Entre tapas y trampas 24. El botón
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24. El botón

El botón

Estaba barriendo tapaportes. Habían quedado tres debajo de la mesa del rincón, uno de ellos pegado a la pata de una silla, y los devolví a la caja con los buenos, contándolos otra vez aunque ya no hacía falta.

San Telmo dio las ocho. Me había duchado con agua fría para no dormirme de pie y tenía el pelo recogido con el lápiz, mojado todavía.

El Tribunal se había ido a vestir en cuanto dieron las siete y media.

Volvieron a las ocho y veinticinco, por el reloj de Encarna, que lo dijo al entrar: vestidas, peinadas y con cara de no haber dormido nada.

Maruja se había puesto el traje de chaqueta gris de los entierros y el broche de la golondrina.

Dijeron que a su edad, después de una noche así, no se dormía ni con pastilla, y que a las nueve yo abría, y que no me iban a dejar abrir sola.

Maruja no se sentó.

—Me voy a tomar el café a La Lonja —dijo.

Encarna dejó el bolso encima de la mesa, como se deja un libro antes de preguntar la lección.

—Tú no vas a ningún sitio.

—Casa Chelo no abre hasta las nueve y yo el café con leche me lo tomo a las ocho y media. Toda la vida. —Se colocó el broche—. Y a mí no me asusta nadie.

—Aquí nadie habla de susto, Maruja. Tú lo que no sabes es estar callada.

—Yo no voy a hablar. Yo voy a mirar.

—Tú no has mirado nada sin contarlo desde que naciste.

Rosi, que se estaba limpiando las gafas de sol con la servilleta, sin quitárselas de la cabeza, dijo que no estaba escrito en ninguna parte que una señora no pudiera tomarse un café donde quisiera, pero que ella no daba permiso y que constara.

Yo no dije nada. Lo que sabíamos lo sabíamos desde hacía hora y media. No se lo podía prohibir a nadie, y menos a Maruja. Solo le pedí una cosa.

—Ni una palabra, Maruja. Ni de los tapaportes ni de nada.

—Soy una tumba.

—Eres una mercería —dijo Encarna.

Maruja salió. La vi cruzar la plaza con los pasos cortos de los zapatos de tacón bajo, recta, el bolso colgado del antebrazo como un escudo. Subí la persiana hasta la mitad y me quedé en la puerta con la escoba en la mano, porque desde allí se veía la terraza de La Lonja entera.

Rafi estaba sacando las sillas. Llevaba la rebeca gris, la de todos los días, abotonada, y las sacaba de dos en dos, como siempre, pero las dejaba en el suelo antes de colocarlas, como si le pesaran más que otras mañanas.

Vio a Maruja y levantó la mano. Ella se sentó en la mesa de la esquina, la de siempre.

Rafi le llevó el café él mismo, en vaso, y se quedó un momento de pie a su lado, con la bandeja apoyada en la cadera, hablando.

Maruja le contestó algo con la barbilla alta.

Rafi se rio, le puso la mano en el hombro y se metió dentro.

Maruja se bebió el café entero. Tardó veinte minutos. No miró ni una vez hacia mi puerta.

Volvió más despacio de lo que se había ido.

Cuando entró en Casa Chelo estaba blanca, del color del mantel, como el domingo en que se vio su propio bulo en el móvil.

Se sentó. No habló. Encarna y Rosi se miraron: en treinta años de mesa, Maruja no había llegado nunca a una silla sin haber empezado a contar algo antes de sentarse.

Abrió el bolso. Sacó una latita redonda de caramelos de violeta, que no tenía caramelos, y la abrió encima del hule. Estaba llena de botones sueltos. Los removió con el dedo hasta dar con uno marrón, grande, de cuatro agujeros, y lo puso en el centro de la mesa.

—Esto es asta —dijo—. Asta de verdad, de toro. ¿Veis las vetas? No hay dos iguales. Y está frío. Tócalo, Clara.

