19. Lo que no pregunté
Lo que no pregunté
Escribí el cartel en la trasera de una comanda, con el rotulador del tablón, y lo pegué con celo en la persiana de Casa Chelo: «Hoy abrimos a las doce».
En el móvil eran las ocho menos diez y la plaza estaba todavía azul.
Un viernes de Ruta, tres horas de persiana bajada eran cuarenta cafés, las cañas de los que desayunan cerveza y lo que me quedara de la buena fama del jueves.
Lo apunté de cabeza en rojo y eché a andar.
Había dormido tres horas. Las otras las pasé delante de la nevera, con la luz de la campana, mirando las dos palabras de debajo de mi nombre. A las siete bajé a darle agua al perro, que no se levantó de su manta, y ya sabía lo que iba a hacer. Lo que no había hecho en cuatro meses. Ir a preguntar.
Toñi vive a tres calles, en la de la Sal, en una casa baja encalada con la puerta pintada de verde oscuro y una aldaba en forma de mano. Llamé con la aldaba. Tardó lo que se tarda en secarse las manos.
—Pasa.
No me preguntó a qué iba. Se apartó para que entrara, como si me estuviera esperando desde las siete.
La casa olía a lejía y a naranja. Un pasillo corto y, en la pared, una foto de boda en blanco y negro: Toñi con veinte años, flaca, con el pelo negro recogido, y a su lado un muchacho alto que se reía con la boca abierta.
Me paré delante. No se me había ocurrido nunca preguntarle a Toñi cómo se llamaba su marido.
Al fondo del pasillo, un patio pequeño lleno de macetas: geranios, gitanillas colgadas de la pared, un limonero en un bidón pintado de azul y, en una esquina, un cubo de agua con un manojo de crisantemos blancos todavía envueltos en papel.
En el centro, una mesa de hierro con dos sillas y un paño de cuadros tapando algo.
Me sentó en una silla. Se metió en la cocina y volvió con un café con leche en vaso, como me lo pongo yo por las mañanas en la barra. No me lo había visto poner nunca, o eso creía yo. Levantó el paño. Debajo había un bizcocho de naranja, alto, con la corteza oscura y brillante de almíbar.
—Lo he hecho esta mañana —dijo—. No dormía.
Cortó un trozo y me lo puso en un plato. Se sentó enfrente, con las manos en el regazo, y esperó a que yo empezara.
—He venido a preguntar —dije.
—Ya.
—Todo. Desde el principio.
Toñi miró el limonero un rato. Luego habló más de lo que la había oído hablar desde junio.
—A tu tía se le cerraron las manos en el invierno de 2011.
De un mes para otro. No podía apretar la cuchara, ni cerrar un tarro, ni darle la vuelta a una croqueta en el aceite.
No se lo dijo a nadie. Me lo dijo a mí porque me tenía delante.
—Se miró las suyas—. Las hice yo desde entonces.
Venía los miércoles y los sábados a las cinco de la mañana.
Ella se sentaba en el taburete de la cocina, el alto, y me miraba.
Y hablaba. De tu abuela, de tu padre, de los clientes, de ti de chica, que le quemaste un mantel con una vela. De todo. Quince años.
Se calló un momento. El agua del cubo de los crisantemos tenía una hoja flotando.
—Al principio me decía ella cómo. La harina así, el caldo así, ahora remueve, ahora para. Luego ya no hacía falta que me lo dijera. Luego las hacía yo como me salían, y ella decía que así. —Se quedó mirando el cubo—. Eran mis horas con ella, Clara. No te las quería regalar.
Yo había tenido a mi tía los agostos, de niña, en el piso de arriba, con la persiana bajada a la hora de la siesta. Toñi la había tenido de madrugada, quince años, en la cocina de abajo.
Me llamó Clara. Toda la mañana me llamó Clara.
—Y eran lo único mío en esa taberna. Llevaban su nombre, y a mí eso me daba igual. Me gustaba que no lo supiera nadie. —Lo dijo sin bajar la vista—. Eso también.
—¿Y por qué no me lo dijiste a mí? En junio, cuando llegué.
—Porque en junio dijiste, delante de mí, que cuando esto funcionara contratarías a alguien para la cocina.
—No me acuerdo.
