21. La segunda tirada
La segunda tirada
A las cinco en punto por el reloj de Rosi, que lo pone en hora con el del Ayuntamiento cada viernes al salir de la peluquería, se oyó el motor de la persiana de Gráficas Ortiz, y la persiana empezó a subir despacio, a tirones, enseñando primero unos zapatos de trabajo, luego unos pantalones de mono azul y por último a un hombre de cincuenta y tantos con gafas de pasta y un bolígrafo en la oreja, que se nos quedó mirando.
—Está cerrado hasta las cinco.
—Son las cinco —dijo Rosi.
Juan Ortiz miró su reloj, lo comprobó y asintió, conforme.
Gráficas Ortiz está en el polígono de la carretera, en la misma calle que la nave de Distribuciones Benjumea, tres puertas más allá, entre una carpintería metálica y un solar.
Habíamos venido en el Seat de Rosi. Nando se había quedado con mi barra, con el chaval en la suya, y me había dicho desde la puerta que me fuera tranquila, que Casa Chelo en sus manos iba a vender más que nunca, y que eso tampoco era difícil.
—Soy Clara Roldán, la de Casa Chelo. La que le llamó a Valencia.
—La de la plegadora. —Se le iluminó un poco la cara—. Pasen. Cuidado con el cable.
Dentro olía a tinta, a papel recién cortado y a aceite de máquina.
Había una nave larga con el techo de uralita, dos máquinas grandes tapadas con lonas, una guillotina con un letrero escrito a mano, «No tocar», y al fondo una impresora moderna, blanca, del tamaño de una lavadora, con una lucecita verde.
Juan no nos invitó a sentarnos porque no había sillas.
Se quedó de pie junto a una mesa de trabajo cubierta de pruebas de carteles, y esperó.
—Los tapaportes de la Ruta —dije—. Querría saber cómo se hacen.
Fue como darle cuerda. Juan fue hasta una de las máquinas tapadas, levantó la lona con cuidado y nos enseñó un aparato de hierro negro con ruedas de latón numeradas, una palanca y una base de metal gastada por el uso.
—Esto es un numerador. Alemán. De los setenta, pero va como el primer día.
—Le pasó la mano por encima—. Cada golpe, un número, y la rueda de las unidades salta sola a la siguiente.
Del 0001 al 2000, dos mil golpes, uno detrás de otro, sin saltarse ninguno, que esta máquina no se equivoca nunca.
Y lo mejor: el número entra en la cartulina.
No lo pinta. Lo hunde. —Buscó en un cajón, sacó un tapaporte en blanco de muestra y me lo puso en la mano—. Toque. Con la yema.
Pasé el pulgar por el número rojo de la esquina, 0001. Se notaba el hundido, igual que me lo había hecho notar Maruja el domingo en la plaza, delante de mi puerta precintada, apretándome el pulgar encima.
—Eso es un numerador —dijo Juan, satisfecho—. Eso no lo hace una impresora. Las impresoras de ahora te ponen el número encima, plano, como una pegatina. Esto es otra cosa. Esto es oficio.
Rosi estaba de pie junto a la guillotina, con el bolso cogido delante y las gafas de sol en la cabeza, y miraba el tapaporte en mi mano.
—¿Y la segunda tirada? —dije—. La de reponer.
—Ah, esa. —Juan perdió un poco de luz—. Esa la saco en la digital.
—Señaló la máquina blanca del fondo—. Con los números del 0001 al 0200, que es lo que se pide, que para doscientos no voy a montar el numerador.
Montar el numerador es media mañana: limpiarlo, entintarlo, ajustarlo.
Para dos mil, sí. Para doscientos no compensa.
—¿Y el número de la digital se nota?
—No se nota nada. Es plano. Ya le digo, una pegatina. —Miró la impresora blanca con la cara con que se mira a un sobrino que ha salido rana—. Esa lo hace todo sola. Le das a un botón y te saca doscientos en diez minutos. No tiene mérito ninguno. Para reponer da igual, digo yo.
Del 0001 al 0200. Hundidos, dos mil, uno por número. Planos, doscientos más, con los mismos números que los doscientos primeros.
—¿Quién la encarga?
—La Asociación. —Lo dijo sin pensarlo—. Bueno. Espere.
