Entre tapas y trampas 16. Solo el Rafi
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16. Solo el Rafi

Solo el Rafi

Llegué a la cocina de La Lonja con veinte minutos de retraso sobre mi hora de freidora, y Pepa ya había sacado mi fuente de la cámara y la había dejado en mi rincón, destapada, con el film doblado al lado.

—Me lo ha contado la plaza —dijo, sin decir qué.

La masa había pasado la noche en frío y se despegaba del fondo sin romperse.

La corté en tiras con la espátula, formé las croquetas con las manos untadas, las pasé por huevo y por pan rallado y las fui dejando en la bandeja en filas de diez.

En la freidora grande de Pepa cabían doce, y eché diez, que es lo que cabe en la mía.

Subieron enteras, sin abrirse, y cuando partí la primera con los dedos soltó un hilo de vapor que olía a jamón y a mantequilla.

Me la comí de pie, junto a la freidora. Estaba bien. Estaba bien y nada más, y eso lo sabía yo sola. Pepa pasó por detrás con una olla, miró la bandeja y no dijo nada, y aquel silencio ya no me pareció un regalo.

Para las aceitunas no había tarro de Casa Chelo: el mío se lo había llevado la Guardia el domingo. Pepa me puso un cuenco de las suyas, gordales aliñadas con tomillo, y las pinchó ella misma, deprisa, con lo que había en su cocina. Palillos de nudo.

Pasadas las doce salí a la puerta de la plaza con la primera bandeja y el levante me tiró arena a la cara y a las croquetas.

En la mesa del rincón, al otro lado de la plaza, el Tribunal ya tenía el vermú.

Lo vieron desde la ventana. Antes de que yo volviera a entrar a por un paño, las tres habían cruzado con las toquillas en la mano.

Encarna se quitó la suya de los hombros y la extendió sobre mi bandeja como quien tapa a un niño dormido.

Maruja tapó la segunda con una de ganchillo color hueso que había hecho ella.

Rosi se colocó delante, contra el viento.

—Trae, trae, que eso pesa.

Rafi me quitó la bandeja grande de las manos antes de que pudiera decir que no. Salió él delante, con la toquilla de Encarna encima y Encarna a su lado sujetándole las puntas. Detrás iba yo con la segunda. Rosi abría camino.

Cruzamos la plaza así, despacio, con las esquinas de ganchillo levantadas y la arena sonando contra las toquillas como si lloviera seco. La terraza de La Lonja se volvió a mirar. Alguien aplaudió, flojo, y lo dejó enseguida. Por los agujeros del ganchillo de Maruja salía vapor.

—Esto es la procesión del Corpus —dijo Encarna.

—Con menos arena —dijo Rosi.

En la barra conté treinta y nueve. La otra se había quedado pegada al ganchillo, y Maruja se la comió en la mesa del rincón, por ser suya la mancha.

En la puerta de Casa Chelo había cola. Siete personas, contadas. Una señora de la calle Real a la que no había visto entrar en cuatro meses me cogió del brazo al pasar.

—Pobrecita, con lo que te han hecho.

Rafi dejó la bandeja en la barra con mucho cuidado, le devolvió la toquilla a Encarna doblada en cuatro y se fue, diciendo desde la puerta que lo que hiciera falta, que para eso estaba.

Toñi repartió las croquetas en platos de dos, con su aceituna en su palillo de nudo. Encarna miró el palillo.

—Tu tía decía que los de nudo eran de bar de ciudad.

—Pues hoy somos de ciudad.

Maruja leía el móvil en la mesa del rincón. En una hora, el grupo de «Vecinos de la plaza» había juzgado a Nando. Me lo leyó en voz baja, porque no sabía leer en voz alta cosas feas.

«Se han llevado al del Cañaílla.»

«Ya decía yo que tanta risa.»

«Dicen que la sobrina se lo ha contado al sargento.»

—No he contado nada.

—Eso no viene en el grupo, hija —dijo Maruja.

Antes de la una no quedaba una croqueta. La gente pagaba y me decía cosas amables, y cada gracias me sabía peor que la anterior. Nando estaba en el puesto y a mí se me llenaba el bar.

—Voy a por churros —le dije a Toñi.

—A esta hora la Paqui ya está cerrando.

—Pues me doy prisa.

