Entre tapas y trampas 14. Palillos de nudo
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14. Palillos de nudo

Palillos de nudo

Rafi me había mandado recado de que entrara por el patio de atrás, el de los cascos, para no cruzar el bar con el delantal puesto y una paletilla en brazos. Me abrió Pepa, empujando la puerta con la cadera, porque traía en las manos una fuente de pimientos recién asados.

—El perro, del escalón para fuera —dijo, antes que las buenas noches.

Albarán se tumbó en el escalón con el hocico dentro de la cocina, que era hasta donde llegaba la ley. Yo me quedé en la puerta con la bolsa, sin saber si pasar, y le di las gracias a Pepa tres veces antes de soltarla.

—A la cuarta te cobro —dijo Pepa.

La cocina de La Lonja olía a sofrito de cuarenta años.

Olía al de ese día, que se pochaba en una sartén ancha para el encebollado del jueves, y a todos los anteriores, metidos en los azulejos y en el mármol de la mesa del centro.

Era tres veces mi cocina, y cada cosa estaba a la altura de la mano de Pepa, que no era la mía.

Pepa dejó los pimientos en la mesa, se secó las manos y me enseñó la cocina en un minuto.

—Tu rincón.

Un trozo de encimera junto a la ventana del patio, con dos fuegos para mí sola.

—Tu freidora, mañana, de once y media a doce y media, que me lo ha dicho Rafi como si hubiera firmado la paz.

La freidora grande, apagada y limpia.

—Y tu balda.

Abrió la cámara. La balda del medio estaba vacía y fregada.

—Si alguien te toca algo, me lo dices.

Después me puso en el rincón un platito de aceitunas aliñadas y un trozo de pan.

—Y cómete eso, que no has cenado.

Junto a los saleros había una caja de palillos abierta.

Cogí uno para pinchar una aceituna. Era de bambú, largo, con su nudo en la punta.

Me acordé de la aceituna del domingo, pinchada en el borde de mi cazuelita, al lado de la mano de Aurelio.

Dejé el palillo en el borde del plato y me comí la aceituna con los dedos.

Pepa pelaba los pimientos en la mesa del centro, con los dedos, sin quemarse. Desde la barra el camarero joven cantaba por el ventanuco: «¡Pepa, dos de encebollado!». Pepa contestaba «¡Va!» sin levantar la cabeza. En toda la noche no la vi mirar un papel.

Saqué de la bolsa la mantequilla, la harina, la leche y el brik de caldo, y los puse en fila en la encimera.

Busqué una cuchara de palo. Abrí un cajón: cuchillos. Abrí otro: paños doblados. Pepa sacó una cuchara del bote que tenía junto al fogón y me la puso en la mano. Luego dejó un cuenco de agua en el escalón, al lado del hocico del perro, sin decirle nada a nadie.

La cazuela de mi abuela se había quedado en su clavo, al otro lado de la plaza. Pepa me dio un cazo ancho de aluminio, de los de hotel, que pesaba la mitad y calentaba el doble. Lo puse en el fuego de delante. Pepa miró el cazo, miró el fuego y miró el de atrás. Lo pasé al de atrás.

Hice lo de siempre, en el orden de siempre.

La mantequilla y el chorro de aceite. La harina a cucharadas, moviéndola hasta que se le fue el olor a crudo, y a otra cosa.

El caldo del brik, frío. La leche poco a poco.

Para la sal cogí uno de los tres saleros de la encimera, iguales, de cristal con tapón de acero.

Pepa miró el salero. Lo miré yo. Me eché un poco en la palma y lo probé: azúcar.

Lo dejé donde estaba, cogí el de al lado y Pepa volvió a sus pimientos.

En el cazo de aluminio la bechamel se agarraba antes que en el mío, y me pasé la primera media hora rascando el fondo y la segunda pidiéndole perdón a nadie.

Me acordé del chorrito de fino de Curro.

No era noche de probar nada en casa ajena.

Una burbuja gorda reventó en el cazo y me saltó al antebrazo.

Me dejó una marca roja, pequeña, y seguí moviendo.

