Capítulo veintisiete Cass #2
Los ojos de mi padre se entrecerraron un poco y sentí que el estómago se me retorcía.
Este era el momento. El momento en que todo se vendría abajo porque mis padres descubrirían lo de Linden y yo.
Porque comprenderían que su hijo estaba enamorado de un hombre, de una criatura paranormal, de alguien tan ajeno a la visión del mundo que habían construido con tanto esmero que no sabrían cómo asimilarlo.
—¿De qué manera te ayudó? —preguntó mi padre con un tono tan cuidadosamente neutro que gritaba más que cualquier palabra.
—Es mi novio —dije, sin permitirme pensarlo dos veces—.
Llevamos saliendo un par de meses. Lo ayudo a reconstruir el invernadero, que yo destruí mientras estaba borracho en un intento de impresionar a mis amigos.
—Alterné la mirada entre sus rostros conmocionados mientras los bombardeaba con información—.
Voy a quedarme con Linden de una forma u otra, así que, si tienen algún problema con quién o qué es, pueden volver a casa solos. Yo estoy bien aquí.
El silencio que siguió a mi declaración fue ensordecedor.
La mano de mi madre se tensó sobre mi hombro y percibí un leve temblor en ella.
El rostro de mi padre quedó completamente inexpresivo, de esa forma que normalmente significaba que estaba procesando información incompatible con su visión del mundo, tan meticulosamente ordenada.
Lo había visto hacerlo incontables veces ante mis arrebatos.
—Tu novio —repitió mi madre despacio, como si estuviera probando las palabras para ver si tenían sentido—. Una dríade.
—Sí —dije, sosteniéndole la mirada. Sentía a Linden a mi lado, sólido y firme, manteniéndome anclado incluso mientras la tensión emanaba de él en oleadas.
Su magia aún crepitaba bajo su piel, lista para defenderme si las cosas se ponían feas—.
Y no voy a abandonarlo. Ni ahora ni después de lo que acabamos de vivir.
Nunca. Lamento ser una decepción tan grande para ustedes dos, pero esto es lo que soy y no voy a cambiar solo para caber en la estúpida cajita dentro de la cual quieren que viva.
Mi padre abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.
—Cass, ¿eso es realmente lo que piensas de nosotros?
Lo miré durante un largo momento, tratando de entender qué quería decir.
—No somos el Frente de la Pureza —continuó—. Y hacemos todo lo posible por no relacionarnos con quienes sí lo son.
—Cariño —intervino mi madre—, solo queremos que tengas una vida mejor que la nuestra.
No queremos que enfrentes las mismas dificultades que nosotros ni que tengas que quedarte sentado, fingiendo una sonrisa mientras todos te miran por encima del hombro.
—Alzó los ojos hacia Linden y luego volvió a mirarme—.
Pero si él te hace feliz, entonces, por supuesto, eso es lo que importa.
—Pero... Pero ustedes... —Me había quedado sin palabras y mi cerebro intentaba correr en mil direcciones al mismo tiempo—. Siempre dijeron...
—Casarte con alguien de una familia adinerada de brujos es el camino más fácil hacia una vida feliz y próspera —dijo mi padre, asintiendo—.
Intentábamos guiarte en esa dirección para simplificar las cosas.
—Miró a mi madre con el ceño fruncido—. Pero ahora me pregunto si presionamos demasiado.
Si te hicimos sentir que no tenías otra opción.
—¿Por eso nos has estado evitando? —preguntó mi madre—. ¿Por eso has estado tan enojado y distante?
Sentí que algo se abría dentro de mi pecho al oír esas palabras.
Ira, resentimiento, confusión... todo salió de golpe.
Porque tenían razón. Me habían empujado hacia ese camino durante toda mi vida y yo lo había interiorizado de una manera tan profunda que creía que eso era lo que quería. Que era lo que necesitaba.
—Sí —dije con voz áspera—. Justamente por eso.
Porque cada vez que intentaba hablarles de algo que de verdad me importaba, me hacían sentir que no era suficiente.
