Entre tapas y trampas 10. Aquí no se deja a nadie solo
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10. Aquí no se deja a nadie solo

Aquí no se deja a nadie solo

Poco después de las seis cruzaron la plaza Pepa y Rafi, ella delante con una fuente tapada con un paño de cuadros, que no le había dejado coger a él, y él detrás, con las manos vacías y la cara de no saber qué hacer con ellas.

Yo estaba poniendo los cafés del Tribunal, cada uno a su manera. Desde por la mañana la barra no tenía otra cosa que hacer que cafés, y yo los hacía con el cuidado de un plato.

A las seis menos cuarto habían entrado dos parejas con el tapaporte en la mano. Leyeron la pizarra, pidieron dos cañas por educación y se fueron a El Cañaílla a por la tapa.

Pepa entró primero, riéndose de algo que le había dicho Manoli en el quiosco, y dejó la fuente en la barra.

—Papas aliñás —dijo, y levantó el paño—. De mi cocina, de esta tarde. Una barra sin tapa es una barra viuda.

Las papas brillaban de aceite, con la cebolleta en rodajas finas y el perejil picado por encima, y olían a vinagre de Jerez desde la puerta.

Toñi cogió la fuente de las manos de Pepa sin decir nada, la puso en el centro de la barra y sacó cuatro platitos.

Llenó tres y los llevó a la mesa del rincón.

Nadie se los había pedido. Rosi miró su plato y levantó un dedo.

—Esto es un regalo, que conste.

Rafi se acodó en la barra, donde se acodaba Nando, y me cogió la mano por encima del mármol.

—Mi niña. Ya me he enterado.

Todo el pueblo se había enterado a las once.

—Me han cerrado la cocina, Rafi.

—Te han cerrado la cocina. —Me apretó la mano—. Pues escúchame bien. Aquí no se deja a nadie solo. Si te cierran la cocina, tienes la mía.

No lo entendí a la primera. Lo miré a él y luego a Pepa, que asentía con los brazos cruzados, como si lo hubieran hablado por el camino.

—Rafi. Estamos en guerra por una servilleta.

Se echó a reír con la barriga, y el bigote se le levantó por un lado.

—Eso era cosa de tu tía y mía. Tú eres la niña.

—¿Qué servilleta? —dijo Pepa.

—Una apuesta de la Ruta que hicimos Chelo y yo el año pasado —dijo Rafi, sin soltarme la mano—. Tonterías de viejos.

—Tonterías de viejos las vuestras —dijo Pepa, y se rio también, y ahí se acabó la servilleta para ella.

Detrás de mí, Toñi dejó un platito en el mármol con más fuerza de la que hacía falta.

—Yo en esa cocina no entro.

Lo dijo de espaldas, mientras colocaba el cuarto platito. Rafi le sonrió.

—Nadie te lo pide, Toñi, corazón. —Y a mí, bajando la voz—: No pisa mi casa desde el noventa y ocho.

Ni el día de su santo, que le llevo pestiños y me los recoge en la puerta.

—Me soltó la mano y dio un golpecito en la barra—.

Piénsatelo. Esta noche me dices. La freidora grande es tuya las horas que quieras, y Pepa te hace sitio en la cámara.

Se fue hacia la puerta. Pepa le siguió, pero antes me cogió de la barbilla con dos dedos.

—Y cómete unas papas, que tienes cara de no comer.

Me quedé con la mano encima del mármol, donde me la había dejado Rafi.

Desde el rincón, Rosi dijo mi nombre. Solo eso, «Clara», con el tono con que se llama a alguien a una ventanilla.

Fui.

—Siéntate.

Me senté en la silla libre, la que era de mi tía cuando se sentaba con ellas. Rosi apartó su plato de papas. No fue al corcho de las bases. Se lo sabía.

—Artículo cuarto de las bases. «La tapa se elaborará íntegramente en la cocina del establecimiento participante. Su incumplimiento supondrá la exclusión del concurso.» Si fríes en La Lonja, Casa Chelo está fuera de la Ruta. Lo sabes.

—Lo sé.

—Lo propuso tu tía.

—También lo sé.

—Pues ya está. Te lo tenía que decir, y te lo he dicho.

—Tu tía la propuso por los de las congeladas —dijo Encarna, sin dejar de cortar la papa—. Pero la escribió para todos.

