Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 16 · Chispa
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Capítulo 16 · Chispa

Chispa

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No me muevo.

No respiro. No parpadeo, aunque da lo mismo, porque no hay nada que ver.

Me quedo quieta en el sendero de barro con la cuerda atada a la cintura y algo enorme respirando junto a mi oreja, y pienso, con una claridad que me sorprende: así es como muere la gente en los pantanos. Quieta. Sin ver qué la mató.

La respiración se acerca.

Siento el calor contra la mejilla. Un olor a agua estancada, a juncos, a algo vivo y viejo. Siento que algo húmedo y frío me roza el cuello, la mandíbula, el pelo, en movimientos cortos, rápidos. Me está oliendo.

Adentro, Nadie se queda inmóvil.

No furiosa. No asustada. Atenta, como una madre que mira a un perro desconocido acercarse a su hijo, lista para saltar, esperando a ver qué hace.

Y el perro desconocido hace algo que no espero.

Apoya la frente en mi hombro.

Una frente enorme, dura, del tamaño de mi espalda entera, que se apoya contra mí con una delicadeza imposible, como si temiera romperme. Se queda ahí. Y desde algún lugar de su cuerpo, muy hondo, sale un sonido que siento en los huesos más que en los oídos. Un sonido bajo, vibrante, continuo.

Está ronroneando.

El mismo sonido que hace Nadie cuando le digo su nombre.

Me tiembla todo el cuerpo.

—Hola —susurro, sin saber por qué.

La frente se aprieta un poco más contra mi hombro.

Y a la izquierda del sendero, en el agua, algo se mueve. Y a la derecha. Y detrás. Una por una, siento que se acercan. Que se detienen alrededor mío, en círculo, en el agua y en el barro. Siento sus respiraciones. Siento su calor. Siento, sin verlas, que todas tienen la cabeza agachada.

Como las bestias del puente.

Como las de la pendiente de huesos, cuando caí.

No tienen hambre, pienso. Tienen…

No sé cómo termina la frase.

Y entonces, adelante, en la oscuridad, Liane Thal grita.

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El grito lo rompe todo.

Es un grito agudo, largo, de puro terror, y en el silencio del pantano suena como un cristal que se rompe. Y siento cómo cambia el aire. Cómo las respiraciones a mi alrededor se cortan. Cómo la frente enorme se aparta de mi hombro de golpe y gira hacia adelante, hacia el grito.

Las umbrías comen lo que ustedes sienten, dijo Hesk. Miedo, rabia, alegría.

Y Liane está sintiendo el miedo más grande de su vida.

—¡Liane, cállate! —grita Dalia, adelante—. ¡Cállate, cállate…!

Demasiado tarde.

El agua estalla.

Escucho algo enorme saltar desde la izquierda del sendero, escucho el chapoteo, escucho el grito de Liane cambiar de tono, de miedo a dolor.

La cuerda en mi cintura da un tirón tan violento que me tira de rodillas al barro.

Adelante, alguien cae al agua. Alguien grita mi nombre. Alguien grita el nombre de Kip.

Todo es negro. Todo es ruido. Todo es agua y gritos y algo que gruñe.

Y la cuerda tira, y tira, y me arrastra hacia adelante sobre el barro, hacia el agua, hacia lo que sea que está pasando allá adelante en la oscuridad, y no veo nada, no veo nada, no veo nada…

—Nadie.

No es una orden. Es un grito. El mismo grito del puente.

Y esta vez, cuando sale, la siento salir.

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Hay luz.

No de fuego. No de antorcha. Una luz plateada, pálida, que no viene de ningún lado y viene de todos a la vez.

Viene del suelo. Del barro bajo mis rodillas, donde mi sombra se extiende en todas direcciones como una mancha de tinta, y en la tinta hay puntos de luz.

Cientos. Miles. Pequeños, fríos, temblorosos.

Estrellas.