Lo toqué. Estaba frío, y pesaba más de lo que parecía.

—En 2019 le vendí a Pepa los seis últimos que me quedaban para vender, para la rebeca gris del Rafi. Este es el del muestrario, que no se vende. Ya no quedan en ningún sitio, que ahora todo es plástico. Me acuerdo porque Pepa me regateó y yo no la dejé, y luego me trajo pestiños.

—¿Y? —dijo Encarna.

—Que el tercero ya no es de asta. —Maruja tenía las manos encima del bolso y no las movía—.

Es de plástico. De los que imitan, con las vetas pintadas, todas iguales.

Brilla donde no tiene que brillar. Y está cosido con hilo negro.

Hilo negro, en un punto gris. Cuatro pasadas a lo loco y el nudo por fuera, que se le ve el nudo.

Nadie dijo nada.

—Ese botón lo ha cosido un hombre con prisa —dijo Maruja—. La Pepa cose como Dios manda.

Rosi se bajó las gafas de sol de la cabeza a la nariz, que es lo que hace cuando algo le interesa de verdad.

—¿Y eso se puede demostrar?

—Con los dedos, sí.

—Con los dedos no se firma nada, Maruja.

—Pues que venga un notario y que toque.

Se guardó el botón de asta en la latita y la latita en el bolso, y cerró el bolso. No lo soltó.

—Y otra cosa. Lo de la croqueta. —Miró el hule, no a nosotras—. Fue el Rafi. El domingo, con el café, bajito. Y yo no iba a ir diciendo, que el Rafi es un señor. Me dijo que se lo había contado la Inma.

Lo de don Luis se le había llevado la lealtad a las siete y media, con el abrigo a medio poner. El botón solo había terminado el trabajo.

—¿Y no le has dicho nada? —dije.

—Le he dicho buenos días, Rafi, qué bien te sienta esa rebeca. —Se le quebró un poco la voz en «rebeca», y la enderezó—. Y me he bebido el café entero, templado, como me lo pone él. Y no le he dicho nada más.

Encarna la miró. Luego sacó un bolígrafo del bolso, cogió una servilleta y escribió un número, grande, y se la pasó.

Era un diez.

Maruja no la cogió, porque estaba castigada y las notas no se reciben tampoco. Pero la miró.

Yo me había quedado con la mano encima del hule, donde había estado el botón.

Me acordé del domingo, desde la puerta de la cocina, mientras la gente de Cordero hacía fotos en el almacén: un guardia agachado junto a la carretilla volcada, unas pinzas, una bolsa de plástico transparente.

Algo pequeño y marrón. No había visto qué, y en una semana no se me había ocurrido apuntarlo en ninguna parte.

—El domingo, debajo de la carretilla —dije—, la Guardia metió algo en una bolsa. Pequeño. Marrón.

Encarna me miró.

—¿Un botón?

—No lo sé. No lo vi. Pudo ser un botón. Pudo ser un tapón, una castaña, una ficha de dominó.

—Eso no es un argumento, Clara —dijo Encarna—. Es una opinión con buena letra.

—Lo sé.

—Pues apúntala así.

La apunté así. Subí al piso y escribí en la nevera, abajo del todo, en azul: «Domingo, bolsa de la Guardia: algo pequeño y marrón. ¿Botón? Rebeca de R., el tercero, de plástico, cosido con prisa (Maruja)». Con su interrogación.

Antes de bajar llamé a Inma desde la cocina del piso. Me lo cogió al primer tono, con ruido de vallas detrás.

—Inma, una tontería, que estoy cuadrando lo de mañana. El domingo, lo de las croquetas. ¿Tú se lo contaste al Rafi?

—¿Yo? Si fui yo la que se lo preguntó a él, y a las dos. Que me había llegado la captura de las del San Telmo y no me lo creía. Y él, que algo había oído. ¿Por?

