Capítulo 14 · La canción de los Morn
La canción de los Morn
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No le cuento al Verdugo lo del Archivo.
Todas las noches, a medianoche, subo por la pared de la torre hasta la plataforma abandonada. Ya no tardo cuatro minutos. Tardo tres, y después dos y medio, y la cuarta noche, cuando llego al borde, él levanta la vista de la Fosa y dice bien, y es lo más parecido a un elogio que le he escuchado.
Todas las noches respiro. Dentro, cuatro. Fuera, seis. Todas las noches le pido a Nadie la mano, y después el brazo, y después que la sombra entera se separe de mis pies medio paso y vuelva. Todas las noches él me tira al suelo, y yo me levanto, y la mantengo pequeña.
Y todas las noches él se queda a tres pasos de distancia.
No me toca. Desde la noche de la luna, no me ha tocado ni una vez. Cuando me tira, me tira con un barrido, con un golpe de hombro, con algo que no sea la mano. Cuando me caigo, no me ayuda a levantarme. Cuando nuestras sombras se acercan en la piedra, él se mueve. Siempre. Antes de que se toquen.
No hablamos de eso. No hablamos de nada que no sea respirar, y caer, y pequeña, y otra vez.
Y yo no le cuento que tengo el último cuaderno de mi abuela escondido debajo del colchón, con una página arrancada y medio sello de la Reina pegado en la esquina.
No confíes en nadie que te mire como él.
Me mira poco, ahora. Pero cuando me mira, es peor.
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La nota aparece el quinto día, dentro de mi bota.
No debajo de la puerta, ni en mi bandeja, ni entre mis libros. Dentro de mi bota izquierda, la que dejé junto a la cama mientras dormía, en mi cuarto sin llave, en el último piso de la torre más alta de la Ciudadela.
Papel grueso, caro, doblado en tres. Tinta negra. Una letra afilada, elegante, de alguien a quien le enseñaron a escribir antes que a caminar.
Plataforma norte. Al atardecer. Sola.
Y debajo, en lugar de firma, un pequeño cuervo dibujado con dos trazos.
Se la muestro a Kip en el desayuno. La lee dos veces y me la devuelve como si quemara.
—No vayas.
—Voy a ir.
—Es una trampa.
—Probablemente.
—Su primo intentó tirarte de un puente.
—Y ella le pegó una bofetada por intentarlo. —Doblo la nota y me la guardo—. Kip, lleva dos semanas mirándome como si fuera una cuenta que no le sale. Quiero saber qué número le falta.
Kip me mira con su cara de ollas fregadas.
—Si no vuelves para la cena —dice—, me voy a comer tu pan. Y después voy a ir a buscarte con Migaja, y Migaja muerde.
—Lo sé. Muerde Velados.
—Y lo disfruta.
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La plataforma norte es la más alta de la Ciudadela después de la de mi torre: un círculo de piedra en la punta de la torre de vuelo, abierto al cielo, donde los jinetes de segundo y tercero practican despegues. A esta hora, al atardecer, está vacía.
Casi.
Dalia Morn está de pie en el borde, de espaldas a mí, mirando la Fosa.
Tiene el pelo negro movido por el viento y las manos cruzadas detrás de la espalda.
Detrás de ella, sobre la piedra, su sombra se extiende larga hacia el este, y en la punta de la sombra hay un bulto que se mueve: la cabeza de un cuervo blanco, asomada, mirándome llegar con sus ojos negros.
—Llegaste —dice Dalia sin darse vuelta.
—Me invitaste.
—No pensé que vendrías. —Ahora sí se da vuelta—. Pensé que el Verdugo te prohibiría salir de tu torre sin escolta.
—El Verdugo no me prohíbe nada.
—Claro. —Una sonrisa fría, de un lado de la boca—. Por eso todas las noches, a medianoche, la vela de tu cuarto se apaga sola y se enciende dos horas después.
Me quedo quieta.
—Mi dormitorio también da a ese patio, Veyl.
Igual que el de media Ciudadela. Y en la Ciudadela, Veyl, todo el que mira por una ventana se lo cuenta a alguien.
—Camina hacia mí, despacio, sin descruzar las manos—.
Toda la Ciudadela sabe que el Verdugo te visita de noche. Lo que nadie sabe es para qué.
—¿Por eso me llamaste? ¿Para preguntarme si me acuesto con él?
No parpadea.
—Te llamé porque Corvin está muerto.
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El viento me corta la respiración. O no es el viento.
—¿Qué?
—No muerto, en realidad. —Dalia se detiene a tres pasos de mí—.
Expulsado. De la Legión, de la Ciudadela, del registro de jinetes.
Lo azotaron en el patio de armas de nuestra casa, delante de toda la servidumbre.
Veinte latigazos. Por deshonrar a la Casa Morn ante el Consejo.
—Las palabras salen planas, sin color, como si las recitara—.
Para un Morn, eso es estar muerto. Su nombre ya no se dice en la mesa.
—Intentó matarme.
—Sí. Y si lo hubiera logrado, le habrían dado una medalla. —Dalia ladea la cabeza—. Lo azotaron por fallar, Veyl. No por intentarlo.
Me quedo mirándola. A la luz del atardecer, roja y baja, le veo cosas que no le había visto en el comedor.
Ojeras debajo del maquillaje. Una línea tensa en la mandíbula.
