26. En el cuarto
En el cuarto
A las once menos cuarto, por el móvil, apagué la luz del almacén y me quedé en el cuarto, debajo de la bombilla.
Había cerrado el bar pasadas las diez, dos horas antes de lo que pone en la puerta, con la persiana hasta abajo.
Toñi había subido al piso con Albarán sin que yo le dijera para qué, solo que esa noche no quería dejarlo solo abajo, y me había contestado «Mm».
Cordero había entrado por la barra a eso de las diez y media, con la americana y sin la carpeta, y se había quedado en el almacén, a oscuras, al otro lado de la puerta gris, que dejé entornada un palmo.
No le oía respirar ni mover los pies, y el almacén es pequeño.
En el callejón, a oscuras, estaba el coche de Sibón con Ruiz dentro.
Lo había visto aparcar desde la ventana del piso, con las luces apagadas.
El cuarto olía a cal y a cerveza vieja. Estaba vacío desde el lunes: los barriles los había metido yo en el almacén con la carretilla.
Quedaban las losetas de barro, las paredes encaladas, la puerta de Nando, de madera oscura, cerrada, y la verde, de dos hojas, cerrada también.
Al lado del marco de la verde, el clavo grande, torcido hacia arriba, vacío.
Había traído una caja de botellines vacía y la había puesto bocabajo junto a la pared, por si alguien quería sentarse. Yo no me senté.
Pasé la mano por la cal de la pared. Se me quedó blanca la yema del dedo. Mi tía había esperado en este cuarto un verano entero, con los años que tengo yo. Me limpié el dedo en el vaquero.
El levante daba contra la puerta verde cada poco, un golpe sordo y luego un silbido por la rendija de abajo.
Llevaba una semana haciéndolo. Tenía la foto en el bolsillo de atrás del vaquero, la de los marineros, y la toqué para saber que seguía allí.
Miré el móvil: las once menos cinco. Lo apagué del todo y me lo guardé.
Por debajo de la puerta verde entraba una lengua fina de arena que se iba quedando en la primera loseta.
San Telmo dio las once. Con la última campanada, tres golpes en la puerta verde. No eran del levante.
Abrí desde dentro, por el pomo. El aire entró de golpe, con arena, y la hoja se me fue de la mano y dio contra la pared. La bombilla se balanceó en su cable, parpadeó y se apagó.
A oscuras oí a Rafi entrar y cerrar la hoja detrás de él, despacio, con el hombro. Luego su mano en la pared, a la izquierda del marco, sin tantear. Un clic. Otro clic. La bombilla volvió, temblando todavía en el cable.
—Aquí no ha cambiado ni la bombilla —dijo.
Llevaba la rebeca gris, abotonada, encima de la camisa blanca. No le miré los botones. Tenía el pelo peinado para atrás con agua, como siempre, y la cara de no haber dormido desde el miércoles, que era la cara que Pepa decía que tenía y yo no había querido ver.
—Buenas noches, Rafi.
Saqué la foto del bolsillo y se la di. No le dije nada antes. Solo, cuando la tuvo en la mano:
—Aquí os veíais.
Rafi miró la foto. Sonrió, más pequeño que en la barra, con un lado de la boca. La cogió por el borde, con la punta de los dedos, y la acercó a la bombilla. La miró sin decir nada.
—El Carnaval del noventa y cuatro —dijo—.
La peña del puerto, de marineros. Tu tía no salía en la comparsa, ¿eh?
Se nos coló en la foto porque dijo que el mantón de su madre merecía salir en alguna parte.
—Se rio, bajito, por la nariz—. Nos ganaba a todos al dominó, en la barra de tu tía, de noche, con la persiana bajada.
Y cuando perdía una mano decía que la anterior me la había dejado ganar ella.
Nunca en treinta años me dejó ganar nada.
Pasó el dedo por encima del mantón, sin tocar la foto.
Me devolvió la foto. Se me quedó en la mano.
—Pero eso es de hace treinta años. —Lo dijo con cariño, como se le explica algo a una sobrina que se ha liado—. Eso no tiene nada que ver con el domingo, Clara.
—Aurelio te citó aquí el domingo a las siete y cuarto.
—Le di los buenos días desde la puerta, ya te lo dije. —Señaló la puerta verde con la barbilla—. Desde ahí. Estaba metiendo barriles.
No le discutí. Le dije una sola cosa.
—Don Luis estaba en Sevilla.
El levante golpeó la puerta. Rafi no se movió. Miró el clavo vacío, luego el suelo, luego la caja de botellines, y al final se sentó en ella con las manos en las rodillas, como se sienta un hombre mayor que no quiere que se le note que es mayor.
Pasó mucho rato. La bombilla dejó de temblar. Rafi se llevó la mano al bolsillo de la rebeca, a la altura de la cadera, y la dejó allí, encima de la lana, sin meterla. Luego la volvió a poner en la rodilla.
—No estaba don Luis —dijo—. Me quedé solo en la esquina del callejón, temblando como un chiquillo.
