22. La caja de arriba
La caja de arriba
La masa del jueves salió de mi balda de la cámara de Pepa en un bloque, con la costra fina que le había visto Toñi en el táper y el mismo fondo de harina que ya sabía que tenía.
La corté en tiras en la mesa del centro.
No había arreglo. Le faltaba tostar la harina y el caldo lo había echado frío.
El reposo se lo había dado la cámara de Pepa; lo otro ya no se lo iba a dar nadie, y había que freírla igual.
Formé las croquetas una a una, con las manos untadas, en filas de diez.
Desde mi rincón se veía la puerta de la despensa, entornada, con la banqueta al lado.
El miércoles había visto a Pepa arrastrar esa banqueta hasta ahí.
Esa noche procuraba no mirar la puerta, y la miraba cada vez que cogía pan rallado.
El reloj de encima de la campana marcaba las ocho y media cuando se abrió la puerta de la barra y entró Rafi, con la camisa blanca recién planchada y una carpeta debajo del brazo. Fue derecho a Pepa, que estaba en el fogón, y le dio un beso en la frente, por encima de las gafas.
—Me voy a la reunión, que el domingo hay que contar y yo sin Aurelio no sé ni por dónde se empieza. —Se volvió hacia mí y me señaló con la carpeta—. Y tú, lo que necesites. Aquí no se deja a nadie solo, ¿eh?
—Ya lo sé, Rafi.
No levanté la vista de las croquetas. Tenía las manos llenas de masa y el pan rallado hasta las muñecas, y me pareció que se me notaría todo en la cara si la levantaba. Rafi cogió un palillo de la caja de la encimera, se lo puso en la boca y se fue.
Pepa removió la sartén.
—Está preparando el recuento como presidente —dijo—. En funciones. Le hace una ilusión que no veas, y una pena. Las dos cosas.
Freí la primera tanda. Las croquetas subieron enteras en el aceite limpio de Pepa, y al partir una salió el vapor de siempre, con el jamón de la paletilla del bautizo y aquel fondo de harina que ya no se me escapaba. Estaban correctas. Una semana antes me habría parecido bastante.
En la puerta del patio, Nando esperaba la primera bandeja. No entraba en la cocina de Pepa. Se quedaba en el escalón, al lado del cuenco de agua del perro, que seguía allí aunque el perro no, y cogía las bandejas por el borde con cuidado, como si llevara la custodia.
—¿Cuántas?
—Veinte tapas.
—Voy y vengo.
Las aceitunas estaban en un cuenco grande junto a los saleros, gordales aliñadas con tomillo, y al lado la caja de palillos de nudo, llena hasta la mitad.
Emplaté la primera tapa: dos croquetas y una aceituna pinchada.
Luego, antes de soltar el plato, cogí otro palillo, pinché otra aceituna y la puse al lado de la primera.
Pepa me estaba mirando desde el fogón.
—¿Dos?
—Es que hoy tengo el día generoso.
Pepa miró el plato, me miró a mí y volvió a su sartén.
En la tercera bandeja, cuando Nando se llevó veinte tapas con cuarenta aceitunas, dejó la espumadera en el borde de la sartén y se limpió los dedos en el paño, uno por uno, muy despacio.
No preguntó. Pepa, cuando algo no le cuadra en su cocina, no lo pregunta: lo cuenta.
Yo también contaba. Dos palillos por tapa. En la caja quedaban, a ojo, unos ciento sesenta cuando empecé. A cuarenta por bandeja, cuatro bandejas. Lo hice de cabeza, sin cuaderno de colores, con las manos en el pan rallado, y me salió bien a la primera. No se lo conté a nadie.
Hacia las nueve y media la plaza se llenó de la gente del viernes.
El camarero joven cantaba por el ventanuco las comandas de La Lonja, Pepa las despachaba sin mirar un papel, y yo freía de diez en diez en mi rincón y le daba a Nando las bandejas por la puerta del patio.
Me pasé el antebrazo por la frente y seguí.
Cuando volvió con la bandeja vacía de la tercera, Nando se quedó un momento en el escalón.
—Dicen en la plaza que en Casa Chelo ahora se ponen dos aceitunas. Que si es una promoción.
—Diles que sí.
—Ya se lo he dicho. Y la Reme ha pedido otra ración.
Cuarta bandeja. La caja de los palillos, casi vacía.
Yo ya no pensaba en las croquetas. Pensaba en la balda de arriba de la despensa, en la banqueta, en la mano de Rafi en la cintura de Pepa el miércoles, bajándola.
