Entre tapas y trampas 28. Las de Toñi y las mías
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28. Las de Toñi y las mías

Las de Toñi y las mías

A las seis menos cinco, por el reloj del microondas, bajé por la escalera de dentro con el pelo recogido con el lápiz y el perro detrás.

La luz de la cocina ya estaba encendida.

Toñi estaba allí, con su delantal negro y el pelo caoba mojado todavía de la ducha, y había sacado de la cámara las dos bandejas, la suya y la mía, y les había quitado el film.

—Llegas tarde —dijo.

—Son las seis menos cinco.

—Pues eso.

Encendí la cafetera y le puse un café con leche en vaso, como me lo pone ella a mí cada mañana desde junio. Lo probó de pie, sin soplar, y le echó otro sobre de azúcar. No dijo si estaba bueno. Se lo bebió entero.

Casa Chelo cierra los lunes. La persiana estaba bajada y la plaza, a oscuras. Toñi me señaló el taburete alto, el de mi tía, pegado a la pared del fondo.

—Siéntate ahí. Y mira.

Me senté en el taburete de Chelo.

Empezó por la suya. Me la fue contando mientras la cortaba en tiras con la espátula. El caldo del puchero, reducido a la mitad la tarde antes, para que supiera a algo. La mantequilla y el aceite, a medias. La harina, tostada un poco más de lo que da miedo.

—¿Cuánto es lo que da miedo?

—Cuando piensas que se te está quemando. Un poco más.

La leche, caliente. El jamón, a cuchillo, ni fino ni gordo. La noche entera en la cámara, tapada a piel, para que no le saliera costra.

Saqué el bolígrafo del bolsillo del delantal y abrí el cuaderno de tapas azules por la página de la harina.

—Eso ya está apuntado —dijo sin volverse—. Lo que viene ahora no se apunta.

Cerré el cuaderno.

Cogió la primera tira y empezó a formar. No les daba forma de croqueta: les daba forma de las suyas, más gordas por un lado, con las palmas húmedas, sin apretar. Las dejaba en fila encima de la mesa de acero, a un dedo unas de otras, como en misa.

Alargué la mano para coger una.

—Quita.

La retiré.

Batió el huevo en un plato hondo con un tenedor, sin mirar. El pan rallado estaba en otro, y no era el de la bolsa.

—Pan del día antes —dijo—. Del de ayer. Rallado en casa, que el de bolsa es serrín.

Una mano para el huevo y otra para el pan, y la del pan siempre seca. Rebozaba cada croqueta en dos movimientos y la dejaba en la bandeja sin tocarla más. Lo hacía tan deprisa que no se veía cuál era el segundo.

Alargué la mano otra vez, para probar lo del pan.

—Quita.

El perro, en la puerta de la cocina, levantó la cabeza cada vez que Toñi decía «quita», por si iba con él. Toñi cortó las puntas del jamón que habían quedado en la tabla y se las tiró en un platillo, como se las dejaba encima de un barril los días de reparto. Albarán se las comió sin masticar.

Encendió la freidora. Aceite de oliva suave, no el fuerte. Esperó con los brazos cruzados, mirando el aceite como se mira a alguien que te debe dinero. Luego echó una miga de pan.

—Cuando sube y canta —dijo—. Si se hunde, falta. Si se pone negra, sobra.

La miga subió y cantó. Toñi echó seis croquetas, una detrás de otra, por el mismo lado de la cesta.

—¿Por qué seis?

—Porque si echas más, se enfría el aceite y se te abren. Seis.

—¿Y si tengo prisa?

—Pues seis.

Las sacó cuando tuvieron el color que ella quería, que no era ninguno que yo supiera nombrar todavía. Las dejó escurrir en el papel de estraza. Partió una por la mitad, me dio una mitad y se comió la otra. La bechamel se quedó en el borde, sin caerse.

Me la comí despacio. Era la croqueta de Pepa del domingo, la que yo había visto partir desde el otro lado de la barra de La Lonja. No se lo dije.

—¿Y el secreto? —le pregunté.

Toñi se limpió los dedos en el delantal.

—Madrugar.

Luego me tocó a mí.

Mi masa era la del domingo por la noche, la del cuaderno con mis dos cambios, con el jamón en tacos más pequeños que los del sábado de la presentación y más grandes que los del domingo. Toñi se sentó en el taburete de mi tía y se cruzó de brazos.

