Hija de la fosa (Sin sombra nº 1)
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Capítulo 1 · La hora larga
La hora larga
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Caigo.
No grito. Supongo que debería. Cualquier persona normal gritaría con el estómago en la garganta y el viento arrancándole la ropa, pero yo nunca he sido una persona normal, y en Valcarne eso lo saben hasta los perros.
Arriba, recortada contra el amanecer, mi hermana me mira desde el borde de la Fosa. Todavía tiene las manos extendidas, como si no terminara de creerse lo que acaban de hacer.
Yo tampoco.
Lo último que pienso antes de que la oscuridad me trague es que, por primera vez en siete años, Seren me abrazó.
Y que lo hizo para tener mejor ángulo.
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Una hora antes
En Valcarne, la sombra es dinero.
Mientras más cerca de la Fosa vives, más alta es tu torre, más angosta tu calle y más oscura tu casa. Los ricos del primer anillo no ven el sol en todo el año, y lo cuentan en las cenas como quien cuenta que tiene caballos.
Nosotros vivimos en el cuarto. Eso significa que a mediodía entra un rayo de luz por la ventana de la cocina, y que mi madre lleva quince años tratándolo como una enfermedad de la familia.
Me levanto antes que nadie, como siempre.
Enciendo el fuego. Saco el pan negro del horno.
Pongo a calentar el agua para el baño de Seren y estiro sobre la mesa el vestido que va a usar hoy: seda negra, cuello alto, mangas hasta los nudillos y, sobre el corazón, el broche de plata con forma de polilla.
El emblema de los Veyl. Hacia la luz, aunque queme.
Mi vestido es gris. Todo lo mío es gris. Hay una ley que lo dice.
Encima va la capa de ceniza, larga, con capucha, para que nadie en la calle tenga que hacer el esfuerzo de mirarme los pies y descubrir que debajo de ellos no hay nada. Es un servicio público, si lo piensas. Le ahorro a toda la ciudad un mal rato.
—Mara.
Mi madre está en la puerta de la cocina, ya vestida, con el velo negro recogido sobre el pelo. Lady Odile Veyl no entra a la cocina. Dice que el humo se pega a la piel y que la piel es lo único que una familia caída puede seguir teniendo fino.
—Señora.
No le digo madre desde los ocho años. No porque yo lo decidiera.
—El vino del Borde. El bueno, el de la bodega de abajo. —Hace una pausa—. Hoy nos sentamos en el segundo anillo.
Levanto la vista. Los Veyl nos sentamos en el quinto palco desde que la abuela murió, y antes de eso, en ninguno.
—¿En el segundo?
—Hoy cambian muchas cosas para esta familia.
Me mira un segundo más de lo necesario. Mi madre no me mira nunca; me ubica, que es distinto, como quien revisa que un mueble siga en su lugar.
Pero esta vez me mira de verdad, desde el pelo hasta los pies, y algo en su boca se tensa como si estuviera calculando cuánto pesa una cosa antes de venderla.
Después se va, y el olor a lavanda se va con ella.
Me quedo con el cuchillo del pan en la mano y la extraña sensación de haber reprobado un examen que nadie me avisó que iba a tomar.
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Seren baja cuando el agua ya está tibia.
Mi hermana y yo nacimos con siete minutos de diferencia y una sombra de diferencia.
La suya es larga y negra y elegante, de esas que hacen que los jinetes se den vuelta en la calle.
La mía nunca llegó. La partera pensó que la vela estaba mal puesta.
Mi madre pensó que era un castigo. La Orden del Borde pensó que era evidente: un vacío, una cáscara, un error que la Madre Abismo no se molestó en terminar.
Hasta los doce años dormimos en la misma cama. Después mi madre nos separó, Seren subió al cuarto de la torre y yo bajé al de la despensa, y desde entonces mi hermana me habla lo mismo que le habla a los cubiertos.
Antes de nosotras hubo un hermano. Ilian.
Lo mandaron a estudiar a las Cumbres de Hierro cuando yo tenía tres años, antes de que pudiera acordarme de su cara, y de él solo me quedaron las cartas que me escribía para mis cumpleaños, siempre con una polilla dibujada en la esquina.
Hace seis meses llegó otra carta, con otra letra, diciendo que había muerto de fiebre.
Mi madre la leyó en la cocina, de pie. No lloró.
La quemó en el fogón y me pidió que sirviera la cena.
Seren no come. Se sienta frente al pan y no lo toca. Tiene ojeras, y Seren no tiene ojeras nunca; tiene una piel que los poetas de la corte describirían con palabras que no se pueden pronunciar sin vino.
Me está mirando.
—Tienes harina en la cara —dice.
