Una bruja gruñona. Una dríade luminosa. Un beso que despierta al bosque…
Cass:
Vine a Widdershins para alejarme de casa y divertirme, no para plantar árboles.
Después de incendiar accidentalmente el invernadero del campus, la expulsión está sobre la mesa.
A menos que compense hasta el último daño, de amanecer a anochecer, hasta que termine el semestre.
Y el chico al que tengo que rendirle cuentas es Linden: mide más de dos metros, tiene hombros tan anchos como una puerta de granero y esa clase de sonrisa que derrite el corazón de todos, incluido el mío.
Hace germinar semillas con un toque, conoce a cada planta por su nombre y me llama «Chispas», aunque lo odio.
Trato de no impresionarme. Mi magia… no coopera.
Cuanto más tiempo pasamos juntos —cargando escombros carbonizados, devolviéndoles la vida a los bancales chamuscados, reconstruyendo el invernadero en ruinas panel por panel—, más se calman mis tormentas.
Una parte de mí quiere estar con él, darle una oportunidad a la felicidad.
Pero las dríades están vinculadas a su duramen.
¿De verdad puedo comprometerme con un chico que debe rendirles cuentas a los árboles para conservar su poder?
Linden:
Me gustan el sol, el agua y Cass Reed. Cuido de la Arboleda, de las abejas y de cualquiera que llegue con aspecto de estar agotado.
Cass finge que no necesita ayuda y yo finjo no notar que su magia se desboca cada vez que estoy cerca.
Soy un chico sencillo. Levanto cosas pesadas, ayudo a crecer a los retoños y hago reír a Cass al menos una vez al día.
No desearía nada más que alzarlo en mis brazos y escapar juntos, unidos para siempre.
Pero las raíces importan. Si me alejo demasiado tiempo del Duramen, me marchito.
Y ahora una inmobiliaria ha comprado la arboleda de mi familia y pretende arrasarla hasta los cimientos.
Me gradúo con raíces que no puedo desenterrar, y a Cass todavía le quedan dos años en Widdershins.<






