En Caños Blancos todo el mundo sabe cómo hacía su tía las croquetas. Lo que nadie sabe es quién ha dejado un muerto en su almacén.
Clara Roldán tiene cuarenta y seis años, un despido reciente y una taberna heredada en un pueblo de la costa de Cádiz.
Ha metido en la cocina todo el dinero de la indemnización, y la Ruta de la Tapa es su oportunidad de recuperar a la clientela de su tía Chelo.
En la presentación del sábado, Aurelio, el distribuidor que organiza el concurso, le pregunta delante de medio pueblo quién ha hecho esas croquetas. Ella le contesta mal.
El domingo, Clara baja al almacén a por un barril y lo encuentra muerto.
A su lado hay una ración de sus croquetas y una llave antigua que ella llevaba cuatro meses buscando.
La llave abre una puerta que Clara creía un armario tapiado.
Detrás hay un cuarto de reparto que da a su almacén, al del bar de su vecino y a un callejón.
Antes de la hora de comer, el pueblo entero repite que Aurelio desayunó en Casa Chelo y que a saber qué le echaron. Esa noche se caen los encargos. El martes, Sanidad le cierra la cocina.
Clara tiene una semana, hasta el recuento de la Ruta, y veinte años de oficio tramitando siniestros: sabe que cada versión tiene una hora que se puede comprobar.
La ayudan, sin que nadie se lo pida, una camarera que lleva veintiocho años sabiendo más de lo que cuenta, un vecino tabernero con una alegría que no cuadra y tres clientas de la mesa del rincón que no saben guardar un secreto, pero descubren los ajenos en lo que dura un café.
Aurelio apuntaba en una libreta las trampas de cada bar del pueblo, y la libreta ha desaparecido. Entre las cosas de su tía, Clara encuentra una servilleta firmada que lo cambia todo: heredó la taberna con una guerra incluida.