Se fue a una estantería de metal y bajó un archivador de anillas de los grandes, azul, con el lomo escrito a rotulador: «RUTA. RECIBOS». Lo abrió encima de la mesa, apartando las pruebas de carteles, y pasó hojas con el dedo mojado, igual que Sergio en la nave el miércoles.
—Aquí. La primera, del diecinueve.
Era un recibo de talonario, con el membrete de la imprenta, escrito a mano con su letra de números grandes. «200 tapaportes Ruta. Reposición. Numeración 0001-0200. Impresión digital.» El precio. Y abajo: «Pagado en efectivo. Recoge: Asociación».
Pasó la hoja. La del veintiuno, igual. La del veintidós, igual.
Del veinte no había, que no hubo Ruta, y del veintitrés tampoco.
Juan no supo decirme por qué. La del veinticuatro llevaba una línea más: «Sello Sal Gorda (repuesto)».
La del veinticinco, igual que las demás.
Todas pagadas en efectivo. Todas con la misma línea abajo.
—¿Y quién venía a recogerla?
—El que le cuadrara. —Juan pasó otra vez hojas hacia atrás—. La encargaba la Asociación, se pagaba en efectivo y venía a por ella el que le cuadrara a la Asociación.
—¿Quién?
—Yo estoy con las máquinas, señora. —Sacó otro recibo, del diecinueve, con una lista de ocho bares—. Ese año también le hice a la Asociación un juego de sellos de repuesto, los de todos los bares, por si se perdía alguno.
—¿Y los doscientos se entregaban en el Ayuntamiento?
—No, no. Al Ayuntamiento van los dos mil, que los factura el Ayuntamiento. Estos se los llevaban de aquí. —Frunció la frente—. Este año no, fíjese. En septiembre vino Aurelio por lo de los carteles, y le pregunté si hacía la segunda como siempre. Y me dijo que este año no hacía falta.
Rosi hizo un ruido muy pequeño, como el de una silla que alguien arrastra en otra habitación. Se me acercó al oído sin quitar los ojos del archivador.
—Ortiz —dijo—. Josefa Ortiz. Lo leí yo el martes en voz alta, en la declaración responsable de La Lonja. Este es el hermano de la Pepa, hija.
No lo dijo tan bajo como creía. Juan cerró el archivador por la mitad, con el dedo dentro.
—Y de familia no hablo en el taller.
Rosi se quedó muy callada. Juan nos miró a las dos, primero a una y luego a la otra.
—¿Pasa algo con los tapaportes?
—Nada —dije—. Una cuenta.
—Ah. —Le pareció suficiente—. ¿Quieren una galleta? Tengo máquina.
Tenía máquina. En el pasillo del baño, una máquina de galletas de las de moneda, con un cristal rayado y cuatro filas: galletas de coco, de las de antes, en paquetes de seis.
Juan metió tres monedas y sacó tres paquetes, uno para cada una y otro para él, y nos los dio con la seriedad con la que me había dado el tapaporte.
Las galletas sabían a coco y a cajón de la abuela.
Me comí dos por educación y me guardé cuatro en el bolso.
Rosi no se comió la suya. La tenía en la mano, sin abrir, y miraba el archivador azul.
A las seis menos cinco salimos. En la puerta, con el motor todavía en marcha, había un coche gris, y al lado Cordero, con la americana azul y una carpeta. No pareció sorprendido de vernos.
—Señora Roldán.
—Llega usted tarde, sargento.
No sonrió. Le faltó muy poco.
—Tengo cita a las seis con el señor Ortiz —dijo—. Desde el lunes. —Miró a Rosi, la saludó con la cabeza y volvió a mí—. ¿Usted no tenía un bar?
—Lo tengo en buenas manos.
—Ya. Pues vuelva a él.
Entró agachándose por debajo de la persiana. Dentro, Juan ya estaba abriendo otra vez el archivador azul con el dedo mojado. Lo que le enseñó a él, no lo vi.
La nave de Benjumea estaba tres puertas más allá. Sergio estaba fuera, en la explanada, lavando la furgoneta blanca con una manguera, en camiseta, y se le iluminó la cara al vernos, que fue lo segundo que se le iluminó a un hombre aquella tarde.
—¿Y el perro?
—Durmiendo en mi almacén.
—Ya me ha dicho Nando que no le ladra a nadie más que a él.
Le pedí la caja de 2025. La de los tapaportes.
