Entre tapas y trampas 17. La Chari
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17. La Chari

La Chari

Toñi se quitó el delantal y lo dejó doblado en la punta de la barra. San Telmo acababa de dar las cinco.

—Me voy una hora.

No dijo adónde. Se lavó las manos, cogió el bolso y salió.

Yo estaba en la terraza pasándole la bayeta a las mesas, que el levante dejaba cada diez minutos con una capa de arena fina, como de harina.

La vi cruzar la plaza sin prisa y torcer por la calle de detrás del Ayuntamiento, donde está el puesto de la Guardia Civil.

Desde mi terraza, si uno se pone de puntillas junto a la última mesa, se ve la puerta.

Me puse de puntillas. Toñi entró sola.

A las cinco tenía hora de freidora en La Lonja. No fui: la barra no se quedaba sola. Durante una hora serví tres cafés, dos cañas y a un señor que quería saber si las croquetas del mediodía eran las del muerto. Le dije que eran de hoy y se fue sin pedir nada.

A las seis llegó el Tribunal para el café y Toñi volvió detrás de ellas, casi pisándoles los talones. Se puso el delantal sin decir nada, y al pasar por mi lado me dijo:

—Ven.

La seguí a la cocina. La freidora seguía fría y la bolsa precintada, en su cámara. Toñi se quedó de pie junto a la mesa de acero, con las manos apoyadas en el borde, y habló mirando la mesa.

—He ido a contarle al sargento lo que tenía que haber contado el domingo.

Esperé.

—Nando va los domingos a Vejer a por la masa de las tortillitas.

Se la hace una señora de allí, la Chari.

Desde que se murió su madre. El domingo también fue.

Salió de madrugada y volvió pasadas las ocho, antes de entrar en el cuarto.

—Se pasó la mano por la mesa, que estaba limpia—.

Eso es lo que no le quería contar al sargento, y ahora se lo he contado yo.

—¿Y tú?

—Y que yo no estaba en mi casa aquella mañana. Que se lo dije el domingo y no era verdad.

—¿Dónde estabas?

Levantó la vista de la mesa. No la había levantado hasta entonces.

—Lo mío ya te lo contaré.

Salió de la cocina y le sirvió al Tribunal los cafés, el de Maruja en vaso y templado, como siempre. Le temblaba un poco el platillo de Encarna. Nada más.

Me quedé en la cocina fría, con la mano en la puerta de la cámara, sin abrirla. En mi tablón, la moto de Toñi tenía un círculo rojo desde el lunes. Al sargento le acababa de decir que había mentido. A mí, que ya me lo contaría.

Salí a la mesa del rincón. El Tribunal quería saber qué había ido a hacer Toñi al puesto.

No se lo conté. Les conté lo de Rafi, que no lo sabían: la ventana de la Paqui y los buenos días desde la puerta del cuarto a las siete y veintitrés.

Lo de don Luis me lo guardé. El domingo había visto lo que hace esa mesa con una media verdad.

—El Rafi es un señor —dijo Maruja—. Pobre, el último que lo vio.

Encarna removió el café mucho rato, aunque no le echa azúcar.

Cuando se levantaron, acompañé a Maruja hasta la puerta.

—Maruja, ¿desde cuándo le riegas los geranios a don Luis?

—Desde el puente, hija. ¿Por?

—¿El sábado? ¿El domingo?

—Por el puente, hija, qué más da. Los geranios no saben de días. —Se abrochó la chaqueta—. ¿Por?

—Por nada.

Se fue a hacerle la cena a Tomás. En Caños Blancos los días se cuentan por fiestas, no por fechas, y yo había pasado veinte años pidiendo fechas.

A las siete entró Sergio, con la cara de haber pasado la tarde en una silla de plástico, y lo primero que hizo fue preguntar por el perro. Le llevé al almacén. Albarán estaba en su manta, delante de la puerta gris. Se levantó al verle, le olió las manos, le lamió una y se volvió a tumbar.

—Ya no me hace caso —dijo Sergio, y se le notaba contento. Se sentó en un barril vacío.

—He estado con la Guardia toda la tarde. Desbloqueando el móvil de mi tío, que yo sé el código. —Se frotó los ojos—. No me han dejado ver casi nada. Pero lo de los pasos lo he visto, porque la aplicación se abre sola.

No le pregunté. Siguió solo, mirando al perro.