—Por cuadrar.

—Tú y tus cuentas. Mañana a las siete, ¿eh? Que no me falte Casa Chelo en la mesa larga.

Colgué. A las once y media, Rafi le contaba a Maruja una croqueta partida.

A las dos, Inma se lo preguntaba a él. De seis nombres en una servilleta quedaba uno, y había puesto otro delante para taparse.

Y el botón lo había cosido él, con prisa y con hilo negro, porque si se lo hubiera pedido a Pepa, Pepa le habría preguntado dónde se había dejado el otro.

A las nueve, con la campana, subí la persiana del todo.

Borré de la pizarra «Hoy atiende el vecino» y serví cafés a los de siempre, que no sabían nada de lo que habíamos contado ni de lo que había cosido nadie, y me preguntaron por Nando, y por el perro, y por si era verdad lo de Sal Gorda, que se iban a quedar con Casa Chelo.

Dije que no a lo último. Lo dije sin pensarlo, y me sonó a verdad.

A las diez menos cuarto Maruja se levantó, se colocó el broche de la golondrina y se colgó el bolso del antebrazo.

—Me acompañas al puesto —le dijo a Encarna—, que eso lo tengo que decir yo delante del sargento.

Encarna cogió el bolso sin contestar. Rosi se fue a su casa a dormir hasta las doce, y ni un minuto más.

Hacia las diez, Rafi cruzó su terraza con una bandeja y no levantó la mano hacia mi puerta. Todas las mañanas de la semana la había levantado.

A las doce en punto, por el reloj de la cafetera, el Tribunal volvió a entrar, esta vez para el vermú, que pagaba Maruja. Maruja traía los ojos secos y la barbilla alta. Estaba poniendo los sifones cuando sonó el móvil. Un número fijo de Cádiz.

—¿La señora Roldán? Beatriz Lozano, del Distrito Sanitario. —La misma voz del martes, cordobesa y sin prisa—. Le llamo por los resultados de las muestras. Son favorables. Queda levantada la suspensión. Puede usted volver a elaborar en su cocina desde este momento.

—¿Desde ahora?

—Desde ahora.

—Gracias.

—No hay de qué, señora. Es mi trabajo. Buenos días.

Colgó. Dejé el móvil en la barra, al lado de los sifones. El Tribunal me miraba desde la mesa del rincón.

—Me han abierto la cocina —dije.

Rosi aplaudió dos veces, secas, como en un pleno.

Cinco minutos después se abrió la puerta y entró Toñi.

Venía andando, sin casco, con el pelo caoba recién lavado y un cuaderno escolar debajo del brazo, de tapas azules, de los de cuadritos.

Lo dejó en la barra, delante de mí, y se quedó al otro lado, del lado de los clientes, como la noche del jueves.

—Toma.

Lo abrí. En la primera página, con una letra grande, redonda, de las que se aprenden tarde y se escriben apretando, ponía: «Croquetas de jamón.

Para una bandeja grande». Debajo venía todo.

La mantequilla y el aceite, a partes iguales.

La harina, «tostada hasta que huela a galleta, no antes».

La leche caliente y el caldo del puchero, caliente también, «nunca frío, que salen grumos».

El jamón «a cuchillo, ni fino ni gordo».

El reposo, «toda la noche». Dos páginas, con una tachadura en la segunda donde había puesto «un poco» y luego, encima, un número de gramos.

Al final, abajo del todo, subrayado:

«Antonia Barroso».

Nunca había visto su nombre escrito por ella. Pasé el dedo por encima sin tocarlo.

—¿Me quieres en la barra o en la cocina? —dijo Toñi.

—En la cocina. Y con tu nombre en la pizarra.

Toñi miró la pizarra, donde esa mañana había borrado a Nando.

—Eso ya lo veremos.

