Entre tapas y trampas 23. Dos mil impresos
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23. Dos mil impresos

Dos mil impresos

Las oí antes de verlas. A la una menos cuarto, por el reloj de la cafetera, la voz de Maruja cruzó la plaza vacía diciendo que el abrigo le estaba chico de sisa, y la de Encarna le contestó que no era el abrigo. Levanté la persiana un palmo y entraron agachadas, una detrás de otra.

Venían con abrigo encima del camisón. Encarna, con uno azul marino de ir a misa, abotonado hasta el cuello, y por debajo diez centímetros de franela de cuadros.

Maruja, con el abrigo de piel vuelta y un camisón rosa que le asomaba por todas partes, el broche prendido en la solapa, porque Maruja sin broche no sale ni a tirar la basura.

Rosi traía una bata acolchada debajo de la gabardina, las gafas de sol en la cabeza y, encima del peinado de peluquería de los viernes, una redecilla color carne.

—No me mires la redecilla —dijo Rosi—. Me ha costado veintidós euros este peinado.

—No te miro nada.

—Me la estás mirando.

Albarán salió del almacén, olió a las tres por orden y se tumbó encima de los zapatos de Rosi. Rosi no los movió en toda la noche.

La caja estaba en la mesa del rincón, donde la había dejado Nando por la tarde.

«RUTA 2025», con la letra de Aurelio. Al lado había puesto la cafetera llena y un plato con los pestiños de Pepa que me quedaban en el armario, porque los saqué sin pensar, como se saca el azúcar.

Encarna los miró un segundo y luego miró la caja. Nadie volvió a mirarlos.

Me senté con ellas y se lo conté. El numerador de Juan Ortiz, que hunde el número en la cartulina.

La impresora digital, que lo deja plano.

Los doscientos de reponer, con los números repetidos del 0001 al 0200.

Los recibos, año por año, pagados en efectivo, «Recoge: Asociación».

Y lo de Cordero, lo único que me había dicho del expediente: que Aurelio no había muerto de nada que hubiera comido.

Lo de la despensa de La Lonja me lo guardé.

—La Asociación son cuatro —dijo Rosi—. Aurelio, el Rafi, Manolo y la Loli. Y la imprenta es del hermano de la Pepa.

Maruja se llevó la mano al broche. Encarna no se movió.

—Pero si el Rafi y la Pepa son padrinos de medio San Telmo —dijo Maruja.

—De once —dijo Encarna—. Y yo les di clase a los once. Eso no hace a nadie ni bueno ni malo, Maruja. Solo lo hace padrino.

—¿Y por qué esta noche? —me dijo Encarna—. Esto se puede contar mañana, con luz y con las gafas de cerca.

—Porque mañana puede ser tarde. Y no les puedo decir por qué.

—¿No puedes o no quieres?

—No puedo. Lo he prometido.

Encarna me miró por encima de las gafas rojas con la mirada que le echaba en el ochenta y nueve al niño que decía que el perro se había comido los deberes.

—Eso es una respuesta de cinco raspado —dijo—. Pero te lo apruebo.

Maruja abrió la boca para poner su nota y la volvió a cerrar. Estaba castigada desde el viernes. Se desabrochó el abrigo con mucha dignidad.

Corté la cinta con el cúter de la barra. Debajo de la cinta amarillenta había otra tira, más nueva, más blanca, pegada encima de un corte antiguo. Alguien había abierto aquella caja después del recuento y la había vuelto a cerrar con cuidado.

—Esto lo abrió Aurelio —dije—. En septiembre.

—Y lo contaría —dijo Rosi.

—Y lo apuntaría.

Nadie dijo dónde.

Dentro estaban los tapaportes, en paquetes de cien con una goma cada uno, y encima un sobre marrón con el acta del recuento, firmada por el jurado de aquel año. La desdoblé en la mesa y copié los números de arriba, que eran los que importaban:

«La Lonja: 2.812. Casa Chelo: 2.410.»

Debajo, con la letra de Aurelio, la firma, y al lado la de Inma, con su rúbrica de concejala.

En siniestros, cuando entraba una granizada, llegaban setecientos partes en una semana y nadie los podía leer todos a la vez.