Porque el sábado, recogiendo, Aurelio me había dicho al oído lo de los tapaportes.
—Se miró las manos—. Eso sí es verdad. Lo de los tapaportes es mío.
Juan me los sacaba en la máquina esa nueva, la blanca, doscientos, con los números del uno al doscientos.
Y los sellos, los de todos, desde el diecinueve.
Los rellenaba en la trastienda, de noche.
Oro para mí, plata para los Candón y bronce para Curro, para que no se notara.
Levantó la vista.
—Eso sí. Eso es mío y lo pago.
Se le fue la voz y la buscó.
—Yo quería a Aurelio.
—¿Y por qué los tapaportes, Rafi?
—Por ella. —No lo pensó—. Por no perder contra ella.
No por la placa, que la placa está en el almacén con las cajas de fino.
En el dieciocho me ganó por tres puntos.
Tres. Treinta años saliendo a las cinco de la mañana a poner las mesas en la sombra antes que ella, y me gana por tres puntos, y se ríe desde su terraza. Y no podía. No podía más.
Le creí. Eso le creí entero, y estuve a punto de creerle todo lo demás.
Me agaché delante de él.
—El barril que se llevó Nando el domingo, uno de los míos, tiene en la tapa un cerco de grasa. De un cucurucho de papel de estraza apoyado de punta. Estuvo dentro, Rafi. Aquí. No en la puerta.
Rafi se quedó mirando el sitio donde el domingo estaban los barriles, contra la pared. Tardó.
—Entré, sí —dijo—. Entré a dejar los churros encima de un barril, porque Aurelio no paraba de meter barriles para dentro y desde la puerta no me hacía caso. Hablamos. Me dijo lo que me dijo. —Tragó—. Y estaba vivo cuando me fui, mi niña.
No tenía con qué rebatirlo. No lo intenté.
—Y a Maruja, a las once y media, en tu terraza, le hablaste de una croqueta partida.
—Lo oiría en la plaza, que ese domingo no se hablaba de otra cosa.
Ya no dijo que había sido Inma. Lo noté. No se lo dije.
—Puede ser.
Rafi respiró. Se le bajaron los hombros dentro de la rebeca. Por un momento, en aquel cuarto, con la bombilla quieta y el levante empujando la puerta, lo que había contado se sostenía de pie.
Me levanté. Dejé de discutir.
—El viernes por la noche —le dije—, a la una menos cuarto, vinieron a mi bar Encarna, Maruja y Rosi, con el abrigo encima del camisón.
Sergio me había dado la caja de los tapaportes del año pasado, la de la X Ruta.
Estuvimos hasta las siete y media. Encarna los ordenó por número, como exámenes.
Maruja los tocó uno por uno con los dedos: los de Juan tienen el número hundido y los tuyos, planos.
Rosi lo apuntó todo en papel de estraza.
Mil ochocientos noventa y nueve. Ciento ochenta y siete tuyos.
Rafi no me miraba. Miraba la puerta verde.
—Luego hice la cuenta yo. En voz alta, con el dedo, bar por bar. A ti te quité quinientos sesenta y uno. A los Candón, trescientos setenta y cuatro. A Curro, ciento ochenta y siete. A mi tía no le quité nada.
Esperé. Él seguía mirando la puerta.
—En octubre bajó al ficus con su silla de enea, como todos los años, a oír el recuento.
Cuando volvió, se sentó en el taburete de la cocina con el abrigo puesto y le dijo a Toñi que habías hecho unas papas aliñás muy buenas.
—Esperé—. Sin tus tapaportes, mi tía ganó la del año pasado por ciento cincuenta y nueve puntos.
Su última Ruta. Y se murió en marzo creyendo que había perdido contra ti.
Rafi no preguntó si era verdad. No preguntó cómo ni quién. Se quedó con las manos en las rodillas, quieto, y luego movió los labios, sin voz, como se mueven cuando alguien resta de cabeza.
—Yo nunca hice la cuenta —dijo.
Fue lo último que dijo en un rato largo.
Se miró la mano izquierda, encima de la rodilla.
Llevaba la alianza de siempre, gorda, de oro viejo, un poco hundida en el dedo.
La giró una vez con el pulgar. La bombilla zumbaba, flojo, como zumban las bombillas viejas cuando no hay otro ruido.
Debajo de la puerta verde, la arena había llegado a la segunda loseta.
No le ayudé. Me quedé de pie con la foto en la mano y dejé que el cuarto se quedara callado.
El levante dio dos golpes seguidos contra la puerta. En el almacén no se movió nada.
Rafi se metió la mano en el bolsillo de la rebeca.
Sacó una libreta de tapas negras de hule, gastada en las esquinas, con una goma alrededor y un bolígrafo azul sujeto al lomo con otra.
La tuvo un momento en la mano, encima de la rodilla.
No la abrió. Yo no dije nada y no miré la libreta. Le miré a él.
La volvió a guardar.
—Pepa no sabe nada —dijo.
Se quedó mirando el suelo, las losetas de barro, una por una.
