Entre tapas y trampas 11. El talonario
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11. El talonario

El talonario

La máquina de café de la nave de Distribuciones Benjumea daba un café que sabía a cartón mojado, y Sergio le dio al botón otra vez porque la primera no salió nada.

—Mi tío decía que así se tomaba menos —dijo—. Que un café malo dura más.

Eran poco más de las nueve del miércoles.

A las ocho, que es la hora que puso él en el albarán, Sergio había llamado a la puerta de Casa Chelo con el reparto.

Era la primera vez en cuatro meses que yo veía llegar mis barriles por la puerta de delante, en una carretilla, con alguien empujándola, y firmé el albarán sin saber muy bien dónde.

Al despedirse me había dicho que el perro no comía desde el domingo.

Le dije que iba. Toñi abrió a las nueve sin darme los buenos días, y yo cogí el coche y me fui a la nave, que está en el polígono de la carretera, a cinco minutos del pueblo, entre un taller de chapa y un almacén de muebles de jardín.

Albarán estaba tumbado debajo de la furgoneta blanca, en la sombra, con el hocico entre las patas. Me miró cuando entré. No se levantó.

—Así lleva desde el domingo —dijo Sergio—. Le pongo pienso y lo mira.

El despacho de Aurelio estaba al fondo de la nave, detrás de una puerta de aluminio con un cristal esmerilado.

Era un cuarto pequeño, con una ventana alta, una mesa de formica gris, un flexo de brazo articulado, un teléfono de los de cable y un calendario de la Hermandad del Carmen en la pared.

En la mesa, una foto enmarcada de una mujer morena riéndose en una playa.

—Adela —dijo Sergio—. Mi tía.

Contra la pared del fondo había una estantería metálica con cajas de cartón, todas iguales, cada una con una etiqueta escrita a rotulador con la misma letra pequeña e inclinada: «RUTA 2015», «RUTA 2016», y así hasta «RUTA 2025».

Faltaba una, la de 2020, que no hubo Ruta.

Encima había más cajas: «ALBARANES 1986-1990», «ALBARANES 1991-1995».

Debajo de la mesa, una caja de zapatos con bolígrafos gastados, cada uno con un trocito de celo y una fecha.

—¿Qué es esto?

—Los bolígrafos que se le iban acabando. Les ponía la fecha en que se acababan. —Sergio se encogió de hombros—. Mi tío no tiraba nada.

—El sargento estuvo aquí el lunes, ¿no?

—Dos horas. Le hizo fotos a todo. Hasta a los bolígrafos.

Sacó de un cajón un talonario de albaranes con las tapas de cartón gastadas por las esquinas.

—El del domingo. Estaba en la furgoneta. Me la devolvieron ayer. —Me lo dio—. Tú de esto sabes más que yo. En el pueblo dicen que eras perito de seguros.

—Tramitadora.

—Eso.

Me senté en la silla de Aurelio, que estaba hundida por un lado, y abrí el talonario encima de la mesa.

En cada hoja entregada, el original estaba arrancado y quedaba debajo la copia amarilla.

Aurelio los preparaba la víspera: arriba, a lápiz, el nombre del bar y la hora prevista.

Abajo, la mercancía. Y al entregar, a bolígrafo, la hora real y la firma del que recibía.

Las dos últimas hojas tenían todavía el original pegado.

En la aseguradora, cuando llegaba un expediente, lo primero que hacía era poner los hechos en fila, con su hora, y mirar dónde había huecos. Lo hice sin pensar, con el dedo, hoja por hoja.

Venta El Cruce. Prevista a las 06:00, entregada a las 05:58.

Firma de Curro. Bar La Parada, 06:20 y 06:22, Fina.

Freiduría La Caleta, 06:35 y 06:38, Loli.

Bodeguita El Pósito, 06:50 y 06:52, Pepe Candón, con una firma que parecía de los dos.

El Cañaílla, 07:10 y 07:12, y en vez de firma, con la letra de Aurelio: «Dejado en cuarto».

Casa Chelo, 07:15. A lápiz, 07:15. A bolígrafo, 07:15 también. Sin firma. Seis barriles, dos cajas de refrescos, una de manzanilla, una de palillos lisos. Al lado de los barriles, tres marcas de bolígrafo, tres palotes. Los otros tres, sin marcar.

La Lonja, 07:45. En blanco. Seis barriles, tres cajas de fino, dos cajas de palillos de nudo.

Los Faroles, 09:00. En blanco. Cuatro barriles.

Pasé las dos últimas hojas y volví atrás. No faltaba una hora. Faltaban dos. Después de Casa Chelo no había ni una hora más.

Volví a la hoja de Casa Chelo. Seis barriles. Tres marcados: los tres que yo había encontrado en mi almacén, más adelantados de la cuenta. Dos en el cuarto, los que había metido yo el lunes con la carretilla. Cinco. En el albarán ponía seis.

