Capítulo 18 · Lo que la Fosa no devuelve
Lo que la Fosa no devuelve
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Vesper me deja en el borde de la niebla, a doscientos pasos de la torre, y desaparece.
No se despide. Planea hasta un claro de juncos, baja el lomo para que me deslice, y antes de que mis botas toquen el barro ya se ha dado vuelta, ya ha desplegado el ala sana, y se ha hundido en la niebla hacia el oeste, de vuelta hacia donde la espera su jinete.
Corro.
Corro los últimos doscientos pasos con el corazón en la boca, por un sendero que sube, como él dijo, y donde ya no hay agua, solo pasto mojado y piedras.
La Torre de Mirra aparece entre la niebla: una columna de piedra vieja, derrumbada a la mitad, con musgo hasta las ventanas.
Delante, en un claro, hay figuras. Cadetes.
Oficiales. Una fogata, por fin, una fogata de verdad.
Y a la izquierda, sobre las colinas, una línea de oro.
El sol.
Cruzo el claro con el primer rayo de luz en la espalda, y mi sombra se estira delante de mí, larga, negra, perfecta, hasta los pies de la profesora Hesk.
Hesk me mira. Mira mi sombra. Mira el sol.
—Justo —dice.
Y anota algo en su cuaderno.
Kip se me tira encima antes de que pueda respirar.
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De los catorce cadetes que entraron al pantano, llegamos trece.
Nadie más murió. Un chico de la Casa Elvane se rompió una pierna en un pozo y lo trajeron entre dos. Una chica de otro grupo perdió dos dedos de la mano izquierda, mordidos por algo que no vio. Pero llegaron. Todos llegaron.
Todos menos Joss.
Liane Thal no habla en todo el viaje de vuelta. Va sentada en el carro, envuelta en una manta, mirando sus manos. Cuando paso a su lado, me agarra la manga con fuerza, sin levantar la vista.
—Me empujó —me dice. Es lo único que dice.
—Lo sé.
—Yo corté la cuerda. —Le tiembla la voz—. Cuando la cosa me agarró, saqué el cuchillo y corté la cuerda para no arrastrarlos a todos. Y él se soltó la suya. Se soltó y se metió al agua a buscarme.
No sé qué decirle.
Así que me siento a su lado en el carro, y le tomo la mano, y la dejo que me la apriete hasta que se le pone blanca.
Dalia, en el otro extremo del carro, nos mira. No dice nada. Pero cuando el carro se detiene en la Ciudadela, y Liane no puede bajarse porque le tiemblan las piernas, es Dalia la que se baja primero y le tiende la mano.
En el patio, nos espera el comandante de la Ciudadela, un hombre viejo de barba blanca y medallas, que nos felicita a todos en un discurso que nadie escucha.
No dice el nombre de Joss.
Y detrás de él, contra la pared, en la sombra del portón, con el uniforme negro abotonado hasta el cuello y la espalda tan derecha que tiene que doler, está el Verdugo.
No me mira. Pero cuando paso, veo que tiene una mano apoyada en la pared. Como si la pared lo estuviera sosteniendo a él.
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El funeral es dos días después, a la hora larga, en el borde de la Fosa.
Cuando un jinete muere, lo arrojan al abismo. Para que su umbría vuelva a casa, dicen los Velados. Para que la Madre lo reciba.
Pero no tenemos el cuerpo de Joss. El pantano no devuelve nada. Y Chispa, el lagarto que hizo su primera chispa la noche que su jinete murió, se quedó allá, en el agua y la niebla, con las otras bestias sin dueño.
Así que arrojamos su uniforme.
Lo doblan los Velados, con sus rostros cubiertos y sus manos lentas. Lo ponen sobre una tabla de madera negra. Le ponen encima la insignia de cadete de la Ciudadela, un ojo de plata sobre fondo negro, y una ramita seca de algo que no conozco.
Estamos todos ahí. Los trece de primero.
Hesk. Los oficiales. Algunos cadetes de segundo y tercero que conocían a Joss, o que no lo conocían y vinieron igual.
Ezra Thal, con su ribete verde y su cara de circunstancia, que me mira desde el otro lado y me hace un gesto con la cabeza que no le devuelvo.
Y la familia.
Están un poco apartados, cerca del borde, como si no supieran si tienen permiso para estar ahí.
Un hombre grande, de hombros anchos, con las manos llenas de cicatrices de ladrillo y una chaqueta de domingo que le queda chica.
Y cuatro mujeres jóvenes, de pelo pajizo y orejas grandes, agarradas de las manos, llorando sin hacer ruido.
Cuatro hermanas. Todas mayores.
Me duele mirarlas.
El Sumo Velado dice las palabras. La Madre recibe a su hijo. Lo que la Fosa da, la Fosa lo guarda. Cosas que no significan nada. Después dos Velados levantan la tabla negra, la inclinan sobre el borde, y el uniforme de Joss Tamber resbala y cae y se pierde en la oscuridad sin hacer ruido.
La Madre no lo devuelve.
Una de las hermanas suelta un sollozo que le sale de muy adentro, como un animal herido. Las otras tres la sostienen.
El padre no llora. Solo mira el abismo con la cara de piedra de un hombre que pasó su vida cargando cosas pesadas y acaba de aprender que existe una que no puede cargar.
