Entre tapas y trampas 20. Siete y media
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20. Siete y media

Siete y media

Había tres móviles en la mesa del rincón, boca arriba, en fila, como fichas de dominó antes de empezar.

El de Encarna, con la funda roja que le regaló una nieta.

El de Rosi, con un protector de pantalla que todavía tenía el plástico de la tienda.

Y el de Maruja, con las letras más grandes que he visto nunca en un teléfono.

—Por orden —dijo Rosi—. Del último al primero.

Nando había llegado a las doce y cinco con una bandeja de tortillitas de la Chari tapada con un paño, «la primera de dieciséis», y se había metido detrás de mi barra sin pedir permiso.

—Hoy la barra es mía, vecina. El chaval se apaña con la mía.

No le dije que no. Toñi no había venido, y yo no se lo había pedido.

La primera captura era la que me pasó Rosi el domingo por encima de la mesa, la de «Madres del San Telmo», de las doce y diez: «Aurelio ha muerto por unas croquetas de Casa Chelo. A saber qué le echaron». Encima, en letras pequeñas, ponía «Reenviado muchas veces».

—¿Eso qué quiere decir? —dijo Maruja.

—Que lo ha mandado mucha gente —dijo Encarna.

—Que no se sabe quién —dijo Rosi.

—Que lo mandaste tú primero —dijo Encarna.

Maruja abrió la boca y la cerró.

Tardaron media hora. Rosi iba abriendo grupos con el dedo índice, muy despacio, como quien pasa las hojas de un expediente con guantes, y leía en voz alta la hora de cada mensaje.

Encarna apuntaba las horas en una servilleta con su letra de pizarra, una debajo de otra.

Maruja buscaba en su móvil lo que le pedían y lo encontraba siempre la última.

«Madres del San Telmo» venía de una del aquagym.

«Vecinos de la plaza», de las once y cuarenta y cuatro, era un reenvío de Maruja.

«Camareras de la Virgen del Carmen», también, a la misma hora.

Y todas las flechas de Encarna, las que dibujaba en la servilleta de una hora a otra, acababan en el mismo sitio: el audio del aquagym, a las once y cuarenta y uno, con la voz de Maruja.

Encarna dejó el bolígrafo encima de la servilleta.

—Esto ya lo sabíamos, Maruja. Lo que no sabemos es quién te lo dijo a ti.

—Ya os lo dije. En la plaza.

—En la plaza no se dice nada —dijo Rosi—. En la plaza se lo dice alguien a alguien.

—Pues alguien.

—Maruja. —Encarna se quitó las gafas y las dejó sobre la servilleta—. A las once y media del domingo había una croqueta partida que solo habíamos visto los de dentro. Tú la sabías a las once y cuarenta y uno. ¿Dónde la oíste?

Maruja miró su bolso. Lo tenía en el regazo, como siempre, cerrado. Le colocó bien el cierre, que estaba bien colocado.

—En la terraza de La Lonja, a las once y media, que yo estaba con mi café esperándoos.

En la mesa del jurado, con el café. —Tragó—.

Que Aurelio estaba desayunando croquetas en lo de Chelo a las siete y media, que tenía una partida a medio comer.

Y que se atragantaría. Y yo lo conté en el aquagym porque me dio mucha pena, y dije que estaban buenísimas, que yo las había probado, para que se viera que no...

—¿Quién lo dijo? —dijo Rosi.

—Yo no señalo a nadie por un comentario.

En la barra, Nando dejó un vaso en el escurridor sin secarlo.

—A mí me señaló medio pueblo por menos —dijo, sin volverse.

Maruja se puso colorada hasta las orejas y apretó el bolso. El nombre no lo soltó.

—¿Quién había en la mesa? —dijo Encarna.

Eso sí lo dijo, contando con los dedos encima del bolso, como quien pasa lista.

—La Inma. Don Ramiro. El Rafi. Manolo. La Loli. Y Pepe Candón.

Rosi los apuntó en la servilleta, debajo de las flechas, uno debajo de otro. Seis.

