Capítulo 19 · El Duelo de Sombras
El Duelo de Sombras
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No le pregunto a Seren por el cuaderno.
Quiero. Me paso la noche despierta, mirando el techo de mi torre, ensayando lo que le voy a decir. Te vi en la capilla. Sé que lo tienes. Dime qué dice. Lo ensayo tantas veces que las palabras pierden sentido, como cuando repites tu nombre hasta que suena a otra cosa.
Pero me acuerdo de los barracones. De la bofetada. De la voz helada que usó delante de todos, y de la otra voz, la de los baños, la que temblaba. Cada pregunta que haces en voz alta, alguien la escucha. Y cada cosa que alguien escucha, alguien la vende.
La última vez que la enfrenté en público, me pegó. La última vez que estuvimos solas, me tomó la cara entre las manos.
Así que no le pregunto. La miro. La miro en el comedor, en el Foso, en los pasillos, como Dalia me miraba a mí. Haciendo cuentas. Y espero.
No sé qué espero. Que se le caiga el cuaderno. Que vuelva a la capilla. Que me mire de vuelta.
No me mira.
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El Verdugo vuelve a la plataforma después de nueve noches.
Las nueve noches subo igual. Me siento en la piedra fría, respiro, le pido a Nadie la mano, el brazo, la sombra entera, sola. Y cada noche, cuando la campana da las dos, bajo sin que él haya aparecido.
La décima noche está ahí cuando llego.
De pie junto al poste oxidado, mirando la Fosa, como siempre. Pero tiene la chaqueta puesta, abotonada hasta arriba, y cuando se da vuelta lo hace despacio, girando el cuerpo entero en lugar de la cintura.
—Tardaste —dice.
—Dos minutos y medio.
—Dos minutos y cuarenta.
—Tú tardaste nueve noches.
Se queda callado un segundo.
—Siéntate.
Y así, sin más, volvemos a empezar. Respirar.
La mano. El brazo. Él no me tira al suelo esa noche; no puede, se nota en cómo se mueve.
En cambio, se sienta frente a mí y me hace preguntas sobre Nadie.
¿Qué sientes cuando tiene miedo? ¿Y cuando tiene hambre?
¿Dónde la sientes cuando duermes? Preguntas tranquilas, una detrás de otra, como un médico.
No me mira a la cara. Mira mi sombra, en la piedra, todo el tiempo.
No hablamos del pantano. Del árbol muerto. De su mano sobre la mía contra su mejilla. De no. De porque no sabes lo que soy.
Pero está ahí, entre los dos, todo el tiempo. Como una tercera sombra en la plataforma.
Cuando la campana da las dos, se pone de pie. Despacio.
—El Duelo de Sombras empieza en tres días —dice, sin mirarme.
—Lo sé.
—¿Sabes las reglas?
—Combates uno contra uno, en el Foso. Se puede usar la umbría. Pierde el que queda inmovilizado o el que se rinde. Quien pierde dos veces, queda expulsado. —Hago una pausa—. Y le cortan el vínculo.
—¿Sabes cómo lo cortan?
No lo sé. Niego con la cabeza.
El Verdugo se queda mirando la Fosa un largo rato.
—La Orden tiene una lámpara —dice—. La misma que usan en la Sala de la Medida.
Luz de la Madre. Ponen al cadete en el círculo, encienden la lámpara frente a su sombra, y un Velado corta la unión entre los dos con un cuchillo de cristal.
—Hace una pausa—. Lo que sale de la sombra en ese momento, lo ven todos.
Se me hiela la sangre.
—Si me cortan el vínculo…
—Van a ver lo que hay.
No dice nada más. Se acerca al borde de la plataforma, y su sombra empieza a envolverlo, como siempre que se va.
—Pierde una vez si tienes que hacerlo —dice, de espaldas—. Pero no pierdas dos.
Y desaparece.
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El primer día del Duelo, el Foso está lleno.
No como el Puente de Ceniza; no hay Consejo, no hay palco con toldo negro.