Que yo no era suficiente a menos que encajara en algún molde predeterminado.
—Me aparté de ellos, incapaz de seguir mirando sus rostros—.
Y entonces llegó Linden y se limitó a dejarme ser yo mismo.
No la versión que él quería que fuera, sino mi verdadero yo.
La versión enojada, temeraria y caótica. Y me amó de todos modos.
La mano de Linden se posó en mi espalda baja, un gesto silencioso de apoyo que me mantuvo anclado incluso mientras yo sentía que me desmoronaba.
—Lo siento —dijo mi madre en voz baja—. Lo siento muchísimo, Cass. Nunca quisimos...
—Sé que no fue su intención —la interrumpí, volviéndome por fin para mirarlos—. Pero eso no cambia lo que ocurrió. No cambia el hecho de que pasé años sintiéndome como un fracaso de mierda incapaz de hacer nada bien ante sus ojos.
Mi padre dio un paso hacia mí y, por un momento, pensé que intentaría abrazarme o hacer algo igual de incómodo. En vez de eso, se limitó a mirar a Linden.
—Gracias —dijo con sencillez—. Por ayudar a mi hijo. Por amarlo.
Era algo muy pequeño, un reconocimiento muy sencillo, pero se sintió trascendental. Noté el escozor de las lágrimas en las comisuras de los ojos y lo odié. Odiaba sentirme tan vulnerable, especialmente delante de mis padres.
—Deberíamos irnos —dijo con dulzura la profesora Paulson desde la puerta—. El decano solicita que todos los visitantes abandonen el campus y que los estudiantes que deseen quedarse permanezcan en sus dormitorios. Hay un toque de queda vigente hasta que tengamos más información sobre el ataque.
Mis padres asintieron, pero ninguno de los dos hizo ademán de marcharse enseguida. Mi madre extendió la mano y me apretó el hombro una vez más, con las mejillas todavía húmedas.
—Estamos orgullosos de ti —dijo—. Sin importar con quién estés ni el camino que elijas. Estamos orgullosos de ti.
No sabía qué responder, así que me limité a asentir y los vi salir de la habitación con la profesora Paulson. En cuanto la puerta se cerró detrás de ellos, sentí que el peso de todo lo sucedido se desplomaba de golpe sobre mí.
—¿Estás bien? —preguntó Linden en voz baja mientras me rodeaba la cintura por detrás con un brazo.
—No —respondí mientras me daba vuelta y hundía el rostro entre sus pectorales.
—Sé que ahora es difícil —dijo, recorriéndome la espalda con las manos—. Pero se nota que te aman. Que quieren arreglar las cosas.
—Pues van a tener que esperar —repliqué—. Ahora mismo no quiero perdonarlos.
—Está bien —me arrulló mientras me besaba la coronilla—. Tómate todo el tiempo que necesites.
Nos quedamos así, de pie, dejando que el silencio de la habitación nos envolviera.
Afuera, el campus todavía era un caos, aunque comenzaba a calmarse.
Miré por la ventana y alcancé a ver a Tex apresurándose por el campus con su madre y su padre hacia el círculo de teletransportación.
Varias personas más también salían de la casa de la fraternidad, solas o acompañadas por sus padres.
Incluso vi a mis propios padres caminar del brazo hacia las puertas de la escuela.
Al verlos marcharse, sentí una punzada de culpa en el pecho.
Habían venido por mí. Querían asegurarse de que estuviera a salvo.
Aceptaron a Linden sin pensarlo dos veces.
Eso contaba para algo, y los odiaba por ello.
Habría sido más fácil si hubieran sido horribles.
Pero ahora, por culpa de su comprensión, tendría que atravesar semanas o meses de sentimientos y situaciones incómodas para sanar esa herida.
Quizá nunca sanaría. Supuse que el tiempo lo diría.
Pero en ese momento solo había una cosa que hacer.
Esperar.
Esperar a que el mundo volviera a la normalidad. A que terminara. A que cambiara de forma irrevocable.
Pero tenía a Linden, y eso era lo que importaba.