12. Primera parada la berza
Primera parada: la berza
Rosi conducía con las gafas de sol en la cabeza, sujetándole el peinado de la peluquería, y el sol del mediodía le entraba de frente por el parabrisas. Iba con los ojos guiñados y la barbilla adelantada, casi pegada al volante.
—Rosi, hija, las gafas —dijo Encarna desde atrás.
—Las llevo.
—En los ojos.
—En los ojos me agobian.
Maruja iba delante, por el mareo, agarrada al asa del techo desde que salimos de la plaza. Encarna y yo íbamos detrás, ella sentada en el centro para ver la carretera por el hueco de los reposacabezas y poder corregir. El Seat era un Ibiza granate de 2004 que olía a ambientador de pino.
Albarán se había quedado en casa, aunque no donde yo lo dejé.
Cuando bajé a por el bolso se vino detrás de mí por la escalera interior, apartó con el hocico la cortina de tiras del almacén y se tumbó delante de la puerta gris.
No hubo manera de subirlo. Le bajé una manta vieja de mi tía y un cuenco de agua.
La Venta El Cruce está en la carretera, a diez minutos del pueblo si conduce Rosi y a siete si conduce cualquier otra persona. El levante tiraba arena de las cunetas contra el cristal.
—Por aquí pasaría Aurelio antes de las seis —dijo Maruja—. De noche cerrada. Con el perro en la cabina.
Nadie le contestó.
La venta es un salón grande con azulejos hasta media pared, una tele a la que no mira nadie y tres patas de jamón colgadas encima de la barra. Curro Pavón salió secándose las manos en el delantal. Tenía sesenta años, los brazos cortos y la barriga de un hombre que prueba todo lo que sirve.
—Las señoras de la mesa del rincón —dijo—. Y la sobrina.
—Clara —dijo Encarna.
Curro selló los tres tapaportes del Tribunal con tres golpes secos.
El mío se había quedado en el vaquero del domingo, en el cesto de la ropa sucia.
Las berzas llegaron en bandeja: tres cazuelitas hondas con la pringá hecha un montón, y una cuarta de las del alioli, con la mitad de todo, hasta de morcilla.
—Curro, la de la niña es más chica —dijo Encarna.
—Es que no ha enseñado la cartilla.
—Eso en las bases no viene —dijo Rosi.
—En las bases tampoco viene que la berza lleve morcilla, y la lleva.
Me comí mi media berza sin rechistar. Los garbanzos estaban enteros y tiernos, las judías se habían deshecho espesando el caldo y el pimentón hacía redondeles de grasa por encima. La morcilla sabía a comino. Mojé pan hasta dejar el barro limpio, y como la cazuelita era chica, acabé la primera.
—La pringá, de nueve. El garbanzo, de siete —dijo Encarna—. Un ocho.
Curro se quedó de pie junto a la mesa. Le pregunté por el domingo.
—La primera parada, como siempre. Cuatro barriles, dos cajas de fino y una de refrescos. Le firmé a las seis menos dos, que lo apuntó él, que lo apuntaba todo.
En el talonario, la hoja de la venta: 05:58, y la firma de Curro, una C con una raya debajo.
—Se tomó un vaso de agua en la barra. Café aquí no tomaba nunca, decía que el mío era mejor que el de su nave y que no se quería acostumbrar. —Se le escapó media sonrisa—. Me dio una palmada en el hombro al irse. Iba de buen humor, y eso en Aurelio era raro.
Recogió las cazuelitas, la mía la última. Al cogerla bajó la voz, aunque en la venta no había nadie más que dos camioneros mirando el plato.
—Oye, lo de la libreta... ¿sabes si alguien la tiene?
—No lo sé, Curro.
Dio un paso hacia la barra y volvió.
—Y las croquetas, cuando las vuelvas a hacer. Un chorrito de fino cuando el jamón empieza a sudar. Yo se lo echo a las de pollo.
—Yo el jamón lo echo al final. Con el fuego apagado.
—Pues así no suda.
Lo escribí en la libreta del bolso, debajo de lo del buen humor. No empezaba por «tu tía».
El Bar La Parada está a la entrada del pueblo, pegado a la marquesina del autobús de Cádiz, y vive de los que esperan.
Una barra en ele, cuatro mesas, una radio en la repisa y una ventana por la que Fina Soto ve llegar el autobús antes que nadie.
Fina tenía cincuenta y cinco años, el pelo corto teñido de rubio y un delantal de flores.
A mí me puso la misma ración que a las demás, sin tapaporte.
No sé si por lástima o porque en La Parada solo había un tamaño.
—Las huevas, cocidas aquí —dijo al dejar los platos—, con su hoja de laurel y su puñado de sal gorda. Que hay quien las compra hechas.