Pero las gradas de piedra están repletas de cadetes de segundo y tercero, de oficiales, de sirvientes que se escaparon de las cocinas, y el ruido es como el de un mercado.
Hay apuestas. Escucho mi nombre en boca de un chico de segundo con una tablilla de cera: Veyl, tres a uno en contra.
Tres a uno. Después del puente, me esperaba peor.
Los combates se sortean. Hesk lee los nombres en voz alta, de dos en dos, y los cadetes bajan a la arena negra, se ponen frente a frente junto al árbol muerto, y pelean hasta que uno queda en el suelo.
Kip sale en el tercer combate, contra un chico de la Casa Elvane de dos metros de alto con una umbría que parece un ciervo hecho de huesos. Kip está tan pálido que se le notan todas las pecas.
Gana en cuarenta segundos.
No por su habilidad. Por Migaja, que sale de su sombra cuando el chico Elvane se le viene encima, le sube por la pierna como una ardilla, y le muerde la oreja.
Fuerte. El chico Elvane grita, se agarra la oreja, se tropieza con su propio ciervo de huesos y cae de espaldas en la arena, y Kip, que estaba agachado con los brazos sobre la cabeza esperando el golpe, abre un ojo, ve al chico en el suelo, y se le sienta encima.
El Foso entero se queda callado.
Después estalla en carcajadas.
Hesk, desde su banco, se tapa la cara con la mano. Creo que para que no la vean reírse.
—Arden gana —dice, con la voz sospechosamente quebrada.
Kip sube a las gradas con las orejas rojas y Migaja sentado en su cabeza como una corona. Se deja caer a mi lado.
—Le debo un cerdo —dice—. Otro.
—Le debes una granja.
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Mi nombre sale en el octavo combate.
—Veyl, Mara. Contra Ardane, Brenna.
Kip suelta el aire entre los dientes.
—Es ella —me susurra—. La que pesa el doble que yo.
Brenna Ardane baja a la arena antes que yo.
Es enorme. No gorda: enorme, alta y ancha como una puerta, con los brazos de alguien que creció partiendo leña en las minas de su familia.
Tiene el pelo rojo cortado al ras y una cicatriz en el labio.
Cuando llega junto al árbol muerto, su sombra se hincha sobre la arena, y de ella sale su umbría: algo parecido a un jabalí, pero del tamaño de un carro, con colmillos de hierro y una melena de humo negro.
Bajo despacio.
Me pongo frente a ella. La arena está fría bajo las botas. Mi sombra se estira a mi lado, quieta, perfecta, sin nada que salga de ella.
Brenna me mira de arriba abajo.
—¿Tu umbría sigue durmiendo, Veyl?
—Profundamente.
—Qué lástima. —Sonríe con la cicatriz del labio—. Me habría gustado ver lo que hizo en el puente.
—Eso fue el lobo del Verdugo.
—Claro. —Se cruje los nudillos—. Y yo soy la Reina.
Hesk levanta la mano.
—Comiencen.
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El jabalí viene primero.
Recto, rápido, con la cabeza baja y los colmillos de hierro apuntados a mi estómago. Es como ver venir un carro sin caballos cuesta abajo.
Me caigo yo.
Antes de que llegue, me dejo caer de lado, ruedo sobre el hombro, y el jabalí pasa sobre el lugar donde yo estaba con un ruido de trueno. Me levanto detrás de él. Brenna ya está encima de mí, con el puño en alto.
Me agacho. El puño me roza el pelo. Le pateo la rodilla, como al chico de tercero, y ella gruñe y se tambalea pero no cae, porque Brenna Ardane no es un chico de tercero, es una pared.
Las gradas se callan. Después empiezan a gritar.
Y durante un rato, no sé cuánto, bailo.
No hay otra palabra. Me caigo, ruedo, me levanto, me agacho, esquivo.
Cada vez que el jabalí carga, me tiro al suelo un segundo antes.
Cada vez que Brenna me tira un golpe, no estoy donde lo tiró.
