Capítulo 12 · Once
Once
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Espera tres noches. Hasta que las palmas me dejan cerrar los puños sin que se abran los puntos.
La cuarta noche, cuando la campana de la torre central da la medianoche, la vela de mi cuarto se apaga sola.
—Sube —dice una voz desde la ventana.
Me incorporo en la cama.
—¿Subir adónde? Estoy en el último piso.
—Al techo.
—La torre no tiene escalera al techo.
—Por eso dije sube. No dije camina.
Y se va. No lo escucho irse; nunca lo escucho. Simplemente, el silencio vuelve a llenarse de ruido, el viento, la torre, un perro en algún patio, y la ventana queda abierta, con la noche del otro lado.
Me asomo. La pared de la torre es de piedra negra, vieja, llena de grietas y de salientes. Arriba, a unos cinco metros, el borde del techo cónico se recorta contra la luna.
Por eso dije sube.
Creo que lo odio un poco.
Me pongo las botas. Me ato el pelo. Me paso las manos vendadas por los muslos y salgo por la ventana.
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El techo de la torre este no es un techo.
Es una plataforma de vuelo abandonada: un círculo de piedra plana, sin baranda, con los restos de un poste de amarre oxidado en el centro y la luna llena encima, tan grande que parece que podrías tocarla.
Desde aquí se ve toda la Ciudadela: los patios negros, las antorchas, los puentes de piedra.
Y más allá, Valcarne, anillo tras anillo, con sus luces chiquitas bajando hacia el borde. Y en el centro de todo, la Fosa.
Desde arriba, de noche, parece un ojo cerrado.
Theron Vask está de pie junto al poste, sin capa, en camisa negra arremangada hasta los codos, con los brazos cruzados. Me mira llegar arrastrándome por el borde, con las rodillas raspadas y la respiración entrecortada.
—Tardaste.
—Escalé una torre en la oscuridad con las manos cosidas.
—Cuatro minutos. —Descruza los brazos—. La próxima vez, tres.
—La próxima vez podrías mandarme una carta. Con un mapa.
No se ríe. No creo que sepa cómo. Pero algo en la comisura de su boca se mueve, apenas, una contracción tan pequeña que podría habérmela imaginado.
—Siéntate.
Me siento en la piedra fría. Él se sienta frente a mí, con las piernas cruzadas, a un brazo de distancia. Bajo la luna, sin la capa, se ve más joven de lo que pensaba. Veinte y tantos. Tiene las manos grandes, con los nudillos marcados de cicatrices viejas, apoyadas en las rodillas.
—Respira —dice—. Como en el puente.
—¿Eso es todo? ¿Me hiciste escalar una torre para respirar?
—Dentro, cuatro tiempos. Fuera, seis.
Respiro. Dentro, cuatro. Fuera, seis. Él respira conmigo, sin mirarme, mirando la Fosa.
—¿Dónde está?
—¿Quién?
Me mira. Esos ojos plateados, bajo la luna, parecen casi blancos.
—Aquí. —Me toco el pecho, el esternón—. Siempre está aquí.
—¿Despierta?
La busco. Está ahí, enroscada, con la cabeza levantada. Atenta. Mirándolo a él, creo, a través de mis ojos.
—Sí. Te está mirando.
Algo se tensa en sus hombros. Muy poco. Después se relaja.
—Bien. Que mire. —Levanta una mano y señala el suelo, entre los dos, donde la luna proyecta mi sombra sobre la piedra—. Ahora pídele que mueva la mano. Solo la mano. Nada más.
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No me sale.
La primera vez, mi sombra no se mueve. La segunda, se mueve entera, de golpe, como un perro que salta, y tengo que cerrar los ojos y respirar para que vuelva. La tercera, se estira por la piedra hacia él, hacia sus rodillas, y el Verdugo se aparta medio palmo, tan rápido que casi no lo veo.
—La mano —repite—. No todo el cuerpo. No hacia mí. La mano.
—Lo estoy intentando.
—No. Le estás pidiendo. Como le pides las cosas a la gente que te da miedo. —Me mira—. Con permiso. Con disculpas. Ella siente eso. Siente que tienes miedo de lo que puede hacer, y entonces no sabe cuánto hacer. Así que hace todo o no hace nada.
Me quedo callada.
—No le tengas miedo —dice—. No a ella.
—¿Y a quién?
No me contesta.
Cierro los ojos. Respiro. Busco el lugar detrás del esternón, donde está el calor que ronroneó la noche que le puse nombre.
Nadie, pienso. No con permiso. No con disculpas. Como le hablaba a Seren en la cocina, cuando teníamos seis años y no había nada en el mundo que me diera miedo. Saluda.
Abro los ojos.
En la piedra, mi sombra levanta la mano. Solo la mano. La abre. La cierra. La abre otra vez.
Mi mano real está quieta sobre mi rodilla.
Levanto la vista, sonriendo como una idiota.
El Verdugo está mirando la mano de la sombra. Y tiene en la cara una expresión que no le había visto nunca. No sé cómo describirla. Es la cara de alguien que mira por una ventana una casa en la que vivió de niño.
