Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 17 · Antes del amanecer
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Capítulo 17 · Antes del amanecer

Antes del amanecer

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—No deberías estar aquí —dice Dalia.

Es lo primero que alguien le dice. Ni gracias, ni estás herido, ni qué pasó. Dalia Morn, con el cuchillo otra vez en la mano y el cuervo blanco erizado sobre ella, mira al Verdugo de la Fosa en el borde de mi círculo de estrellas, y le dice que no debería estar aquí.

Theron Vask la mira. Algo parecido a una sonrisa le cruza la boca y se le va.

—No —dice—. No debería.

Después se le doblan las rodillas.

No cae. Se apoya en la espada, clavada en el barro, y se queda así, medio arrodillado, con la cabeza gacha y la respiración rota. La mancha oscura en el costado ya le llega a la rodilla.

Las siete umbrías salvajes, en el borde de la luz, se han quedado muy quietas. Lo miran. Gruñen, bajito, todas juntas, un gruñido que hace vibrar el agua.

—No —digo, sin pensar, hacia ellas—. Él no.

El gruñido se apaga.

Dalia gira la cabeza hacia mí. Kip gira la cabeza hacia mí. Liane, sentada en el barro con las rodillas contra el pecho, deja de mecerse.

Y el Verdugo levanta la vista desde donde está, medio arrodillado, y me mira con esos ojos grises, y sé que vio lo mismo que ellos. Que siete bestias salvajes acaban de obedecerme.

No dice nada. Pero algo se le mueve en la cara. No es miedo. Es algo peor.

Es dolor.

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—La torre está a un kilómetro al este —dice él, cuando puede hablar. La voz le sale ronca—. Derecho. El sendero sube un poco antes de llegar; ahí ya no hay agua. Si salen ahora, llegan antes del amanecer.

—Sin luz no vamos a encontrar el sendero —dice Kip.

—Van a tener luz. —El Verdugo me mira a mí—. Pídeles que los lleven.

—¿Que los lleven quiénes?

No contesta. Gira la cabeza, despacio, hacia las siete umbrías salvajes.

Me quedo mirándolo.

—No sé si…

—Sí sabes.

Trago saliva. Me doy vuelta hacia las bestias, que me miran desde el borde de mi círculo, con las cabezas agachadas. La grande de los ojos amarillos, la que me ronroneó en el hombro, está más cerca que las demás.

No sé cómo se le habla a una umbría salvaje. Hesk nunca nos enseñó. Así que hago lo único que sé: le hablo como a Nadie.

—Llévalos a la torre —le digo—. Por favor. A los tres. Sanos. Que no les pase nada.

La bestia de los ojos amarillos parpadea. Lento.

Después se da vuelta, se mete en el agua hacia el este, y se queda ahí, esperando, con el lomo de espinas asomando sobre la superficie.

Las otras seis se reparten alrededor del sendero, en fila, como antorchas apagadas.

Y en la sombra de cada una, cuando la luz de mis estrellas las alcanza, empiezan a brillar puntitos de luz plateada. Pequeños. Temblorosos. Igual que los míos.

Un camino de estrellas a través del pantano.

Dalia me mira. No dice sé lo que eres. No necesita.

—¿Y tú? —pregunta.

Miro al Verdugo, medio arrodillado en el barro, con la mano apretada contra el costado.

—Yo me quedo.

—Mara —empieza Kip.

—Si alguien lo encuentra aquí, lo van a castigar por romper las reglas de la Criba. No puede caminar. Y no puede quedarse solo, porque las cosas de ojos rojos siguen allá afuera. —Me agacho junto al Verdugo—. Vayan. Los alcanzo antes del amanecer.

—¿Cómo? —dice Dalia.

No tengo respuesta.

El Verdugo levanta la vista hacia ella.

—Va a llegar —dice—. Yo me encargo.

Dalia lo mira un largo rato. Después me mira a mí. Después hace algo que no le he visto hacer nunca: se agacha junto a Liane, la toma del brazo con una suavidad que no le conocía, y la ayuda a ponerse de pie.

—Vamos, Thal —le dice—. Arden. Ahora.

Kip me abraza antes de irse. Fuerte, rápido, con Migaja apretado entre los dos.