Se extienden por el sendero, por el agua, por los juncos, en un círculo de diez pasos alrededor mío. Y a su luz, por primera vez desde que entramos al pantano, veo.

Veo a las umbrías salvajes.

Son siete. Rodean el círculo de estrellas, en el agua, en el barro, enormes, deformes, a medio terminar.

Una tiene cuerpo de ciervo y cabeza de pez.

Otra no tiene cabeza, solo una boca vertical que se abre y se cierra.

La que apoyó la frente en mi hombro es la más grande: una cosa larga y baja como un cocodrilo, con un lomo cubierto de espinas y unos ojos amarillos, dulces, casi tristes.

Todas se detienen en el borde de la luz.

Ninguna la cruza.

Y adelante, en el sendero, a la luz plateada, veo a los demás.

Kip está de rodillas en el barro, a tres metros de mí, con la cara blanca y Migaja abrazado contra el pecho, temblando.

Dalia está de pie, más adelante, con el cuchillo en la mano y su cuervo blanco desplegado sobre ella como un escudo, las alas abiertas.

Está mirando el círculo de estrellas. Está mirándome a mí.

Y más allá, en el borde del sendero, donde termina el barro y empieza el agua negra, Joss Tamber.

Está metido hasta la cintura en el pantano. Tiene a Liane agarrada de la chaqueta, con las dos manos, y la está empujando hacia el sendero, hacia la orilla, hacia el círculo de luz. Liane tiene sangre en la cara y la boca abierta en un grito sin sonido.

Y detrás de Joss, en el agua, hay algo.

No es una de las siete. Esta no se detuvo en el borde de la luz porque está fuera de ella, detrás de él, en la oscuridad del agua, donde mis estrellas no llegan. Solo veo dos ojos. Rojos. A ras del agua.

—¡Joss! —grito.

Él me mira. Tiene los ojos muy abiertos, la cara salpicada de barro, las orejas de soplillo rojas de frío.

Y sonríe. Esa sonrisa tonta, enorme, de alguien que no sabe ser de otra forma.

Y empuja a Liane con todas sus fuerzas hacia el sendero.

Liane cae de bruces en el barro, dentro del círculo de estrellas. Kip se lanza sobre ella y la arrastra hacia adentro.

Joss se queda en el agua.

Los ojos rojos se acercan.

—¡Nadie! —grito, y siento cómo ella se estira hacia él, cómo el círculo de estrellas avanza por el agua negra, un paso, dos, pero el agua no es barro, el agua se traga la luz, y es lenta, es tan lenta…

Joss se da vuelta hacia los ojos rojos.

Y de su sombra, que la luz de mis estrellas proyecta débil sobre el agua, sale algo pequeño. Un lagarto. Un lagarto flaco y gris, del tamaño de un brazo, con la piel escamosa y los ojos asustados.

Chispa.

Se le sube a Joss por el hombro. Abre la boca hacia los ojos rojos.

Y de su boca sale una chispa.

Una chispa de verdad, pequeña, anaranjada, que cruza la oscuridad como una luciérnaga y se apaga en el agua.

Joss se ríe. Lo escucho. Una carcajada enorme, incrédula, feliz.

—¡Mira, Chispa! —grita—. ¡Lo lograste! ¡Lo…!

El agua se cierra sobre él.

No hay grito. No hay lucha. Un segundo está ahí, de pie en el agua hasta la cintura, riéndose, con su lagarto en el hombro.

Al siguiente, la superficie negra está lisa, y los ojos rojos ya no están, y la cuerda que lo ataba a Liane, que Liane debió cortar en algún momento con el cuchillo, flota sobre el agua, suelta, como una serpiente muerta.

Mis estrellas llegan al lugar donde estaba.

No hay nada que alumbrar.

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No sé cuánto tiempo me quedo de rodillas.

Sé que en algún momento Kip me abraza. Sé que tiene la cara mojada y que no es por el pantano.

