Capítulo 15 · La Noche Larga
La Noche Larga
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—Tercera prueba —dice Hesk—. La Noche Larga.
Estamos en el Foso, a la hora larga, los catorce cadetes de primero que quedan.
Éramos quince. El chico Ardane del jabalí con cuernos no completó el Puente de Ceniza: se quedó congelado en el paso cuarenta, abrazado a la piedra, y tuvieron que ir a buscarlo con cuerdas.
Se fue de la Ciudadela al día siguiente. Nadie dice su nombre.
—Esta noche los vamos a llevar a los Pantanos de Mirra —sigue Hesk, caminando frente a la fila con la manga vacía balanceándose—. En grupos de cinco. Los vamos a dejar en el borde del pantano al atardecer, con una cuerda, un cuchillo y un odre de agua. Sin antorchas. Sin pedernal. Sin fuego.
Alguien traga saliva tan fuerte que lo escucho.
—En el centro del pantano hay una torre vieja. La Torre de Mirra. Tienen que llegar antes del amanecer. Los que lleguen, siguen en la Criba. Los que no…
No termina la frase. No le hace falta.
—¿Por qué sin fuego? —pregunta la chica de pelo rojo de la Casa Thal. Se llama Liane, lo aprendí hace unos días. Tiene una voz aguda que le tiembla cuando está nerviosa.
—Porque en los Pantanos de Mirra viven las umbrías que no tienen jinete.
—Hesk se detiene frente a ella—. Cuando un jinete muere lejos de la Fosa, su bestia queda suelta.
Algunas vuelven al abismo. Otras se quedan en los pantanos, donde hay agua y niebla y sombras todo el año.
Se vuelven salvajes. Y tienen hambre. —Una pausa—.
El fuego hace sombras. Las sombras las atraen.
Sin fuego, son ustedes contra la oscuridad.
Y la oscuridad es justa: nadie ve nada. Ni ustedes ni ellas.
—¿Y cómo vamos a encontrar la torre sin luz?
Hesk sonríe. Es una sonrisa sin ninguna alegría.
—Esa es la prueba, Thal.
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Los grupos los sacan de un saco. Hesk mete la mano y lee los nombres en voz alta, cinco por cinco, y cada vez que nombra a alguien, ese alguien cierra los ojos, como si rezara.
El segundo grupo es el mío.
—Veyl, Mara. Arden, Kip.
Kip suelta un suspiro de alivio tan grande que se le escapa un silbido. Le aprieto la mano.
—Tamber, Joss.
Un chico flaco, de pecas y orejas de soplillo, levanta la cabeza en la punta de la fila. Es el del lagarto, el que tuvo que intentarlo cuatro veces el primer día. Me mira, me reconoce, y en lugar de poner cara de terror, sonríe. Una sonrisa enorme, tonta, de alguien que no sabe ser de otra forma.
—Thal, Liane.
Liane palidece hasta las pecas.
—Y Morn, Dalia.
El Foso entero se queda callado.
Dalia Morn no se mueve. No me mira. Pero en la punta de su sombra, sobre la arena negra, el cuervo blanco asoma la cabeza un segundo, me mira a mí, y vuelve a esconderse.
No hemos hablado desde la plataforma norte. Desde la canción. Desde sé lo que eres. Se cruza conmigo en los pasillos, en el comedor, en la fila del Foso, y no dice nada, y yo tampoco. Es como vivir con una puerta cerrada en medio de la casa, sabiendo que del otro lado hay algo que respira.
Hesk dobla el papel y lo guarda.
—Salen al atardecer. Coman bien. Y Veyl —añade, sin levantar la vista—, si tu umbría sigue dormida, esta noche sería un buen momento para despertarla.
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Los Pantanos de Mirra empiezan donde termina el mundo.
Así lo pienso cuando el carro de la Legión nos deja en el borde, al atardecer, y se va traqueteando por el camino sin mirar atrás. Detrás de nosotros, las colinas secas del este, con su pasto amarillo y sus árboles torcidos. Delante, la niebla.
No es una niebla normal. Es espesa, baja, del color de la leche sucia, y se mueve.
Se mueve aunque no hay viento, despacio, como algo que respira.
Debajo de ella se adivina el agua: charcos negros, juncos altos como personas, troncos muertos con las ramas peladas como dedos.
Huele a podrido, a hierro y a algo dulce que no me gusta.
El sol se está poniendo detrás de nosotros, y nuestras sombras se estiran hacia el pantano, larguísimas, hasta perderse en la niebla.
Como si quisieran entrar.
—Bueno —dice Joss Tamber, frotándose las manos—. Qué lugar más simpático para pasar la noche.
Ninguno se ríe. Él se ríe solo.
Dalia se adelanta un paso. Tiene la cuerda enrollada al hombro y el cuchillo en el cinto, y mira la niebla con los ojos entrecerrados.
—La torre está al este —dice—. Si caminamos con el sol a la espalda, vamos derecho. Cuando se ponga, nos guiamos por las estrellas.
—¿Y si la niebla tapa las estrellas? —pregunta Liane.
—Entonces rezamos.
Kip se acerca a mí.
—¿Tú crees que ella sabe rezar? —me susurra.
—Creo que la Madre le tiene miedo.
Kip se ríe por la nariz. Dalia se da vuelta y nos mira con sus ojos de hielo, y los dos nos callamos.
