27. Recuento bajo el ficus
Recuento bajo el ficus
Con la última campanada de las ocho, dos coches de la Guardia pararon delante de La Lonja, sin sirena. Yo estaba en la ventana del piso con el café en la mano y el perro apoyado en mi pierna. Toñi se había ido a su casa pasada la medianoche. Yo había dormido poco y mal, pero había dormido.
La plaza tenía todavía la luz gris de antes del sol, y sin levante parecía otra plaza.
Del segundo coche bajó Cordero. La persiana de La Lonja subió sola, a tirones, desde dentro, y apareció Pepa, vestida de calle, con el llavero en la mano y el pelo recogido como para trabajar.
Les abrió la puerta de cristal, se apartó para que pasaran y entró detrás de ellos. No la volví a ver en una hora.
El móvil empezó a vibrar a las ocho y cuarto y no paró.
Los mismos grupos del domingo anterior, y todo al revés.
«Que se han llevado al Rafi esta noche.» «Yo siempre dije que las croquetas de Casa Chelo estaban buenísimas.
» Ese era de Maruja, que estaba castigada sin notas, pero no sin móvil.
La máquina que el martes me cerró la cocina funcionaba ahora hacia el otro lado, igual de deprisa y con la misma poca idea de nada.
No contesté a nadie. Dejé el móvil bocabajo en el alféizar.
Con las nueve se fueron los coches. Cordero salió el último, con una caja de cartón debajo del brazo.
Pepa se quedó sola en la puerta de su bar, mirando la plaza, y luego hizo lo que había hecho todos los días de su vida a esa hora: sacó las sillas de la terraza, de dos en dos, y abrió.
Antes de meterse, pegó un folio en el cristal con cinta de embalar. Desde mi ventana no se leía. Bajé.
Casa Chelo abre a las nueve y media los domingos. Encendí la cafetera, me puse un café con leche en vaso, como me lo pone Toñi, y crucé la plaza con él en la mano. Cuarenta metros. No los había contado nunca.
El folio decía, con letra redonda y bolígrafo azul:
«La Lonja se retira de la XI Ruta».
La terraza estaba puesta y vacía. Pepa estaba detrás de la barra secando vasos que ya estaban secos. Levantó la vista cuando entré y la volvió a bajar.
Le dejé el vaso en la barra, delante de ella.
—Con leche, en vaso —dije—. Por si no has desayunado.
Pepa miró el café. Dejó el paño. Rodeó el vaso con los dedos, como se calientan las manos en invierno.
—Tú lo sabías —dijo.
—Desde el viernes por la noche.
—Y yo te mandé a la caja de arriba. —No era una pregunta. Se rio un poco, sin gracia, por la nariz—. Treinta y un años bajándome él de las banquetas para que no me cansara. Y yo tan contenta.
No dije nada. Pepa bebió un sorbo, largo. Luego otro.
—Estaba en la trastienda. Los sellos, en una bolsita de tela, en la caja de las servilletas de Navidad. Y unos tapaportes de los del año pasado, sin rellenar, en un sobre. Trece. Los ha contado el sargento delante de mí. —Dejó el vaso—. Yo esa caja la abro todos los diciembres.
Y entonces, por el cristal, vi a Toñi.
Venía cruzando desde Casa Chelo con un plato tapado con una servilleta de tela, sin prisa y sin pararse.
Llegó a la puerta de La Lonja y se paró en el escalón, justo encima de la raya donde empieza el suelo de dentro.
Se quedó allí un segundo. Veintiocho años sin pisar ese suelo, por lealtad a una mujer que no le había explicado nunca por qué.
Pepa la miraba con el paño otra vez en la mano.
Toñi entró.
Dejó el plato en la barra, al lado de mi café, y le quitó la servilleta.
Eran seis croquetas, recién fritas, de la masa del sábado.
Era la primera vez que las veía sabiendo de quién eran.
Tenían la costra fina, tan fina que se veía la forma de la bechamel por debajo, y cuando Pepa partió una con los dedos, la bechamel casi se derramó, y se quedó justo en el borde, temblando, sin caerse.