Venían en rodajas gruesas, con el pimiento verde, la cebolla y el tomate picados menudos, aceite y vinagre de Jerez, y una rebanada de telera que aguantaba el aliño sin romperse. Maruja mojó la primera y cerró los ojos.
Fina se acodó en la barra.
—A las seis y veinte y pico. Dos barriles y una caja de hielo.
Y su café con leche, aquí, en esta punta.
—Dio con los nudillos en el mármol—. Era el único café que se tomaba en todo el reparto.
Se quitaba las gafas para frotarse los ojos, las dejaba en la barra y todos los domingos se las tenía que recordar yo.
En el talonario, 06:22. La firma de Fina era redonda y ocupaba media hoja.
—¿Y este domingo?
—Este domingo se me pasó.
Abrió el cajón de debajo de la caja y sacó algo envuelto en una servilleta de papel. Unas gafas de cerca con la montura marrón y las patillas cruzadas.
—Se las guardo al sobrino, que todavía no ha venido a por ellas.
Maruja alargó la mano hacia ellas y la retiró antes de llegar.
—¿Le dijo algo, Fina?
—Me dijo una cosa rara. —Volvió a envolverlas, doblando las esquinas de la servilleta—. Con el café en la mano, sin venir a cuento: «Hoy le toca a uno que no se lo espera». Y se rio. Él solo, con su café.
—¿A quién le tocaba?
—Eso no lo dijo. Yo creí que lo decía por el fútbol, que jugaba el Cádiz. —Guardó las gafas y cerró el cajón—. Pagó, que pagaba siempre aunque yo no quisiera, y se fue sin ellas. Y yo no le avisé.
Maruja, que en los bares recoge su plato aunque no le toque, llevó los cuatro platitos a la barra. Se asomó por encima del mostrador para tirar las servilletas al cubo de detrás y se quedó un momento así, asomada. Volvió a la mesa y se puso a mirar la radio.
—¿Y tú no puntúas? —le dijo Encarna.
—Un ocho. —Maruja se levantó y cogió el bolso—. Fina, ahora volvemos, que me he dejado una cosa en el coche. Venid. Todas.
Esperó a que se cerraran las cuatro puertas del Seat.
—Son de envase. Las huevas. En el cubo de detrás de la barra, debajo de las servilletas. Un envase de plástico así de grande: «Huevas cocidas». Con la fecha y todo.
—Comprarlas cocidas no está prohibido —dijo Rosi.
—No —dijo Encarna—. Lo que no se dice es que las cueces tú con tu laurel.
Maruja se abanicó con el tapaporte. Había aguantado diez minutos.
—Cada bar tiene su trampa pequeña —dije—. Y la libreta tiene a medio pueblo sin respirar.
—¿Y la de Casa Chelo cuál es? —dijo Encarna, con la voz de pasar lista.
—La mía ya la sabéis. Y la de mi tía la encontré el lunes por la noche, en la libreta de fiados.
Se lo conté en dos frases. «Cañaílla: 1 barril» casi cada semana desde 2006, sin precio, con una uve a fin de mes. Y el albarán del domingo, con seis barriles, cuando en mi casa había cinco.
—¿Y eso por qué no lo dijiste esta mañana? —dijo Rosi.
—Porque no sabía si era una trampa o una cuenta.
—Con tu tía —dijo Encarna—, las dos cosas.
Cuando volvimos a entrar, en la barra, delante de un plato de huevas sin tocar, estaba Nando.
—¡Vecina! De casualidad, que venía por huevas.
—Fernando —dijo Encarna.
—Doña Encarna. —Se puso derecho en el taburete, con cincuenta años y el ancla del brazo—. Las de Fina son las mejores de aquí a Barbate. En Barbate vienen a comprarlas aquí.
A Maruja se le fue el agua por mal sitio.
—¿Y tu bar, a las tres de la tarde? —dijo Rosi.
—Con el chaval. Se apaña. —Y siguió: que el chaval era sobrino de uno del puerto, que tiraba las cañas mejor que él, que la madre le había pedido que lo tuviera ocupado este invierno, que él a Fina le compraba las huevas para su casa desde que volvió de Sevilla. Encarna le dejó terminar, y yo también.
—¿Y la parada del cuarto, Nando? ¿Esa me la cuentas tú?
Nando se rio. Se rio tan alto que un hombre con una maleta de ruedas se volvió a mirar desde la marquesina y Fina dejó el trapo.
—¡Fina! Las huevas de todos, a mi cuenta. Las de las señoras también.
Dejó un billete de veinte en la barra y salió a la calle sin esperar la vuelta, con el móvil ya en la oreja. Su plato se quedó en el mármol, entero. Cinco raciones a tres cincuenta. Diecisiete euros con cincuenta le costó no contestarme, y encima dejó propina.