Se dio la vuelta, cruzó el bar y se paró delante de la mesa del rincón. Las tres la miraron. Toñi no se sentó. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y las volvió a sacar.

—Las croquetas las hacía yo —dijo—. Desde 2011. Las de los tres premios, también. Y el domingo estaba en el cementerio, con las flores para Chelo, no en mi casa. Por si alguien lo tiene apuntado en alguna parte.

—¡Lo sabía! —dijo Maruja.

No lo sabía. Encarna se lo dijo con la mirada, y luego con la boca.

—No lo sabías, Maruja.

—Algo sabía.

—No sabías nada. Y estás castigada.

Rosi levantó un dedo.

—¿Y eso dónde está firmado?

Toñi volvió a la barra, cogió el cuaderno, lo abrió por la segunda página y se lo puso delante a Rosi, encima del hule, al lado del vermú. Rosi se volvió a bajar las gafas y leyó la firma.

—Aquí —dijo Toñi.

Encarna se inclinó también. Miró la firma mucho rato, con la cabeza ladeada.

—Buena letra —dijo.

Luego se lo contaron todo. No pude pararlas y no lo intenté.

Encarna, en orden, con fechas. Maruja, lo del botón y lo del bulo, que era suyo y de quién lo había oído, y lo dijo ella antes de que nadie tuviera que decírselo.

Rosi, los números: ciento ochenta y siete, y ciento cincuenta y nueve.

Del sitio de la libreta no dijeron nada porque no lo sabían.

Toñi escuchó de pie, con el cuaderno cerrado contra la cadera. Cuando Rosi dijo lo de los ciento cincuenta y nueve, se quedó quieta. Luego me miró a mí.

—El año pasado, cuando volvió del recuento —dijo—, se sentó en el taburete de la cocina, con el abrigo puesto, y me dijo que el Rafi había hecho unas papas aliñás muy buenas. Nada más. No volvió a hablar de la Ruta hasta el invierno.

Toñi se metió en la cocina.

La oí descolgar el delantal de la percha y encender el fuego.

Me asomé al ventanuco. Había traído de su casa una botella de cristal de caldo, envuelta en un paño, y la puso a calentar en un cazo pequeño, al lado de la leche.

Cortó la mantequilla en la cazuela de la abuela, la del clavo, con su chorro de aceite, y cuando se deshizo echó la harina de golpe y se puso a remover con la cuchara de palo, despacio, sin mirar el reloj.

Yo la habría retirado a los dos minutos.

Ella la tuvo en el fuego hasta que la cocina entera olió a galleta de mantequilla, y entonces, y no antes, echó la leche, caliente, en tres veces, y el caldo detrás.

Saqué el bolígrafo del bolsillo del delantal, por costumbre, y Toñi lo vio sin volverse.

—Hoy mira —dijo—. Apuntar ya lo he apuntado yo.

Guardé el bolígrafo. Entre comanda y comanda volvía al ventanuco, con un botellín en la mano o un platillo de aceitunas, y me quedaba mirando lo que podía antes de que alguien me llamara desde la barra.

El jamón lo picó sobre la tabla con el cuchillo grande, sin prisa, a golpes cortos, y no se parecía ni a mis taquitos del sábado ni al polvo fino del domingo.

En la pizarra, debajo de «Café», escribí: «Croquetas: mañana». Nadie en el bar se quejó. El Tribunal pidió otra ronda de vermú a cuenta de Maruja y se quedó mirando la puerta de la cocina.

Toñi volcó la masa en la bandeja honda, la alisó con el dorso de la cuchara y la dejó templar un rato en la mesa de acero.

Luego estiró el film y lo puso encima, pegado, sin dejar ni una burbuja, a piel, como se tapa a un niño dormido.

Abrió la cámara, sacó las bolsas precintadas de mi masa del domingo, las tiró al cubo sin mirarlas y metió la suya en la balda de arriba.

—Esta, para mañana —dijo—. Necesita la noche.