El jamón no se veía hasta que se mordía. Luego se notaba entero, sin mandar.
Pepa se comió media. Masticó despacio, con los ojos en el plato.
—Esto es lo que ganaba las Rutas —le dijo a Toñi, sin mirarla—. Yo me comía una cada año, a escondidas, para saber contra qué freía.
—Mm.
Pepa se comió la otra mitad. Se limpió los dedos en el paño. Miró a Toñi primero, y después a mí, y después la plaza por el cristal, el ficus sin viento.
—Yo algo sabía, hace treinta años —dijo—. Lo que no sabía es que todavía no se había acabado.
Ninguna de las dos le contestó. Toñi le acercó el plato. Pepa cogió otra.
Con las doce, el Tribunal estaba en la mesa del rincón y Maruja pagaba el vermú por segundo día seguido con cara de estar pagando una multa. Entró Cordero. No se sentó. Se acercó a la barra y habló bajo, sin preámbulo.
—La huella de la tapa del tarro es del señor Montero. Me lo acaban de confirmar.
—Gracias por venir a decírmelo.
—Se lo debía. —Miró la vitrina de las croquetas de Toñi, las que quedaban, y no pidió ninguna.
Cuando se fue, me acerqué a la mesa del rincón y les conté a las tres dónde había estado la libreta, en la caja de los palillos de la despensa de La Lonja, y por qué no se lo había podido decir mientras contábamos. Toñi, detrás de la barra, dejó de pasar el trapo y escuchó también, sin disimular.
Maruja se llevó la mano al broche.
—¿Desde el viernes? ¿Y yo en camisón toda la noche contando tapaportes sin saberlo?
—Lo prometí, Maruja.
—Pues esto, hija, es de un... —Se paró. Rosi ya tenía el dedo levantado—. De un disgusto. Es de un disgusto muy grande. Eso no es nota.
—Pase —dijo Rosi.
Maruja se quedó con el disgusto entero y sin nota.
A las siete, la hora que ponía la pancarta del balcón de La Lonja, bajo el ficus había más gente que en la presentación.
Casa Chelo tenía la persiana a medio bajar y un cartel de Toñi en el cristal: «Estamos en el ficus».
En la mesa larga del Ayuntamiento había una bandeja de cada bar, menos de La Lonja, y las urnas de metacrilato en fila.
Detrás, el jurado: Inma en el centro, con el micrófono; don Ramiro a un lado; Sergio al otro, en el sitio de su tío, con las manos quietas encima del mantel de papel.
Alrededor estaba el pueblo entero. Pepa, de pie al borde del corro, sola, con los brazos cruzados, y la gente abriéndole un hueco que ella no había pedido.
El Tribunal, en tres sillas de enea traídas de casa.
Nando, con la camiseta del Cádiz. Toñi, a mi lado, con el delantal puesto y Albarán sujeto de la correa, lo más lejos de Nando que daba la correa. Cordero, detrás de todos.
Inma dio unos golpecitos en el micrófono y habló de Aurelio. Habló mucho y lo hizo bien. Luego dijo que íbamos a abrir las urnas, que Aurelio no soportaba los discursos largos.
—Antes de abrir —dije—. ¿Me dejas un momento?
Inma me miró con el micrófono en la mano, sin entender, y me lo dio.
Llevaba las bases en el bolsillo del vaquero, descolgadas por la tarde del corcho de Casa Chelo. Las desdoblé. Me temblaba el papel.
—Artículo cuarto —leí—. «La tapa se elaborará íntegramente en la cocina del establecimiento participante. Su incumplimiento supondrá la exclusión del concurso.»
Nadie dijo nada. Alguien del fondo preguntó qué había dicho y le mandaron callar.
—Este artículo lo propuso mi tía en 2015, contra los que servían croquetas congeladas.
—Levanté la vista del folio. Estaban todos mirándome, y no miré a nadie en concreto—.
Desde el jueves, mis croquetas se han frito en la cocina de La Lonja.
Me cerraron la mía el martes y Pepa y Rafi me ofrecieron la suya.
Lo sabía desde el martes: Rosi me leyó este artículo esa misma tarde.
