Entre tapas y trampas 9. Cerrado por Sanidad
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9. Cerrado por Sanidad

Cerrado por Sanidad

El martes a las diez menos cuarto tenía la mantequilla derretida en la cazuela de mi abuela y la harina dando vueltas lo justo para que no supiera a crudo.

Era la base de la bechamel para la masa de la semana.

De la del domingo quedaba media fuente en la cámara, y con los sevillanos del puente no llegaba ni al jueves, si es que volvían.

A las diez en punto Toñi asomó la cabeza por la puerta de la cocina.

—Niña. Sanidad.

La inspectora se llamaba Beatriz Lozano.

Me enseñó una credencial con foto antes de darme los buenos días, y después me dio los buenos días.

Tenía acento de Córdoba, el pelo corto y gafas finas, con una bata blanca doblada debajo del brazo y un maletín de plástico duro.

Venía con un compañero más joven que no dijo su nombre y lo apuntaba todo en una tablet.

—Tenemos dos reclamaciones por unas croquetas del sábado —dijo—. Venimos a inspeccionar y a tomar muestras.

—Las del sábado las serví en la plaza.

—Elaboradas aquí.

—Elaboradas aquí.

Apagué el fuego. La harina se quedó a medio hacer en el fondo de la cazuela, y yo me quedé mirándola como si me la fueran a pedir también.

Les ofrecí un café. La inspectora dijo que no, gracias, que estaban trabajando. El compañero miró la cafetera un segundo más de lo necesario y dijo lo mismo.

La inspección fue una misa con sus partes.

La inspectora se puso la bata y una redecilla, y me dio otra redecilla a mí para entrar en mi cocina.

Toñi se quedó en la puerta, con los brazos cruzados, sin redecilla, como quien guarda una capilla.

El compañero sacó un termómetro de punta y lo metió en la cámara, dijo la temperatura en voz alta, la inspectora repitió la cifra y él la apuntó.

Abrieron la cámara, los cajones, la freidora.

Pasaron un dedo con guante por debajo de la campana.

Miraron las juntas de la mesa de acero, que tenían cuatro meses.

Miraron el extractor, que me había costado lo que un coche pequeño.

Miraron la cazuela de mi abuela y no dijeron nada de ella, y eso me pareció una forma de educación.

—¿Dónde guardaron las croquetas que sobraron el sábado? —preguntó la inspectora.

—En la cámara vieja, en el almacén. Se las llevó la Guardia Civil el domingo.

El compañero lo apuntó. La inspectora no preguntó por qué se las había llevado la Guardia Civil, y eso me dio más miedo que si lo hubiera preguntado.

—¿Quién las elaboró?

—Yo.

—La cocina está en orden —dijo la inspectora.

—Gracias.

—Eso no impide nada.

Tomaron muestras de la masa del domingo, de la base que yo acababa de empezar y del aceite de las dos cubas.

Lo fueron metiendo en bolsas transparentes, cada una con su etiqueta y un precinto de plástico con número.

La media fuente de masa se quedó en la cámara, dentro de otra bolsa grande, precintada también.

La miré por el cristal de la puerta como se mira a un familiar detenido.

—Suspendemos cautelarmente la actividad de elaboración de esta cocina hasta tener los resultados —dijo la inspectora—. La barra puede seguir abierta.

—¿Cuánto tardan los resultados?

—Lo que tarde el laboratorio.

No lo dijo con antipatía. Lo dijo como se dice la hora. Me dejó un papel con el sello del Distrito Sanitario encima de la barra, se quitó la redecilla y se fue. El compañero se despidió de Toñi con la cabeza. Toñi no le contestó.

En la barra había dos clientes: el jubilado de las esquelas y un matrimonio de fuera que había entrado a desayunar sin saber dónde entraba. Los tres miraban el papel.

—Una suspensión cautelar es como un siniestro en tramitación —le dije a Toñi, bajito, al pasar a su lado—. No dice que tengas la culpa. Dice que nadie se fía de ti.

Toñi me miró, miró el papel y miró a los clientes.

—Mm.

Lo dijo a volumen de pregón. El matrimonio de fuera pidió la cuenta. El de las esquelas se volvió a su periódico, pero no pasó la hoja.

A las once menos diez, la foto del papel estaba en el grupo de las madres del San Telmo.

A las once y veinte, en el de la peña. Me la mandó Rosi, sin comentario, con la hora al lado.