—¿Y sabes cuál de los seis fue? —dije.

—El domingo no caí, hija. Con el susto. Sabía que me lo habían dicho, y no sabía quién. El lunes por la mañana, echando el café, me vino. —Se miró las manos—. Desde el lunes.

El domingo por la noche, en la cocina de mi tía, cuando le pregunté quién le había dicho lo de la croqueta, Maruja se miró el bolso. Yo lo vi y lo dejé donde estaba.

No la consolé. Me puse muy educada, como la noche antes con Toñi. Me salió igual, con la misma voz.

—Desde el lunes, Maruja. El martes me cerraron la cocina.

—Ya, hija, pero es que una no puede ir diciendo nombres por ahí, que en este pueblo nos conocemos todos, y la lealtad es... —Se le fue la voz a mitad de frase, y ya no la buscó.

Nadie le contestó. Nando volvió a secar vasos, muy despacio.

Encarna se puso las gafas.

—Un mes sin poner notas —dijo—. Y los vermús de la mesa, a tu cuenta, el mismo mes.

Rosi sacó una servilleta limpia del servilletero, la alisó con la palma y escribió con su letra de registro: «Pena de la mesa del rincón.

Maruja Ponce: un mes sin notas y los vermús a su cuenta.

Viernes 16 de octubre». Le dio la vuelta a la servilleta y se la puso delante a Maruja, con el bolígrafo encima.

Maruja la leyó entera y firmó. El bolígrafo no escribía a la primera, y repasó la firma hasta que se leyó.

—El nombre no lo vais a sacar.

—Con la firma me basta —dijo Encarna—. Por ahora.

Rosi se guardó la servilleta en el bolso, en el bolsillo de la cremallera.

Cuando San Telmo dio la una, fui a la puerta del puesto. El guardia Ruiz estaba en el banco de piedra de la entrada, con una lata de refresco, y se levantó al verme, deprisa.

—Una cosa nada más —le dije—. El domingo, hasta la una. ¿Usted o el cabo le contaron a alguien de fuera lo de la cazuelita?

—No, señora. El cabo despachaba a la gente en la puerta, que le preguntaban por todo, pero de lo de dentro ni una palabra.

Yo estuve en la cortina hasta que llegó el sargento.

Eso ya se lo he dicho a él. —Se rascó la nuca—.

Los sanitarios se fueron a las once y veinte, a otro aviso, con prisa. No hablaron con nadie. Lo vi yo.

Los sanitarios, a otro aviso. Nando, con la Guardia desde las once.

Toñi y yo, dentro, cada una en su mesa. Ruiz y el cabo, callados.

Si ninguno de los de dentro lo había contado, alguien de la mesa del jurado lo sabía por otro camino.

Y el único otro camino era haber estado con Aurelio antes que nosotros.

Le di las gracias a Ruiz. Me dijo que de nada, señora, y se volvió a sentar con su lata.

Volví a la plaza despacio. Seis nombres.

La Inma, que vivía dentro del WhatsApp. Don Ramiro, el cura, que por oficio no cuenta lo que oye.

Rafi, que le había dado a Aurelio los buenos días desde la puerta del cuarto.

Manolo, que el domingo había llamado a la nave hecho una fiera.

La Loli y su adobo de sobre. Pepe Candón, que empezaba las frases para que su hermano las terminara.

Tres de los seis habían visto a Aurelio aquella mañana: la Loli a las seis y treinta y ocho, Pepe a las seis y cincuenta y dos y Rafi a las siete y veintitrés.

Ninguno de los tres me había hablado de una croqueta.

Pasadas las dos no quedaba nadie en el bar. Subí al piso a por otro cartel del rollo que me había dado Inma y lo bajé a la mesa del rincón con el rotulador. El tablón de la nevera se quedó arriba con todo lo que tenía. En el cartel nuevo iba a poner solo lo nuevo.

—¿Y lo de Toñi? —dijo Rosi.

—Lo de Toñi es de Toñi.

Rosi me miró por encima de las gafas y no volvió a preguntar.