—Cuando yo entré en esta cocina, recién casada —dijo Pepa desde la mesa, sin dejar los pimientos—, era de mi suegra. Diez años estuvieron diciéndome en la barra cómo hacía ella la ensaladilla. Que si más atún, que si la papa más chica, que si la mayonesa de ella no cortaba nunca.

—¿Y cómo lo quitaste?

—No lo quité. —Echó una piel al cuenco—. Se fueron muriendo los que se acordaban.

Me reí, y me salió tan de golpe que se me fue la cuchara y tuve que pescarla del fondo del cazo.

Pepa, ya sin pimientos, cortaba una tortilla de patatas en cuadraditos para la barra y les iba clavando un palillo a cada uno. Los sacaba de la caja de los saleros. Al rato metió la mano en la caja y no encontró nada.

—Se acabaron.

Arrastró una banqueta hasta la puerta de la despensa, se subió y estiró el brazo hacia la balda de arriba.

—La caja de arriba, la de repuesto...

Rafi entró en ese momento por la puerta de la barra, con una bandeja vacía, y la vio.

—¡Deja, deja, que ya subo yo!

Dejó la bandeja en el mármol y la bajó de la banqueta cogiéndola por la cintura. Se fue a la barra y volvió con un puñado de palillos del palillero del mostrador, y se los dejó a Pepa al lado de la tortilla.

—¿No ibas a subir tú? —dijo Pepa.

—¿Para qué, si en la barra sobran?

Pepa se rio con esa risa suya que se oye desde la plaza.

—Este hombre no me deja subirme ni a un bordillo.

Rafi se rio con ella y me vio en mi rincón, con el cazo.

—¿Te ha dado esta todo lo que necesitas?

—Hasta la cuchara.

Treinta y un años casados, y todavía la bajaba de las banquetas. Me dio un poco de envidia, y me volví al cazo antes de que se me notara.

—¿Y ese jamón? —dijo Rafi.

La paletilla estaba en la encimera, dentro de la bolsa, envuelta en el paño.

Rafi la sacó, la miró por los dos lados y dijo que era buena y que la habían curado con paciencia.

La puso en un jamonero viejo junto a la puerta del patio y sacó un cuchillo largo de un cajón que yo no había abierto.

Se quitó la rebeca gris y la colgó en el gancho de la puerta del patio.

—Ahí no, que se le pega la fritura —dijo Pepa, sin volverse—. Esos botones de asta se los pegué yo uno a uno, y ya no quedan en ningún sitio.

Rafi la cambió al gancho de la despensa, sin rechistar, y se remangó la camisa.

Albarán levantó la cabeza en el escalón.

Rafi cortó un trozo del borde, se agachó y se lo dio en la mano. El perro se lo comió, se arrimó y le apoyó la cabeza en la rodilla, y se quedó así, quieto.

—Este me conoce desde que cabía en una caja de zapatos —dijo Rafi, rascándole detrás de las orejas—. Aurelio lo traía en la cabina, así de chico, y yo le daba jamón por la ventanilla.

Pensé en mi lista de la nevera. Los cuatro a los que el perro no les ladraba. A uno lo tenía delante, dándole jamón.

Rafi se levantó y empezó a cortar. Cortaba despacio, sin mirar el cuchillo, y las lonchas le salían tan finas que al levantarlas se veía la bombilla a través.

—Toda la vida trayéndome el fino, y el café se lo tomaba en lo de Fina —dijo—. Le tenía guardado un taburete en la punta de la barra, por si un día. —Pasó el cuchillo—. Ahí sigue.

Se le fue la voz en lo último y siguió cortando. El jamón olía a bodega y a nuez, y la grasa se le quedaba en el filo del cuchillo como una veta de cera.

—Me ha dicho Manoli que has andado hoy las estaciones con las tres —dijo—. Bar por bar.

—El reparto de Aurelio. Por el mismo orden.

—¿Y qué te han contado?

—Que cada uno tiene su página en la libreta. Y que les da miedo.

Rafi pasó el cuchillo.

—Todo lo apuntaba. Así era él. —Dejó una loncha en el plato—.

Tú no te comas la cabeza con los de fuera, mi alma.

Nando y tu tía tenían lo suyo con los barriles, eso me lo contó Aurelio hace años.