Se hacían montones. Por fecha, por calle, por compañía.

Y se buscaba el que se repetía. Lo hice igual.

Juntamos la mesa del rincón con las dos de al lado y repartí el trabajo, aunque cada una ya sabía cuál era el suyo antes de que se lo dijera.

Encarna, el orden. Los fue sacando de sus gomas y colocándolos por número, en montones de cien, como quien ordena exámenes por lista. A los que venían arrugados les pasaba el canto de la mano por encima, sin darse cuenta, igual que habría estirado una hoja de caligrafía.

Maruja, el tacto. A cada tapaporte que le pasaba Encarna le ponía la yema del pulgar sobre el número rojo de la esquina y esperaba un segundo, con los ojos entornados, como si escuchara.

Luego decía «hundido» y lo soltaba. Tenía dedos de mercera, de cuarenta y cinco años distinguiendo un algodón de un poliéster con los ojos cerrados.

Rosi, las columnas. Le di el rollo de papel de estraza de la barra, el de envolver los bocadillos, y ella cortó un metro, lo sujetó a la pared con cinta de embalar y trazó las columnas con una regla de cocina: «Número.

Hundido. Plano. Oro. Plata. Bronce.» Con su letra de registro, que no se tuerce ni de madrugada.

Yo contaba. Primero los paquetes, antes de desatarlos: dieciocho de cien y uno de noventa y nueve.

—Mil ochocientos noventa y nueve —dije.

Rosi lo apuntó arriba del todo, y a su lado la fecha.

Cuando San Telmo dio las dos, Encarna tenía los veinte montones separados por centenas.

Cuando dio las tres, el café se había quedado frío y lo calenté en el microondas de la barra, que es de lo poco que no me había cerrado Sanidad.

Olía a café recalentado, a cartulina vieja y un poco a la bata de Rosi, que era de lavanda.

El primer repetido salió en cuanto Encarna se puso con el primer montón. Levantó un tapaporte, luego otro, y los puso uno al lado del otro en el hule.

—El 0001 —dijo—. Dos veces.

Maruja los cogió. El primero, un segundo con la yema.

—Hundido.

El segundo. Frunció la boca.

—Este no. Este es liso. Como una estampa.

Se los pasó a Rosi, que les dio la vuelta a la luz de la barra con los brazos estirados, porque las gafas de cerca se le habían quedado en la mesilla.

—Plano —dijo Rosi—. Y el otro, con relieve. Apunto.

Después fue saliendo lo demás, despacio, a medida que Encarna llegaba al 0200.

El 0002, dos veces. El 0004, dos veces. El 0005, no.

El 0006, sí. Cada vez que Encarna ponía dos iguales en la mesa, Maruja tocaba, decía «liso» de uno y «hundido» del otro, y el liso iba a un montón aparte, al lado de los pestiños, donde nadie tenía que alargar la mano.

Los lisos eran todos iguales. Eso lo vio Rosi antes que nadie.

Estaban limpios. Los legítimos venían como vienen las cosas que han pasado una semana en los bolsillos del pueblo: con el doblez de la cartera, con un cerco de vaso, con una mancha de aceite de alguna fritura, con la esquina mordida por algún niño.

Los lisos no. Los lisos parecían recién sacados de la imprenta.

Todos tenían los mismos seis sellos: La Lonja, El Pósito, La Caleta, La Parada, El Cruce y Los Faroles, estampados con la misma fuerza y la misma tinta, como si los hubiera sellado la misma mano en la misma tarde.

Todos votaban igual: oro a La Lonja, plata a El Pósito, bronce a El Cruce.

Todos con el mismo bolígrafo azul. Y todos con la casilla del sorteo en blanco, sin nombre ni teléfono.

—Eso no prueba nada —dijo Rosi—. Un tercio de la gente no pone el teléfono. Yo no lo pongo nunca.

—Ni yo —dijo Maruja—. Que luego te llaman.

—Lo que prueba es el número —dije—. Lo demás es para no equivocarnos.