Crucé por el callejón del Pósito, por delante de la puerta verde, cerrada, con el clavo vacío en el marco, hasta la esquina de Pescadería. La Paqui estaba bajando la persiana de la ventana hasta la mitad y se paró al verme.

—Te quedan los rotos, hija. Los últimos.

—Me los llevo. —Se los fue echando en el cucurucho—. Paqui, el domingo, antes de las ocho, ¿quién compró churros?

La Paqui dejó de echar. Me miró con la cabeza un poco ladeada.

—Con el levante no salió ni una barca, hija. Solo el Rafi. A las siete y veinte, docena y media, para el jurado. —Señaló el reloj de pared que tenía encima de la freidora—. Ese lo miro cada vez que despacho, que si no se me va la mañana.

—¿Y los de siempre?

—El Rafi es de los de siempre, hija.

El sargento le había preguntado quién pasó por el callejón, y tres veces.

Nadie le había preguntado quién compró churros.

Me los fui comiendo por el callejón, calientes y llenos de azúcar, delante de la puerta verde.

Aurelio no probaba los churros. Olía a churros a las ocho y diez.

Y de La Lonja a la ventana de la Paqui se va por aquel callejón, por delante de aquella puerta.

Rafi pasaba por ahí todos los domingos. Pasaría y vería algo. Eso fue lo que pensé.

A las dos crucé a La Lonja con las bandejas vacías, fregadas por Toñi. La cocina estaba en plena hora de comidas: el camarero cantando por el ventanuco, Pepa en el fregadero hasta los codos y Rafi emplatando atún encebollado, deprisa, dos cazuelitas cada vez.

—Déjalas ahí, que ya las coloca Pepa. —Me puso delante una cazuelita del atún, sin preguntar—. Y cómete eso, que tienes cara de no haber comido. Qué disgusto lo de Nando, ¿eh? Si ese muchacho no sabe ni mentir.

El atún se deshacía con el tenedor y la cebolla estaba dulce, pochada despacio.

—Rafi, una cosa. El domingo, cuando fuiste a por los churros, ¿pasaste por el callejón?

—Claro que pasé, que es el camino. —No dejó de emplatar—.

Vi la furgoneta en la puerta del cuarto y la puerta abierta, como todos los domingos, y me asomé a darle los buenos días.

Hacia las siete y veintitrés, estaba metiendo barriles.

«Buenos días, Aurelio.» «Buenos días.» Así era él, que no te daba más.

—Puso una rodaja de cebolla encima del atún con los dedos—.

Olería a mis churros, mi niña, que los llevaba en la mano.

—¿Y los churros? Inma dice que llegaron fríos.

Rafi se echó a reír con la barriga.

—¡Inma! Se le enfriaron por culpa de don Luis, el de la farmacia.

Me lo encontré en la esquina, que sacaba al perro, al salchicha, y ya sabes cómo habla.

Que si al perro le había mandado el veterinario pienso de régimen, que si el perro le miraba mal desde entonces, que si se había comido la suela de una zapatilla por venganza...

—Imitó a don Luis poniendo la boca pequeña y levantando un dedo, y me hizo reír sin querer—.

«Este animal me guarda rencor.» ¡Un salchicha, rencor!

Veinte minutos con la dieta del perro y yo con la docena y media en la mano.

Llegué al desayuno con los churros como piedras.

—Llegó a las ocho menos ocho con los churros helados —dijo Pepa desde el fregadero—, que miré el reloj porque el jurado estaba al caer. Y don Luis le habla al perro de usted, que lo he oído yo.

Salieron las cazuelitas por el ventanuco. Rafi me dio un beso en la frente al pasar, con olor a cebolla.

—Esta tarde, lo que necesites, la cocina es tuya.

Salí a la plaza con la risa todavía puesta. Se me fue a mitad del ficus.

Siete y veintitrés. Nadie dice siete y veintitrés de una mañana de domingo de hace cuatro días.

Uno dice siete y pico, siete y veinte, siete y media.

Mi regla, la de esa mañana con Nando, decía que los testigos que se equivocan redondean la hora y los que mienten la adornan.

Rafi la había adornado, y a don Luis también, con el perro, el pienso y la zapatilla.

Pero Rafi adornaba todo: la pesca, el tiempo, la boda de un sobrino.

Por eso le gustaba a todo el mundo. A Nando la regla lo había retratado; a Rafi no le decía nada, porque él lo contaba todo así. La aparté.

