Hija de la fosa (Sin sombra nº 1) Capítulo 2 · Lo que hay abajo
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Capítulo 2 · Lo que hay abajo

Lo que hay abajo

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La oscuridad me atrapa antes que el suelo.

No sé de qué otra forma decirlo. En algún punto de la caída el aire se vuelve espeso, como tinta, como agua negra, y deja de dejarme caer. Me frena. Me envuelve. Por un segundo estúpido pienso que así se siente morir, que la muerte es esto, una mano enorme que te recibe sin apuro.

Después me suelta, y aterrizo sobre algo que se quiebra.

El golpe me saca el aire. Ruedo por una pendiente de cosas duras y livianas que crujen bajo mi peso, que se astillan, que me rasguñan los brazos, hasta que me detengo de espaldas, con el tobillo ardiendo y la boca llena de polvo.

No veo nada. Ni el cielo, ni el borde, ni mis manos. Me las acerco a la cara hasta tocarme la nariz, y nada.

Respiro. Duele, así que tengo costillas. Muevo los dedos de los pies. El izquierdo grita. Bien: tengo tobillo, aunque no por mucho tiempo.

Estiro una mano por el suelo para incorporarme y toco algo curvo, liso, frío. Lo recorro con los dedos. Una cuenca. Una mandíbula. Dientes.

Aparto la mano como si me hubiera mordido.

No es una pendiente de piedras. Es una pendiente de huesos.

Trescientos años de ofrendas, todos los sin sombra que Valcarne arrojó al abismo entre aplausos, apilados aquí abajo como leña. Y yo acabo de caer encima de ellos.

Bueno, pienso, porque si no pienso algo estúpido voy a gritar y no voy a poder parar. Por lo menos estoy en familia.

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El silencio de la Fosa no es silencio.

Desde arriba, el aliento de la Madre suena como una marea lejana. Desde aquí, suena como lo que es: algo que respira. Lento, enorme, a mi alrededor y debajo de mí, tan grande que no tiene un lugar. Inspira y el aire se enfría. Exhala y se entibia, apenas, como el aliento de un animal dormido.

Y debajo de la respiración hay voces.

Al principio creo que es el golpe en la cabeza. Son susurros, decenas, cientos, que se superponen como el murmullo de una multitud, en una lengua que nunca he escuchado. Una lengua suave, llena de sonidos que no existen en Vhal.

Y la entiendo.

No palabra por palabra. Es como cuando escuchas una canción que tu madre te cantaba de niña y no recuerdas la letra, pero sabes cuál viene después.

Otra.

Otra más. Vacía.

No. Mira. Mírala.

¿Es ella?

No puede ser ella.

Me arrastro hacia atrás sobre los huesos hasta que mi espalda choca con una pared. Me abrazo las rodillas. Tengo diecinueve años, una costilla rota y una fila de cadáveres opinando sobre mí. Es como estar en un baile de la corte, pero más honesto.

—¿Quién está ahí? —digo, y mi voz suena ridícula, chiquita, tragada por el aire espeso.

Las voces se callan de golpe.

Eso es peor.

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Veo la luz por casualidad: un punto naranja, unos metros más abajo, apenas un parpadeo entre los huesos.

La antorcha del chico Ardane.

Gateo hacia ella con el tobillo a la rastra, tanteando cada hueco, mordiéndome la lengua para no hacer ruido.

La antorcha está tirada de lado, casi apagada, con las brasas latiendo como un corazón cansado.

La levanto. Soplo. Soplo otra vez, despacio, como mi abuela me enseñó a soplar el fuego de la cocina cuando yo tenía cinco años y ella todavía vivía.

La llama sube.

Y veo dónde estoy.

Una caverna tan grande que la luz no alcanza el techo ni las paredes del fondo.

Un mar de huesos grises que se pierde en la oscuridad en todas direcciones.

Y, en la pared en la que me apoyé, algo que no tendría que estar aquí: dibujos tallados en la roca.

Espirales. Figuras humanas con los brazos abiertos, y detrás de cada una, una sombra con forma de animal.

Bajo todas ellas, un óvalo enorme lleno de líneas onduladas, como agua.

Un lago.

No sé por qué ese dibujo me cierra la garganta.

Cerca de mis pies hay una mano.

Una mano joven, de dedos cuadrados, con un anillo de hierro en el meñique. El lobo encadenado de los Ardane. La mano termina en la muñeca. Del resto del chico no hay nada. Ni sangre. Como si algo se lo hubiera tragado entero y hubiera escupido lo único que no le gustó.

Me tapo la boca con el brazo. Pasan diez segundos hasta que estoy segura de que no voy a vomitar.

Después hago algo que no sé explicar: le saco el anillo con cuidado, despacio, como si pudiera dolerle, y me lo guardo en el corsé.

Su madre va a querer algo. Aunque sea esto.

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Salen de las paredes.

Primero es solo un movimiento en el borde de la luz, una oscuridad que se mueve distinto a la oscuridad. Después, un brillo húmedo. Ojos. Dos, cuatro, diez.

Umbrías salvajes.

Las he visto mil veces dentro de las sombras de los jinetes: domesticadas, enormes, hermosas, saliendo del suelo como agua negra cuando las llaman por su nombre.

Estas no tienen nombre. Tienen la forma a medio terminar, como si no supieran qué ser.

Una tiene patas de lobo y cabeza de pájaro.