Pensaba también en el palillero de la barra.
Si a Pepa le daba por sacar de allí un puñado, como Rafi el miércoles, me había gastado ochenta aceitunas de más para nada.
Y en que a lo mejor me había equivocado y arriba no había más que palillos, y el lunes le devolvería las llaves de la freidora a dos personas buenas, con vergüenza.
El mismo reloj marcaba las once menos veinte cuando metí la mano en la caja y no encontré nada.
—Pepa. Se han acabado los palillos.
—Normal, con tanta generosidad. —No se volvió—. Coge de la caja de arriba, la de repuesto. Y súbete tú a la banqueta, que yo no puedo dejar esto y el niño está con la terraza.
Lo dijo sin volverse y sin pensarlo, como quien manda a por sal. O Pepa no sabía lo que había arriba, o le daba igual que yo lo viera.
La banqueta estaba en su sitio, junto a la puerta de la despensa.
La arrastré hasta dentro. Cojeaba de una pata.
Me subí agarrada a la balda de en medio.
La despensa tenía una bombilla desnuda y cuatro baldas de madera hasta el techo, y olía a cartón, a pimentón y a laurel seco.
En la balda de arriba, la más alta, a la altura de mi cara con la banqueta, había dos cajas de cartón iguales, con la etiqueta de Distribuciones Benjumea: una abierta, con la tapa metida por dentro, y otra sin estrenar, con el precinto.
Cogí la abierta. Pesaba más que unos palillos.
No mucho más. Lo que pesa un libro pequeño. Lo noté en las muñecas antes de pensarlo, igual que se nota que una bandeja lleva una croqueta de más.
Levanté la tapa. Palillos de bambú con su nudo, sueltos, una capa de un dedo. Metí la mano. Debajo, algo duro y liso, con goma.
La saqué. Tapas negras de hule, gastadas en las esquinas. Una goma alrededor. Un bolígrafo azul sujeto al lomo con otra goma.
Me temblaban las manos. Tardé tres intentos en sacar la goma por la esquina, y al tercero se me escapó y me dio en los nudillos.
—¿Las encuentras? —dijo Pepa desde el fogón.
—Un momento, que no llego.
La abrí a la luz de la bombilla, apoyada en la balda, con la caja de palillos al lado.
En la primera página, con la letra pequeña e inclinada de Aurelio, la misma del calendario y del pósit:
«Una trampa pequeña se apunta. Una grande se para.»
En la segunda, un índice. Nombres de bares y números de página, en dos columnas. Lo recorrí con el dedo. Casa Chelo. El Cañaílla. Bodeguita El Pósito. Y en medio:
«La Lonja ... 31»
Pasé las hojas deprisa, con el pulgar, hasta la treinta. Después de la treinta venía la treinta y tres. Entre las dos, pegado al lomo, quedaba un borde de papel rasgado, estrecho, en zigzag, de una hoja que alguien había arrancado tirando fuerte.
Volví al índice y fui a la página de Casa Chelo.
«Barriles de C. al Cañaílla. Lo sabe. Lo apunta ella. No es trampa, es trato.»
Debajo, con otra tinta y «2011» al margen:
«Las croquetas las hace Toñi. Chelo ya no puede. No es trampa. Es cariño.»
Y debajo del todo, con la tinta más nueva y «marzo» al margen, el mes en que se murió mi tía:
«La niña no lo sabe. Que lo sepa cuando toque.»
La niña era yo. Me acordé de Aurelio en la plaza, el sábado, con mi croqueta de taquitos partida en los dedos, preguntándome quién las había hecho. «Las he hecho yo, como las hacía mi tía.» «Eso es lo que me temo.»
Lo sabía. Lo tenía apuntado desde hacía quince años, y había decidido que ya me tocaría.
Por el ventanuco, el camarero cantó dos de chocos para la seis y una de papas aliñás. Pepa repitió la comanda en voz alta, como hacía siempre, para que no se le fuera.
—¡Clara! ¿Te has caído?
—No, no. Están muy al fondo.
Me limpié las manos en el delantal y saqué el móvil del bolsillo.
Hice una foto de la primera página. Del índice.
Del borde rasgado, de cerca, con el pulgar al lado para que se viera el tamaño.
De la página de Casa Chelo. Me temblaba tanto el móvil que la primera salió movida y tuve que repetirla.
Luego fui pasando las demás, una por una, sin leerlas, foto y hoja, foto y hoja, y aun así se me quedaban cosas en los ojos: «Agua en la manzanilla desde el 87.
Poca. Poco a poco más». «Adobo de sobre.