Y me lo callé hasta hoy, porque sin la Ruta Casa Chelo no llegaba a fin de mes. Eso es todo. Casa Chelo se retira.
Le devolví el micrófono a Inma. Me temblaba otra vez el papel, y lo doblé para que dejara de hacerlo.
Nadie aplaudió. Don Ramiro se santiguó sin darse cuenta.
Inma abrió la boca y la volvió a cerrar sin decir nada, que en Inma es un milagro de los que se apuntan.
En la primera fila, Maruja se había llevado la mano al broche y Encarna tenía los ojos cerrados.
Toñi, a mi lado, miraba el suelo. Al borde del corro, Pepa me miraba a mí, con los brazos todavía cruzados, y fue la única que no apartó la vista.
Mi tía escribió ese artículo. No sé si me habría perdonado leerlo cinco días tarde. Sé que me lo habría hecho leer.
Rosi, en su silla de enea, asintió despacio.
Antes de que Inma pudiera decir nada, se oyó una silla de plástico arrastrarse por el suelo de la plaza. Nando se había levantado.
—Y mis tortillitas las hace la Chari —dijo sin levantar la voz, y la plaza se calló para oírlo—. Una señora de Vejer. Desde hace diez años. Mi madre, que en paz descanse, no sabía hacer tortillitas. El Cañaílla se retira.
Hubo un segundo de silencio y luego una risa que empezó por el lado de los Candón y dio la vuelta a la plaza. Nando se sentó otra vez, muy digno. Albarán le gruñó desde las piernas de Toñi, por costumbre.
Fina, que estaba al lado de Loli, se había puesto blanca.
—¿Y yo? —dijo, sin micrófono—. Que las huevas las compro cocidas. Que lo sepa todo el mundo ya, que me da igual.
Inma miró a don Ramiro. Don Ramiro miró a Sergio. Sergio miró a las sillas del Tribunal, que es lo que se hace en Caños Blancos cuando nadie sabe algo.
—Que lo diga Rosi —dijo Inma—. Que estuvo en la comisión.
Rosi se levantó de la silla de enea como si fuera a leer una resolución en un pleno.
—Las huevas cocidas son un ingrediente —dijo—.
Como el atún de la lata, que nadie pesca su atún.
Lo que se compra hecho es un ingrediente.
La tapa es lo que tú haces con ello. Fina aliña las huevas en su cocina: la tapa es de Fina.
—Se ajustó las gafas—. La masa de la Chari no es un ingrediente.
Es la tortillita entera, a falta de freírla.
Esa tapa es de la Chari, que no participa.
—Pues que conste —dijo Fina.
—Consta —dijo Rosi, y se volvió a sentar.
Fina se quedó. La gente aplaudió a Rosi, que no se levantó a saludar.
Abrieron las urnas. Tardaron hora y media, y se encendieron las farolas. Casa Chelo iba primera. Inma lo leyó y luego añadió «retirada», y la plaza hizo un ruido que no era de nada. La Lonja, retirada. El Cañaílla, retirada.
—La Tapa de Oro de la XI Ruta es para Sal Gorda —dijo Inma—. Por cincuenta y cinco puntos sobre El Pósito.
Cincuenta y cinco puntos. Los votos de los sevillanos del puente, que habían ido en manada a por el tataki.
Paco Candón se levantó antes que nadie. Su hermano le tiró de la manga y Paco se soltó.
—Si lo dices el martes, a lo mejor ganamos nosotros —dijo.
Lo dijo solo, sin que Pepe le terminara la frase. La plaza se quedó callada, y yo también, porque tenía razón.
Intenté hacer la cuenta allí mismo, de pie, como la había hecho el viernes con el dedo encima del acta.
Cuántos puntos de Casa Chelo eran del martes para acá, de cinco días votando a un bar que yo sabía que se iba a retirar.
Cuántos de esa gente, si yo hubiera leído el artículo 4 el martes por la tarde, habrían cruzado la plaza hasta El Pósito, y cuántos se habrían ido a por el tataki, o a su casa.
No había acta para eso, ni columna de Rosi, ni número hundido.
