Entre tapas y trampas 15. Olía a churros
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15. Olía a churros

Olía a churros

San Telmo daba las ocho cuando llamé con los nudillos al cristal de El Cañaílla.

La persiana estaba a medio subir. Dentro, Nando, en camiseta, le daba golpes al cacillo de la cafetera contra el cubo de los posos, y tardó en oírme.

Cuando me vio, se agachó para pasar por debajo de la persiana y me abrió.

—¡Vecina! ¿Tú no duermes?

—Poco.

Había pasado media noche mirando el tablón y la otra media sin mirarlo.

A las ocho menos cinco ya estaba en la plaza, con la libreta de fiados debajo del brazo, esperando a que dieran las campanas para no parecer que tenía prisa.

Todavía no había salido el sol. La plaza estaba de un azul sucio, con el ficus negro en medio.

Entré. El Cañaílla olía a lejía y a aceite frío. Detrás de la barra, entre las bufandas del Cádiz, había una foto grande de su madre, con un delantal de flores y una bandeja de tortillitas en alto. Dejé la libreta encima del mostrador y la abrí por el año 2006.

«Cañaílla: 1 barril.»

Nando la miró desde el otro lado de la barra, sin tocarla.

—¿Qué es eso, el libro de familia?

—Los fiados de mi tía.

—¿Me vas a cobrar a estas horas los fiados de mi madre? Que es jueves.

Se sirvió un café, y no se lo sirvió bien: la taza bailó en el plato y la mitad se quedó fuera. No hizo nada por arreglarlo.

—Eso es de mi madre —dijo, ya sin broma.

—Hay tres cosas, Nando. —Cuando estoy nerviosa, cuento—. Una, esto. Dos, el domingo, en mi almacén, dijiste «Ay, el cuarto», y mirabas la puerta gris, no a Aurelio. Tres, la Paqui oyó ladrar al perro a las ocho y pico. Tú le dijiste al sargento que entraste a por tus barriles a las nueve y media.

—La Paqui oye lo que quiere.

—Y en mi albarán del domingo ponía seis barriles. En mi casa hay cinco.

Nando se sentó en el taburete de dentro, el que usa para cortar limones, y se quedó mirando el café del plato. Me caía bien. Por eso había venido a las ocho y no a las doce, con el Tribunal.

—Lo del barril lo empezó mi madre —dijo al fin—.

En 2006. Se le quedaba corto el pedido del domingo y tu tía le dijo: «Coge uno de los míos, que a mí Aurelio me trae de más».

Tu tía lo apuntaba y a fin de mes se lo cobraba en tortillitas.

Una bandeja por barril. —Levantó la vista—.

Cuando se murió mi madre, seguí yo. Tu tía no me dijo nunca que parara.

Mi madre y ella se hablaban poco, ¿sabes?

Se pasaban barriles y tortillitas, y con eso se lo decían todo.

La uve de fin de mes. Eran tortillitas.

—¿Toñi lo sabía?

—Toñi y mi madre eran uña y carne. Claro que lo sabía.

Otra más, al lado de las otras. Rafi me lo había dicho la noche antes, cortando jamón, que se lo contó Aurelio hace años. Era verdad.

—¿Y desde junio?

—Desde junio te lo iba a decir.

—¿Cuántos?

Se rascó la barba.

—Dieciséis.

Dieciséis barriles. Yo con mi cuaderno de colores, cuadrando cada trimestre con la gestora, y dieciséis barriles cruzando el cuarto de madrugada sin que nadie los apuntara. Eran la luz de tres meses. Ni siquiera me enfadé. Me dio vergüenza, que es peor.

—Lo tengo apuntado todo. Te lo pago en tortillitas o en lo que tú digas.

—¿A qué hora entraste en el cuarto el domingo?

Nando cogió la taza, vio que estaba medio vacía y la dejó otra vez en el plato encharcado.

—A las ocho y diez. Miré el móvil porque el perro no callaba.

Me ladró como un loco, como siempre, desde la furgoneta.

Ese perro me odia desde que le pisé la pata.

—Miraba la foto de su madre mientras hablaba—.

Cogí mis cuatro barriles y uno de los tres de tu tía que había allí.

