25. El verano de 1994
A las dos en punto, por el reloj de la cafetera, Cordero se sentó en el taburete del final de la barra, el suyo desde el lunes, con la americana azul llena de arena por los bajos.
Pidió un café solo. Antes de que se lo pusiera, Toñi salió de la cocina con un platillo de papas aliñás, recién hechas, con la cebolleta todavía crujiendo y el perejil picado por encima, y se lo dejó delante sin preguntar.
Cordero miró el platillo. Miró a Toñi.
—Muchas gracias. —Cogió el tenedor—. ¿Y hay croquetas?
—Mañana.
—¿Mañana por qué?
Toñi dejó el trapo en la barra.
—Porque la masa necesita la noche. Si la formas caliente, se te abre en el aceite. Tiene que asentarse en frío. Toda la noche. Y si es buena, un poco de la mañana también.
—¿Y no se puede adelantar?
—Se puede. Y luego se nota.
Se volvió a la cocina. Cordero se quedó mirando la puerta por donde se había ido. Luego sacó la libreta del bolsillo de dentro de la americana y escribió algo, corto. Lo leí del revés, porque ya me había acostumbrado: «Masa: toda la noche».
Le puse el café. Esperé a que se comiera la mitad de las papas, porque había aprendido en una semana que Cordero no oía bien con hambre, y luego saqué de debajo de la barra lo que tenía preparado.
El sobre con los ciento ochenta y siete lisos.
El rollo de papel de estraza de Rosi, con su goma.
Y un folio, pasado a limpio por mí a primera hora con la letra más clara que tengo, con la tabla bar por bar: lo que dijo el acta, lo que había que restar, lo que quedaba.
Abajo del todo, el ciento cincuenta y nueve, sin subrayar.
—El recuento de la X Ruta —dije—. El del año pasado. La caja entera está en la mesa del rincón.
Se lo expliqué en orden, bar por bar, con la prueba del número por delante y lo demás detrás.
Le conté lo del botón como me lo había contado Maruja, con el hilo negro y el nudo por fuera, y lo mío aparte: que el domingo, debajo de la carretilla, uno de sus guardias había metido algo pequeño y marrón en una bolsa, y que yo no había visto qué era.
Cordero cogió el folio y lo leyó entero. Luego lo volvió a leer desde arriba, esta vez siguiendo las columnas con el dedo, como había seguido yo el acta a las siete de la mañana, y al llegar abajo se quedó con el dedo en el ciento cincuenta y nueve.
—Su tía —dijo.
—Mi tía.
Dejó el folio en la barra, bocabajo, con la mano encima.
—Esto es el porqué.
—Y le voy a decir tres cosas, porque se las ha ganado. —No sacó la libreta. Las llevaba en la cabeza—. Lo que metimos en la bolsa el domingo, debajo de la carretilla, es un botón. De asta. Marrón, con vetas, de cuatro agujeros.
Pensé en la latita de caramelos de violeta de Maruja.
—Dos. Los recibos de la segunda tirada, «Recoge: Asociación». Ayer, con los papeles delante, el señor Ortiz me dijo a mí quién venía a recogerla todos los años. Su cuñado. El señor Montero.
—A mí no me lo dijo.
—A mí me lo tenía que decir. A usted, no. —Se limpió la boca con la servilleta—. Y tres. Don Luis salió hacia Sevilla el viernes 9 por la tarde, con el coche y con el perro. Lo comprobé el viernes.
Yo lo sabía desde las siete y media de la mañana, por unos geranios. Él, desde el viernes, por su oficio. Ninguno se lo había dicho al otro, y a ninguno le pareció mal.
Entonces vi el rollo de Rosi, en la barra, al lado del sobre de los lisos.
Papel de estraza, el de envolver los bocadillos, el mismo de los cucuruchos de la Paqui.
Arranqué una tira del borde y la enrollé en cono, como la enrolla ella, con dos vueltas y la punta apretada.