—Si no llegas antes del amanecer —me susurra al oído—, me como tu pan durante un año.

—Trato.

Se van. Los veo alejarse por el camino de estrellas, entre las bestias, tres figuras pequeñas en la noche enorme, hasta que la niebla se los traga.

Y me quedo sola con el Verdugo de la Fosa, en un sendero de barro, en el medio del pantano.

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Hay un montículo seco a veinte pasos, con un árbol muerto encima.

Lo ayudo a llegar hasta ahí. Pesa más de lo que parece.

No se queja. No dice nada. Solo apoya un brazo en mis hombros y camina, con los dientes apretados, y cuando lo dejo sentado contra el tronco del árbol, cierra los ojos y apoya la cabeza en la corteza, y por un segundo creo que se desmayó.

—Déjame ver.

—No es nada.

—Estás perdiendo sangre desde hace una hora. Déjame ver.

Abre los ojos. Me mira. Después, sin decir nada, aparta la mano del costado.

No sé nada de heridas. Sé lo que aprendí en una cocina: cortes de cuchillo, quemaduras de aceite, un dedo aplastado por una olla. Esto no se parece a nada de eso. Son tres cortes paralelos, profundos, que le cruzan el costado desde las costillas hasta la cadera. Garras.

Me saco la chaqueta del uniforme. La rompo en tiras, con los dientes, con el cuchillo que me dejaron. Él me mira hacerlo sin decir nada.

—Esto va a doler.

—Ya duele.

—Va a doler más.

Aprieto la primera tira contra la herida. Él no grita. Solo se le tensa la mandíbula y se le cierran los ojos y apoya la cabeza en el tronco con un golpe sordo.

Atar el vendaje requiere pasarle la tela alrededor de la cintura. Por la espalda. Lo que significa que tengo que inclinarme sobre él, rodearlo con los brazos, con la cara casi en su cuello, para pasar la tira de un lado al otro.

Lo hago rápido. Lo hago mirando el árbol, el cielo, cualquier cosa. Lo hago respirando por la boca para no sentir su olor a lluvia y a sangre. Lo hago tres veces, una por cada tira.

Y las tres veces, siento que contiene la respiración.

Cuando termino, me siento en el barro frente a él. Tengo las manos rojas hasta las muñecas. Me las limpio en el pantalón.

—¿Qué te hizo esto?

—Lo que se llevó a tu amigo.

Me quedo quieta.

—Lo seguí hasta el agua profunda —dice, mirando la niebla—. Vesper lo alcanzó. Pelearon. Ella ganó. —Hace una pausa—. No llegué a tiempo para él. Lo siento.

No lo dice como se dice lo siento en los salones del segundo anillo. Lo dice como si le costara algo.

Me tapo la cara con las manos ensangrentadas.

No lloro. Ya lloré, en el barro, con Kip abrazándome. Ahora solo me quedo así, con la cara entre las manos, viendo a Joss en la oscuridad detrás de los párpados. Riéndose. ¡Mira, Chispa! ¡Lo lograste!

—Se llamaba Joss Tamber —digo, contra las palmas—. Tenía cuatro hermanas. Su padre hace ladrillos. Su lagarto hizo una chispa justo antes de… —Se me cierra la garganta—. Fue la primera vez. La primera chispa. Y se rió.

Silencio.

—Repítelo —dice él.

Levanto la cabeza.

—¿Qué?

—Su nombre. Repítelo. —Me mira, y sus ojos grises, a la luz de mis últimas estrellas, no tienen nada de frío—. Joss Tamber. Cuatro hermanas. Padre ladrillero. Su lagarto hizo una chispa y él se rió. Repítelo hasta que lo sepas como sabes tu nombre. Y después, no lo sueltes.

—¿Por qué?

—Porque la gente como nosotros vive mucho tiempo. —Desvía la vista hacia la niebla—. Y si no los cargas, se te olvidan. Y si se te olvidan, es como si nunca hubieran existido.

Pienso en las once cicatrices de su antebrazo.

No pregunto.

—Joss Tamber —digo, despacio—. Cuatro hermanas. Su padre hace ladrillos. Su lagarto se llamaba Chispa porque tenía fe.

Él asiente, una vez. Y cierra los ojos.