La libreta de fiados. Las hojas y hojas de «Cañaílla: 1 barril». No dije nada. Lo apunté en la libreta pequeña del bolso.

—¿Qué pasa? —dijo Sergio.

—Nada. Una cuenta.

Volví a la hoja de La Lonja. Dos cajas de palillos de nudo.

—Sergio. ¿Quién os pide palillos de nudo?

Sergio bajó un archivador de anillas con albaranes de los últimos meses y se puso a pasarlos de pie, mojándose el dedo. En la nave, el perro suspiró debajo de la furgoneta.

—La Lonja. —Pasó más hojas—. La Lonja. Solo La Lonja. —Me enseñó una: «Palillo nudo bambú 12 cm»—. Los demás, lisos, o ninguno.

La aceituna. El palillo de bambú con su nudo, clavado en el borde de mi cazuelita. Y la plaza el sábado por la noche, con la mitad de los hombres con un palillo en la boca.

—En este pueblo cualquier hombre va con un palillo de La Lonja en la boca —dije.

—Eso también es verdad.

Me levanté a mirar el calendario. Era de los de la Hermandad, con una Virgen del Carmen en barca arriba y los días en cuadros grandes, y Aurelio lo tenía lleno de abreviaturas con su letra pequeña.

«Rep.» los miércoles y los domingos. «ITV furgoneta» un martes.

«Adela» el día cuatro, con una cruz. En el domingo 11 había dos líneas:

«5:40 Rep.»

«7:15 cuarto. R.»

—¿Rep. es el reparto?

—El reparto. Todo lo apuntaba así.

—¿Y la R.?

—A la gente la apuntaba por la inicial de como la llamaba él.

—Sergio se acercó y se quedó mirando la letra de su tío—.

A Nando le decía «el Rey» desde chico, desde que Nando iba al colegio con Encarna.

Al Rafi le decía «Rafael». A mí, «S.», porque me llama...

me llamaba Sergio. No tenía mucha imaginación para eso.

Me acordé de Sibón el domingo, a gritos en mi puerta, contándole a la plaza que el Rey le prestaba dos barriles al Rafi.

Saqué el móvil e hice una foto del calendario entero y otra del domingo, de cerca.

—El sargento también lo fotografió —dijo Sergio—. Se quedó mirándolo un buen rato.

En el flexo, pegado en la pantalla, había un pósit amarillo. La misma letra.

«Ortiz. 2.ª tirada. Números.»

—¿Y esto?

—Ni idea. Ortiz es la imprenta. Gráficas Ortiz, la que hace los tapaportes y los carteles. —Se rascó la nuca—. Lo de la segunda tirada no sé qué es.

Yo sí sabía algo. Lo de Rosi, la tarde antes, en la mesa del rincón.

Llamé a Gráficas Ortiz desde el teléfono de cable de Aurelio. Me salió un contestador con voz de hombre cansado: cerrado por el puente, abrimos el viernes a las cinco. Colgué. Llamé a Rosi, que tiene el móvil de medio pueblo.

—El de la imprenta. El de Ortiz.

—¿El de Juan? ¿Para qué?

—Luego te lo cuento.

—Me lo cuentas ahora o no te lo doy.

Se lo conté. Me lo dio.

Juan Ortiz me lo cogió al quinto tono. Detrás de él había un ruido de máquinas, de rodillos, de gente hablando por megafonía en valenciano.

—¡Dígame!

—Soy Clara Roldán, de Casa Chelo, en Caños Blancos. Le llamo por...

—¡No la oigo! ¡Estoy en la feria! ¡En Valencia! ¡De artes gráficas!

Se lo repetí más alto. Sergio se tapó una oreja. Le pregunté por la segunda tirada de tapaportes.

—¡Ah! ¡La de reponer, la de la Asociación, que no se usa nunca! —gritó—. ¡Eso ya se lo dije el lunes al sargento, que me llamó también! ¿Qué pasa con la segunda tirada?

—Quería saber quién la encargaba.

—¡La Asociación! —Detrás, una máquina arrancó con un estruendo—. Mire, el viernes, con los papeles delante, le digo lo que quiera, que yo de memoria no sé ni qué día es. ¡Ahora le tengo que dejar, que me están enseñando una plegadora!

Colgó.

—¿Qué es una plegadora? —dijo Sergio.

—Una máquina que dobla. ¿Quién es la Asociación, Sergio?

—La junta son cuatro. —Lo contó con los dedos—. Mi tío, presidente. El Rafi, vicepresidente. Manolo, el de Los Faroles, tesorero. Y Loli, la de La Caleta, que lleva las actas.

Apunté en la libreta del bolso: «2.ª tirada: “de la Asociación”. Junta: Aurelio, Rafi, Manolo, Loli». Y debajo: «Ortiz, viernes 17:00».

Sergio se había sentado en el borde de la mesa y miraba el móvil. Me enseñó la pantalla sin que se lo pidiera: una aplicación con un círculo verde.