Luego busqué en el móvil la foto del jueves: el barril en el almacén del Cañaílla, y en la tapa, el cerco de grasa, redondo por un lado y en pico por el otro.
Apoyé la punta del cono en la pantalla, encima del pico. El papel se abría donde se abría el cerco.
—Un cucurucho de churros —dije—. Lleno, con el aceite calando el papel, apoyado de punta en la tapa de un barril mío. Ese barril se lo llevó Nando del cuarto a las ocho y diez. Hasta entonces estuvo dentro. No en la puerta, sargento. Dentro.
Cordero cogió el móvil y miró la foto mucho rato, con el cono todavía encima. Luego me pidió que se la mandara.
—Lo añado a la petición, que está en el juzgado desde anoche. Lo del botón, también, tal como me lo cuenta. —Dejó la taza en el platillo—. Y le digo lo último que me falta: el cotejo de una huella de la tapa del tarro de las aceitunas con las del señor Montero. Llega el domingo.
Lo que sí le pregunté fue lo que llevaba toda la mañana sin dejarme estar quieta.
—¿Y si mientras tanto la quema?
Cordero se quedó mirando la taza vacía.
—Si la quema, la quema. Usted la ha visto y la ha fotografiado entera. —Se abrochó la americana—. Esperar también es trabajo, señora Roldán. Casi todo el trabajo es esperar bien.
Se llevó la caja debajo del brazo, con el sobre de los lisos encima y el rollo de Rosi metido en el bolsillo de la americana, que no le cabía y le asomaba como un periódico.
Cuando San Telmo dio las cuatro, con el bar vacío y Toñi fregando la cazuela de la abuela por tercera vez, sonó el móvil. Era Pepa.
—¿Clara? Oye, una cosa, hija, que me tiene loca este hombre. —Se oía de fondo el agua de su fregadero—. ¿Tú cogiste palillos de la caja de arriba? Rafi dice que alguien la ha revuelto.
Tardé un segundo más de la cuenta.
—Cogí dos puñados de la nueva, Pepa, la del precinto. Tú me mandaste.
—Eso le he dicho yo. Que te mandé yo, que te subiste a la banqueta.
Pero él dice que la otra también, la abierta, que los palillos no estaban como él los deja.
—Se rio, con la risa de toda la plaza, pero más corta—.
Treinta y un años casados y no sabía yo que colocaba los palillos.
Como si alguien fuera a robarle palillos.
Lleva desde esta mañana que no para quieto.
No dije nada.
—Nada, hija, no te preocupes, que es cosa suya. —Se cortó el agua—. ¿Tú estás bien? Anoche te fuiste blanca.
—Estoy bien.
—Pues come algo.
Colgó. Me quedé con el móvil en la mano, al lado de la caja registradora.
Un hombre que mira cada mañana una caja de palillos que nadie más toca sabe lo que hay debajo. Y si esta mañana lo que había debajo estaba donde lo habían dejado, pero no como lo había dejado él, ya no estaba en la caja.
Llamé a Cordero. Se lo conté en tres frases. Él escuchó sin interrumpir.
—Entendido —dijo—. Gracias por llamar.
Poco antes de las cinco le dije a Toñi que me iba una hora. No me preguntó adónde.
Encarna vive detrás de la parroquia, en una casa baja con la puerta de madera barnizada. Se lo había pedido a la una, cuando el Tribunal se iba a comer: que era lo de mi tía y el Rafi, y que ahora me hacía falta. Me miró de arriba abajo. «A las cinco. En punto.»
Me abrió mientras San Telmo daba las cinco, con la rebeca por los hombros y las gafas rojas, y me hizo pasar al salón.
El salón era un colegio con cortinas. Los visillos de las ventanas eran de ganchillo, blancos y almidonados.
