Capítulo 3 · El Verdugo
El Verdugo
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La Escalera del Borde tiene mil cuatrocientos doce escalones.
Lo sé porque los cuento todos, uno por uno, mientras subo arrastrando el tobillo izquierdo.
Contar es lo único que impide que piense en la mano del chico Ardane, en la pendiente de huesos, en los miles de ojos encendiéndose en la oscuridad.
Contar, y la cosa enroscada detrás de mi esternón, que de vez en cuando se estira como un gato al sol y me manda un poco de calor a las piernas cuando siento que no puedo más.
No me habla. No ha vuelto a hablarme desde que me llamó Corazón. Pero está ahí. Cada vez que me detengo, la siento esperar.
Trescientos diez. Trescientos once.
La escalera es una espiral tallada en la roca, sin baranda, tan angosta que en algunos tramos tengo que subir de lado con la espalda pegada a la pared. Debajo, el vacío. Arriba, un círculo de cielo que al principio es apenas una moneda y que, muy despacio, se va haciendo plato, ventana, mundo.
En el escalón seiscientos me cruzo con el primer aspirante que vuelve.
Es una chica de pelo rojo, de la Casa Thal por el broche.
Sube con la cara empapada de lágrimas y una sonrisa que no le cabe en la boca, y detrás de ella, pegada a sus talones, su sombra se mueve distinto: más espesa, más viva, con dos puntos brillantes en el lugar donde deberían estar los ojos de una cabeza que no existe.
Tiene una umbría. La Fosa la eligió.
Me ve. Ve mi vestido gris, mi pelo lleno de polvo de hueso, la sangre seca en mis brazos. Y después baja la vista hacia mis pies.
Su sonrisa se apaga.
No dice nada. Se pega contra la pared para no rozarme y sigue subiendo más rápido, como si yo fuera algo que se pega.
Miro hacia abajo.
Ahí está. Pegada a mis talones, larga y oscura sobre la roca, siguiendo cada uno de mis movimientos con un segundo de retraso, como si todavía estuviera aprendiendo cómo se hace.
Mi sombra.
Levanto una mano. Ella levanta la suya. Muevo los dedos. Ella mueve los suyos, un poco torpe.
Tengo que sentarme en el escalón porque me tiemblan las rodillas, y no es por el tobillo.
Diecinueve años, pienso. Diecinueve años mirando al suelo para no ver lo que no tenía.
La sombra se queda quieta a mi lado. Después, muy despacio, se estira sobre la roca y se acurruca junto a mi pierna, como haría un perro.
Las sombras no hacen eso.
—Vamos a tener que trabajar en eso —le digo en voz baja.
La sombra vuelve a su lugar, bajo mis pies, y se queda quieta. Avergonzada, casi.
Me río. Es una risa rara, quebrada, que me sale de un lugar que no sabía que tenía. Y después me levanto y sigo subiendo.
Seiscientos uno.
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Llego al borde a la hora corta, con el sol ya alto y las sombras de la ciudad recogidas a la mitad de su largo.
Lo primero que escucho es el ruido. La multitud, los cuernos, los apostadores cantando nombres, el estruendo de miles de personas celebrando a los aspirantes que suben con umbría y cobrando a los que no. Lo segundo que escucho es cómo ese ruido se apaga.
No de golpe. Como una ola que retrocede. Empieza en los palcos más cercanos a la salida de la escalera y se va extendiendo hacia atrás, fila por fila, anillo por anillo, mientras la gente se da vuelta, me ve, y le toca el hombro al de al lado.
En treinta latidos, toda Valcarne está callada.
Me quedo de pie en el último escalón, sobre la plataforma de piedra donde terminan los que vuelven. No sé qué hacer con las manos. No tengo capa. Tengo polvo de hueso en el pelo, el vestido roto en la cadera, un tobillo del doble de su tamaño y un anillo ajeno escondido en el corsé.
Y tengo sombra.
La veo extenderse frente a mí sobre la plataforma, nítida y negra, igual a la de cualquiera. Y veo a miles de personas mirarla.
Alguien, en algún palco, dice mi nombre. Creo que es mi madre. Busco nuestro palco del segundo anillo y la encuentro: de pie, con una mano en la boca y la cara blanca como la cal. No es la cara de una madre que acaba de ver a su hija volver de la muerte.
Es la cara de alguien que acaba de ver cómo se le cae un negocio.
Busco a Seren entre los aspirantes que todavía esperan su turno junto a la escalinata. Está ahí, vestida de blanco, en la fila. Me mira. Tiene la cara mojada.
Y entonces su boca hace algo que no le he visto hacer en siete años.
Sonríe.
Es medio segundo. Después la borra, y vuelve a ser una estatua.
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—¡Herejía!
El grito viene de la plataforma central. El Sumo Velado avanza hacia mí con los brazos abiertos y el velo negro agitándose con su respiración.
—¡Es una vacía! ¡Toda la ciudad lo sabe! ¡La Madre la rechazó y la escupió, y trae consigo una abominación! —Se vuelve hacia los palcos, hacia la multitud, hacia el cielo—. ¡Lo que la Fosa devuelve sin haber elegido, la Fosa lo maldice! ¡Verdugo!
Y la multitud, que hace un minuto estaba muda, empieza a corear.
No entiendo la palabra al principio. Después sí.
Verdugo. Verdugo. Verdugo.
Y él baja.
Lo reconozco antes de verle la cara. Es la figura de negro del palco real, la que no aplaudía, la que miraba nuestro palco desde la única franja de sombra que el sol no tocaba.
Ahora sale y empieza a bajar la escalinata de piedra hacia la plataforma, sin apuro, y a medida que avanza la gente se aparta tanto que algunos se caen de los bancos.