—Dejó de contar a las siete y treinta y cuatro. Así, de golpe, cero. Y ya no contó más. En todo el día. —Se calló—. Mi tío no se estaba quieto ni sentado. Movía la pierna.

Albarán levantó la cabeza, como si le hubieran nombrado, y la volvió a bajar.

—Y otra cosa —dijo Sergio—, que no sé si importa.

La línea de la nave me la desvían al móvil.

El domingo me llamó todo el que se quedó sin reparto.

Manolo, a las nueve y cuarto, hecho una fiera.

Curro, por una caja de fino que se le había roto.

La Fina, por las gafas. —Contó con los dedos—.

La Lonja no. Claro que ese día se apañó con dos barriles de Nando, que se los rodó a mediodía, y con el lío del jurado Pepa estaría a mil cosas.

En el talonario, La Lonja, 07:45, y Los Faroles, 09:00, seguían en blanco. Lo de Nando rodando barriles lo había visto yo desde la ventana, con la Guardia en el almacén.

—Y lo mío ya está —dijo Sergio—. Han mirado la cámara del portal de Jerez. Me han dicho que me puedo ir tranquilo. —Miró al perro—. ¿Come?

—Come.

—El código del móvil era el cumpleaños del perro. Lo sabíamos mi tío y yo. Ahora lo sabe un sargento de Valladolid.

Le rascó al perro detrás de las orejas y se fue.

Me quedé en el almacén, con el talonario abierto y el perro dormido. Hay un modo de pesar las cosas: lo que prueba, lo que indica y lo que solo acompaña. Un podómetro no es un certificado. Dice cuándo dejó de contar el móvil, no cuándo se murió Aurelio.

Lo que corría por el pueblo desde el lunes, lo que la prima de Sibón oyó en la funeraria, era entre las siete y las nueve, y eso seguía siendo lo único que había.

Pero Aurelio no se estaba quieto nunca. A las ocho menos cuarto tenía que estar en La Lonja con seis barriles, y no llegó.

En mi almacén había dejado tres barriles sin meter.

Subí al piso. Escribí «07:34, se para (Sergio). Indicio» en una línea suelta, sin pegarla a ninguna columna. En la de Sergio, debajo de lo de que heredaba, «Jerez. Cámara del portal».

A las siete y treinta y cuatro, en mi tablón, había tres personas cerca del cuarto.

Rafi, que decía estar en la esquina con don Luis.

Toñi, que no estaba donde había dicho. Y Nando, que venía de Vejer, o eso decía Toñi.

Entre los buenos días de Rafi y su llegada a La Lonja había veintinueve minutos, y veinte eran de don Luis, si don Luis estaba. No le puse nada más.

Pasadas las siete y media crucé a La Lonja a hacer la masa del viernes. Toñi se quedó con la barra. Rafi no estaba.

—En el cuartel —dijo Pepa, sin dejar la sartén—. Que lo ha llamado el sargento, como fue el último que habló con Aurelio. Ha ido con la camisa de los domingos.

Hice la masa en mi rincón, con el resto de mi paletilla, que Rafi me había dejado picada en un táper con mi nombre.

La hice deprisa, con el brik frío y la harina sin mirarla, pensando en otra cosa.

Me salió espesa. La extendí en una fuente, la tapé y la metí en mi balda.

Antes de taparla llené un táper pequeño, para probarla fría en casa antes de acostarme.

Volví a las nueve. Toñi se quitó el delantal en cuanto me vio entrar, cogió el casco y se fue, con un «Mm» que podía ser buenas noches.

A las nueve y media entró el cabo Sibón, de paisano, con un polo que le quedaba corto de mangas, y pidió una caña en el grifo que goteaba. Se la puse. Se la bebió de un trago, y bajó la voz.

—Lo del Cañaílla se arregla, ya verás. Pagó gasoil en Vejer a las siete y cuarenta y tres, con tarjeta, que lo tiene en el móvil.

Y la Chari lo ha confirmado todo. —Bebió—.

La Chari es cuñada de una prima de mi mujer.

No de la de la funeraria, de la de Conil, la que se casó con el de los toldos. Ya me entiendes.

—No.

—Pues es de la familia. —Se limpió la espuma del bigote con el dedo—. Y el Rafi ha estado esta tarde declarando. De testigo, ¿eh? Por lo de los buenos días. Y el sargento le ha pedido las huellas, para descartar. Y el Rafi las ha dado sin rechistar.