Otra no tiene cabeza, solo una boca. Otra es tan grande que su lomo se pierde en el techo.

Se acercan desde todas las direcciones. Despacio, porque no tienen ningún apuro. Yo no tengo para dónde correr.

Levanto la antorcha como si sirviera de algo.

—Les advierto —digo, con la voz temblando— que soy puro hueso. Les va a dar acidez.

La del pico abre la boca. Tiene más dientes de los que debería caber en ella. Se acerca hasta que su aliento me apaga el pelo contra la frente. Huele a tierra mojada y a hierro.

Y se detiene.

Olfatea. Una vez. Dos veces. Inclina la cabeza, como hacen los perros cuando escuchan un sonido que no entienden.

Después retrocede.

No como un animal que se aburre de su presa, sino como alguien que acaba de darse cuenta de que entró a la casa equivocada.

Agacha la cabeza. Retrocede otro paso, sin darme la espalda.

Las demás hacen lo mismo. Una a una, las bestias se repliegan hacia las paredes, y el sonido que hacen me eriza la piel: un gemido bajo, quebrado, que sube por la caverna como un llanto.

No tienen hambre.

Tienen miedo.

¿De mí?

La antorcha se apaga.

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En la oscuridad absoluta, algo cambia.

El frío. El aliento de la Madre se detiene en mitad de una inspiración, y el silencio que queda es tan completo que escucho mi propio corazón como si lo tuviera en las manos.

Entonces, en el negro, se abren las estrellas.

Así lo pienso al principio. Puntos de luz plateada que se encienden uno por uno a mi alrededor, arriba, abajo, cientos, miles, hasta que la caverna entera parece un cielo nocturno. Pero las estrellas no parpadean así. Las estrellas no se acercan.

Son ojos.

Todos pertenecen a lo mismo.

No tiene forma. O tiene todas. Es la oscuridad misma que decide tener ojos, y es tan grande que la caverna no es su casa: la caverna está dentro de él.

No habla con sonido. Habla adentro, en el lugar detrás de mis ojos donde guardo las cosas que no le cuento a nadie.

Y lo primero que hace no es hablar. Es mostrarme.

Un valle verde. Verde como no he visto nunca nada, un verde que duele.

Un lago tan quieto que refleja el cielo entero.

Gente caminando junto al agua, riéndose, y detrás de cada persona, una sombra que no se arrastra en el suelo: que juega.

Que salta, que se enrosca, que corretea como un perro alrededor de sus dueños.

Y después una mujer con una espada que brilla demasiado. Una mujer hermosa, de pelo claro, con los ojos fijos en el lago.

Y después, dolor.

Un dolor que no es mío y que siento como si lo fuera, un dolor de algo arrancado, de mil pedazos separándose a la vez, de una madre que escucha a todos sus hijos gritar al mismo tiempo y no puede llegar a ninguno.

Cuando vuelvo en mí estoy llorando. Llorando de verdad, con hipo, como no lloraba desde los doce años, por un valle que nunca vi y una gente que no conozco.

Te esperé, dice la voz.

No es una voz. Es una marea entera que dice dos palabras.

—Llegaste tarde —le digo, con los dientes castañeteando—. A casi todo.

Algo en la oscuridad se mueve, y si fuera una persona diría que fue una risa.

Estás vacía.

—Gracias. No me lo habían dicho nunca.

Yo también.

Eso me calla.

Déjame entrar.

Los ojos se acercan. Siento el frío contra la piel, en el cuello, en las muñecas, en las plantas de los pies, que perdieron los zapatos en algún punto de la caída. No empuja. Espera. Es la primera cosa en mi vida que me pide permiso para algo.

—¿Qué me va a costar? —pregunto.

No contesta. Y yo, que he pasado diecinueve años escuchando lo que la gente no dice, entiendo que la respuesta es mucho.

Pienso en mi madre ubicándome como un mueble. En la mujer que hizo la señal contra el mal. En el chico Ardane y en los apostadores que cobraron su muerte. En Seren, que me abrazó para empujarme y me pidió perdón antes de hacerlo.

No sueltes lo que encuentres abajo.

Pienso en todas las veces que me dijeron que yo no era nada.

—Sí —digo.

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Entra como si naciera.

Es frío y luego es fuego, me abre las costillas, me llena las venas de algo espeso y negro, me empuja los pulmones contra la espalda. Grito, por fin, todo lo que no grité al caer, y el grito no hace eco porque la Fosa entera se lo traga.

Los huesos debajo de mí tiemblan. Las bestias salvajes aúllan en las paredes, todas a la vez, un aullido que no es de miedo.

Es de bienvenida.

Y entonces lo siento: un peso nuevo bajo los pies. Algo que se extiende desde mis talones hacia el suelo, oscuro y fresco, pegado a mí como siempre debió estarlo.

Una sombra.

Mía.

El dolor se va tan rápido como llegó. Me quedo tirada sobre los huesos, temblando, con la cara mojada, respirando un aire que de pronto ya no es frío. Los miles de ojos se han apagado.

Pero no se han ido. Lo sé porque, por primera vez en mi vida, no me siento sola.

Algo se acomoda dentro de mí, enroscado detrás de mi esternón, como un animal que encuentra su madriguera después de mucho tiempo.

Y desde ahí, muy bajito, con una ternura que me rompe en dos, la voz me llama por un nombre que no es el mío.

Corazón.