La puerta gris estaba entornada. Le di una voz: «¡Aurelio, que me llevo lo mío!

». No me contestó. Pensé que estaría en el callejón con el perro.

La cerré sin mirar, porque tu almacén no es cosa mía, y me fui. Te lo juro por la Martina.

Se quedó callado. Cuando volvió a hablar, lo hizo tan bajo que tuve que echarme hacia delante.

—Estaba ahí detrás, vecina. Y yo le cerré la puerta.

El domingo, en mi almacén, había mirado la puerta gris y no a Aurelio. Era la puerta que él había cerrado.

Luego se le escapó lo otro, en su voz de siempre, como quien se acuerda de algo que no viene a cuento:

—Olía a churros. Pensé que Aurelio se había traído churros, él, que no los probaba.

—¿Churros de dónde?

—De la Paqui. Esos los conozco con los ojos cerrados.

Lo apunté en la libreta del bolso, con su hora. «08:10. Ladra. Churros.» Nando miraba cómo escribía, igual que se mira a un médico que escribe.

—¿Y antes de las ocho y diez?

—Durmiendo.

—¿Seguro?

—Durmiendo. En mi cama. —Se puso de pie y habló deprisa y alto—.

Con los calzoncillos de cuadros, los azules, que me los regaló la Martina.

Con la tele puesta, porque yo sin la tele no me duermo.

Echaban un documental de ballenas en La 2.

Las jorobadas, las que cantan. Se llaman unas a otras desde cien kilómetros.

Cien kilómetros. Te lo juro por la Martina. Y por el Cádiz.

—¿Hasta qué hora dormiste?

—Hasta que me desperté.

Los calzoncillos, el color de los calzoncillos, quién se los había regalado, la cadena, las ballenas y lo que hacían las ballenas.

Y ni una hora. Mi regla decía que el que miente pone detalles donde no hacen falta y se salta la hora, y aquella mañana yo me la creía entera.

Por la Martina sola había jurado lo del barril.

Para lo de dormir le había hecho falta el Cádiz.

—Enséñame el barril.

El almacén de El Cañaílla era como el mío dado la vuelta, con las estanterías a la izquierda y la cámara a la derecha, y al fondo una puerta de madera que daba al cuarto.

Olía a camarón y a cartón mojado. Los barriles de Nando estaban en fila junto a la cámara, vacíos, esperando la recogida.

El mío estaba aparte, en un rincón, lleno y solo, con el precinto de la cerveza sin romper.

—No lo he pinchado —dijo Nando—. No me atrevía. El sargento lo vio ayer. Lo miró mucho rato y no me preguntó nada, que es lo peor que te puede hacer ese hombre.

Me agaché. En la tapa del barril había un cerco de grasa, oscuro, redondo por un lado y en pico por el otro, que dejaba el metal mate por donde tocaba.

—Eso será de algún bocadillo —dijo Nando.

—¿Y por qué lo tienes aparte?

Tardó en contestar.

—Porque es el último que tocó Aurelio.

Le hice una foto con el móvil, de cerca, y otra con el barril entero. No habría sabido decir para qué.

Al otro lado de la puerta del fondo, detrás del cuarto y detrás de mi puerta gris, Albarán empezó a ladrar. Un ladrido seco, y otro, y luego seguido.

Nando miró la puerta.

—¿Lo ves? Me huele desde tu casa.

Volvimos a la barra. Nando limpió el plato del café con un trapo y no se sirvió otro. Yo cerré la libreta de fiados.

—Nando. Lo de antes de las ocho y diez no me lo cuentes a mí si no quieres. Cuéntaselo al sargento. —Él abrió la boca—. Tienes hasta esta noche. Si esta noche no se lo has contado tú, voy yo con lo que tengo.

—¿Y si se lo cuento y me cierran el bar?

—¿Por qué te iban a cerrar el bar?

—Por nada. —Se rio, demasiado pronto—. Es un decir. Ya has visto lo que cierran en este pueblo.

—Hasta esta noche.

—Las ballenas. No hay más.

Salí por debajo de la persiana. Pasaban de las nueve y la plaza empezaba a llenarse de cafés. Toñi había abierto Casa Chelo a su hora y estaba en la puerta, con el trapo al hombro, mirando cómo salía yo de El Cañaílla. No me preguntó nada. Se metió dentro.