—Levantó una loncha contra la luz—. Mira qué finito.

Así lo quería tu tía, picadito, que no se encontrara.

El resto te lo guardo aquí, que mañana haces otra.

Yo no le había hablado de barriles. Me quedé con la cuchara parada en el cazo, y Pepa miró la cuchara, y la volví a mover. Aurelio les había repartido a los dos media vida y era amigo de Rafi desde siempre; se lo habría contado en una barra, como se cuentan las cosas de los vecinos. Lo dejé ahí.

Rafi volvió a la barra con la tortilla pinchada.

Piqué sus lonchas a cuchillo, finas, como las quería él y como las quería mi tía según él, y las eché al final, con el fuego apagado.

Probé la masa con la punta de la cuchara.

Estaba regular. Espesa sin estar ligada, con un fondo de harina que salía al final, y el jamón por un lado y la bechamel por otro, cada uno a lo suyo.

La probé otra vez, por si era la cuchara.

Pepa se acercó a por sal, miró el cazo al pasar y siguió hasta los saleros. No dijo nada. Desde junio, era la primera persona del pueblo que veía una masa mía y no me explicaba cómo la hacía mi tía. Se lo agradecí tanto que no se lo dije.

Pepa me pasó una fuente de horno por encima del hombro. La extendí en ella, la tapé con film pegado a la masa, para que no hiciera costra, y la metí en mi balda. La noche le iba a sentar bien. Lo que le faltaba no se lo iba a dar la noche.

Pepa me quitó el cazo de las manos antes de que llegara a la pila.

—Deja, que tú no sabes dónde va.

Lo fregó ella, con agua muy caliente y un estropajo verde, y yo me quedé a su lado con un trapo, esperando.

—Mi Rafi lleva desde el domingo que no duerme —dijo, con las manos en el agua—. Lo de Aurelio le ha podido. Se levanta a las tantas y se sienta en el sofá con la tele puesta y sin voz, y ahí se queda. Yo le oigo desde la cama. —Enjuagó el cazo—. Amigos desde antes de que yo llegara.

No supe qué decirle, y le sequé el cazo. Luego limpié mi rincón y dejé cada cosa donde la había encontrado, o donde creía haberla encontrado. Pepa pasó por detrás y movió el salero dos dedos a la izquierda.

Pepa me miró el lápiz con el que me sujeto el pelo.

—Eso, mañana, con una redecilla por encima.

Sacó una de un cajón y me la puso en la mano. No le di las gracias. A la cuarta me cobraba.

Pasadas las once y media, Rafi me sacó por dentro del bar, porque Pepa ya había echado el cerrojo del patio.

En la barra quedaban dos de la tertulia de los jueves, con su último vino.

Me miraron el delantal, que era el de Casa Chelo, y uno dijo «buenas noches, Clara» con mucha educación.

Rafi se quedó en el escalón de la puerta, me dio dos besos y me apretó el brazo.

Albarán apareció por la esquina de La Lonja al trote, me dio una vuelta alrededor y se puso a mi paso.

La plaza estaba vacía. El levante sacudía el ficus y arrastraba por el suelo un vaso de plástico que nadie iba a recoger hasta la mañana.

En Casa Chelo quedaba encendida la luz de la barra, y detrás de las ventanas Toñi subía las sillas a las mesas, una a una, con las patas para arriba.

Estaba allí desde las nueve de la mañana.

A mitad de camino, Albarán se paró en el ficus a levantar la pata, sin ninguna prisa, y yo me paré con él, con la bolsa vacía colgando de la mano.

Lo había ido juntando todo el día sin darme cuenta, de barra en barra, y me salió entero allí, esperando a que el perro de Aurelio terminara.

Se lo dije a él, que era el único que había.

—A Aurelio no lo mataron por entrar en un cuarto. Lo mataron por una página.

Albarán bajó la pata y se sacudió.

Desde la puerta de La Lonja, Rafi levantó la voz por encima del levante.

—¡Mañana a las doce esto huele a croqueta!

El perro se volvió a mirarlo y le movió el rabo.

Albarán no le ladraba. A mí aquello me pareció una buena señal.