Entre tapas y trampas 18. Las manos de Toñi
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18. Las manos de Toñi

Las manos de Toñi

Las monedas de un euro en un montón, las de cincuenta en otro.

Contaba la caja con la persiana a medio bajar y solo la luz de la barra encendida cuando San Telmo dio las once.

Había sido el mejor jueves desde junio, y lo había sido porque a Nando se lo había llevado la Guardia delante de todo el pueblo.

Lo apunté en verde en el cuaderno igual.

En la última página, a lápiz, estaba la cifra de Bruno y Leti, que había copiado a las cuatro y media sin saber para qué.

No la borré. El grifo del tirador ya no goteaba; lo había abierto y cerrado al irse Nando, por ver.

La llave sonó en la puerta de la calle. Solo hay dos. Una la tenía yo en el bolsillo del delantal.

Toñi entró agachándose por debajo de la persiana, con la chaqueta puesta y sin el casco. Se quedó un momento en la puerta, mirando el grifo, y el plato con las migas de la tortillita, que seguía en la barra. Cogió el plato, dio dos pasos hacia la pila y se paró. Lo volvió a dejar donde estaba.

Albarán salió del almacén por la cortina de tiras. No ladró. Fue derecho a ella, le olió la mano y se le pegó a la pierna, y Toñi le pasó la palma por el lomo una vez, de la cabeza al rabo, sin agacharse. El perro volvió a su manta.

—Nando ya se ha ido —le dije.

—Ya.

No dijo a qué venía. Rodeó la barra por el lado de los clientes, se quitó la chaqueta, la dejó en el taburete de al lado y se sentó en el del extremo, junto a la vitrina vacía. No la había visto nunca sentada de ese lado.

Le puse un vaso de agua, porque no supe qué otra cosa ponerle. No lo tocó.

Le conté el día, por hablar de algo que no fuera ella ni yo.

Se lo conté en el orden en que me había pasado: los buenos días de Rafi a Aurelio desde la puerta del cuarto a las siete y veintitrés, el móvil de Aurelio que no contó más pasos desde las siete y treinta y cuatro, Nando sin cargos.

Lo de don Luis no se lo conté. Toñi escuchó con las manos quietas encima del mármol.

Cuando dije lo de Rafi, no se movió. Cuando dije lo de Nando, cerró los ojos un momento y los volvió a abrir.

Luego no quedó nada que contar.

Me acordé del táper. Lo había dejado en la cámara de la barra al volver de La Lonja, detrás de las cervezas, para probarlo frío antes de acostarme.

Lo saqué y lo puse en el mármol, entre las dos.

La masa del viernes. Había cogido una costra fina por encima y por los bordes se había separado del plástico.

—Pruébala —le dije.

No sé por qué se lo pedí. No esperaba nada. Estaba cansada y la masa era mía y ella era la única persona en el bar.

Toñi miró el táper. Cogió una cucharilla del cajón de los cubiertos sin buscarla, abrió la tapa y se acercó el táper a la cara antes de tocarlo.

Lo olió. Rompió la costra con el canto de la cucharilla y miró el color de debajo, inclinando el táper hacia la luz de la barra.

Cogió un poco de masa con la punta, la apretó entre el pulgar y el índice y separó los dedos despacio, y la masa se quedó pegada a los dos.

Después cogió otra punta con la cucharilla y se la llevó a la boca.

La tuvo un momento en la lengua, con los ojos en ningún sitio.

Luego apretó la cucharilla contra el resto, la levantó y miró cómo caía.

Habló sin pensar, con la voz que usa para decirme que la cámara está mal cerrada.

—Le falta tostar la harina y le sobra prisa. El caldo lo has echado frío. Y esto no ha reposado ni cuatro horas.

Se calló. Se quedó con la cucharilla en la mano, quieta, como si la cucharilla hubiera hablado por ella.