Sé que Liane está sentada en el barro, con las rodillas contra el pecho, meciéndose, repitiendo me empujó, me empujó, me empujó.

Sé que Dalia no se mueve. Que está de pie, con el cuchillo en la mano, mirando el agua lisa donde estaba Joss.

Y sé que las siete umbrías salvajes siguen ahí.

Alrededor del círculo de estrellas, inmóviles, con las cabezas agachadas. Esperando.

Esperándome a mí.

—Mara.

Es Dalia. No grita. Habla bajo, sin apartar la vista del agua.

—Hay que seguir. Si nos quedamos aquí, vienen más.

—Joss…

—Joss está muerto. —Su voz no tiembla. Pero el cuervo blanco, sobre ella, tiene las plumas erizadas, como un pájaro que se protege del frío—. Y nosotros no. Todavía.

Me levanto. No sé cómo.

Dalia se da vuelta. Me mira. A la luz de las estrellas que salen de mi sombra, sus ojos de hielo brillan plateados.

No dice sé lo que eres. No dice nada. Mira el círculo de luz, mira las siete bestias agachadas en el borde, mira mis manos, que tienen las venas negras hasta los codos. Y asiente, una vez, despacio.

Confirma una cuenta que ya había hecho.

—¿Puedes mantener eso? —pregunta.

No sé si puedo. Siento a Nadie extendida por todo el círculo, por el barro, por el agua, tensa como una cuerda de arco. Siento que se cansa. Siento que yo me canso con ella.

—No sé.

—Inténtalo. —Dalia guarda el cuchillo—. Liane, levántate. Arden, ayúdala. Caminamos juntos. Veyl en el medio.

Ninguno le discute.

Empezamos a caminar.

Y las siete umbrías salvajes caminan con nosotros.

Alrededor del círculo, fuera de la luz, en el agua y en el barro, a nuestro paso.

Como perros pastores alrededor de un rebaño.

Cuando algo se mueve en la oscuridad más allá, lejos, una de ellas se da vuelta y gruñe, y el movimiento se detiene.

Cuando el sendero desaparece y tenemos que meternos al agua, la grande de los ojos amarillos se mete primero, y el agua se aparta a su paso.

Nos están protegiendo.

No a nosotros. A mí.

Nadie está cansada. Lo siento. Las estrellas del círculo empiezan a parpadear, a apagarse de a una, como velas al final de una fiesta. El círculo se achica. Ocho pasos. Seis. Cuatro.

—Mara —dice Kip, con la voz tensa.

—Lo sé.

Tres pasos.

Y entonces, adelante, en la oscuridad, algo ruge.

No es una de las siete. Es más grande. Más hondo. Es un rugido que hace temblar el agua del pantano y que siento en el pecho como un golpe, y las siete umbrías salvajes giran todas a la vez hacia el sonido, con los lomos erizados.

Algo enorme cae del cielo en la oscuridad, delante del sendero, y el agua estalla en todas direcciones.

Alas. Escucho alas. Alas enormes, membranosas, que se pliegan.

Y a la última luz de mis estrellas, tambaleándose sobre el barro, sale de la oscuridad una figura de negro.

Tiene la espada en la mano. La hoja negra está mojada de algo que no es agua. Tiene el pelo pegado a la frente y la chaqueta abierta y rota en el costado, y por debajo de la tela rota, sobre la camisa, una mancha oscura que crece, que le baja por la cadera, que gotea en el barro.

Se detiene en el borde de mi círculo de luz. Respira con dificultad. Me mira.

—Veyl —dice Theron Vask.

Y yo sé, sin que nadie me lo diga, porque está escrito en las caras de Dalia y de Kip y hasta en la de Liane: en la Criba, nadie puede entrar a una prueba. Ni profesores, ni oficiales, ni el comandante de la Ciudadela.

Nadie.

Y él vino igual.