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—¿Por qué viniste?

Lo pregunto mucho después, cuando la niebla empieza a cambiar de color, de negro a gris oscuro, y mis estrellas ya se apagaron todas y Nadie está enroscada detrás de mi esternón, agotada, durmiendo de verdad por primera vez.

El Verdugo abre los ojos.

—Pregunta otra cosa.

—No. —Me acerco, de rodillas sobre el barro—. Esta vez no. Rompiste las reglas de la Criba. Te arriesgaste a que te expulsaran de la Legión. Casi te matan. Y Hesk dice que nadie puede entrar a una prueba, ni siquiera el comandante. ¿Por qué viniste?

Se queda mirándome mucho rato.

—Porque la sentí —dice al fin.

—¿A quién?

—A ti. A ella. —Toca su propio pecho, sobre el esternón, con dos dedos—. Cuando la llamaste en el agua, cuando gritaste, Vesper se despertó en mi sombra en la Ciudadela, a treinta kilómetros, y aulló. Y yo sentí… —Se detiene. Busca la palabra—. Sentí tu miedo. Como si fuera mío.

No sé qué decir.

—Nunca había sentido el miedo de nadie más —dice, muy bajo—. Nunca. Ni siquiera el de los que…

No termina.

Me doy cuenta de que estoy temblando. Y no es de frío.

Levanto una mano y le toco la frente. Para ver si tiene fiebre, me digo. Es lo que se hace con los heridos. Tiene la piel caliente, demasiado caliente, húmeda de sudor.

Él no se aparta.

Al contrario. Cierra los ojos. Y levanta su mano, despacio, y la pone sobre la mía, y la baja de su frente a su mejilla. Y la deja ahí, contra su cara, con sus dedos encima de los míos.

No dice nada.

Yo tampoco.

La niebla se aclara un poco más. Gris claro. El primer rastro del amanecer. Y en el barro, a nuestro lado, empiezan a aparecer nuestras sombras, pálidas, largas, recién nacidas.

Se están tocando.

No me acuerdo de inclinarme. Pero de pronto estoy más cerca. Tan cerca que siento su aliento en la boca, tan cerca que veo cada una de sus pestañas, oscuras contra la piel pálida, y la cicatriz doble de la ceja, y una peca chiquita que tiene debajo del ojo izquierdo y que nunca había visto.

Él abre los ojos.

Y veo en ellos algo tan desnudo que me corta la respiración. Algo que lleva mucho tiempo encerrado y que acaba de ver una puerta abierta.

Después la puerta se cierra.

—No —dice. Muy bajo.

Me quedo quieta, a un palmo de su cara.

—¿Por qué?

No me suelta la mano. La aprieta contra su mejilla, una vez, fuerte, como si quisiera memorizarla.

—Porque no sabes lo que soy.

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El cuerno suena a lo lejos, hacia el este.

Largo. Grave. Tres veces.

—La torre —dice él, y me suelta la mano—. Llegaron. Están contando a los que faltan.

Me pongo de pie. Las piernas me tiemblan.

El Verdugo se levanta también, apoyándose en el árbol, con la mano en el vendaje. Mira hacia el este, donde la niebla ya tiene un tinte rosado.

—Vesper —dice.

Su sombra, a sus pies, se hincha. El lobo alado sale de ella despacio, mucho más despacio que en el puente, con un ala recogida contra el cuerpo y una herida abierta en el lomo, negra, que gotea sombra. Se tiende en el barro. Me mira.

No retrocede. No gime. Solo me mira, con esos ojos de brasa, y después baja la cabeza, apenas, como se saluda a alguien conocido.

—Sube —dice el Verdugo.

—¿Y tú?

—Yo voy después. Por otro camino. Nadie puede verme llegar contigo.

Me subo al lomo del lobo. Es cálido. Huele a lluvia.

Antes de que Vesper despliegue las alas, me doy vuelta hacia él. Está de pie junto al árbol muerto, con la chaqueta rota y el vendaje de mi uniforme alrededor de la cintura y el pelo pegado a la frente, y nunca lo había visto tan cansado, ni tan joven, ni tan solo.

—Gracias —le digo.

Theron Vask me mira.

—No me agradezcas —dice—. Todavía no sabes lo que hago.