Encarna tenía uno de los lisos en la mano desde hacía un rato. No lo miraba como Maruja, con los dedos, ni como Rosi, a contraluz. Lo miraba como miraba los cuadernos. Se ajustó las gafas y siguió con la uña la palabra «Lonja» escrita en la casilla del oro.

—La ele con lazo —dijo—. Y la jota que se cae para atrás. Y fíjate en la ce de «Cruce», que no cierra.

—¿Y eso qué es?

—Esto lo ha rellenado alguien con prisa, y además alguien que yo suspendí. —Dejó el tapaporte en el montón de los lisos, bocabajo, como se deja un examen que no merece otra lectura—. Esa jota se la corregí cuarenta veces en la pizarra. Cuarenta.

Maruja se tapó la boca. Luego se la destapó.

—Pues es una letra de un...

Se calló a tiempo, con la nota a medio salir.

—Castigada —dijo Rosi, sin levantar la vista de la columna.

—No he dicho nada.

—Por poco. Apuntado.

Con las cuatro, Encarna llegó al 0200 y paró. Rosi hizo la cuenta de su columna de parejas con el dedo, de arriba abajo y de abajo arriba.

—Ciento setenta y uno —dijo—. Ciento setenta y un números repetidos. Todos entre el uno y el doscientos. En todos, uno hundido y otro liso.

—Ciento setenta y uno falsos —dije—. De momento.

—¿Cómo que de momento?

—Porque si se metieron doscientos y aquí hay ciento setenta y uno repetidos, puede haber lisos cuyo gemelo no llegó nunca a la urna. Alguien que se llevó su tapaporte a casa, que lo perdió, que no votó.

Maruja miró los mil setecientos y pico que quedaban en la mesa, ordenados en sus filas. Se remangó el camisón por encima de la muñeca.

—Pues uno por uno —dijo—. A mí no me da miedo una mesa.

Fue lo más largo de la noche. Los mil setecientos veintiocho que quedaban pasaron otra vez por las yemas de Maruja, y los que le hacían dudar, por la lámpara de la barra, que Rosi puso encima de la mesa sin pantalla.

Yo apuntaba. Con las campanadas de las cinco, Albarán cambió de pies y se tumbó encima de los zapatos de Encarna, que le dijo «tú también» y no lo apartó.

Salieron dieciséis más. Lisos, limpios, seis sellos, oro a La Lonja, plata a El Pósito, bronce a El Cruce, sin nombre. Sin pareja.

Hacia las seis, Maruja alargó la mano hacia el plato de pestiños, sin mirar, como se alarga en una mesa donde siempre hay algo. La mano se le quedó a medio camino. La volvió a poner encima del bolso.

—Son de Pepa —dijo.

—Pepa hace los mejores pestiños del pueblo —dijo Encarna—. Eso sigue siendo verdad esta noche.

Nadie se comió ninguno.

Rosi llevaba un rato sin hablar, con el rotulador parado encima de la columna de los lisos. Tenía uno en la otra mano, el 0137, y lo giraba contra la bombilla.

—Los ponía en montones de cincuenta, con su goma, en el salón de plenos —dijo—. Nunca miré un número dos veces. —Dejó el 0137 en el montón—. Tantos años pidiendo que todo estuviera firmado, y lo tuve firmado delante. Con seis sellos.

—No era tu trabajo mirar eso, Rosi.

—Era mi trabajo mirarlo todo.

Siguió apuntando con la misma letra de antes.

—Ciento ochenta y siete —dijo Rosi, y lo escribió al pie de la columna—. Falsos.

—Mil setecientos doce buenos —dije yo—. Más los que no llegaron a la urna, que son de otra cuenta.

Eran casi las siete. Maruja tenía las yemas rojas. Encarna se había quitado los zapatos debajo de la mesa. Rosi había dejado la redecilla en la barra, al lado de la caja registradora, y no se había dado cuenta.

Faltaba la cuenta. Rosi me tendió el rotulador. No lo cogí.

—La hago de cabeza —dije—. En voz alta. Y si me equivoco, me paran.

Encarna asintió.

Puse el dedo en el acta, en la primera línea.