Maruja le puso la mano en el brazo a Rosi, que se lo retiró.

—Qué pena, con lo que se ha volcado siempre la gente con esta Ruta —dijo Maruja.

—Eso sí —dijo Rosi, y se ablandó un poco, lo justo—.

Esta Ruta ha salido adelante porque los hosteleros han puesto de su bolsillo.

Si hasta había una segunda tirada de tapaportes cada año, «para reponer», que la pagaba alguno de ellos.

—Frunció la boca—. No me acuerdo de quién, hija.

Y eso que la comisión nunca pidió reponer nada.

—¿Y para qué la pagaba, entonces?

—Por si acaso. Hay gente muy previsora. —Se quedó un momento mirando al vacío—. Y yo, que tengo apuntado hasta lo que costaron las urnas, eso no lo tengo. Me da una rabia.

Me levanté y volví a la barra. Toñi había pasado las papas a una fuente nuestra y estaba fregando la de Pepa, para devolvérsela cuanto antes.

Entré en la cocina. La freidora estaba apagada, con el aceite frío y quieto. La bolsa precintada seguía en la cámara, detrás del cristal. En el fogón, la cazuela de mi abuela tenía todavía la harina de la mañana pegada al fondo, seca, con la mantequilla cuajada por encima.

Fregar no es elaborar. Llené la pila de agua caliente y metí la cazuela.

Hice la cuenta otra vez mientras frotaba, de cabeza, porque el cuaderno estaba debajo del mostrador y no quería sacarlo delante de nadie.

Sin cocina, la caja no llegaba a fin de mes.

Con la cocina de Rafi, llegaba. Con la cocina de Rafi, además, me saltaba la regla que había puesto mi tía, delante de todo el pueblo y en la misma Ruta en la que ella se lo había jugado todo con una servilleta.

Eran dos cuentas, y en las dos salía que perdía algo.

La harina se despegó a la tercera pasada.

Sequé la cazuela, la colgué en su clavo y me quedé mirándola.

Desde la puerta de la cocina se veía el corcho de la pared, con las cuatro hojas de las bases sujetas con las chinchetas que les había puesto yo en junio, cuando las colgué sin leerlas.

Yo no iba a servir congeladas. Iba a hacerlas yo, con mi jamón, en otra cocina, a cuarenta metros.

La regla no distinguía, y yo lo sabía, y Rosi sabía que yo lo sabía.

Salí. Toñi estaba secando la fuente de Pepa. La secaba entera, por dentro y por fuera, y luego el borde, y luego otra vez por dentro.

—Voy a decirle que sí.

Toñi siguió secando.

—¿Por qué no entras en La Lonja, Toñi?

—Veintiocho años sin pisarla. No voy a empezar ahora.

—¿Y por qué no la pisas?

—Porque tu tía no la pisaba.

Dejó la fuente seca en la punta de la barra, al lado de la caja, para que se la llevara quien fuera.

Antes de las siete crucé la plaza. Cuarenta metros.

A mitad de camino pasé por debajo del ficus, por donde según Encarna había estado la raya de los geranios, y me di cuenta de que iba mirando al suelo, como si todavía hubiera macetas.

En la terraza de La Lonja estaban cuatro de los seis de la tertulia de los jueves, un martes, jugando al dominó.

Rafi salió a la puerta cuando me vio llegar.

—Sí —le dije.

Me abrazó allí mismo, en la puerta, con la terraza mirando. Olía a cebolla pochada.

—Tu tía y yo nos llevábamos a matar, mi niña, y la quería como a nadie. Eso en este pueblo se entiende. —Me separó para mirarme—. Mañana por la noche te vienes con tu jamón y haces la masa aquí. El jueves a mediodía, a freír. ¡Pepa, la carpeta!

Volví a Casa Chelo sola. Rosi estaba donde la había dejado. Pasé por su lado camino de la barra y me paré.

—Lo sé —le dije, bajo—. Y el domingo lo diré.

Rosi no levantó la vista del plato.

—Tu tía no lo habría hecho.

—Mi tía tenía cocina.

Maruja, que lo había oído todo haciendo como que no, aplaudió muy bajito, por el Rafi. Encarna le bajó las manos a la mesa con una sola mano suya.

Al rato volvió Pepa sola, con una carpeta de plástico azul debajo del brazo.

La declaración responsable para que La Lonja pudiera darle comida a Casa Chelo.