Era la única cuenta de la semana que no se podía hacer, y era la mía. Cincuenta y cinco puntos son muy pocos.
Me acerqué a ellos, sin micrófono.
—Tienes razón, Paco. Les pido perdón a los dos. Y a todos los que me han votado esta semana creyendo que la tapa contaba.
Paco no me dijo que no pasaba nada. No me dio la mano. Asintió, con la gorra en la mano, sin que le cambiara la cara.
Pepe le tiró otra vez de la manga.
—Cállate, que la manzanilla.
Paco se sentó. Ninguno de los dos dijo nada más, y en la Bodeguita El Pósito aquello es un acontecimiento. Yo me quedé de pie un momento, con el perdón pedido y sin devolver.
Encarna fue la primera en aplaudir a Sal Gorda.
Se levantó de la silla de enea y aplaudió sola, con el ritmo de una maestra que empieza un aplauso en fin de curso para que los demás la sigan, y los demás la siguieron, porque medio pueblo aprendió a leer con Encarna y todavía la obedece.
Bruno subió a recoger la placa y dijo una frase sobre el relato del territorio que no entendió nadie.
Lo aplaudieron igual. Al bajar ya se decía en la plaza que había ganado un bar de Madrid y que el tataki ese era atún crudo con otro nombre, y lo decían los mismos que acababan de aplaudir.
Leti, con la placa en brazos, me preguntó bajito si lo del traspaso seguía en pie.
Le dije que no, y se rio: «Me lo imaginaba. Es que tiene mucho relato».
Quedaba el pacto. Pepa me buscó con la mirada desde debajo del ficus y fui hasta ella.
Esperamos a que Inma dejara el micrófono y lo dijimos juntas, en voz alta, delante del ficus: que la servilleta decía «la que gane», que no había ganado ninguna de las dos, y que la sombra del ficus volvía a ser del primero que llegara.
El Tribunal se miró. Encarna sacó una agenda del bolso y buscó el uno de junio. Rosi dijo que a las cuatro ya había que estar, y que eso estaba documentado. Maruja dijo que ella a las cuatro no se levantaba ni para la Virgen del Carmen, y que allí estaría.
Cuando el jurado se levantó, los hosteleros se me fueron acercando, con la cara de los que llevan una semana sin dormir por una página. Sabían que yo la había visto. Nadie se atrevía a preguntar qué ponía la suya.
—Aurelio lo sabía —les dije—. Yo también. Ya está.
Los Candón me sirvieron allí mismo una manzanilla sin agua, por primera vez desde el 87; Manolo, de Los Faroles, ya había recogido esa misma tarde sus dos mesas de más; Fina me dio las gafas de Aurelio para Sergio, y Sergio se las guardó en el bolsillo de la camisa sin decir nada; y Toñi cogió de la bandeja de Casa Chelo una croqueta en un platillo y se la puso a Cordero en la mano, sin que la hubiera pedido. Cordero la miró. Se la comió.
El jamón del sorteo le tocó a Anselmo. Subió a por él apoyado en el hombro de su sobrino, lo cogió en brazos como a un nieto y dijo al micrófono que no iba a llegar vivo a terminárselo. Lo dice todos los años.
Por la noche, con la plaza ya vacía y la cocina limpia, Toñi y yo hicimos cada una nuestra masa.
Ella, en la cazuela de la abuela, sin mirar el cuaderno.
Yo, en un cazo, con el cuaderno de tapas azules abierto encima de la mesa de acero.
Solo le cambié dos cosas: sudé el jamón en la grasa antes de la harina, con un chorrito de fino cuando empezó a sudar, como me había dicho Curro el miércoles, y lo corté como me dio la gana, ni como Toñi ni como yo el sábado de la presentación.
Toñi lo vio y no lo comentó. Las tapamos a piel y las metimos en la cámara, una al lado de la otra.
—Para mañana —dijo Toñi, y se fue a su casa.
Subí al piso. Los tapones naranjas estaban en la mesilla, en su cajita, donde los dejaba cada noche desde junio. No los toqué. No hacía falta. Me dormí antes de apagar la luz.