Es alto. Viste de negro de pies a cabeza, cuero y lana, cuello alto, sin el color de ninguna Casa.
En el pecho lleva un solo broche de plata: un lobo con alas.
Tiene el pelo oscuro y corto, como se usa en la Legión, y una cicatriz delgada que le cruza la ceja izquierda y le da a su cara una asimetría que no debería ser tan atractiva en alguien que viene a matarme.
Todos en Vhal conocen su nombre. Ninguno lo dice en voz alta si puede evitarlo.
Theron Vask. El Verdugo de la Fosa. Los cadetes de la Ciudadela le dicen el Silencio, y hasta hoy creí que era por su carácter.
Levanta una mano.
Y el coro se apaga.
No porque la gente se calle. Porque el sonido deja de existir. Veo bocas abiertas, gargantas que se tensan, gente que sigue gritando Verdugo sin que salga nada. El viento sopla y no suena. Mi propia respiración no suena. Es como si alguien hubiera metido la ciudad entera dentro de un vaso de agua.
En ese silencio absoluto, lo único que escucho son sus pasos.
Uno. Otro. Otro.
Se detiene a dos metros de mí. Desenvaina la espada. La hoja es negra, mate, y no refleja el sol.
Tiene los ojos grises. De cerca son más claros de lo que pensé, casi plateados, y me miran como se mira algo que ya está muerto: con atención, pero sin interés.
Y yo, que he sobrevivido a una caída de trescientos metros, a un mar de huesos y a una cosa con mil ojos, pienso con una claridad absurda: voy a morir a manos de un hombre con mejores pómulos que yo.
Creo que lo pienso muy fuerte, porque algo cambia en su cara. Una sombra de algo. Casi una pregunta.
Levanta la espada.
Y su sombra se mueve.
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La sombra del Verdugo se extiende en la plataforma, larga y negra a la hora corta, y de pronto se hincha, como agua que hierve. Algo emerge de ella. Primero unas orejas. Después un hocico. Después unas alas enormes, membranosas, que se despliegan sobre la plataforma y tapan el sol.
Un lobo. Un lobo del tamaño de una casa, con alas de murciélago y ojos de brasa, hecho de la misma oscuridad líquida que vi allá abajo.
La umbría del Verdugo. La bestia más temida del reino. He escuchado historias sobre ella toda mi vida: que puede tragarse a un hombre de un bocado, que nunca la han visto retroceder, que su jinete apenas puede controlarla.
Me mira. Gruñe. El gruñido no suena, por el silencio, pero lo siento en el pecho, en los dientes.
Y la cosa que traje de abajo despierta.
No hace nada. No sale. Solo abre los ojos, adentro de mí, y la siento extenderse por mis venas como tinta en agua. Bajo la piel de mis antebrazos, las venas se oscurecen. Mi sombra, en el suelo, se queda muy, muy quieta.
El lobo deja de gruñir.
Agacha las orejas. Pliega las alas. Da un paso atrás sobre la plataforma, y otro, y hace un sonido que siento más que escucho: un gemido. El mismo gemido que hicieron las bestias salvajes allá abajo.
Y después se hunde de vuelta en la sombra de su jinete, rápido, como un perro que se esconde debajo de la mesa.
El Verdugo no se mueve.
Por primera vez, sus ojos plateados me miran con interés. Más que interés. Me miran como si lo hubiera golpeado. Bajan a mis antebrazos, a las venas negras que ya están desapareciendo, y vuelven a mi cara. La punta de su espada, que no tembló cuando la levantó, tiembla ahora, apenas.
Da un paso hacia mí. Uno solo. Ahora estamos tan cerca que veo que tiene pecas pálidas en la nariz, y que la cicatriz de la ceja no es una sola, son dos, y que huele a cuero y a lluvia y a algo metálico.
Y en el silencio absoluto que él mismo creó, donde nadie más puede escuchar nada, me habla. Su voz es baja y áspera, como si no la usara mucho.
—¿Qué eres?
Las palabras me salen antes de que pueda detenerlas.
—Iba a preguntarte lo mismo.
Se me queda mirando. Algo le pasa por la cara, rápido, y desaparece antes de que pueda ponerle nombre. Si no fuera absurdo, diría que fue miedo.
O alivio.
Después envaina la espada.
El sonido vuelve de golpe, como cuando sacas la cabeza del agua. El viento, los cuernos, los gritos, mi propia respiración entrecortada. Y la voz del Sumo Velado, aguda y furiosa:
—¿Qué hace? ¡Verdugo, cumpla con su deber! ¡Es una vacía!
El Verdugo no lo mira. Me mira a mí. Después se da vuelta hacia la multitud, hacia los palcos, hacia la ciudad entera que espera ver correr mi sangre sobre la plataforma, y cuando habla no levanta la voz.
No le hace falta. Su voz llega a todos lados, porque en Valcarne nadie se atreve a hacer ruido mientras habla el Silencio.
—Ley del Borde, artículo primero —dice—. Lo que la Fosa devuelve con sombra, la Fosa lo eligió. Nadie toca a esta cadete.
—¡Es una abominación! —chilla el Sumo Velado—. ¡No tiene sombra propia, todos sabemos que…!
—Tiene sombra. —El Verdugo inclina la cabeza hacia mis pies—. Mírela usted mismo. ¿O va a discutirle la ley a la Madre, Sumo Velado?
El velo negro se queda inmóvil. Diez mil personas contienen la respiración.
Y Theron Vask, el hombre que vino a matarme, se pone a mi lado sobre la plataforma, de frente a la ciudad, como si me estuviera cubriendo con su cuerpo, y lo repite.
—La Fosa la eligió.