Rosi se había pasado media tarde preparándose para ese momento.

Se sentaron las dos en la mesa del rincón.

Encarna y Maruja se apartaron para hacerles sitio.

Pepa abrió la carpeta, sacó un impreso, lo leyó una vez en diagonal, lo rellenó sin levantar la vista, con los datos de Casa Chelo que Rosi le iba dictando de memoria, lo firmó y lo volvió a meter en la carpeta.

Tardó ocho minutos. Maruja dijo muy bajito que aquella mujer valía un Potosí.

Rosi tenía preparadas tres preguntas y no le dio tiempo a hacer ninguna.

Sacó el impreso otra vez y lo leyó entero en voz alta, casilla por casilla, como se leen las actas.

—Cotitular: Josefa Ortiz.

—Pepa, hija —dijo Pepa—, que Josefa solo me llamaba el cura.

Rosi buscó algo que corregir, no lo encontró y le devolvió la carpeta sin decir nada.

En la mesa del rincón no habló nadie durante un rato. Maruja se comió una papa. Encarna miró a Pepa por encima de las gafas como miraba en otros tiempos a la alumna que acababa el examen antes que nadie y encima sin tachones.

Rafi apareció sobre las ocho, ya con la terraza servida, a cerrar el trato. Se sentó en el taburete de Cordero y me pidió una caña, que pagó, y abrió una servilleta encima de la barra.

—A ver. Horas de freidora.

—Tú dirás.

—La freidora grande, de doce a una, que es la mejor hora.

—A esa hora fríes tú los calamares.

—Los calamares los frío a las doce y media.

—Pues de doce a doce y media.

—En media hora no te da. Te doy de once y media a una, y los calamares los paso a la chica.

—La chica te los quema.

—Me los quema. —Se rio—. Pues de once y media a doce y media, y los calamares a la una, y quien los quiera antes que se espere.

—¿Y por la tarde?

—Por la tarde, de cinco a seis, que no fríe nadie.

—A esa hora no come nadie.

—Pues por eso no fríe nadie.

—¿Y los sábados?

—Los sábados por la mañana no, que fríe Pepa los pestiños.

—Los pestiños me los traes tú.

—Por eso mismo. —Se rio—. Si te dejo la freidora, ¿quién te trae los pestiños?

—Mi tía te habría pedido la de doce a una.

—Tu tía me habría pedido la de doce a una y encima la sombra de regalo. —Se le fue la risa un momento y le volvió—. Y se la habría dado, mira lo que te digo.

En el rincón, el Tribunal seguía aquello sin moverse y sin perderse nada.

—Estáis igual que tu tía y él un uno de junio —dijo Maruja. Rosi dijo que eso habría que ponerlo por escrito. Encarna dijo que con fecha. Rafi escribió las horas en la servilleta, la fechó, la firmó y me la pasó para que firmara yo.

—Y sello no tengo, Rosi —dijo sin volverse—, así que valdrá lo que valga.

Firmé. Rafi me metió la servilleta en el bolsillo del delantal. Le miré las manos mientras lo hacía, anchas, de toda una vida de barra, y pensé que era el hombre más amable del pueblo.

Pasadas las ocho y media, Toñi le pasó el trapo al brazo de la cafetera, que no goteaba. Se quedó un rato así, de espaldas, con el trapo.

Después se quitó el delantal.

Lo hizo sin prisa. Se lo desató a la espalda, se lo quitó por la cabeza, lo dobló en tres y lo colgó en su gancho, al lado de la puerta de la cocina. Cogió el casco de debajo de la barra. Fuera todavía había gente en la plaza, y en Casa Chelo quedaban tres horas de barra.

En el rincón, Encarna dejó el vaso en la mesa sin hacer ruido.

—En veintiocho años no la he visto quitárselo antes de su hora —dijo, a nadie.

Toñi se paró delante de mí, con el casco en la mano.

—Tú verás lo que haces, niña.

—Ya lo veo.

Se fue. Cerró la puerta despacio.

—Ya se le pasará —dijo Maruja.

—A Toñi no se le pasa nada —dijo Rosi—. Se le queda.

El Tribunal se fue poco después, las tres juntas, sin comentarios, cosa que no había pasado nunca. Rosi dejó sobre la mesa el dinero de las tres cosas exacto, con el tique encima.

Me quedé sola detrás de la barra.