Nando vino desde la barra con un trapo en la mano y se quedó de pie detrás de Encarna. Carraspeó.

—Ya que estamos —dijo, bajito, mirando a las tres—. Las tortillitas son de una señora de Vejer. La Chari. Siempre fueron de la Chari.

Maruja se tapó la boca con la mano. Encarna no se inmutó. Rosi dijo que lo apuntaba.

Escribí despacio, en letra grande. Arriba, la mesa del jurado:

«Domingo, 11:30, terraza de La Lonja. Mesa del jurado: la Inma, don Ramiro, el Rafi, Manolo, la Loli, Pepe Candón. Uno sabía lo de la croqueta partida (Maruja).»

Debajo, dos cosas que llevaban toda la semana en la nevera, cada una en su sitio, sin tocarse. Lo que Toñi le dijo a Cordero el domingo y lo que me dijo la Paqui el martes, con las tijeras de los churros en la mano. Las puse juntas por primera vez:

«El calzo, en el suelo. Aurelio lo colgaba siempre de su clavo (Toñi).»

«Menos cuarto, portazo. “Esa puerta sin el taco da unos golpes” (la Paqui).»

Y debajo: «Aurelio no cerró esa puerta. Alguien salió tirando de ella».

Me quedé con el rotulador en el aire. Nadie en la mesa hablaba. Nando se había sentado en el borde de la silla de al lado.

Encarna leyó el cartel de arriba abajo, con el dedo, como leía los dictados.

—Todo eso es de alguien que estuvo allí —dijo—. Ninguna cosa es de alguien que quisiera hacer daño.

A las tres crucé sola al puesto, con el cartel doblado en dos debajo del brazo, lo escrito hacia dentro. Ruiz me abrió sin preguntar, y Cordero asomó a la puerta del despacho.

—Pase, señora Roldán.

El despacho del puesto era pequeño, con una ventana a un patio y un ventilador parado en el techo.

Cordero tenía delante unas declaraciones pasadas a limpio y, al lado, abierta, su libreta.

Mientras yo me sentaba terminó de escribir algo en ella.

Lo leí del revés sin querer: «Sobrina de Manoli, tiempo Canal Sur: 07:05 aprox.

». Debajo, otra: «Cuñada de la de Conil, prima de la mujer del cabo: confirma Vejer».

Traducía parentescos a horas, en una libreta, con letra pequeña. Yo tenía una nevera.

Le conté lo que traía, en orden y sin adornar.

La cadena del bulo, captura por captura, hasta el audio de Maruja.

La mesa del jurado y sus seis nombres, y que Maruja no quería dar uno.

El calzo en el suelo y el portazo de menos cuarto.

Los treinta y dos minutos de los churros, de la ventana de la Paqui a la cocina de Pepa, con los pasos de Aurelio parados por el medio.

Abrí el cartel encima de su mesa. Cordero lo leyó entero sin tocarlo, con las manos cruzadas encima de los papeles.

—Tiene usted más horas apuntadas que yo —dijo.

—¿Y lo de don Luis?

—Eso lo tengo yo.

Cerró su libreta.

—Le voy a decir una cosa del expediente, señora Roldán. Una. —Esperó a que le mirara—. No murió de nada que comiera.

Las croquetas del sábado. Los taquitos grandes. La cazuelita junto a su mano. Toda la semana con la palabra «croquetas» pegada al nombre de mi bar.

—Y le digo otra, que no es del expediente, que es mía.

—Se echó hacia atrás en la silla, que crujió—.

Tengo a un hombre que admite haber estado en la puerta, a una mujer que no estaba donde dijo y a un vecino que mintió con la hora.

Y a ninguno le servía de nada la muerte del señor Benjumea. No tengo un porqué.

Miré el cartel, abierto encima de su mesa, con mis horas en letra grande. Pensé en la nave, en el flexo de Aurelio, en el papel amarillo pegado a la pantalla.

—Yo tengo un pósit que dice «segunda tirada», una junta de cuatro personas y una imprenta que abre a las cinco.