Intenté acordarme. El primer día de junio, con los de la reforma sacando escombros y yo enumerando todo lo que iba a hacer. Lo diría entre la terraza y el horario de invierno.
—Yo sí. Y el sábado lo volviste a decir. En la barra, por la mañana. «Y tú descansas, que ya está bien.»
El sábado sí me acordaba. Se lo había dicho con cariño. Toñi se había vuelto a la cafetera y le había pasado el trapo al brazo del vapor, y yo pensé que goteaba.
—Pensé que si te enseñaba, sobraba —dijo Toñi—. Que te enseñaba, contratabas a una chica para freír lo que yo te había enseñado, y a mí me dabas las gracias y un sobre.
Le di un bocado al bizcocho para tener algo que hacer con la boca.
Estaba húmedo por dentro y tostado por arriba, y la naranja sabía a ralladura y a zumo y a algo más, un poco amargo, que no supe nombrar.
Toñi cocinaba mejor que nadie que yo conociera.
Lo había tenido al lado todo el verano y no lo había probado nunca.
—¿Y mi tía? —dije—. ¿Nunca te dijo nada de mí?
Toñi levantó la cabeza.
—En febrero, la última vez que la vi con la cabeza bien.
Me cogió la muñeca, que no me podía coger la mano, y me dijo: «La niña tiene que hacer las suyas, Antonia.
No se las hagas tú». —Se frotó la muñeca, como si todavía la tuviera cogida—.
Me lo dijo tu tía, sí. Y yo me agarré a eso porque me venía bien.
No se justificó. Se quedó callada, mirándome. Con la luz del patio, las marcas de los antebrazos se le veían mejor que en la barra.
—El martes, cuando me cerraron la cocina —dije al fin—, ya sabías lo que me estaba pasando. Me viste fregar la cazuela. Me viste irme a La Lonja.
—Sí.
—¿Y por qué no me lo dijiste entonces?
—Porque estaba enfadada contigo por lo de la chica para la cocina. —No apartó la vista—. Y porque decirlo entonces era decir que llevaba cuatro meses callándome. Y me daba más vergüenza eso que lo otro.
—¿Y el domingo?
Toñi señaló con la barbilla el cubo de los crisantemos.
—Todos los domingos le llevo flores del patio.
Salgo a las ocho menos cuarto, antes de que se levante nadie, y espero en la puerta del cementerio a que abra Bartolo, que abre a las ocho.
El domingo crucé Pescadería en la moto y vi la furgoneta de Aurelio en el fondo del callejón, como siempre.
No me paré. Estuve allí hasta las nueve menos veinte.
Luego vine a casa, me lavé la cara y abrí el bar a las nueve y media.
—¿Por qué le dijiste al sargento que estabas en tu casa?
—Porque no quería que nadie me viera llorar en un nicho. —Se encogió un poco en la silla—. Ni el sargento, ni el pueblo, ni tú. Ayer se lo conté. Ha ido a ver a Bartolo.
—¿Viste a alguien en el callejón?
—La furgoneta. La puerta verde, cerrada. Nadie más. —Se lo pensó—. Con el casco puesto no oigo ni al perro.
Hice la cuenta sin querer, como la hago siempre ya. A las siete y treinta y cuatro, cuando el móvil de Aurelio dejó de contar pasos, Toñi estaba sola en su casa. Yo estaba sola en la mía, con los tapones puestos. Ninguna de las dos lo podía probar.
En siniestros había un nombre para lo que yo había hecho con Toñi: firmar desde la mesa. Das por buena la primera versión, la que te cuadra, y cierras el expediente sin ir a ver el coche. Yo había firmado a Toñi desde la barra el primer día de junio, y no había vuelto a mirar.
—Y yo nunca te pregunté —dije—. Di por hecho que la camarera no cocinaba.
No se lo dije para que se sintiera mejor. Tampoco para sentirme yo. Era lo que había pasado, y lo tenía escrito en la nevera desde las doce y veinte de esa noche.
Toñi no contestó. El limonero dejó caer una hoja en la mesa.
—Me has visto hacer el ridículo cuatro meses.
—Sí.
No se levantó a abrazarme, y yo tampoco. Nos quedamos sentadas en el patio, cada una en su silla de hierro, con el bizcocho en medio y los crisantemos esperando en el cubo, y fuera, en la calle, pasó una moto y luego ninguna.