De un almacén de Jerez. Está bueno, que es lo peor».
«Dos mesas de más desde 2009. Las quita cuando viene Rosi». «Nada. Son de Madrid. Ya aprenderán».
La del Cañaílla la leí entera, porque se me paró el dedo en ella: «Tortillitas: masa de la Chari de Vejer. Dice que de su madre. Su madre no sabía hacer tortillitas».
Cuarenta años. Todo el pueblo, bar por bar, con su letra pequeña.
Y en una despensa de La Lonja. La despensa era de Pepa. El bar era de los dos. La imprenta era del hermano de ella. La hoja arrancada podía ser de cualquiera de los dos, y yo todavía no quería saber de cuál.
Me la quise llevar. La tuve un momento contra el pecho y pensé en bajarla metida en la cintura del delantal, cruzar la plaza y dejarla en la mesa del rincón, al lado de la caja de Sergio.
En veinte años de siniestros había visto perderse más de un caso porque alguien con buena intención movió el coche antes de que llegara el perito.
Y si me la llevaba, quien la hubiera subido allí lo sabría en cuanto volviera a subir, y lo que quedase de ella se iría detrás de la hoja que faltaba.
Cerré la libreta. Le puse la goma como estaba, cruzada, con el bolígrafo por debajo.
La dejé en el fondo de la caja, con el lomo hacia la izquierda, y le eché por encima los palillos a puñados hasta que no se viera nada.
Metí el índice para medir la capa. Un dedo, como antes.
Metí la tapa por dentro y dejé la caja en su sitio, pegada a la pared.
Cogí la otra, la del precinto. Le rompí el plástico con la uña y saqué dos puñados.
Me bajé de la banqueta. Me flojeaban las rodillas.
—Toma —le dije a Pepa, y le dejé los palillos en la caja de los saleros.
—Menos mal. —Me miró un momento—. Hija, estás blanca.
—Es el calor de la freidora.
—Pues bebe agua.
Bebí agua. Emplaté la quinta bandeja con dos aceitunas por tapa, porque si ahora ponía una, Pepa me lo iba a preguntar también. Nando vino a por ella a la puerta del patio.
—¿Estás bien, vecina?
—Muy bien.
Nando bajó la voz.
—Mientes fatal.
Se llevó la bandeja.
El reloj de la campana marcaba las doce menos cuarto cuando terminé.
Limpié mi rincón, dejé cada cosa donde la había encontrado, fregué el cazo antes de que Pepa me lo quitara de las manos.
Pepa me dio dos besos en la puerta del patio y me dijo que el lunes, si Sanidad me abría, echaría de menos tenerme en su cocina, que era la primera persona que no le cambiaba las cosas de sitio. Le di las gracias. Me costó.
Salí a la plaza. Ya no quedaba nadie en la terraza de La Lonja y el levante casi no movía el ficus. Me senté en el banco de azulejos. En el móvil eran las doce en punto.
Llamé a Cordero. Me lo cogió al primer tono, con voz de estar despierto.
—Señora Roldán.
—He encontrado la libreta de Aurelio.
Silencio, y esta vez no le oí escribir.
Se lo conté en orden y sin adornar, y que la había dejado como estaba.
—¿Quién la ha visto subir?
—Pepa. Me mandó ella, a por palillos.
—¿Y bajar?
—Con dos puñados de palillos de la otra caja.
—No toque nada más —dijo—. No se lo diga a nadie.
—No se lo he dicho a nadie.
—Siga así. —Oí una silla y unos papeles—. Mándeme las fotos ahora. Todas.
Se las mandé mientras hablábamos. Oí cómo le iban llegando, una detrás de otra.
—Señora Roldán, usted lleva tres días en esa cocina.
Me miré las uñas. Todavía tenían pan rallado de la cocina de Pepa.
—Lo sé.
—Esta noche pido la autorización para entrar en La Lonja. Con todo lo que tengo, que ahora es bastante más. Usted no vuelva a esa despensa. Y mañana no cambie nada de lo que hace. Nada. —Una pausa—. Buenas noches.
Colgó.
Me quedé en el banco con el móvil en la mano. Busqué entre las fotos la página de Casa Chelo, con la letra de Aurelio un poco movida.
Tenía en el móvil cuarenta años de trampas de Caños Blancos y dos páginas que faltaban.
En Casa Chelo quedaba encendida la luz de la barra. Nando estaba detrás, subiendo las sillas, y en la mesa del rincón, debajo de la luz, me esperaba la caja de tapaportes de Aurelio, con su etiqueta hacia arriba.