En las paredes no había un hueco: orlas de promociones del colegio San Telmo, una detrás de otra, desde 1975 hasta 2012, con los niños en sus óvalos y los nombres debajo con letra de rotulista.
En la mesa camilla, un mantel de hule con el mapa de España.
Me sentó en una silla de enfrente, de respaldo recto. Me senté con las rodillas juntas sin que nadie me lo dijera.
En el centro de la mesa había un tocino de cielo en un plato de loza, cortado en cuadrados perfectos.
—Lo he hecho yo esta mañana —dijo Encarna.
Debajo del tocino asomaba la blonda de papel de la confitería de la calle Real, con el borde dorado. No dije nada. Me comí un cuadrado. Estaba muy bueno.
—Está muy bueno.
—Claro.
Encarna se sentó enfrente, en su sillón, con las manos cruzadas encima de la falda. No corrigió nada durante un rato. Luego se levantó, fue a la pared de la izquierda, descolgó una orla sin buscarla y la puso encima del mapa de España, delante de mí.
«Colegio San Telmo. Octavo de EGB. Promoción 1976-1977.»
Puso el dedo encima de un óvalo. Un niño moreno, flaco, con el pelo mojado peinado para atrás y una sonrisa que ya era la de ahora, aunque todavía no se lo supiera.
—Le suspendí Lengua en junio del setenta y siete —dijo—. En septiembre ya no vino a recuperar. Estaba detrás de la barra de su padre, con catorce años, poniendo cañas. Y las ponía muy bien.
Volvió a colgar la orla en su clavo. Se quedó de pie, de espaldas a mí, recolocándola aunque estaba derecha.
—Una noche de agosto de 1994 —dijo—, a las dos de la mañana, yo venía de velar a la madre de Anselmo, que en paz descanse, y corté por el callejón para no dar la vuelta.
La puerta verde estaba abierta. Salió tu tía primero.
Detrás, él. Tu tía le colocó el cuello de la camisa, así, con dos dedos, y se fueron cada uno por un lado sin decirse nada.
A mí no me vieron. O me vieron y les dio igual, que en agosto a las dos de la mañana nadie es nadie.
Se volvió.
—No se lo he contado a nadie en treinta y dos años. Ni a mi marido, que en paz descanse también. No me tocaba a mí.
—¿Y en septiembre?
—En septiembre él dijo en la barra de su padre que se casaba con la Pepa Ortiz en enero.
Lo dijo un domingo, delante de todo el mundo, con una ronda pagada.
Y al domingo siguiente tu tía sacó cuatro mesas a la sombra del ficus, que hasta entonces era de todos y de nadie.
Y al día siguiente él puso las suyas enfrente.
Se sentó otra vez. Se limpió las gafas con el borde de la rebeca.
—Tú no te crees que dos personas se peleen treinta años por un sitio, ¿verdad? —dijo—. Se pelean por lo que no se dijeron.
—Fue la única manera que encontraron de seguir hablándose —dijo Encarna—.
Cada uno de junio, a las cinco de la mañana, a ver quién llegaba antes con las mesas.
Cada Ruta. Cada tapa. Todo el pueblo se reía, y ellos seguían hablando.
Hasta la servilleta. Eso lo propuso Aurelio cuando tu tía ya estaba mala, para que se fuera con la guerra cerrada.
Se quedó callada, mirando la pared de las orlas sin ver ninguna.
—Tu tía tenía tu edad aquel verano.
No supe qué hacer con las manos. Abrí el bolso para tener algo que abrir, y la foto estaba donde la había metido por la mañana, dentro del cuaderno de cuentas, entre la cifra de Bruno y Leti y la caja del jueves. La puse encima del mapa, al lado del tocino.
Mi tía con el mantón y la flor en el moño, riéndose con la cabeza echada hacia atrás. Al lado, el muchacho delgado y moreno, con bigote y sombrero de marinero, mirando a la cámara de medio lado.
Encarna no tuvo que acercarse.