Tenía las mangas del jersey subidas hasta el codo, como las lleva siempre.

En la parte de dentro de los antebrazos, los dos, tenía marcas pequeñas, redondas, más claras que la piel.

Unas encima de otras. Muchas. Viejas. Las había tenido delante todo el verano, al lado de la cafetera, al lado del grifo, al darme la vuelta de los cafés, y no las había visto.

Yo tenía una. Roja, del miércoles, de una burbuja de bechamel en el cazo de Pepa, debajo de una tirita de la farmacia de don Luis.

Esas marcas solo las tienen los que fríen.

—Tú las hacías.

Toñi dejó la cucharilla en el mármol, al lado del táper, con la cuchara hacia abajo.

—Quince años.

Me bajé la manga por encima de la tirita. Ninguna de las dos habló en un rato. El reloj de la cafetera hacía un ruido que no había oído nunca.

Por la puerta de la cocina se veía la cazuela de mi abuela, colgada en su clavo, negra, limpia desde el martes. Cuatro meses descolgándola cada mañana, pensando que la última que la había movido antes que yo era mi tía, y que por eso pesaba tanto.

Quince años. Hice la cuenta de los que yo llevaba: cuatro meses. Cuatro meses de barra, de junio a octubre, oyendo que mi tía lo picaba más fino.

Me lo dijo en julio un señor de Sevilla con una camisa de flamencos, apoyado donde estaba ahora Toñi, con la segunda croqueta en la boca: «Tu tía lo picaba más fino».

Era una tarde de poniente, con la terraza llena y la freidora echando humo.

Toñi estaba a un metro, secando vasos. Le puso la caña al señor de Sevilla y no dijo nada.

Yo le di las gracias al señor por el consejo, y esa noche, al cerrar, piqué el jamón más fino que nunca, delante de ella, mientras ella fregaba.

El sábado de la presentación me lo dijeron treinta personas en una tarde, y yo las fui contando.

A las doce y media de esa noche, Toñi contó las croquetas que habían sobrado.

Veintidós. Las contó ella, una por una, en la bandeja, y las guardó en la cámara vieja. Luego colgó el delantal en su gancho.

Y el domingo por la mañana, antes de todo, yo formé las croquetas nuevas, las del jamón fino, las que había hecho a medianoche porque me lo había dicho medio pueblo.

Toñi entró a por hielo, se paró detrás de mí y miró la bandeja.

Ni una palabra. Yo tenía un diccionario de sus silencios, y aquel lo traduje como que la cosa estaba bien pero no lo pensaba reconocer. Seguí formando croquetas, contenta.

Cada vez que alguien me decía cómo hacía mi tía las croquetas, me estaba diciendo cómo las hacía Toñi. Y Toñi estaba siempre al lado.

—Toñi.

—Mm.

—Muchas gracias por probarla.

Lo dije muy bien. Con la voz de las cartas de rechazo, la que pone «lamentamos comunicarle». Toñi me miró. Yo le sostuve la mirada y le sonreí, un poco, lo justo para que se viera que sabía sonreír.

—Te agradezco mucho que me lo hayas dicho. Lo de la harina. Y lo del caldo. Lo del reposo lo sabía, pero te lo agradezco igual.

Toñi abrió la boca. La volvió a cerrar. Luego la abrió otra vez.

—Niña...

—Clara.

No lo dije alto. No hizo falta.

—Las horas de hoy te las pago aparte. Has estado desde las nueve.

Toñi bajó la vista al táper.

—Es tarde —le dije—. ¿Quieres que te pida un taxi?

—Vivo a tres calles.

—Como tú veas.

Toñi no se movió del taburete.

—Vete a casa, Toñi.

Se levantó del taburete despacio, se puso la chaqueta y se la abrochó hasta arriba, que no hacía falta, y fue hacia la puerta.

Albarán levantó la cabeza de la manta y la siguió hasta la cortina de tiras, y ahí se paró.

