Entre tapas y trampas 13. Agua en la manzanilla
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13. Agua en la manzanilla

Agua en la manzanilla

Loli Galván echó el cazón en los cucuruchos de papel todavía chisporroteando y los fue dejando en el mostrador de uno en uno, sin mirar lo que hacía y sin parar de hablar.

—Pasad, pasad, ¿queréis pan?, ¿agua?, Rosi, tú manzanilla no, que conduces, ¿verdad?, pues agua, qué levante, Virgen santa, que no para, llevo desde el sábado barriendo arena de la terraza...

Rosi se bajó las gafas de sol de la cabeza a los ojos. Era la primera vez que se las veía puestas donde van.

—Un ocho —dijo Encarna—. El cazón no tiene la culpa.

Loli miró a Maruja.

—Maruja, por tu madre.

—Yo ya he contado bastante esta semana —dijo Maruja, y se puso a cerrar el bolso, que estaba cerrado.

La Bodeguita El Pósito estaba a cuatro calles, pero Rosi movió el coche igual, porque en el muelle, con el levante, no se fiaba de dejarlo. Condujo con las gafas puestas.

—Ahora sí —dijo Encarna.

—Ahora me da el sol.

A esa hora el sol lo teníamos detrás.

—¿Y lo de Fernando a mediodía, qué? —dijo Maruja al rato.

—Fernando se reía así en tercero cuando rompía un cristal del patio con el balón —dijo Encarna.

—Y el cristal lo pagaba su madre —dijo Rosi.

Eran casi las seis cuando entramos, y Maruja pidió su café con leche en vaso antes de sentarse, porque a las seis el Tribunal toma café.

—Aquí no hay cafetera —dijo Pepe.

—...ni la ha habido nunca —terminó Paco.

Los gemelos estaban en su barra como el domingo, iguales, con el mismo chaleco de punto. Los chicharrones salieron de la cámara en su bloque, y Paco los fue cortando a cuchillo delante de nosotras, tan finos que se doblaban solos sobre el plato.

Rosi pidió su manzanilla. La primera y la última, dijo, que conducía. Paco se la sirvió fría, en el catavino, hasta la raya. Antes de que Rosi llegara a cogerlo, Encarna alargó la mano y bebió un sorbo pequeño, con los ojos cerrados, que es como prueba ella lo que no ha pedido.

—Esta manzanilla está bautizada y confirmada.

—¡Es en rama! —dijeron los dos a la vez.

Rosi señaló la pizarra de la pared, donde ponía con tiza «Manzanilla fina».

—Ahí no pone en rama.

—Bueno —dijo Pepe—, lleva un poquito de...

—...fresquito —terminó Paco.

—Del grifo —dijo Encarna.

En la barrica del fondo, uno de los dos viejos que jugaban a las cartas levantó la cabeza.

—Eso lo llevo yo diciendo desde la Expo.

Y volvió a sus cartas.

Rosi le quitó el catavino a Encarna y se lo bebió entero, despacio, mirando a los gemelos por encima del cristal.

—Yo me bebo esto desde que abristeis.

—Y nunca te has... —dijo Pepe.

—...quejado —terminó Paco.

—Porque no lo sabía.

Sacó una agenda pequeña de tapas de piel y escribió algo, con la fecha delante. No nos dejó ver qué.

—A la manzanilla no le pongo nota —dijo Encarna—. El agua no se puntúa.

—Yo tampoco —dijo Maruja—. Por solidaridad.

—¿Con quién? —dijo Rosi.

Maruja lo pensó y no supo.

Pepe dejó el trapo en la barra y miró a su hermano. Paco le hizo un gesto con la barbilla.

—Mira, Clara, si venís por la libreta... —dijo Pepe.

—...que lo sepáis —terminó Paco.

—El domingo le firmé yo en la calle, en la puerta de la furgoneta, que la tenía en doble fila.

Con el perro en la cabina y el hocico por la rendija.

Y la libreta en el salpicadero, abierta, con la goma quitada y el bolígrafo encima.

Me dio el albarán, le firmé, y me dijo: «Hoy se acaban unas cuantas tonterías».

—...riéndose por lo bajo —terminó Paco.

—Y nosotros, con lo nuestro... —dijo Pepe.

