Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 13 · El Archivo Velado
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Capítulo 13 · El Archivo Velado

El Archivo Velado

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—Dicen que estás con él.

Kip lo suelta en el desayuno, con la misma cara con la que me cuenta que la sopa de hoy tiene más ceniza que lentejas. Casi me atraganto con el pan.

—¿Con quién?

—Con el Verdugo. —Baja la voz, aunque media mesa de al lado ya se calló para escucharnos—.

La versión de la mesa de segundo año es que te protege porque tu madre le pagó.

La versión de la cocina es que te protege porque está enamorado de ti desde que te vio salir de la Fosa.

Y la versión de las chicas de Dalia es que eres una bruja de las Tierras Grises y le hiciste algo con sangre.

—¿Y cuál te crees tú?

Kip mastica, pensativo.

—La de la cocina es la más divertida. Pero la de la sangre explica mejor por qué su lobo hizo lo que hizo.

Le tiro un pedazo de pan a la cabeza. Migaja lo atrapa en el aire antes de que toque el pelo de Kip, asomando medio cuerpo de su sombra, y se lo come.

Es la primera vez que Migaja sale delante de mí sin temblar.

Kip lo mira, sorprendido. Después me mira a mí.

—Le caes mejor —dice.

—Le doy pan.

—No. Desde el puente. Desde que… —Se interrumpe. Mira alrededor. Baja todavía más la voz—. Desde que tu umbría durmiente salió de debajo del puente y seis bestias de guerra se le arrodillaron, Migaja te sigue con la mirada a todos lados. Como si fueras su mamá.

Me quedo quieta.

—Kip.

—No te estoy preguntando nada. —Levanta las manos—.

Yo estaba en la plataforma, igual que Hesk.

Vi lo que vi. Y no te estoy preguntando nada, porque si me cuentas, me van a poder preguntar a mí.

—Sonríe, un poco torcido, con su hueco de dos dientes—.

Pero si alguna vez necesitas hacer algo tonto y peligroso, en lugar de algo inteligente y seguro, avísame.

Lo miro durante un largo rato.

Después saco del bolsillo de la chaqueta la página de mi abuela y se la paso por debajo de la mesa.

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—Corazón —repite Kip esa noche, en mi cuarto, con la página entre los dedos, a la luz de la vela—. No le tengas miedo a lo que despertó. Tenle miedo a la que lo despedazó. Y te llamó Corazón.

—Sí.

—Lo de abajo.

—Sí.

—Y no sabes qué significa.

—Si supiera, no te estaría mostrando la letra de mi abuela muerta a medianoche.

Kip le da vuelta a la página. Mira el dibujo del lago. Lo mira mucho rato, con el ceño fruncido.

—Tu abuela tenía más notas —dice—. Esto es una página arrancada de un cuaderno. ¿Dónde está el resto?

—No sé. Mi madre quemó todo lo de ella cuando murió. Cartas, libros, todo.

—No todo. —Kip levanta la vista—. Tu abuela investigaba algo prohibido, ¿no? Por eso echaron a tu Casa del Consejo. Y cuando la Corona confisca algo prohibido, no lo quema. Lo guarda.

—¿Dónde?

Kip sonríe. Es una sonrisa que no le había visto: lenta, satisfecha, la de alguien que ha pasado diez años invisible en una cocina, escuchando.

—En el Archivo Velado.

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El Archivo Velado está debajo de la biblioteca de la Ciudadela, en tres pisos tallados en la roca, y nadie entra sin permiso de la Orden del Borde.

Nadie, salvo los sirvientes que le llevan velas.

—Cada tres días —susurra Kip, mientras bajamos por una escalera de servicio tan angosta que tengo que ir de lado—.

Una caja de velas de sebo y una jarra de aceite.

Lo llevaba yo, hasta que me volví cadete.

Los Velados no miran a los sirvientes. Nunca.

Podrías entrar con una cabra en los brazos y no te verían.

—No tengo una cabra.

—Una lástima. Las cabras son muy útiles.