Después parpadea y se le va.
—Bien —dice—. Otra vez. Cien veces.
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Cuando llevo setenta y tres, se pone de pie.
—Levántate.
—Me faltan veintisiete.
—Los vas a hacer peleando.
Me levanto, despacio. Tengo las piernas dormidas.
—¿Peleando?
—Cuando estás tranquila, la controlas. —Se pone frente a mí, a tres pasos, sueltos los brazos a los costados—.
Pero nadie va a atacarte cuando estés tranquila.
Te van a atacar cuando tengas miedo, cuando estés cansada, cuando te duela algo.
Y ahí es cuando ella va a querer salir entera. Así que vamos a practicar ahí.
—¿Me vas a pegar?
—Voy a intentarlo. —Hace una pausa—. Tú vas a mantenerla pequeña mientras tanto. Solo la mano. Si sale entera, paramos.
Y sin más aviso, se me viene encima.
No es como el chico de tercero en la clase de armas.
No es como nada. Es rápido de una forma que no parece posible para alguien de su tamaño, silencioso, sin desperdiciar un solo movimiento.
No me pega fuerte. No necesita. Me toca.
Un golpe con la palma abierta en el hombro.
Otro en las costillas, del lado sano. Un barrido en el tobillo que me tira al suelo antes de entender qué pasó.
Caigo de espaldas sobre la piedra. Se me escapa todo el aire.
Y detrás del esternón, Nadie se levanta de un salto, furiosa.
Siento cómo se estira, cómo sube, cómo llega a los bordes de mi piel.
—Pequeña —dice la voz del Verdugo, desde arriba—. Respira.
Dentro, cuatro. Quieta. Fuera, seis. Estoy bien. Es un entrenamiento. Estoy bien.
Nadie vuelve a enroscarse. Gruñendo, pero vuelve.
Me levanto.
Me vuelve a tirar.
Y otra vez. Y otra. Doce veces en diez minutos. Trece. Cada vez que caigo, Nadie quiere salir, y cada vez la vuelvo a meter, y cada vez me cuesta un poco menos. Él no se cansa. No suda. No dice nada salvo pequeña y respira, como un maestro de música que marca el compás.
A la decimocuarta vez, estoy furiosa.
No con Nadie. Con él. Con su cara tranquila bajo la luna, con sus manos abiertas, con lo fácil que le resulta todo. Con el te mato yo y la lástima en la casa de guardia y la mano en mi espalda en el puente. Con que no me contesta nunca nada.
—¿Por qué me ayudas? —le digo, desde el suelo, jadeando.
—Pregunta otra cosa.
—¿Por qué mentiste por mí en el borde?
—Pregunta otra cosa.
—¿Por qué tu lobo me tiene miedo?
Esta vez se detiene. Medio segundo.
—Vesper no le tiene miedo a nada —dice.
Y en la pausa que viene después, una pausa tan pequeña que cabe en una respiración, escucho el resto de la frase que no dice: Excepto a ti.
Me levanto.
Y esta vez, cuando se me viene encima, recuerdo a Kip en las gradas del Foso con la boca llena de pan. Si sientes que te vas, cáete tú.
Me caigo yo.
Antes de que me toque. Me dejo caer de lado, ruedo sobre el hombro, y en lugar de levantarme, me quedo agachada en la piedra. Y le digo a Nadie, bajito, con toda la calma que me queda: Solo la mano.
Bajo la luna, la sombra de Theron Vask se extiende larga sobre la piedra, detrás de él, sobre el pie que tiene adelantado.
Y la mano de mi sombra se estira por el suelo, rápida, silenciosa, y agarra el tobillo de la suya.
Y tira.
No debería funcionar. Las sombras no pueden tirar de las personas.
Pero el Verdugo tropieza. Es apenas un tropiezo, un pie que no llega donde debía, pero es suficiente.
Pierde el equilibrio por primera vez en toda la noche, y yo me levanto con todo el impulso que tengo y lo empujo con las dos manos en el pecho.
Cae de espaldas sobre la piedra.
Y como no sé hacer nada a medias, caigo con él.
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Durante un segundo, ninguno de los dos se mueve.
Estoy encima de él. No del todo; de costado, con una rodilla en la piedra y la otra pierna sobre la suya, con las dos manos todavía apoyadas en su pecho. Siento su corazón bajo las palmas cosidas. Late rápido. Más rápido de lo que pensé que podía latirle a alguien como él.
Está mirándome desde abajo, con el pelo negro desparramado sobre la piedra y la luna en los ojos. Por primera vez desde que lo conozco, parece sorprendido.
—Te gané —digo. Me sale sin aire.
—Una vez.
—Una vez es más que cero.
Su mano sube y me agarra la muñeca. No fuerte. No para apartarme. Solo la rodea, con los dedos largos, justo encima de la venda. Y el pulgar se le queda quieto sobre mi pulso.
Sobre mi pulso, que se dispara.