Alguien la había hecho desde la barra mientras la inspectora me lo explicaba.

No supe quién. El jubilado me pidió otro café con cara de no haber tenido un móvil en su vida.

Saqué del bolso el cuaderno de las cuentas, el de los colores, y me senté en el taburete del extremo de la barra, el que Cordero había dejado templado el lunes.

Lo que quedaba de la indemnización estaba en azul, en la primera página.

Los gastos fijos, en rojo: la luz, el agua, la gestora, los seguros, la nómina de Toñi.

Las cajas de junio a septiembre, en verde, con los sevillanos del verano y los de la playa, que ya no estaban.

Lo que se llevaban las cañas era poco. Lo que sostenía la caja eran las tapas, y las tapas salían de una cocina que acababa de quedarse fría.

Con la cocina y la Ruta, me salían tres meses. Sin cocina, una barra que sirve cañas y cafés en la misma plaza que La Lonja. Hice la cuenta. La volví a hacer con otro bolígrafo, por si era el bolígrafo. Me salió lo mismo: un mes. Algo menos.

Cerré el cuaderno y lo guardé debajo del mostrador.

Después entré la pizarra. «Las croquetas de Chelo», con mi letra, y debajo «Ensaladilla», «Papas aliñás», «Montadito de lomo».

La apoyé en la barra y cogí el trapo. Borré las croquetas.

Borré la ensaladilla. Me quedé con el trapo en la mano delante de una pizarra negra con una esquina de «lomo» sin borrar.

—¿Y qué pongo?

—Cerveza fría —dijo Toñi.

Escribí «Cerveza fría». Debajo, por no dejarla tan sola, «Café».

La saqué a la puerta. A los diez minutos entró una pareja de Sevilla con el tapaporte en la mano, leyó la pizarra desde la puerta, me preguntó si no tenía la tapa de la Ruta y le dije que hoy no.

Se fueron a El Cañaílla. Desde la puerta se oyó a Nando decir «¡pasad, pasad! » con la voz de siempre.

Al mediodía salí por la puerta de la calle y me metí en el callejón del Pósito.

Si la puerta verde se quedaba abierta con el calzo mientras Aurelio repartía, el callejón era una puerta más de mi almacén.

En el tablón lo había dejado en una palabra, «Cualquiera», y una palabra así no se puede comprobar.

En todo el callejón había una sola ventana abierta de madrugada: la de la churrería, al fondo, en la esquina con Pescadería.

Había una chica antes que yo, que pidió media docena y luego una docena y luego otra vez media.

La Paqui estaba friendo la última tanda de la mañana.

Tenía sesenta y nueve años, los brazos de una mujer que lleva medio siglo dándole vueltas a una rueda de masa en el aceite y un delantal blanco que no se le manchaba nunca, nadie sabía cómo.

La ventana daba directamente a la freidora.

Olía a masa frita y a azúcar, y el levante se llevaba el olor hacia la plaza.

—Hija —me dijo, sin levantar la vista, cuando me tocó—. ¿Docena o media?

—Docena. Para el Tribunal.

—Entonces docena, y que no se peleen.

Me miró de reojo, un segundo.

—Tú eres la de las croquetas.

—Soy.

—La del matarratas, dicen por ahí.

—Eso dicen.

—Pues aquí, en cincuenta años, no ha venido nadie a decirme que se ha muerto de un churro. —Sacudió el palo—. Y mira que hay quien se come la docena entera.

Sacó la rueda con el palo largo, la dejó escurrir encima del aceite y la fue cortando con las tijeras en trozos iguales, sin mirar las tijeras. Le pregunté por el domingo. Por la puerta verde.

—Abierta, con su taco, como todos los domingos.

—Siguió cortando—. Los domingos abro a las seis y media, que los del puerto vienen antes de salir, y hasta que clarea no hay más luz en el callejón que mi ventana y la de la cabina de su furgoneta, cuando llega.

La puerta la veo desde aquí cuando saco la rueda.

Son treinta pasos. Veintitantos años viniendo Aurelio por ese callejón y no me compró un churro en su vida, que decía que el aceite de churro le repetía.

Pero cuando se iba me decía adiós con la mano desde la furgoneta.

—¿Y el domingo?

—El domingo no me dijo adiós. —Dejó las tijeras en el mármol—. A menos cuarto oí el portazo del levante. Esa puerta sin el taco da unos golpes que me tiran la masa.

—¿Menos cuarto de qué?