Toñi se agachó por debajo de la persiana.

La oí cerrar con su llave desde fuera, dos vueltas, como cierra ella.

Después, sus pasos por la plaza. No oí la moto. Se había venido andando.

Me quedé en la barra con el táper abierto.

Cogí la cucharilla que había dejado ella y probé la masa.

Fría, la harina se notaba más: un fondo de polvo que se quedaba en el paladar después del jamón.

Estaba espesa por fuera y blanda por dentro, sin ligar.

Tenía razón en las tres cosas. Lo supe al primer bocado, y lo habría sabido sola, alguna vez, si alguien me hubiera enseñado a qué tenía que saber.

La masa del viernes estaba en mi balda de La Lonja, igual que aquella, y ya no tenía arreglo. En mi cocina no podía ni calentar leche.

Albarán salió otra vez de la cortina y se tumbó debajo del taburete de Toñi.

Lo tapé. Lo metí en la cámara, detrás de las cervezas, donde estaba. Fregué la cucharilla y el vaso de agua que nadie había tocado. Apagué la luz de la barra. Albarán me siguió hasta el pie de la escalera interior y se volvió a su manta, delante de la puerta gris.

Arriba, en la cocina del piso, no encendí la luz grande.

La lata azul de mi tía seguía en la encimera, cerrada, donde la dejé el lunes.

Recetas de todo, con su letra redonda, hasta del caldo de pescado de Cuaresma.

De croquetas, ni una línea. El pueblo entero me lo había dicho como una gracia de mi tía.

Ahora sabía por qué. Con la de la campana me bastaba para leer el tablón, que ya tenía más tinta que blanco.

En la columna de Nando taché lo de que antes dormía con una raya fina y escribí debajo: «Vejer. La Chari. 07:43, gasoil (Sibón)». Me costó menos que todo lo demás. La de Rafi, con su interrogación en la línea de don Luis, la dejé como estaba.

La lista del perro seguía donde la escribí el martes, con su pregunta arriba: «Perro callado hasta las ocho y pico.

¿A quién no le ladra?». Aurelio, muerto.

Sergio, en Jerez, con una cámara que lo decía.

Rafi, que le daba jamón desde que el perro cabía en una caja de zapatos.

Y Toñi, que en la lista estaba la tercera.

Toñi le dejaba las puntas del jamón encima de un barril cada domingo.

Toñi tenía llave de la calle. Toñi le había dicho al sargento que aquella mañana no estaba en su casa, y a mí, que ya me lo contaría.

Toñi llevaba quince años haciendo las croquetas de Casa Chelo, y nadie lo sabía, y yo menos que nadie.

Aparté el rotulador. No quería escribirlo. Toñi había ido esa tarde al puesto por su cuenta. Toñi había sacado a Nando de allí.

Lo cogí otra vez. Al lado de su nombre, en la lista del perro, escribí: «No estaba en casa». Sin hora. Sin sitio. No tenía ni lo uno ni lo otro.

En el microondas eran las doce y veinte. Ya era viernes.

Fui a su columna, la de Toñi. «En su casa hasta las 09:30. Sola.» Le puse una raya fina encima, que se siguiera leyendo. Debajo estaban «No me lo preguntaste» y «Barril del Cañaílla: lo sabía». Debajo de todo escribí: «Croquetas, desde 2011».

Después fui a la mía. Seguía como la dejé el domingo por la noche, con el hueco debajo de mi nombre, el que no supe llenar cuando Toñi se puso el casco y me dijo que no se lo había preguntado.

Pensé en lo que podía poner. «No lo vi.» Pero lo había tenido delante cuatro meses. «No me lo dijeron.» Eso era verdad, y era lo mismo que decía Toñi, dado la vuelta. Lo que yo había hecho era otra cosa, y era más corta.

Le quité el capuchón al rotulador y lo llené.

«No pregunté.»