—¿Son para el domingo? —dije, por los crisantemos.
—Para el domingo. En octubre el patio no da para mucho.
Pasadas las once me levanté. Toñi cogió el paño de cuadros, envolvió en él lo que quedaba del bizcocho, más de la mitad, y me lo puso en las manos sin decir para qué. Lo llevé contra el pecho por el pasillo. Delante de la foto de boda me paré otra vez.
—¿Cómo se llamaba?
Toñi se quedó mirando la foto.
—Andrés. —Me abrió la puerta de la calle—. Salía en las barcas de la almadraba, de abril a junio, y el resto del año arreglaba redes aquí en la puerta, sentado en ese escalón. Se reía así en todas las fotos.
—Mañana te traigo algo —dijo.
—Mañana abro a las nueve.
Me miró un momento y cerró la puerta despacio.
Volví a la plaza por la calle de la Sal, con el bizcocho envuelto en el paño y la boca todavía dulce. No fui a mi puerta. Me senté en el banco de azulejos, debajo del ficus, con el levante, más flojo que otros días, moviendo las sombras en el suelo.
Desde allí se veía mi persiana. En el rato que estuve sentada, se pararon delante de ella un matrimonio con dos niños, un repartidor y una señora con un carrito de la compra. Los cuatro leyeron el cartel y se fueron. La señora del carrito cruzó la plaza y se sentó en la terraza de La Lonja.
Me sonó el móvil. Mamá, y en la pantalla, las once y veinte de la mañana. Mi madre llama a las tres. Si llama a otra hora es porque se ha muerto alguien o porque se ha enterado de algo.
—Me ha dicho la Puri que se han llevado a tu vecino esposado.
—Sin esposas, mamá. Y ya ha vuelto.
—Pues la Puri dice esposado. —Una pausa—. ¿Y tú qué, comes?
—Como.
—No comes. Se te nota en la voz. ¿Y el perro ese? ¿Es verdad que te has quedado con un perro? Tú, que no quisiste ni un hámster.
—Me ha elegido él.
—Eso dicen todos los que se quedan con un perro. ¿Y las croquetas? ¿Ya te salen como a tu tía?
Miré la persiana de Casa Chelo, con su cartel pegado con celo.
—Mamá...
—Tu tía no sabía freír un huevo.
Otras veces le había dicho que eso eran celos de cuñada, que mi tía había ganado tres Rutas con sus croquetas. Aquella mañana no le dije nada.
—¿Me oyes, miarma?
—Te oigo, mamá.
—Pues come.
Colgó ella.
Me quedé con el móvil en la mano. La cifra de Bruno y Leti estaba a lápiz en la última página del cuaderno, y me la sabía sin haberla querido aprender.
Con el traspaso recuperaba la indemnización que había metido en la cocina, le pagaba a Toñi lo que le correspondiera, que ya no sabía cuánto era, y me sobraba para volver a Sevilla y buscar trabajo en otra aseguradora, en una ventanilla, con un horario.
Si no vendía, me quedaba dinero para tres meses, y eso contando con que el lunes Sanidad me abriera la cocina y que el pueblo volviera a entrar.
Nadie me diría cómo picaba el jamón mi tía.
Nadie me miraría la cara al cruzar la plaza.
Toñi tendría una cocina nueva con dos madrileños que le dirían «qué maravilla» a todo.
El perro no sé. Busqué en los contactos el número de Bruno, el de Sal Gorda.
Lo marqué. Me llevé el móvil a la oreja y oí el silencio de antes del primer tono, ese hueco en el que la llamada todavía no es de nadie.
Colgué antes de que sonara.
Al otro lado de la plaza, Rafi estaba subido en una escalera de mano delante de La Lonja, colgando la pancarta de la Ruta del balcón de arriba: «XI Ruta de la Tapa.
Recuento, domingo 18, 19:00, bajo el ficus».
La ató de un lado, bajó, movió la escalera y la ató del otro.
Luego se volvió, me vio en el banco y me saludó con la mano, grande, con la cuerda todavía en la otra.
Le devolví el saludo.
Iba a vender. Luego pensé que, si vendía, nadie iba a volver a preguntar a qué hora se habían comprado unos churros.