Y en la muñeca derecha, donde la manga de la chaqueta se le corrió un poco al cruzar las manos, el borde de un brazalete de plata, ancho, demasiado ancho para ser solo un adorno.
Debajo del brazalete, apenas, el borde de una mancha morada.
Diecinueve años sirviendo vino en salones. Diecinueve años mirando a la gente cuando cree que nadie la mira.
Sé leer un moretón.
—¿Para qué me llamaste, Dalia?
—Para advertirte. —Da otro paso—. Mi padre no pierde.
Nunca. Y en el Puente de Ceniza, delante del Consejo y de media Valcarne, perdió.
Una vacía de una Casa caída lo hizo quedar como un tonto, y el Verdugo lo miró a los ojos por encima del abismo, y mi padre tuvo que sentarse y acomodarse los guantes.
—Su voz baja—. Va a volver a intentarlo.
Y la próxima vez, no va a mandar a un idiota como Corvin.
—¿A quién va a mandar?
Dalia no contesta.
Y en el silencio, de pronto, entiendo.
Lo entiendo como entendí a mi madre en la Sala de la Medida. Por los hombros. Por lo que no dice. Por la forma en que el cuervo blanco, en la punta de su sombra, se ha encogido sobre la piedra, como un pájaro que espera un golpe.
—Te doy una semana —digo, despacio—. Eso me dijiste el primer día. En el comedor. Pisándome la sombra.
Dalia se pone rígida.
—No era tu semana, ¿no? —Doy un paso hacia ella. Ahora soy yo la que camina—. Era la suya. Tu padre te dio una semana para sacarme de aquí. Para humillarme, para asustarme, para que me fuera sola. Y no pudiste. Así que mandó a Corvin. Y Corvin falló.
La cara de hielo no se mueve. Pero el cuervo, en la sombra, se hunde un poco más.
—Y alguien tuvo que pagar por que Corvin fallara. —Miro el brazalete de plata—. Y no fue solo Corvin, ¿verdad?
Dalia se baja la manga de un tirón.
Es el mismo gesto. Exactamente el mismo gesto que hizo el Verdugo en el techo de mi torre, con sus once cicatrices. Rápido, avergonzado, furioso.
Algo me aprieta el pecho. No es Nadie.
—No me mires así —dice Dalia, y por primera vez la voz se le quiebra, apenas, en la última sílaba.
—¿Así cómo?
—Como si me tuvieras lástima.
—No te tengo lástima. —Y es verdad, casi—. Te conozco. Que es distinto.
—Tú no me conoces.
—Conozco a la gente que mira a sus hijos como a un mueble. Crecí en una casa llena de esa gente. —Me encojo de hombros—. Sé cómo se siente que te usen para algo y te tiren cuando no sirves. Sé cómo se siente fallar, y que alguien te lo cobre en un lugar donde no se vea.
Dalia me mira. Sus ojos de hielo brillan demasiado a la luz del atardecer.
—No somos iguales, Veyl.
—No. Tú tienes un cuervo y yo tengo una umbría dormida.
La comisura de su boca se mueve, apenas. Casi una sonrisa. Casi.
Después se borra.
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Dalia se da vuelta hacia el borde de la plataforma. El sol ya tocó el horizonte, y la Fosa, abajo, es un círculo de oscuridad perfecta con un anillo de luces naranjas alrededor.
—Cuando éramos chicos —dice, sin mirarme—, en mi casa nos cantaban una canción para dormir. Una canción vieja. Las niñeras de los Morn la cantan desde hace trescientos años. Nadie sabe quién la escribió.
No digo nada.
Y Dalia Morn, la heredera más temida de la Ciudadela, empieza a cantar.
Tiene una voz grave, baja, sorprendentemente dulce. Canta despacio, como se le canta a un niño que tiene miedo de la oscuridad.
Duérmete, niña, que el sol ya se fue,
y la Madre despierta en el fondo del pozo.
Si naces sin sombra, vendrá a buscarte,
y lo que lleves dentro ya no será tuyo.
Duérmete, niña, que el lago está seco,
y alguien con corona te espera en la orilla.
Si naces sin sombra, no abras los ojos,
que el corazón que despierta no vuelve a dormir.
El viento se lleva la última nota.
Me doy cuenta de que estoy temblando.
Lo que lleves dentro ya no será tuyo.
Nadie se ha quedado completamente inmóvil. No enroscada. Inmóvil, como un animal que escucha su nombre en boca de un desconocido.
—Es solo una canción —digo, y la voz me sale demasiado aguda.
Dalia se da vuelta.
Ya no tiene los ojos brillantes. Ya no hay casi-sonrisa. Tiene otra vez la cara de hielo, perfecta, y me mira de arriba abajo como el primer día en el comedor. Terminó la cuenta, y le dio un número que no le gusta.
—Mi padre no se sentó en el palco porque perdió, Veyl —dice—. Se sentó porque se acordó de la canción.
Camina hacia la escalera. Al pasar a mi lado, se detiene. Tan cerca que huelo su perfume, algo frío, como nieve.
Y baja la voz.
—Las niñeras de los Morn nunca nos explicaron qué significaba. Pero yo crecí. Y aprendí a leer los libros que mi padre esconde.
Me mira a los ojos. No a mi cara. A los ojos, como si buscara algo detrás de ellos.
—Sé lo que eres.