—¿Para qué?
—Para contar números —le dije—. Los de la segunda tirada son planos.
Sergio cerró la manguera y no preguntó más. Entró en el despacho, bajó de la estantería la caja de cartón con la etiqueta de su tío, «RUTA 2025», y me la dio. La cinta de embalar era vieja, amarillenta, y encima llevaba una tira nueva, más blanca.
—Hay de todo ahí dentro —dijo—. Mi tío no tiraba nada.
—Te la devuelvo.
—No hace falta. —Se secó las manos en los vaqueros y miró la furgoneta, chorreando al sol—. He llamado esta mañana a los de Jerez. Los del grupo. Les he dicho que no vendo.
—¿Y eso?
Sergio dio una palmada en el costado de la furgoneta, donde ponía «Distribuciones Benjumea · Desde 1962», en letras azules un poco borradas.
—Esto era de mi abuelo.
Metimos la caja en el maletero del Seat, encima de la documentación en fundas de Rosi, y volvimos al pueblo.
Rosi condujo callada. Llevaba las gafas de sol en la cabeza y el sol de la tarde de frente, y ni se quejó cuando se le metió en los ojos a la salida del polígono. Yo iba con la caja detrás de mí, en el maletero, pesándome en la nuca.
—Cordero me dijo esta tarde una cosa —le dije—. Del expediente. No murió de nada que comiera.
Rosi asintió con la barbilla, sin apartar la vista de la carretera.
Y yo me puse a pensar donde pienso mejor, en un coche, sin nadie que me mire las manos.
Una trampa. Doscientos tapaportes de más, cada año, con los números repetidos y planos, pagados en efectivo y recogidos por «la Asociación».
La Asociación, en la junta, eran cuatro: Aurelio, Rafi, Manolo y la Loli.
Y la imprenta era del hermano de Pepa. En el calendario de Aurelio, «7:15 cuarto.
R.», y en mi lista de erres ya no cabía nadie más.
El domingo temprano, a Fina: «Hoy le toca a uno que no se lo espera».
A Pepe Candón: «Hoy se acaban unas cuantas tonterías».
Y a Juan, en septiembre, que este año no hacía falta la segunda tirada.
Aurelio había cortado la trampa antes de decir nada.
Lo que tuviera que hablar el domingo a las siete y cuarto, en el cuarto, era lo de los años de antes.
La libreta. Si la tuviera alguien de La Lonja, ¿qué haría con ella?
Arrancar su hoja, lo primero. Y el resto, cuarenta años de letra de Aurelio, de todos los bares, de todos nosotros.
Quemarla entera, lo más sensato. Pero quemar la letra de un muerto no lo hace cualquiera.
Si no fuera capaz, la guardaría donde nadie mira.
En su cocina. En un sitio al que no sube nadie.
«¡Deja, deja, que ya subo yo!»
Y luego no subió. Trajo palillos de la barra.
Me quedé mirando la carretera. Lo había visto con mis ojos el miércoles, con la cuchara en el cazo, y lo había guardado como se guardan las cosas bonitas de los matrimonios de otros.
La que se había subido a la banqueta sin pensarlo era Pepa, y Rafi la había bajado.
Pero la banqueta, la balda y la caja de repuesto estaban en la despensa, y la despensa de La Lonja era de Pepa. Como la imprenta era de su hermano.
—Rosi.
—Dime.
—Tú estuviste en la comisión hasta el veintidós.
—Hasta el veintidós. —Tardó en seguir—. Y lo tenía todo apuntado. Todo. Menos eso.
No volvió a hablar hasta la plaza. Aparcó delante de Casa Chelo, con dos ruedas en la acera, y me ayudó a sacar la caja del maletero.
Nando nos vio desde la barra, salió, cogió la caja él y la dejó donde le dije, encima de la mesa del rincón, al lado del cartel del tablón doblado en dos, con la etiqueta de Aurelio hacia arriba.
Detrás de la barra, en la pizarra, había escrito con su letra de camiseta de fútbol: «Hoy atiende el vecino».
—Ciento cuarenta euros —dijo—. Sin croquetas. Que conste.
—¿Y esto?
—Luego te lo cuento.
Rosi se puso las gafas de sol, que ya no hacían falta, y se fue a guardar el coche.
Esa noche, en La Lonja, cada tapa iba a llevar dos aceitunas.