Lo siente. Sé que lo siente, porque algo le cambia en los ojos. Se le oscurecen. El plateado se vuelve gris de tormenta.
Ninguno de los dos se mueve.
Y de pronto soy consciente de todo. De todo al mismo tiempo, como si alguien hubiera encendido una lámpara dentro de mi cuerpo.
De mi rodilla en la piedra, entre sus piernas.
De mi muslo sobre el suyo, duro, caliente a través de la tela.
De mis manos abiertas sobre su pecho, sobre la camisa negra húmeda de sudor, sobre los músculos que se le tensan cada vez que respiro.
De mi pelo, que se me soltó en la pelea y le cae sobre la cara.
De su otra mano.
Que no sé cuándo subió. Que está en mi cintura. Abierta. Con los dedos en la curva de mi espalda, justo donde termina la chaqueta y empieza la piel.
No empuja. No aprieta. Solo está ahí. Ardiendo.
Pienso que debería levantarme. Pienso que él debería apartarme. Pienso que estoy respirando demasiado fuerte y que él lo nota, que nota cómo me sube y me baja el pecho, a un palmo del suyo. Pienso en sus ojos bajando a mi boca en la oscuridad de mi cuarto, mientras me prometía matarme.
Ahora bajan otra vez.
A mi boca. Despacio. Y se quedan ahí.
Y yo me muevo. Sin querer. Apenas. Un desplazamiento mínimo de la cadera sobre su muslo, buscando equilibrio, o eso me digo.
Theron cierra los ojos.
Se le escapa el aire entre los dientes. Un sonido bajo, ronco, que nunca le había escuchado. Y debajo de mí, contra mi muslo, siento cómo su cuerpo responde. Cómo se le endurece todo.
Me quema la cara. Me quema todo.
Y no me aparto.
—Mara Veyl. —Ronco, con los ojos todavía cerrados, como si le costara sacarlo—. Levántate.
—¿Por qué?
Abre los ojos. Y lo que veo en ellos me corta la respiración.
—Porque si te quedas un segundo más ahí encima —dice, muy despacio—, se me va a olvidar quién soy. Y quién eres tú. Y por qué no puedo.
Los dedos de su cintura se aprietan. Un segundo. Como si su mano no estuviera de acuerdo con su boca.
Y después miro hacia un costado, hacia la piedra, y veo nuestras sombras.
La luna las proyecta juntas, a nuestro lado, sobre la plataforma. No hay forma de saber dónde termina una y empieza la otra. Están encimadas. Mezcladas. Enredadas como dos cuerpos.
En Vhal, dejar que tu sombra se superponga con la de otra persona en público es una declaración de amor.
Aquí no hay público. Solo la luna.
El Verdugo también lo ve. Lo sé porque su mano se aprieta, apenas, en mi muñeca.
—¿Sabes lo que significa eso aquí? —dice, en voz muy baja.
—Fue táctico.
—Lo sé.
Pero no me suelta.
Y yo tampoco me muevo.
No sé cuánto dura. Un segundo. Diez. Lo suficiente para que el viento cambie de dirección y me traiga su olor a lluvia y a cuero.
Lo suficiente para que levante la cabeza de la piedra, apenas, un dedo, dos, hacia mí.
Lo suficiente para que sienta su aliento en los labios.
Lo suficiente para que Nadie se quede completamente quieta, como si estuviera conteniendo la respiración.
A un pelo de mi boca, se detiene.
—No —susurra. A mí. O a sí mismo.
Y se mueve.
Me toma de los hombros y me aparta, con cuidado, como si yo fuera algo que se puede romper.
O algo que lo puede romper a él. Se pone de pie en un solo movimiento.
Me da la espalda. Se queda mirando la Fosa, con los puños cerrados a los costados y los hombros subiendo y bajando, como si acabara de correr.
—Mañana a la misma hora —dice, y la voz le sale tan áspera que casi no la reconozco.
Me levanto despacio. Tengo las piernas temblando, y no es por el entrenamiento.
Cuando se agacha para recoger algo del suelo, una correa de cuero que se le cayó en la pelea, la manga de la camisa arremangada se le sube un poco más por el antebrazo. La luna cae sobre la piel.
Y veo las marcas.
Cicatrices. Líneas delgadas, blancas, paralelas, en la cara interna del antebrazo izquierdo. No son heridas de pelea. Son demasiado rectas, demasiado parejas, demasiado cuidadosas. Alguien se las hizo a propósito, una por una, con algo muy afilado.
Algunas son viejas, plateadas, casi borradas. Otras son más nuevas. La última todavía está rosada.
Las cuento sin querer.
El Verdugo se da cuenta de que estoy mirando. Se baja la manga de un tirón, rápido, y la abotona en la muñeca. No dice nada. No me mira. Camina hasta el borde de la plataforma, hasta el vacío, y su sombra lo envuelve como una capa.
Y desaparece.
Me quedo sola en el techo de la torre, bajo la luna, con la muñeca todavía caliente donde me la tuvo agarrada.
Y con un número en la cabeza.
Once.