—Pepa no sabe nada.
San Telmo dio la media. Rafi volvió a sacar la libreta del bolsillo. Se levantó de la caja de botellines con un poco de esfuerzo, apoyándose en la rodilla, y me la dio. La cogí.
—Pesa mucho para lo pequeña que es —dijo.
Entonces lo contó. Yo no le pregunté nada. Lo contó de pie, debajo de la bombilla, con la voz de pedir las comandas, bajita.
—Llegué pasadas las siete y veinte. La verde estaba sujeta con el calzo.
El perro, en la furgoneta, ni ladró, que me conoce.
Dejé los churros encima de un barril. Aurelio iba y venía con la carretilla, metiendo los tuyos en tu almacén, y no me miraba.
Le pedí que no. Se lo pedí de todas las maneras.
No me miró ni una vez. Me dijo: «O te retiras tú antes del desayuno, o lo cuento yo en el recuento». Y siguió con los barriles.
Se pasó la mano por la boca.
—Tenía la libreta en el chaleco. Se la saqué. Me agarró de la rebeca. Tropezó con la carretilla y se fue para atrás.
La puerta verde dio un golpe. Rafi cerró los ojos y los abrió.
—Yo solo quería quitarle la libreta. Y luego ya no se levantaba.
No dijo más de aquello.
—Me asusté. Con el paño que llevo al hombro saqué de la cámara vieja la bandeja del sábado, las tuyas.
Puse cuatro en una cazuelita y partí una.
Lo dejé todo al lado de su mano. —Levantó la vista hacia mí—.
Pensé que si parecía que se había atragantado, nadie tenía la culpa.
Después abrí el tarro de tus aceitunas, con la mano, sin el paño, que ni me di cuenta, y pinché una con uno de mis palillos.
Para que pareciera que estaba desayunando.
—Luego cogí los churros del barril. Salí.
Le di al calzo con el pie sin querer y tiré de la puerta, y el levante me la cerró de un portazo que me oyó medio pueblo, pensé yo.
Me quedé cinco minutos en la esquina, a oscuras.
Y llegué a La Lonja con los churros helados y le dije a Inma que me había entretenido hablando.
Se quedó callado un momento. El cuarto entero olía a cal.
—Esa noche arranqué la hoja de La Lonja y la quemé en la plancha, cuando Pepa se fue a acostar.
El resto no pude. Era su letra. —Miró la libreta en mi mano—.
En la hoja ponía los años, uno por uno, con lo que yo había metido cada año.
El año pasado, ciento ochenta y siete. Y abajo del todo: «Hablar con R.
el domingo antes del desayuno. En el cuarto.
Si se retira, se apunta. Si no, se para».
Ciento ochenta y siete. Lo había contado Aurelio antes que nosotras, en su nave, solo.
—A Maruja se lo dije para que se supiera que había sido una desgracia. Que se había atragantado. Y el pueblo entendió lo que entendió. —Tuvo que parar—. Te llevé los pestiños. Luego te cerraron la cocina y ya no sabía cómo arreglarlo. Te di la mía. Te crucé las bandejas.
Me puse muy educada. Con Toñi, el jueves, me había salido igual.
—Gracias por contármelo, Rafi. —No me tembló nada—. Desde esa esquina podías haber llamado a una ambulancia. O a mí, que dormía encima, con los tapones puestos. En vez de eso abriste mi cámara, elegiste mis croquetas y se las pusiste al lado de la mano. Y luego me trajiste pestiños.
Rafi no se defendió. Bajó la cabeza y la dejó bajada. No me llamó «mi niña».
Al rato levantó la cabeza y me miró.
—Aquí, en este cuarto. Tu tía y yo.
—Ya lo sé.
No le dije nada más de aquello. Él tampoco. Miró el clavo vacío al lado del marco y luego la puerta gris, entornada un palmo, con el almacén a oscuras detrás.
La puerta gris se abrió del todo, sin ruido. Cordero salió del almacén a la luz de la bombilla, con la americana abrochada y las manos a los lados.
—Señor Montero.
Rafi le miró. Me miró a mí. Asintió una vez.
Le di la libreta a Cordero. La cogió sin mirarla y se la guardó en el bolsillo de dentro de la americana.
—La rebeca también, por favor —dijo.
Rafi se desabrochó los botones de arriba abajo. Se quitó la rebeca, la dobló por la mitad y luego otra vez, como se dobla un paño de barra, y se la dio. Se quedó en camisa blanca, con los brazos colgando.
Cordero abrió la puerta verde. Rafi salió primero. Cordero detrás, sin tocarle. En el callejón se abrió la puerta de un coche y oí los pasos de Ruiz. Desde dentro oí la voz baja de Cordero diciendo algo que no entendí, y la de Rafi, más baja todavía:
—Sí. Sí.
Me quedé sola en el cuarto, con la foto en la mano. La bombilla no se movía.
Cordero tiró de la puerta desde fuera.
Cuando se cerró la puerta verde no hubo portazo. Por primera vez en una semana, no soplaba nada.