—La Lonja. Dos mil ochocientos doce. —Moví el dedo a la columna de Rosi—. Ciento ochenta y siete oros falsos. El oro vale tres. Ciento ochenta y siete por tres. Quinientos sesenta y uno. —Nadie me paró—. Dos mil ochocientos doce menos quinientos sesenta y uno. Dos mil doscientos cincuenta y uno.

Rosi lo apuntó.

—El Pósito. Mil setecientos setenta y seis. Ciento ochenta y siete platas, a dos. Trescientos setenta y cuatro. Mil cuatrocientos dos.

—Los Candón no sabían nada —dijo Maruja, bajito.

—No lo sé. Luego. —Seguí—. El Cruce. Quinientos ochenta y uno. Ciento ochenta y siete bronces, a uno. Trescientos noventa y cuatro.

Llegué a Casa Chelo y el dedo se me quedó quieto encima del acta.

—Casa Chelo. Dos mil cuatrocientos diez. —Miré la columna de Rosi, aunque sabía lo que ponía—. Menos nada.

Me quedaba una resta. La más fácil de la noche. La hice con el dedo encima del hule, como me enseñaron en el colegio, llevándome una.

—Dos mil cuatrocientos diez menos dos mil doscientos cincuenta y uno.

No me equivoqué. Lo supe antes de decirlo.

—Ciento cincuenta y nueve.

Rosi lo escribió debajo de todo y dejó el rotulador encima del papel, sin taparlo.

Nadie dijo nada durante un rato. La cafetera hizo un ruido de enfriarse.

Encarna se quitó las gafas. Las dejó encima de los tapaportes de Casa Chelo, dobladas, y se tapó la cara con una mano. No hizo ruido. Le temblaba el hombro debajo del abrigo azul marino, y el abrigo se le había desabrochado del último botón. Rosi le puso la mano en la espalda y la dejó allí.

Maruja se levantó. Fue hasta la barra, volvió, se quedó de pie delante del montón de los lisos, al lado del plato de pestiños que nadie había tocado.

—Me cago en la mar —dijo.

Lo dijo despacio, con todas las letras. Nunca en cuatro meses le había oído una palabra más fuerte que «caramba». Se volvió a sentar, se abrochó el abrigo hasta arriba y se puso el bolso en el regazo.

Mi tía murió en marzo. Pasó el invierno en el piso de arriba, con las manos quietas encima de la manta, y en octubre todavía había bajado al ficus a oír el recuento, con su silla de enea, como todos los años.

Perdió por cuatrocientos dos puntos contra La Lonja.

Eso lo sabía todo el pueblo. Nadie me había contado qué cara puso.

Le escribí a Cordero. En la pantalla ponía las siete y veintiocho. «Tengo el recuento de 2025.» Contestó enseguida: «A las dos paso por su barra».

A las siete y media dieron las campanas de San Telmo.

Encarna se puso las gafas. Rosi despegó el papel de estraza de la pared, lo enrolló sin doblarlo y le puso una goma de las de los tapaportes.

Maruja metió los ciento ochenta y siete lisos en el sobre del acta, contándolos en voz baja, y se levantó a por el abrigo.

—Yo me voy, que le tengo que regar los geranios a don Luis antes de que les dé el sol.

—Metió un brazo en la manga—. Todos los días desde que se fue a Sevilla.

El viernes 9 por la tarde, con el coche cargado hasta el techo y el perro en el asiento de delante, como un señor.

Me dejó la llave y me dijo: «Maruja, que no se me mueran».

Lo dijo buscando la otra manga, sin darle importancia, como el miércoles en el coche de Rosi. El viernes 9. Desde el puente, hija. El sábado o el domingo, no sé. En mi nevera, en la columna de Rafi, había una línea con un signo de interrogación, y el signo se me cayó solo.

—Maruja —dije—. Rafi dice que el domingo, a las siete y media, estuvo en la esquina del callejón hablando con don Luis. Veinte minutos. Con don Luis y con el perro.

Nadie contestó. Maruja se quedó con el abrigo a medio poner, un brazo dentro y el otro buscando la manga en el aire.

Sin esos votos, mi tía había ganado su última Ruta. Y los votos habían salido de la cocina donde yo freía.