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Cuando termina la ceremonia, los oficiales se van. Los Velados se van. Los cadetes se van, de a poco, en grupos, hablando bajo.
Yo me quedo.
Camino hasta el borde, hasta donde está el padre de Joss, todavía de pie, mirando hacia abajo. Las hermanas se han sentado en un banco de piedra, abrazadas. Ninguno me mira.
No sé qué decir. Nunca he sabido qué decir en estas cosas. En mi casa, cuando murió la abuela, nadie dijo nada. Mi madre quemó sus cosas y cerró su cuarto y no se volvió a hablar de ella.
Pero me acuerdo de la voz del Verdugo en el pantano. Repítelo hasta que lo sepas como sabes tu nombre. Y después, no lo sueltes.
—Señor Tamber.
El hombre gira la cabeza. Me mira sin verme.
—Estaba con él —digo—. En el pantano. Esa noche.
Ahora sí me ve.
—Hablaba todo el tiempo —le digo, y se me quiebra la voz, y sigo igual—. Toda la noche. Nos contó de sus cuatro hermanas, que por eso aprendió a hablar sin respirar. Nos contó que usted hace ladrillos en el cuarto anillo. Nos contó que lloró cuando él subió de la Fosa.
El padre de Joss abre la boca. No sale nada.
—Y él salvó a una chica —le digo—. Se llamaba Liane. La agarró del agua y la empujó a un lugar seguro y él se quedó atrás. Lo vi. Lo hizo sin pensarlo.
Las hermanas, en el banco, han dejado de llorar. Me están mirando.
—Y su lagarto —sigo—. Chispa. Nunca había hecho una chispa. Joss nos dijo que le había puesto ese nombre porque tenía fe. Y esa noche, al final, cuando… Chispa hizo una. Una chispa de verdad. Naranja. —Trago saliva—. Y Joss se rió. Fue lo último que hizo. Se rió y dijo lo lograste.
El padre de Joss Tamber se queda mirándome.
Y después, despacio, como una pared que cede después de mucho tiempo, se le arruga la cara. Se le doblan los hombros anchos. Se tapa la boca con una mano enorme, llena de cicatrices.
Y llora.
No como sus hijas. Llora como lloran los hombres que nunca lloran: con todo el cuerpo, sin hacer ruido, temblando.
Una de las hermanas se levanta del banco, viene hacia mí, y me abraza.
No sé su nombre. Ella no sabe el mío. Huele a polvo de ladrillo y a jabón barato. Me abraza fuerte, con la cara en mi hombro, y me dice gracias contra el cuello, una vez, y otra, y otra.
Me quedo quieta, con los brazos colgando, sin saber qué hacer.
Después la abrazo de vuelta.
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Cuando por fin me alejo del borde, el sol ya está bajo y las sombras de la Ciudadela se estiran sobre los patios como dedos.
No voy a la cena. Camino. No sé adónde. Por pasillos que no conozco, por escaleras que bajan, por patios vacíos. Necesito estar sola. Necesito no pensar en las manos del señor Tamber, ni en el gracias de su hija, ni en el agua lisa del pantano donde ya no había nada que alumbrar.
Entonces la escucho.
Un sonido bajo, ahogado, que viene de detrás de una puerta entreabierta al final de un pasillo del ala oeste. Un sonido que conozco porque lo he hecho muchas veces, en la despensa de mi casa, con la cara contra la almohada para que nadie lo oyera.
Alguien está llorando.
Me acerco sin hacer ruido. La puerta da a una capilla vieja, abandonada, con un altar vacío y bancos cubiertos de polvo y una sola vela encendida en el suelo.
Y frente a la vela, sentada en el piso de piedra con las piernas cruzadas, de espaldas a la puerta, hay una chica con una trenza tan apretada que parece de metal.
Seren.
No la he visto llorar desde que éramos chicas. Ni cuando nos separaron. Ni cuando murió la abuela. Ni en el borde, cuando me empujó.
Ahora llora. Encorvada sobre algo que tiene en las rodillas, con los hombros sacudiéndose, con una mano tapándose la boca para no hacer ruido. Exactamente como yo.
Su sombra, en la pared, proyectada por la vela, es enorme. Y Lirio está afuera de ella. La serpiente blanca, enroscada alrededor de los hombros de mi hermana como una bufanda, con la cabeza apoyada en su mejilla, con las antenas de polilla rozándole el pelo.
Consolándola.
No me muevo. No entro. Me quedo en el umbral, en la sombra de la puerta, con el corazón golpeándome las costillas.
Seren se limpia la cara con la manga. Respira hondo. Y levanta lo que tiene en las rodillas hacia la vela, para ver mejor.
Es un cuaderno.
Tela gris. Esquinas gastadas. Exactamente igual a los doce cuadernos de la caja del Archivo Velado, a los que leí con Kip a la luz de una vela, al que tengo escondido debajo de mi colchón con una página arrancada y medio sello de la Reina.
Seren lo abre. Pasa una página. A la luz de la vela, veo la letra desde la puerta.
Inclinada. Apretada. Con las t cruzadas en diagonal.
Mi hermana tiene el resto del diario de la abuela.