—De las ocho, hija. ¿De qué va a ser?

Me dio el cucurucho de papel de estraza. Quemaba. No lo solté.

Llegó un señor con prisa y la Paqui lo despachó antes de seguir. Yo esperé con el cucurucho entre los dedos.

—¿Y el perro? El de Aurelio. Estaba en la furgoneta.

—Callado como un santo toda la mañana. —Echó otra rueda al aceite y el aceite subió en espuma—. Hasta las ocho y pico, que se puso como loco. Ladraba como si le robaran la furgoneta.

—¿A quién le ladraba?

—Yo qué sé, hija. Yo estaba con lo mío.

—¿Y quién pasó por el callejón esa mañana?

La Paqui me miró de frente. Tenía los ojos muy pequeños y muy vivos, de estar siempre medio cerrados por el humo.

—¿Un domingo? Los de siempre, hija. Lo mismo que le dije ayer al sargento, que me lo preguntó tres veces.

—¿Tres veces?

—Tres. —Levantó el palo como quien levanta un dedo—. «¿Quién pasó por el callejón, señora?» «Los de siempre.» «¿Nombres?» «Los de siempre son los de siempre, sargento.» Y vuelta a empezar. Y otra vez. Un muchacho muy educado, eso sí. Muy blanco. Se llevó media docena para el cuartel.

—¿Y usted qué le dijo del perro?

—Lo mismo que a ti. Que ladró a las ocho y pico. Eso lo apuntó muy contento.

Pagué la docena. Me dio el cambio y ya estaba mirando al siguiente, un niño con un euro en la palma.

—Y a tu tía dile... —Se paró. Se acordó—. Bueno. Las croquetas, hija, en girasol. Nunca de oliva, que amarga. Tu tía lo sabía.

Volví por el callejón con el cucurucho quemándome los dedos.

Al pasar por la puerta verde me paré. Estaba cerrada.

Miré hacia arriba: ventanas cerradas, persianas bajadas, la pared de mi propio almacén sin ventana ninguna.

Desde allí, la única que podía haber visto algo era la Paqui. Y la Paqui estaba con lo suyo.

Llegué con los churros a la mesa del rincón a la hora del vermú.

Todavía humeaban dentro del papel, que se había puesto transparente de aceite por abajo.

Encarna los repartió en tres montones iguales antes de que nadie tocara uno.

Maruja se comió el primero quemándose, soplando entre bocado y bocado.

Después vio el papel del Distrito Sanitario encima de la barra y se tapó la boca.

—Esto es por lo del audio —dijo.

—Esto es por dos reclamaciones, Maruja —dijo Encarna—. Y una es de Anselmo.

Encarna se sirvió el sifón en el vermú y miró la pizarra de la puerta, que desde el rincón se leía del revés.

—«Cerveza fría» —leyó—. Eso lo pone cualquiera.

—Es lo que hay.

—Ya lo sé, hija. Por eso lo digo.

Toñi estaba cambiando la bolsa del cubo de detrás de la barra. Me agaché a su lado, a la altura de la cámara de los botellines, donde el Tribunal no llegaba a oír.

—Toñi. El domingo, a las ocho menos cinco, Encarna vio tu moto por Pescadería. Cruzando el fondo del callejón.

Toñi hizo el nudo de la bolsa. Tiró de las dos asas hasta que el nudo se quedó apretado.

—Tenía cosas que hacer.

Se levantó con la bolsa y salió a la calle a tirarla. No dijo más. Cuando volvió, se puso a reponer botellines en la cámara, uno a uno, de espaldas a mí.

Pasada la una subí al piso por la escalera interior. Arriba, delante de la nevera, destapé el rotulador y abrí una línea nueva en el tablón, debajo de todo.

«Perro callado hasta las ocho y pico. ¿A quién no le ladra?»

Debajo fui poniendo lo que sabía. «Aurelio.

» «Sergio», que se lo había llevado el domingo y al que el perro conocería de toda la vida.

«Toñi», por las puntas del jamón encima del barril, que ella misma se lo había contado a Cordero.

«Rafi», porque el sábado, en la puerta de mi bar, el perro le movió el rabo con todo el cuerpo.

Y otra línea: «Ocho y pico, ladra. ¿A quién? Nando dice nueve y media».

Y otra: «Menos cuarto, portazo. La Paqui: “el levante”».

Me quedé mirando la lista del perro. Toñi estaba la tercera.

La taché dos veces y dos veces la volví a escribir.