Subí al piso por la escalera interior. En el tablón, en la línea de la Paqui, taché las nueve y media de Nando con una raya fina, que se siguieran leyendo, y escribí al lado: «08:10.

Nando, en el cuarto. Él lo dice». Y debajo: «Olía a churros».

El ladrido ya tenía dueño. El silencio de antes seguía sin él.

Me quedé con el rotulador delante de «Olía a churros». Aurelio no probaba los churros. Los domingos compraba churros en la ventana de la Paqui medio pueblo, y la Paqui me había dicho el martes «los de siempre», y yo no le había preguntado quiénes eran los de siempre.

En la columna de Toñi, debajo de «No me lo preguntaste», añadí: «Barril del Cañaílla: lo sabía».

Bajé. Durante dos horas despaché cafés y cañas a los primeros turistas del jueves. El grifo del tirador goteaba en la bandeja, como goteaba desde junio. Toñi fregaba tazas a mi lado.

—Lo del barril de Nando lo sabías.

Siguió fregando.

—Lo sabía tu tía.

—Te lo pregunto a ti.

—Pues lo sabía.

Esta vez sí se lo había preguntado, y la respuesta no me sirvió de nada. Toñi dejó la taza en el escurridor y le pasó el trapo al grifo que goteaba, que no se arregla con un trapo. Yo tenía hora de freidora en La Lonja a las once y media, y la hora se me echó encima sin que me diera cuenta.

A las once saqué el móvil y busqué el número de Cordero. Lo tuve un rato en la pantalla, con el dedo encima. Le había dado a Nando hasta la noche. Guardé el móvil en el bolsillo del delantal, al lado de la servilleta de las horas de freidora.

San Telmo acababa de dar la media cuando entraron en la plaza un coche sin distintivos y otro de la Guardia Civil, despacio, por la calle del Ayuntamiento, y aparcaron delante de El Cañaílla con dos ruedas en la acera.

Del primero se bajó Cordero, con la americana azul y los zapatos llenos de arena, y del segundo, dos guardias de uniforme. Cordero me vio en mi puerta.

—Buenos días, señora Roldán.

Y siguió.

La plaza se quedó quieta. En la terraza de La Lonja, una mujer bajó la taza sin haber bebido. Manoli salió del quiosco con un periódico en la mano. Yo estaba en mi puerta con un cortado a medio servir, que se me enfrió en la mano.

Cordero entró en El Cañaílla. Los guardias se quedaron fuera, uno a cada lado. Por la persiana a medio subir se oía la voz de Cordero, baja y en orden, y no se entendía nada. Luego se oyó la de Nando, que sí se entendía desde el ficus:

—¡Pero si ya se lo he dicho, sargento!

Tardaron diez minutos. En diez minutos la plaza entera sacó el móvil.

Salieron los dos, Cordero delante y Nando detrás, sin esposas, con la chaqueta en la mano, que se le había olvidado ponérsela.

Un guardia le abrió la puerta de atrás del segundo coche.

Nando no se subió. Vino hacia mí, y el guardia le dejó dos pasos.

—Tienen mis huellas en tu puerta gris, en el pomo, por el lado del cuarto —dijo, deprisa y alto—. Y el barril. Y que dije nueve y media. Y dicen que Aurelio me tenía apuntado en el calendario, que la R. soy yo, que a las siete y cuarto... —Se calló de golpe—. Yo a las siete y cuarto...

Cordero no le metió prisa. Esperó junto al coche a que se callara solo, y yo le hablé a él por encima del hombro de Nando.

—Sargento, yo le he dado hasta esta noche.

—Yo no, señora Roldán.

Dentro de Casa Chelo, Albarán empezó a ladrar. Nando no se volvió.

En la terraza de La Lonja alguien me señaló con la barbilla. Yo había salido de El Cañaílla a primera hora, y a las once y media venía la Guardia. La plaza sabía sumar mejor que yo.

Toñi salió a la puerta, detrás de mí, con el trapo en la mano. Miraba a Nando.

Antes de darse la vuelta hacia el coche, Nando bajó la voz, y casi no le oí.

—Esto no es lo que parece, vecina.

—Eso dice todo el mundo en los partes.