—Esto se lo puse yo en la primavera del año pasado, cuando el médico le mandó andar. Cuenta los pasos. Se volvió loco con él. Lo enseñaba en todas las barras.

—Once mil antes del desayuno.

—¿Te lo enseñó a ti también? —Casi se rio—. Yo sé el código de su móvil. Es el cumpleaños del perro. La Guardia me lo pidió el lunes y se lo di.

—¿Y qué dice el móvil?

—No lo sé. No me han dicho nada.

Se quedó un rato callado.

—El domingo yo estaba en Jerez, ¿eh? —dijo de pronto—. Con Alba, mi novia. Por si lo apuntas.

Lo apunté, con su nombre al lado, como se apunta lo que dice uno.

Pasadas las diez salimos. Sergio iba a dejar al perro en una residencia de Jerez hasta encontrarle casa, y abrió la puerta de atrás de su coche, un compacto negro, y lo llamó.

Albarán salió de debajo de la furgoneta, se estiró, fue hasta el coche de Sergio, lo olió y se sentó en el suelo, delante de la puerta abierta.

Sergio le dio una palmada en el asiento. El perro miró la palmada.

—Venga, Albarán. Arriba.

El perro se tumbó.

Yo había dejado mi coche al lado, un Clio azul de 2009 que me traje de Sevilla con toda mi vida en el maletero.

Abrí la puerta del copiloto para dejar el bolso.

Albarán se levantó, cruzó por delante de Sergio sin mirarlo, se subió de un salto al asiento del copiloto y se sentó mirando al frente, con las orejas enormes rozando el techo.

Sergio y yo nos miramos.

—Pues ya está —dijo Sergio.

Me llevé el talonario, porque él dijo que a mí me servía más, y volví al pueblo con un podenco de copiloto que miraba la carretera como si la conociera.

En el piso, Albarán lo olió todo: la cocina, el tablón, el sofá, mis zapatillas.

Saqué del congelador el táper con la docena de croquetas del sábado, las de los taquitos, las que no cupieron en la bandeja.

Las calenté en el micro y se las fui dando de una en una en la cocina.

Se las comió todas, doce, sin dejar una miga, y después se tumbó en la alfombra del pasillo con un suspiro largo y se durmió.

El primero que se comía mis croquetas del sábado sin decirme nada del jamón volvía a ser él.

Llamé a Cordero. Le conté lo del calendario.

—Lo tengo desde el lunes, señora Roldán —dijo—. «Siete y cuarto, cuarto. R.» El señor Benjumea llamaba así al señor Rey. «El Rey.»

—O cualquier otra R.

Hubo un silencio corto al otro lado.

—O cualquier otra R. —Lo repitió despacio—. Gracias por llamar.

—Una cosa más. En el albarán de mi bar pone seis barriles. Yo tengo cinco.

—Lo sé.

Colgó con educación.

A las doce bajé a la mesa del rincón con el talonario debajo del brazo.

El Tribunal ya tenía el vermú, y Toñi, sin que nadie se lo pidiera, dejó la barra un momento y se quedó de pie al lado de la mesa, con el trapo al hombro.

Abrí el talonario en el centro, entre los vasos, y al lado dejé el móvil con la foto del calendario, para que la vieran todas.

Encarna lo leyó de arriba abajo, con el dedo. Maruja pasó la yema por las copias amarillas, para ver si el papel era bueno.

—Es el reparto de Aurelio —dije—. Bar por bar. Con la hora a la que llegó a cada uno.

—Y a cada uno le dijo algo —dijo Encarna—. A los Candón, a Manolo, al Rafi. El sábado.

—Pues se va bar por bar —dijo Toñi, sin mirarme. Todas la miramos—. Como él. Por el mismo orden. Y se mira quién se pone nervioso.

No lo dijo más. Volvió a la barra.

Discutieron el orden, y esta vez ganó Rosi: el orden lo daba el documento, y el documento empezaba en la Venta El Cruce a las seis menos dos.

Media hora después el plan estaba hecho, en otra servilleta, con la letra de Rosi. Primera parada, la Venta El Cruce. Luego La Parada, La Caleta y El Pósito. En el Seat de Rosi, que era el único coche en el que cabían las cuatro sin que Maruja se mareara.

Después subieron conmigo al piso a ver al perro. Albarán se despertó, olió a Maruja, olió a Encarna, le olió a Rosi el bolso con mucho interés y se volvió a dormir. Maruja dijo que tenía ojos de persona.

Yo me puse delante del tablón. Pasé lo de la segunda tirada y lo de la junta, y lo de los barriles: «Talonario: 6. Recibidos: 5». Pasé el «7:15 cuarto. R.» del calendario, en grande, en el centro. Y debajo de la R. escribí los que se me ocurrieron, uno debajo de otro:

«Rey.»

«Rafael.»

«Rosi.»

«Ramiro, el cura.»

«Reyes, mi madre.»

Rosi se levantó de la silla como si le hubiera saltado el sifón.

—Quítame de ahí ahora mismo.