Lo que no aparté fue a don Luis. Estaba fuera. Me lo había dicho Maruja el miércoles, bajándose del Seat con un llavero para regarle los geranios. Fuera desde cuándo, eso no lo había dicho nadie.

Tenía una excusa de verdad para ir a la farmacia: la quemadura del antebrazo, la de la bechamel del miércoles, se me había puesto roja y me rozaba con la manga. Detrás del mostrador había una chica joven con bata, que no era don Luis.

—Unas tiritas. De las de quemaduras, si hay.

—Hay. —Las buscó en un cajón—. ¿Algo más?

—¿Don Luis no está?

—Está en Sevilla, por el puente. Yo le cubro desde el sábado, hasta el lunes que viene.

—¿Se fue el sábado?

—El sábado o el domingo, no sé. Yo entré el sábado a las nueve y él ya no bajó. —Me dio la vuelta—. Tres euros con veinte.

Mientras me daba el cambio sonó el móvil: mi madre, a las tres en punto. No se lo cogí. Estaba comprando tiritas para no llamar mentiroso a nadie, y había salido sin llamárselo. Me puse una en la puerta de la farmacia, encima de la quemadura, y se me quedó torcida.

Subí al piso por el portal, sin pasar por la barra. En el tablón abrí una columna nueva, a la derecha de todas, y arriba escribí «Rafi». Debajo copié lo que tenía, cada cosa con quien me la había dado:

«07:20. Churros, docena y media (la Paqui).»

«07:23. Buenos días desde la puerta del cuarto. Aurelio metía barriles (él). El último que lo vio vivo.»

«Luego, don Luis en la esquina (él). ¿Cuándo se fue don Luis? (Farmacia: sábado o domingo.)»

«07:50. Cruza la plaza con los churros (E.).»

«07:52. Llega a La Lonja (Pepa).»

A la línea de don Luis le puse un signo de interrogación. No un círculo. Un círculo es una acusación, y yo no tenía más que una farmacéutica que no sabía qué día era.

No encontré ni una razón para que Rafi le hiciera daño a Aurelio.

Cuarenta años de amistad, los buenos días, el taburete guardado en la punta de su barra.

La servilleta era una apuesta con mi tía por la sombra de un ficus, no con Aurelio.

Aquello tenía que haberme tranquilizado.

Me tranquilizó menos de lo que esperaba.

Llamé a Cordero. Me lo cogió al segundo tono.

—Señora Roldán.

Le conté las dos cosas, en orden y sin adornar, y le pedí que mirara lo de don Luis.

Hubo un silencio de los suyos, de los que se oye escribir.

—Gracias. Esta tarde le tomaré declaración al señor Montero como testigo.

—¿Y lo de don Luis?

—Apuntado, señora Roldán.

—¿Y Nando?

—Eso no se lo puedo decir.

Colgó con educación.

Bajé a la barra a las cuatro menos cuarto. Con las cuatro de San Telmo entraron Bruno y Leti, los de Sal Gorda, con dos sonrisas que eran para mí. Pidieron dos cafés. Leti lo pidió en vaso, sin que nadie se lo dijera, y me dio un poco de pena lo bien que aprendía.

—Clara, esto te lo decimos con todo el cariño —dijo Bruno—. Por si quieres salir de esto.

Querían Casa Chelo. El local, la licencia, la terraza de ocho mesas y la barra de siete metros con su grieta.

Traspaso, no compra. Me dijeron una cifra.

Era razonable, más que razonable para una cocina cerrada por Sanidad y un bar con un muerto en el almacén, y los dos lo sabían y no lo dijeron.

Leti dijo que no pensaban cambiar nada. Luego dijo que la carta un poco.

Luego dijo que el nombre ni tocarlo, que «Casa Chelo» tenía mucho relato.

—¿Mucho qué?

—Mucha historia —dijo Bruno.

—Me lo pensaré.

—Claro. Sin prisa.

Se fueron. Toñi recogió las dos tazas y me miró, la primera vez en toda la tarde. No me preguntó qué me habían dicho. Lo había oído.

Salí a la puerta. Al otro lado de la plaza, en la terraza de La Lonja, Rafi recogía vasos de una mesa y le decía algo a una familia que le hacía reír. Me vio y levantó la mano con dos vasos en ella.

El último que había visto vivo a Aurelio era el hombre que me cargaba las bandejas. Y tenía un farmacéutico para demostrarlo.