—Ese es el Rafi —dijo—. Con el bigote de entonces, que era otro bigote. Esa comparsa la sacó la peña del puerto en el noventa y cuatro. Iban de marineros y cantaban fatal.
Lo miré otra vez. El brazo por detrás de mi tía, sin tocarla del todo.
El medio lado de la cara era el mismo que yo había visto toda la semana cargando bandejas bajo el levante.
Lo había tenido en la lata desde el lunes y no lo había reconocido porque el Rafi que yo conocía tenía sesenta y tres años, el pelo gris y la barriga de buen comer.
Y porque no se me había ocurrido buscarlo ahí.
Encarna tocó la foto con la punta del dedo, sin cogerla.
—El sábado de la presentación, cuando Aurelio le habló al oído y el Rafi se quedó blanco como la cal, yo pensé que le había dicho algo de tu tía. Que es lo que pienso yo de todo lo del Rafi desde hace treinta años. —Retiró el dedo—. Una ve lo que lleva dentro.
Yo no. Aurelio no le había hablado de mi tía. Le había dado una hora. «7:15 cuarto. R.»
Guardé la foto en el cuaderno. Me comí otro cuadrado de tocino sin darme cuenta, y Encarna me puso otro en el plato sin preguntar.
Rafi no hacía trampa para ganar una placa. La hacía para no perder contra ella.
Volví a Casa Chelo por la calle de la parroquia, con el tocino en la boca y la foto en el bolso.
Cuando San Telmo dio la media de las siete, Cordero se asomó a la puerta y me hizo una seña con la cabeza.
El Tribunal ya se había ido a cenar. Le saqué un café solo a la acera, porque no entró, y nos quedamos los dos de espaldas a la plaza, al lado de mi persiana, él con la carpeta de siempre debajo del brazo y un papel dentro que no sacó.
—Tengo la autorización para entrar en La Lonja —dijo, en voz baja—. Mañana a las ocho. Con la señora Ortiz delante, que es la dueña también.
—Quiero hablar con él antes.
Me miró.
—No.
—Esta noche. Antes de que entren ustedes.
—Señora Roldán, no.
Por la puerta abierta se oía a Toñi cortar pan en la barra, y la radio, que daba el tiempo: el levante aflojaba por la noche.
—No es por la libreta —dije—. La libreta es suya. Mañana lo tiene usted. Esta noche es de mi tía.
No le dije más. No le dije que quería oírle a Rafi lo de aquel verano con su voz, ni que quería decirle a la cara lo que habíamos contado en la mesa del rincón a las siete de la mañana. Eso era mío.
Cordero cogió la taza y no se la bebió. La tuvo en la mano un rato largo, mirando el café. Un hombre que sabe que le han revuelto la caja puede llevar encima lo que sacó de ella. Eso lo pensé yo. No sé si lo pensó él.
—Con condiciones —dijo—. El mensaje no nombra la libreta. Ni la caja, ni los palillos, ni nada que tenga que ver.
—De acuerdo.
—Ruiz estará en el callejón, en el coche de Sibón, con las luces apagadas. Y usted no le cierra el paso a nadie. Si se quiere ir, se va. Para eso está Ruiz.
—De acuerdo.
—Y otra. —Bebió por fin—. Yo voy a estar en su almacén haciendo inventario. Yo no hago inventarios.
Me devolvió la taza vacía y se fue por la calle Real sin volverse. A las ocho y diez, por la pantalla del móvil, le escribí a Rafi. Tardé tres intentos. El primero decía demasiado y el segundo no decía nada. El tercero lo mandé antes de pensarlo más:
«A las once, en el cuarto. Tenemos que hablar de mi tía».
Dejé el móvil en la barra, con la pantalla contra el mármol, al lado de la caja registradora. Toñi siguió cortando pan. Le di la vuelta cuatro veces en media hora.
Leído a las 20:14. Contestó a las 20:40: «Allí estaré».