Después nos atamos.
Fue idea de Kip. En la cocina, cuando bajábamos a la bodega sin luz, nos agarrábamos de los cinturones para no perdernos.
Dalia lo miró como si le hubiera propuesto comer barro, pero cuando Joss dijo que le parecía bien, y Liane dijo que le parecía bien, y yo me até el extremo de la cuerda a la cintura sin decir nada, ella suspiró y se ató el otro.
Así que entramos al pantano en fila, atados con tres metros de cuerda entre cada uno: Dalia adelante, después Liane, después Joss, después Kip, y yo al final.
La niebla nos traga en diez pasos.
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Al principio todavía hay luz.
Una luz gris, difusa, que viene de todas partes y de ninguna.
Veo la espalda de Kip delante de mí, la cuerda tensa entre los dos, el agua negra a los costados del sendero de barro por donde caminamos.
Escucho el chapoteo de nuestras botas, la respiración de todos, el croar lejano de algo que no es una rana.
Después la luz se va.
No de golpe. Se va como se va el agua de una pileta: despacio, y después más rápido, y después de pronto no queda nada. El gris se vuelve gris oscuro, después azul, después negro. Busco las estrellas. La niebla las tapa.
No veo la espalda de Kip. No veo mis manos.
Lo único que sé de él es la cuerda, tirante en mi cintura, que me lleva hacia adelante.
—¿Todos bien? —dice la voz de Dalia, adelante, muy lejos. No sé cuántos metros son tres metros de cuerda multiplicados por cuatro, pero en la oscuridad suena a kilómetros.
—Bien —dice Liane, con la voz temblando.
—Bien, salvo que tengo barro hasta en el alma —dice Joss.
—Bien —dice Kip.
—Bien —digo yo.
Y no es verdad.
Nadie está despierta.
Más despierta que nunca. Más despierta que en el Puente de Ceniza.
No asustada; atenta, con todo el cuerpo tenso, como un animal que levanta la cabeza en medio de la noche porque escuchó algo que los humanos no pueden escuchar.
Y no se enrosca. No vuelve a su lugar cuando le digo quieta.
Se estira hacia afuera, hacia mi piel, hacia la oscuridad, como si quisiera oler el aire.
Como si reconociera este lugar.
Shh, le digo. Pequeña. Respira.
Respiro. Dentro, cuatro. Fuera, seis.
Nadie no se encoge.
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Caminamos durante horas.
No sé cuántas. En la oscuridad total el tiempo no existe.
Solo existe la cuerda, el barro, el frío que sube por las botas, y el agua, siempre el agua, a los costados, negra, quieta, haciendo pequeños ruidos que no quiero entender.
A veces el sendero desaparece y tenemos que meternos hasta las rodillas.
A veces alguien se resbala, y la cuerda tira de todos, y nos quedamos quietos hasta que el que se cayó dice estoy bien y seguimos.
Joss habla. Todo el tiempo. Cuenta que tiene cuatro hermanas, todas mayores, y que por eso aprendió a hablar sin respirar.
Cuenta que su padre hace ladrillos en el cuarto anillo y que lloró cuando Joss subió de la Fosa con un lagarto en la sombra.
Cuenta que el lagarto se llama Chispa, aunque todavía no ha hecho ni una chispa, porque tiene fe.
Ninguno le pide que se calle. Creo que todos agradecemos su voz en la oscuridad. Hasta Dalia.
Kip, delante de mí, va callado. Cada tanto siento que se detiene, que gira la cabeza, que escucha.
—¿Qué pasa? —le susurro.
—Migaja —susurra él—. Está temblando. No para de temblar desde que entramos.
No le digo que Nadie tampoco para de moverse.
No le digo que, desde hace un rato, no estoy segura de que el chapoteo que escucho a los costados del sendero sea solo nuestro.
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Dalia se detiene.
La cuerda se tensa, y todos chocamos con el que tenemos delante. Liane suelta un grito chiquito. Joss dice perdón, perdón.
—Silencio —dice Dalia.
Nos callamos.
Y en el silencio, lo escucho.
Agua. Algo que se mueve en el agua, a la izquierda del sendero. Despacio. Algo grande, porque el agua no chapotea: se desplaza, se aparta, se cierra detrás de él, con un sonido espeso, como cuando metes la mano en un balde de aceite.
Y después, a la derecha. Otro.
Y detrás de mí.
—Nadie se mueva —susurra Dalia. Y no sé si es una orden o si está pensando en voz alta.
Siento a Nadie levantarse.
No se estira. Se levanta, entera, como si se pusiera de pie dentro de mí, y siento cómo me empuja las costillas, cómo me sube por la garganta, cómo llega hasta la punta de los dedos.
Quieta, le suplico. Quieta, quieta, por favor, aquí no, delante de ellos no…
No me escucha.
O me escucha y decide que tengo menos razón que ella.
El sonido de la izquierda se detiene. El de la derecha también. El de atrás.
Y en la oscuridad absoluta del Pantano de Mirra, sin una sola estrella, sin una sola luz, sin nada que pueda proyectar una sombra, siento que algo enorme se acerca a mí. Que se detiene a mi lado. Tan cerca que el aire cambia de temperatura.
No me toca.
Pero lo escucho.
Una respiración. Lenta. Profunda. Caliente.
Justo al lado de mi oreja.