Son las primeras palabras que me dirige en cuatro meses. Me limpio la mejilla con el dorso de la mano. Ella hace un gesto mínimo, como si fuera a estirar los dedos hacia mí, y se arrepiente en el camino.
—¿Estás nerviosa? —pregunto, porque soy idiota.
Hoy es el Descenso. Hoy Seren baja la Escalera del Borde con los otros aspirantes, y si la Fosa la elige, sube con una umbría en la sombra y se convierte en jinete. Si no la elige, no sube.
Seren no contesta. Se levanta, deja el pan intacto y sale de la cocina.
Pienso que es miedo. Me equivoco.
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A la hora larga, cuando el sol asoma sobre las Cumbres de Hierro, toda Valcarne proyecta sombras perfectas, y la ciudad entera camina hacia el borde.
Nunca he visto tanta gente junta. Los vendedores gritan pastel de miel oscura a dos cenizas la porción. Los niños se suben a los hombros de sus padres. Los apostadores de la Criba pasean con tablillas de cera, cantando los números del día:
—¡Tres umbrales a que el chico Ardane no sube! ¡Cinco a que la Morn vuelve con alas!
Y las sombras. Por las calles en pendiente del anillo, miles de sombras se alargan hacia la Fosa, todas en la misma dirección, estiradas como si quisieran volver a casa.
Yo camino detrás de mi madre y de Seren con la capucha puesta y la botella de vino contra el pecho. Nadie me mira. Es lo bueno de no tener sombra: aprendes muy pronto a no tener nada más.
La Fosa se siente antes de verla. El aire se enfría de golpe, como al abrir la puerta de una bodega, y huele a piedra mojada y a algo más viejo, algo sin nombre.
Desde el borde sube un sonido que los sacerdotes llaman el aliento de la Madre.
Yo siempre pensé que se parece a una marea lejana.
Nadie que haya crecido en Valcarne lo escucha mucho rato seguido.
Nuestro palco está en el segundo anillo, como prometió mi madre.
Es tan cercano al borde que entre la baranda de piedra y el vacío hay apenas un paso.
Al otro lado del abismo, las banderas de las cinco Casas cuelgan en el aire quieto: el cuervo blanco de los Morn, la serpiente de los Thal, el lobo encadenado de los Ardane.
Desde aquí, la Fosa no parece un agujero. Parece un ojo cerrado.
Sirvo el vino. Mi madre no me da las gracias. Una mujer del palco vecino le pregunta por el nuevo asiento y mi madre sonríe con todos los dientes, una sonrisa que no le había visto nunca, y responde algo sobre la generosidad de la Corona.
Entonces veo al niño.
Es un sirviente tenue del palco de al lado, de ocho o nueve años, descalzo sobre la piedra helada, con una camisa de lino tan delgada que se le notan las costillas. Tiembla tanto que la bandeja de copas que sostiene suena como una campana chica. Su señora no lo ve. Nadie lo ve.
Conozco ese tipo de invisibilidad. La llevo puesta.
Así que hago una estupidez: me desabrocho la capa de ceniza y se la pongo encima de los hombros.
El niño me mira como si le hubiera regalado una corona. Es una capa que huele a cocina y a cebolla, pero él se la cierra con las dos manos y deja de temblar.
Y entonces la luz de la hora larga me cae encima, sin capa, sin capucha, y toda la gente alrededor ve lo que hay a mis pies.
Nada.
Una mujer retrocede. Un hombre hace la señal contra el mal, dos dedos sobre el pecho. Alguien murmura vacía con el tono que se usa para decir rata. Por un momento hay un círculo de piedra limpia a mi alrededor, como si la falta de sombra se contagiara.
Mi madre se da vuelta. No dice nada. No necesita. Su mirada dice póntela con tanta claridad que casi la escucho.
No me la pongo.
No sé por qué. Diecinueve años obedeciendo y elijo justo el día del Descenso, frente a medio reino, para descubrir que tengo columna vertebral. Si alguien me lo hubiera preguntado, habría dicho que era por el niño. Creo que era por algo peor: por un segundo, quise que me vieran.
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Suenan los cuernos.
En la plataforma que sobresale sobre el abismo aparece el Sumo Velado, con el rostro cubierto de negro y las manos abiertas hacia el cielo. Detrás de él vienen los aspirantes, cuarenta y tres este año, vestidos de blanco para que la Fosa los vea bien.
Seren está entre ellos. Va derecha, pálida, perfecta. No mira hacia nuestro palco.
—Hijos de Vhal —dice el Sumo Velado, y su voz rebota contra las paredes del abismo—. Como cada Descenso, la Madre recibe primero lo que rechazó. Que se acerque la ofrenda.
Todos miran hacia la escalinata por la que suben a los sin sombra condenados. Cada año arrojan uno, para calmar a las bestias antes de que bajen los aspirantes. Cada año la ciudad aplaude.
