada.
Dalia no lo mira irse. Está mirando la arena, con la mano todavía agarrada a la muñeca. Y cuando la suelta, para recoger el bastón, veo que le tiemblan los dedos.
Me incorporo, despacio. Me duele todo. Me froto los ojos con la manga hasta que el mundo vuelve a tener bordes.
—Dalia.
Ella no me mira. Recoge el bastón. Se da vuelta hacia la salida del Foso.
Pero cuando pasa a mi lado, se detiene. Medio segundo. Lo justo para que lo note, no tanto como para que lo note nadie más.
Y sin girar la cabeza, con su voz grave y lenta, me dice:
—Me debes una, sin sombra.