La escalera termina en una puerta de madera baja, con una rejilla de hierro. Kip mete la mano en la sombra que proyecta la rejilla en el suelo y susurra algo. Migaja sale, se encoge más de lo que creí posible, se mete entre los barrotes, y escucho un clic del otro lado.

La puerta se abre.

—Le enseñé ayer —dice Kip, orgulloso—. Le prometí una salchicha entera.

Adentro huele a papel viejo, a polvo y a cera.

El Archivo es una caverna larga, de techo bajo, con estanterías de piedra que se pierden en la oscuridad, llenas de cajas, rollos, libros encuadernados en cuero negro.

Hay una sola lámpara encendida, muy lejos, al fondo, y su luz apenas llega hasta nosotros.

Y hay sombras por todas partes.

Nadie se despierta. No asustada. Curiosa. Como un perro que entra a un lugar que huele a algo conocido.

—Los fondos confiscados están en el tercer nivel —susurra Kip—. Por año. Si tu Casa salió del Consejo hace sesenta años, sería el año doscientos cuarenta.

Bajamos.

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El tercer nivel es más frío. Más viejo. Las estanterías aquí no son de piedra tallada sino de roca viva, como si alguien las hubiera abierto a golpes en la pared de la montaña. Las cajas tienen etiquetas escritas a mano, con tinta desteñida.

Año 237. Fondo Oslet. Confiscado por traición.

Año 238. Fondo de la Hermandad del Mediodía. Confiscado por herejía.

Año 240.

Kip levanta la vela.

Año 240. Fondo Veyl. Confiscado por orden expresa de la Corona. Prohibida su consulta.

La caja es más grande que las demás. Madera oscura, con un sello de lacre roto en la tapa. Alguien la abrió antes que nosotros.

Me tiemblan las manos cuando levanto la tapa.

Adentro hay cuadernos. Una docena, quizás más, encuadernados en tela gris, con las esquinas gastadas. Saco el primero y lo abro, y la letra me golpea en el pecho como una mano abierta.

Inclinada. Apretada. Con las t cruzadas en diagonal.

—Es de ella —susurro.

Kip se sienta a mi lado en el suelo de piedra, con la vela entre los dos. Pasamos las páginas juntos, despacio, sin hablar.

Hay dibujos. Muchos. El lago, una y otra vez, desde distintos ángulos.

Figuras humanas con sombras que tienen forma de animal, como las que vi talladas en la pared de la Fosa.

Mapas de un valle con montañas al norte y un río que baja hasta un círculo de agua.

Palabras en una lengua que no conozco, con traducciones al costado: ilun, sombra. Varen, madre. Ithe, corazón.

Y entre los dibujos, notas. Páginas y páginas de la letra de mi abuela, cada vez más apretada, más rápida, como si escribiera contra el tiempo.

Las umbrías no nacen en la Fosa. Vuelven a ella.

Todas responden a algo que duerme abajo. Todas. He visto a la bestia de un jinete agachar la cabeza ante el borde, al amanecer, como quien saluda a una reina.

Los Velados la llamaban Varen. Madre. No como la llama la Orden. No una diosa. Una madre de verdad.

Kip me mira. Yo no levanto la vista del cuaderno.

El corazón no puede ser vinculado por quien tiene sombra propia. Necesita un lugar vacío donde caber entero. Por eso los sin sombra. Por eso los cazan.

Se me cae el cuaderno de las manos.

Kip lo atrapa antes de que toque el suelo. Lo sostiene abierto en esa página. Lee la línea dos veces, moviendo los labios. Y después me mira, y en sus ojos castaños, por primera vez desde que lo conozco, hay miedo.

No de mí.

Por mí.

—Mara —susurra—. Los cazan.

—Ya sé leer, Kip.

—Al Verdugo le dicen el Verdugo de la Fosa porque mata a los sin sombra que…

—Ya sé.

Me sale demasiado fuerte. El eco rebota en las paredes de roca, sube por los niveles, se pierde en la oscuridad.