—...desde el domingo con el estómago cerrado.

—¿Le dijo que iba por ustedes?

—No dijo por quién —dijo Pepe—. Pero nosotros...

—...ya sabemos lo que tenemos —dijo Paco—. Desde el ochenta y siete, que subió la manzanilla y no subimos el catavino.

En el talonario, El Pósito, 06:52, y la firma de Pepe.

Se miraron otra vez. Esta vez empezó Paco.

—Y otra cosa, ya que estamos. Lo del sobrino.

—El viernes, en la nave —siguió Pepe—. Mi ahijado es el mecánico. Estaba debajo de la furgoneta, cambiándole el aceite...

—...y lo oyó todo. El sobrino, a voces: «Tú no vas a estar aquí siempre, tío».

—Y mira —dijo Pepe.

—Pepe —dijo Encarna.

Pepe se calló, y Paco también, que para callarse no hacen falta dos.

Sergio me había contado el lunes, de pie en mi barra, con la taza pegada al pecho, que el viernes le había dicho cosas a su tío. Ahora tenía una de las cosas. En la libreta del bolso seguía lo otro, con su nombre al lado: el domingo estaba en Jerez, con Alba.

En el coche, antes de que Rosi arrancara, lo puse en fila. Lo que alguien dice antes de arrancar vale más que lo que dice después del golpe. Después del golpe, todo el mundo habla peinado.

A Fina, con el café: «Hoy le toca a uno que no se lo espera».

A Pepe, con el albarán en la mano: «Hoy se acaban unas cuantas tonterías».

Y la libreta. En el salpicadero toda la mañana, abierta. Y en el cuarto tenía que llevarla otra vez en el chaleco, porque Aurelio no daba un paso sin ella.

—Aurelio iba a parar algo —dije—. Y no era una manzanilla aguada.

—Ni unas huevas de envase —dijo Encarna.

Al entrar en el pueblo, Maruja le dio a Rosi dos golpecitos en el brazo.

—Déjame en la calle Real, que le tengo que regar los geranios a don Luis, que está fuera. Como se me mueran, me busca la ruina.

Rosi paró en la calle Real con las luces de emergencia puestas, como si fuera una ambulancia.

Maruja se bajó con el bolso por delante y un llavero en la mano.

A las demás nos dejó en la plaza pasadas las siete y media.

Encarna se fue a hacer la cena, y Rosi a guardar el coche, que no dormía en la calle ni en agosto.

Toñi estaba en la barra, donde la había dejado a mediodía. Había gente en dos mesas de dentro y el grifo tiraba. Me vio entrar y no me preguntó cómo había ido. Yo tampoco se lo conté.

—Me voy a La Lonja, a hacer la masa. ¿Te quedas tú hasta cerrar?

—Alguien tendrá que quedarse.

Lo dijo cobrando una caña, de espaldas.

Entré en la cocina sin encender la luz grande.

La paletilla del bautizo de los Galán seguía en la cámara, en la balda de abajo, al lado de la bolsa con el precinto de Sanidad.

En mi cocina no se podía cortar ni una loncha, así que me la llevaba como había venido, envuelta en un paño limpio, dentro de una bolsa del súper, con la harina, la mantequilla, la leche y el brik de caldo, todo sin abrir.

La cazuela de mi abuela estaba en su clavo.

La descolgué, la sopesé y la volví a colgar. De mi casa ya me llevaba bastante.

Me puse el delantal. Albarán salió del almacén por la cortina de tiras en cuanto oyó abrirse la cámara, y se quedó a mi lado mirando la bolsa. En el microondas eran las ocho y cuarto.

Salí con la bolsa colgada del brazo y el perro detrás. En la puerta de al lado, Nando estaba recogiendo una mesa de la terraza. Me vio con el delantal y la bolsa, abrió la boca para decir algo y se metió dentro con la mesa a medio plegar.

Ya era de noche. Las farolas estaban encendidas y la terraza de La Lonja, llena de gente con chaqueta, porque el levante de la noche se mete por las mangas. Crucé por debajo del ficus.

A mitad de camino me volví. Detrás de la reja de la ventana, Toñi me estaba mirando. Cuando vio que me volvía, se fue a la cafetera.