—¿Y Toñi?

Sibón levantó las dos manos.

—De eso no me han dejado ni oír. Y lo que no oigo no lo cuento.

Pagó la caña. En cuatro meses no le había visto la cartera.

Pasadas las diez y media no quedaba nadie. La terraza estaba vacía y el levante tiraba las sillas plegadas contra la reja. Empecé a subirlas. Iba por la cuarta cuando Nando apareció por la esquina del Ayuntamiento, con la chaqueta puesta y cara de haber dormido de pie.

—Me han dejado ir a las diez y media —dijo desde la plaza—. Sin cargos. Sin cargos. —Se paró en la puerta—. El sargento me ha mirado al salir como miró el barril.

Vejer a las siete y cuarenta y tres. El cuarto a las ocho y diez. Y el forense, entre las siete y las nueve. El sargento lo había soltado; descartarlo era otra cosa, y Nando lo sabía mejor que yo.

Entró detrás de mí. Se sentó en el taburete de Cordero y apoyó los codos en la barra. Le puse una caña sin preguntarle. No la tocó. Se miró las manos y habló tan bajo que la gota del tirador se oía más que él.

—Fue la Chari. Siempre fue la Chari.

—¿El qué?

—Las tortillitas. —Tragó saliva—. La receta de mi madre.

Mi madre no sabía hacer tortillitas, vecina.

Hacía otras cosas, las hacía muy bien, pero las tortillitas le salían como suelas.

Las hace la Chari, en Vejer, en su cocina, desde hace diez años, y yo voy los domingos a por la masa de madrugada, antes de que se levante nadie, y la frío aquí y la vendo como de mi madre.

Diez años. —Se frotó la cara—. Y el domingo le dije al sargento que dormía porque si digo que vengo de Vejer me pregunta a qué, y si digo a qué, Sanidad, y si Sanidad, la Chari.

La Chari tiene setenta años y le tiene más miedo a Sanidad que a la Guardia Civil.

En el noventa y ocho le cerraron un puesto de caracoles en la feria de Vejer y todavía se santigua cuando ve una carpeta con sello. Me hizo jurar por mi madre.

—Y el martes a las dos de la mañana...

—Metiendo la masa en el arcón del fondo, detrás de las cajas de refrescos. Que ya se sabía lo de las reclamaciones, y pensé que Sanidad venía a por ti y luego a por mí.

Lo dijo como se confiesa un crimen de sangre, con la voz rota. Los calzoncillos de cuadros, las ballenas, el juramento por la Martina y por el Cádiz, un día entero en el puesto y la plaza con el móvil en la mano. Por las tortillitas.

Me empecé a reír. No quería. Me tapé la boca y fue peor. Me reí apoyada en la barra hasta que se me saltaron las lágrimas, y ya no sabía si me reía o lloraba, y Nando me miraba con la cara de un hombre al que le han dado la razón en algo que no ha dicho.

—Espera —dijo.

Se fue a su bar por la plaza. Volvió a los cinco minutos con un plato y una tortillita encima, recién frita, con los bordes de encaje y los camarones enteros dentro, que se veían al trasluz.

—Para que sepas lo que he estado escondiendo.

Me la comí. Crujía y sabía a mar y a harina de garbanzo. Estaba buenísima.

—Está buenísima.

—Ya. Es lo peor.

Se quedó mirando el tirador. Una gota. Otra.

—¿Eso gotea desde cuándo?

—Desde junio.

Volvió a salir sin decir nada y volvió con una llave inglesa y un rollo de cinta de teflón.

Se tumbó en el suelo con medio cuerpo debajo del tirador, apretando y resoplando, mientras yo le sujetaba la linterna del móvil.

Cuando salió, tenía un churrete de grasa en la frente. Abrió el grifo. Lo cerró. No cayó nada.

Nos quedamos los dos mirando el grifo que no goteaba, como si fuera a hacer algo más.

—Mañana empiezo a pagarte los dieciséis —dijo—. En tortillitas.

—De la Chari.

—De la Chari. Ya no hay otras.

Luego Nando dejó la llave inglesa en la barra y me miró.

—¿Quién es, entonces?

Pensé en la manta del almacén, en el perro callado hasta las ocho y diez, en mi lista.

—Alguien a quien el perro quería.