Nos quedamos quietos. Muy quietos.

Desde arriba, desde el primer nivel, llega un sonido. Una silla que se arrastra. Unos pasos lentos, de alguien que no tiene apuro porque está en su casa.

—Velado —susurra Kip, y sopla la vela.

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En la oscuridad, busco el último cuaderno de la caja.

No sé por qué. Los pasos bajan por la escalera, al segundo nivel, y una luz amarillenta empieza a teñir los escalones de piedra, y Kip me tira de la manga, y yo meto la mano en la caja hasta el fondo, tanteando, porque algo me dice que lo que busco está ahí.

Lo último que escribió. Lo que vino después de por eso los cazan.

Mis dedos encuentran un cuaderno más delgado que los demás. Lo saco. Me lo meto en la chaqueta.

—Mara, ahora —sisea Kip.

La luz llega al pie de la escalera del tercer nivel. Una figura con túnica negra y el rostro cubierto, con una lámpara en la mano, se detiene, levanta la cabeza. Escucha.

Estamos detrás de la estantería de la caja Veyl, en cuclillas, sin respirar. La luz de la lámpara se acerca. Ilumina la etiqueta del año doscientos treinta y ocho. Del treinta y nueve.

Nadie, pienso, desesperada. Escóndenos.

No sé si puede. No sé si debería pedírselo.

Pero detrás del esternón algo se mueve, y en el suelo de piedra, nuestras sombras, la de Kip y la mía, que la lámpara proyecta largas hacia la pared, se encogen.

Se pegan a nosotros. Se oscurecen tanto que dejan de parecer sombras y empiezan a parecer agujeros, y la oscuridad alrededor de la estantería se vuelve más espesa, como si alguien hubiera echado tinta en el aire.

El Velado levanta la lámpara hacia nuestro rincón.

La luz no llega.

Se detiene a un paso de la estantería, como si chocara contra algo, y se apaga ahí, sin alumbrar nada. El Velado se queda quieto. Lo veo inclinar la cabeza, despacio, bajo el velo negro. Lo veo dar un paso hacia nosotros.

Y entonces la lámpara se le apaga.

No por Nadie. Por una cosa pequeña, negra, de orejas enormes, que sale disparada desde la sombra de Kip, cruza el pasillo, salta, agarra el asa de la lámpara con los dientes, y se la arranca de la mano al Velado.

El Velado grita. Un grito agudo, nada sagrado. La lámpara cae al suelo, rueda, se apaga. Y algo pequeño y negro corre escaleras arriba con un ruido de garras sobre la piedra, y el Velado corre detrás, maldiciendo a las ratas del Archivo con palabras que un sacerdote no debería conocer.

Kip se tapa la boca con las dos manos. Le tiemblan los hombros.

—Le debo dos salchichas —susurra, ahogado de risa—. Le debo un cerdo entero.

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No leo el último cuaderno hasta que estoy de vuelta en mi torre, sola, con la vela encendida y la puerta sin llave bloqueada con el baúl.

Es más delgado que los otros porque le faltan páginas. Muchas. La mayoría están arrancadas, de raíz, y quedan solo los bordes, como dientes. Las que sobreviven hablan del lago, del valle, de la palabra Ithe. De algo que mi abuela llama el despedazamiento.

Y después, una página entera.

Sé lo que le pasa a quien lo lleva. Sé lo que cuesta. Sé por qué ella lo quiere, y por qué no puede tenerlo hasta que alguien lo lleve primero.

Y sé quién es ella.

Paso la página.

La siguiente no está.

En su lugar hay un borde arrancado, irregular.

Y en la esquina superior, donde alguien sostuvo el cuaderno para arrancar la hoja, quedó pegado un trozo de lacre rojo.

Un sello. Medio sello, partido por la mitad, pero suficiente para reconocerlo.

Lo he visto mil veces en los decretos que clavan en las puertas de Valcarne, en las monedas de oro, en los estandartes del palco real.

Una corona de siete puntas sobre un ojo abierto.

El sello de la Reina.