Lo que me acababa de enseñar no estaba en el cuaderno, y se notó enseguida.

La miga subió y cantó, pero yo la oí tarde.

Las manos se me cruzaban, la seca y la mojada, y a la tercera croqueta tenía los dedos rebozados hasta el nudillo.

A la segunda tanda eché siete sin darme cuenta.

Toñi me hizo sacar una con la espumadera, delante de ella, y dejarla en el plato del perro.

—Esa, para él —dijo—. Que aprenda alguien.

Mis croquetas salieron más oscuras que las suyas y más irregulares, con la costra más gorda. Partí una. El fino se notaba al fondo, raro y bueno, como una palabra de otro sitio. El jamón se notaba demasiado. Toñi cogió una mitad, la probó y la masticó mucho, con los ojos en el ventanuco.

—Mm.

Cogió la otra mitad y se la comió también.

—¿Y? —le dije.

—Que mañana madrugas más.

Salí a la barra con el trapo húmedo y borré la pizarra entera. «Cerveza fría», «Café», «Croquetas: mañana». Me quedé un momento delante del negro, con la tiza en la mano. Luego escribí, con mi letra, que no se parece a la de mi tía y todo el mundo lo comenta:

«Las croquetas de Toñi».

Y debajo:

«Las croquetas de Clara».

Toñi salió de la cocina secándose las manos. Miró la pizarra desde la puerta. No dijo «eso ya lo veremos». Se acercó, cogió la punta del trapo y le quitó a la T de su nombre una mota de tiza que se me había quedado torcida. Luego se volvió a la cocina.

El móvil sonó a las ocho y media, por la pantalla. Mamá. A una hora que no era la suya otra vez.

—Me ha dicho la Puri que se han llevado al de La Lonja —dijo, sin saludar—. El de la terraza grande. El que te dejaba la cocina.

—Sí, mamá.

—¿Y tú estás bien?

—Estoy bien.

Oí la tele de su salón, el programa de la mañana. Me apoyé en la barra, delante de la pizarra.

—Mamá, ¿tú sabías que la tía no hacía las croquetas?

Silencio. Mi madre no se calla nunca, y se calló.

—Yo lo sabía todo, hija.

—¿Cómo lo ibas a saber?

—Porque tengo ojos. Tu tía no podía abrir un tarro de aceitunas desde hacía quince años, y las croquetas seguían ganando premios. —Bajó la tele—. Y como a mí no me lo contó, que era su cuñada, yo decía que no sabía freír un huevo.

—Mamá.

—Algo había que decir, miarma. Y un huevo, de todas formas, lo freía fatal.

Me reí. Por primera vez en una llamada de mi madre, me reí sin taparme la boca.

—¿Y comes?

—Ahora mismo. Croquetas.

—¿De quién?

Miré la pizarra.

—De las dos.

—Pues come —dijo, y colgó ella.

A las nueve y cuarto, por el reloj de la cafetera, llamaron a la persiana. Tres golpes con los nudillos, y luego la voz, que se oye desde el puerto.

—¡Vecina! ¡Que estoy viendo luz!

Subí la persiana un metro. Afuera ya era de día, un día quieto, sin una hoja moviéndose en el ficus. Bajo la copa no había ninguna mesa, ni de La Lonja ni mías. A esa hora, la sombra no era de nadie.

Al lado, en la acera de El Cañaílla, estaba su pizarra, sacada aunque fuera lunes, con su letra de camiseta de fútbol: «Tortillitas de la Chari».

Nando entró agachado, con una camiseta del Cádiz y el pelo de haberse levantado hacía cinco minutos, y se quedó de pie en medio del bar. Albarán le gruñó desde la puerta de la cocina, bajito, por no perder la costumbre.

—Solo vengo a ayudar —dijo.

—Hoy está cerrado, Nando.

—Por eso. Que los lunes se ayuda mejor. —Señaló con la barbilla hacia su puerta—. Y que sepas que anoche, con la pizarra nueva, vendí el doble.

Toñi le puso delante, en la barra, dos platillos.

En uno, una croqueta suya. En el otro, una mía.

Nando miró la pizarra, miró los platillos, me miró a mí.

Se comió primero la de Toñi, entera, de un bocado, con los ojos cerrados.

Luego la mía, en dos. Masticó. Se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Tu tía las hacía... —empezó.

—Ya lo sé.