Nadie sube.
Pasa un minuto. Después otro. El murmullo de la multitud cambia de tono, de fiesta a incomodidad. Un sacerdote corre hacia el Sumo Velado y le dice algo al oído. El velo negro se queda quieto un instante largo.
—La Madre esperará su ofrenda —anuncia al fin—. Que comience el Descenso.
Todo el borde suelta el aire. Todo menos el palco real, al otro lado del abismo, donde nadie se mueve. Y contra la pared del fondo, en la única franja de sombra que el sol de la mañana no toca, hay alguien vestido de negro que no aplaude, no bebe y no mira a los aspirantes.
Mira nuestro palco.
No sé por qué me fijo. Supongo que porque es la única persona en toda la Fosa que está tan quieta como yo.
Nadie pregunta dónde está el condenado. En Vhal nadie pregunta por los sin sombra. Yo tampoco pregunto. Me lo voy a reprochar después.
El primero en bajar es el chico Ardane, el de los tres umbrales. Tiene diecinueve años, como yo, y la mandíbula cuadrada de su familia. Toma una antorcha y empieza a bajar la Escalera del Borde, la espiral tallada en la pared del abismo que se hunde en la oscuridad sin que nadie sepa dónde termina.
La multitud cuenta los escalones en voz alta. Diez. Veinte. Treinta. La antorcha se hace pequeña, una chispa naranja que gira hacia abajo. Cincuenta. Sesenta.
En el escalón setenta y uno, la luz se apaga.
No cae. No se tambalea. Se apaga, como si una mano enorme se hubiera cerrado sobre ella.
Durante tres latidos no se escucha nada. Ni la marea, ni la gente, ni el viento.
Después, el grito.
Es largo y agudo y sube por las paredes de la Fosa hasta nosotros, y luego se corta de golpe, como cuando alguien cierra una puerta.
El silencio que viene después es peor.
Y entonces, alrededor del abismo, estalla el ruido: monedas, risas, insultos, apostadores que cantan los pagos. Una mujer del palco de abajo aplaude porque ganó. Un hombre maldice porque había apostado a favor de los Ardane.
Nadie llora. En Vhal no se llora a los que la Fosa rechaza. Se les cobra.
Me aferro a la baranda. Pienso en la madre de ese chico, en algún palco del primer anillo, con su sombra larguísima y su velo negro, escuchando a la ciudad cobrar la muerte de su hijo. Pienso en que el aliento de la Madre suena exactamente igual que antes, como si no hubiera pasado nada.
Me tiemblan las manos y no tengo capa donde esconderlas.
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No veo llegar a Seren.
De pronto está a mi lado, sin el blanco ceremonial, todavía con la ropa de calle debajo y el pelo escapándosele del moño. Debió saltarse la fila. Nadie se salta la fila del Descenso.
—Seren, ¿qué haces? Te van a…
Me toma la mano. Su piel está helada.
—Ven. Quiero que veas algo.
Me lleva hasta la baranda, hasta el paso de piedra que queda entre el palco y el vacío. El frío de la Fosa me sube por las piernas. Allá abajo, la oscuridad es tan completa que parece sólida, como si pudiera pararme encima.
Y entonces mi hermana me abraza.
Me abraza fuerte, con los dos brazos, la mejilla contra mi pelo, como cuando teníamos seis años y había tormenta y dormíamos en la misma cama. No sé qué hacer con las manos. Hace siete años que nadie me toca a propósito. Huele a lavanda y a miedo.
—Perdóname —susurra.
—¿Qué…?
—No sueltes lo que encuentres abajo.
Siento cómo se le endurecen los brazos.
Y lo entiendo medio segundo antes de que pase, que es exactamente el tiempo necesario para que duela.
Mi hermana me empuja.
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Caigo.
El borde se aleja como una boca que se cierra. Escucho a alguien gritar mi nombre, pero no estoy segura de que sea ella. Escucho a la multitud estallar de nuevo, y alcanzo a pensar, con una claridad absurda: la ofrenda. Creen que soy la ofrenda.
Después no escucho nada más.
El aire se vuelve más frío. Más espeso. La luz de la hora larga se hace un punto, y el punto se apaga, y caigo durante tanto rato que dejo de saber si estoy cayendo o flotando, si tengo los ojos abiertos o cerrados, si sigo siendo yo.
Pienso en el niño. Por lo menos se quedó con la capa.
Pienso en que nunca le pregunté a nadie por qué no tengo sombra. Solo acepté la respuesta que me dieron.
Y entonces, muy abajo, en una oscuridad que no ha visto el sol en trescientos años, algo abre los ojos.
Son muchos. Son enormes.
Y me miran como si llevaran toda la vida esperándome.