Las noches en el techo de la torre, con el Verdugo tirándome al suelo catorce veces en diez minutos, me enseñaron algo que no sabía que había aprendido: a leer un cuerpo antes de que se mueva.
Escucho a Kip gritar mi nombre. Escucho a alguien en las gradas gritar ¡Dos a uno! ¡Ahora dos a uno!
Y durante todo ese rato, Nadie está de pie.
No quiere bailar. Quiere salir.
Cada vez que el jabalí carga, siento cómo se tensa, cómo sube por mis costillas, cómo llega a la punta de mis dedos, a la planta de mis pies, a la sombra en la arena. Quiere pararse delante de mí. Quiere hacer lo que hizo en el puente, en el pantano. Quiere que el jabalí se arrodille.
Quieta, le pido. Pequeña. Respira. Y la empujo de vuelta, una y otra vez, como se empuja una puerta contra el viento.
Y eso me cansa.
Me cansa más que las caídas, más que los golpes, más que todo. Mantenerla adentro es como sostener una piedra con los brazos estirados. Al principio no pesa. Después pesa. Después tiembla todo.
El jabalí carga otra vez.
Me caigo un segundo tarde.
El colmillo de hierro me roza el costado, me rasga la chaqueta, me tira de espaldas a la arena. Y antes de que pueda rodar, el jabalí está encima de mí. No me ataca. Apoya una pata enorme, pesada como una roca, en mi pecho. Y me aplasta contra la arena.
No puedo respirar.
Y Nadie explota.
No afuera. Adentro. Siento cómo se estrella contra mis costillas desde dentro, furiosa, desesperada, como un animal encerrado que escucha a su cría gritar.
Siento cómo me sube por el cuello, cómo me llega a los ojos.
Siento que las venas de las manos se me oscurecen.
Siento que mi sombra, debajo de mí, en la arena, empieza a hervir.
El jabalí lo siente también. Lo veo en sus ojos pequeños de brasa. Lo veo dudar.
No, pienso. No, no, no. Delante de todos no. Delante de la Orden no. Si sales ahora, se acaba todo.
Nadie empuja.
Yo empujo de vuelta.
Con todo lo que tengo. Con las nueve noches sola en la plataforma y la décima con él. Con pequeña y respira. Con el padre de Joss llorando en el borde. Con el si lo muestras, te mato yo y la mano sobre la mía contra su mejilla. Empujo hasta que me sangra la nariz.
Y Nadie retrocede.
Despacio. Gruñendo. Herida, casi. Se enrosca en su rincón, temblando, y se queda ahí.
Y yo, con la pata del jabalí sobre el pecho, sin aire, con sangre en la boca, levanto la mano y golpeo la arena dos veces con la palma.
La señal de rendición.
—Ardane gana —dice Hesk.
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El jabalí me quita la pata del pecho. Respiro. El aire me entra a los pulmones como un cuchillo.
Brenna Ardane está de pie sobre mí. No sonríe. Me mira con el ceño fruncido, con una expresión rara, como si hubiera ganado algo que no sabe si quería.
Me tiende la mano.
La miro. Después la tomo. Me levanta de un tirón, como si no pesara nada.
—Esa no fue una pelea de alguien con una umbría dormida —me dice, bajito, solo para mí.
—No sé de qué hablas.
—Claro. —Me suelta la mano—. Y yo soy la Reina.
Se va.
Subo a las gradas. Kip me da un pañuelo para la nariz sin decir nada. En la otra punta del Foso, en lo alto, en un puente de piedra, hay una figura de negro apoyada en la baranda inexistente. No sé desde cuándo está ahí. No sé si vio todo.
Cuando levanto la vista hacia él, se da vuelta y se va.
Hesk anota algo en su cuaderno. Después camina hasta un tablero de madera clavado en la pared del Foso, donde están escritos con tiza los nombres de los cadetes y las rondas del Duelo. Borra algo con la manga. Escribe algo nuevo.
Me acerco a leer.
Al lado de mi nombre, una marca. Una derrota.
Y debajo, en la columna del día siguiente, el próximo combate.
Veyl, Mara — contra — Morn, Dalia.