Entre tapas y trampas 8. La guerra de la sombra
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8. La guerra de la sombra

La guerra de la sombra

Maruja llegó la última, pasadas las once, en bata de guatiné, con los rulos debajo de una redecilla y una lata de galletas en la mano.

—Por teléfono entendí lata de galletas —dijo desde la puerta— y pensé que no tendrías.

—Te dijo que había encontrado una lata —dijo Rosi—. No que le faltaran galletas.

—Pues ahora ya tiene.

Encarna y Rosi habían llegado diez minutos antes, vestidas de calle, como si las hubiera llamado a una junta.

Rosi, con las gafas de sol en la cabeza a las once de la noche.

Encarna con la rebeca sobre los hombros y una cara de haberse acostado ya y haberse vuelto a levantar.

Las había llamado yo a las once menos cuarto, con la servilleta en la mano, y no había sabido explicarles por teléfono para qué.

Puse leche a calentar en el micro y saqué el Colacao. La lata de Maruja era de galletas María, de verdad, de las de mojar. La de mi tía estaba en la encimera, cerrada, con la foto y lo demás dentro. La servilleta, no. La tenía en el centro de la mesa, estirada sobre el hule.

Les conté cómo había salido: el armario del pasillo, las mantas, la lata azul que yo había dado siempre por llena de hilos.

Las tres se inclinaron sobre la servilleta a la vez.

—Ay, la Chelo —dijo Maruja. Le pasó la yema del dedo por el borde—. Servilleta de las buenas, de doble capa. De cuando tu tía todavía compraba las buenas.

Rosi la cogió con dos dedos por una esquina, la levantó a la luz de la lámpara y le dio la vuelta para mirar por detrás, donde no había nada.

—No tiene fecha.

—Es de esta Ruta —dije.

—Eso es de qué Ruta. No de qué día se firmó. —La volvió a dejar en el hule—. Ni sello. Ni testigos. Esto delante de un notario no es nada.

—Tiene juez.

—El juez está muerto, Clara.

Maruja se sacó una galleta de la lata y la mojó en el Colacao hasta que se partió dentro.

Encarna no había tocado la servilleta. La leyó sin moverse de la silla, con las gafas en la punta de la nariz.

—Yo sabía que había algo —dijo—. Tu tía me lo dijo el año pasado, en nuestra mesa, a primeros de octubre. Que ella y el Rafi habían dejado lo de la sombra arreglado para cuando ella no estuviera. No me dijo cómo. Y yo no se lo pregunté.

—¿Y lo de la sombra cuándo empezó?

Me contestaron las tres a la vez, y después se fueron quitando la palabra.

Empezó en septiembre del noventa y cuatro.

Hasta entonces la sombra del ficus era de todos, de los niños, de los viejos del banco de azulejos y de las palomas.

Una mañana de septiembre, mi tía sacó cuatro mesas y las puso debajo.

Al día siguiente, el Rafi puso las suyas enfrente.

Y desde entonces, cada uno de junio, los dos bares madrugaban para ver quién colocaba primero.

—¿Madrugaban cuánto?

—El 2011, a las cinco —dijo Maruja—. Tu tía en bata, como yo ahora, y Toñi detrás con las sillas de dos en dos. Y el Rafi con una linterna, colocando las suyas a oscuras.

—No era una linterna —dijo Encarna—. Era la luz del móvil.

—En el 2011 no había móviles con luz.

—Había.

—¿Y quién ganó?

—Tu tía, por una mesa. —Maruja se rio con la galleta en la boca—. El Rafi dijo que no valía, que ella había dormido en el bar.

—¿Y había dormido?

—Eso no se supo nunca.

En 2017 fue lo de la sombrilla. La Lonja puso una sombrilla nueva, grande, de publicidad de cerveza, y al abrirla se metía medio metro en la sombra de mi tía.

Mi tía llamó a la Policía Local. Vino un guardia jovencito con una cinta métrica y midió delante de media plaza.

Mi tía le sujetaba el principio de la cinta y el Rafi le ofrecía un café cada vez que el chico se agachaba.

La sombrilla, efectivamente, entraba medio metro.

—Yo tuve el expediente en la mesa —dijo Rosi—. Expediente de denuncia entre particulares por ocupación de vía pública. Lo archivamos porque la sombra no es vía pública. La sombra no es de nadie. —Se colocó las gafas en la cabeza—. Eso lo redacté yo.

—¿Y lo de los geranios?

Lo había dicho Maruja de pasada, «y luego el año de los geranios», y yo lo había cogido al vuelo.

—El 2019 —dijo Encarna—. Tu tía puso una fila de macetas de geranios justo en la raya, en medio de la sombra, para que se viera dónde acababa lo suyo. El Rafi no dijo nada. Pero todas las mañanas, antes de abrir, cruzaba con una regadera y se los regaba.

—¿Para qué?

—Para que no se dijera que se le secaban en su lado.

—¿Y ella?

—Ella los quitó en septiembre, cuando se acabó el verano. Y al año siguiente no los volvió a poner.

Maruja mojó otra galleta. Rosi apuntaba fechas en una servilleta de papel, una de las de verdad, no la del pacto.

—Treinta y dos años —dije—. ¿Y por qué duró tanto? Treinta y dos años por una sombra.

—Por la sombra, hija —dijo Maruja.

—Por la sombra —dijo Rosi.

Encarna mojó su galleta despacio, la sacó entera y se la comió.

—Eso no me toca a mí contarlo.

—¿Y a quién le toca?

—A quien le toque.

La miré. Ella miró el Colacao. Me levanté, destapé el rotulador y lo apunté en una esquina del tablón, abajo, donde había sitio: «¿Por qué tanto? E.: “no me toca a mí”».

—Y otra cosa que no entiendo. —Volví a sentarme—. Si gano yo la Ruta, él se va a la esquina del quiosco cuatro veranos. Al sol. Y el domingo abraza a medio pueblo por Aurelio, y el lunes cruza la plaza con pestiños para mí. ¿Por qué me trae pestiños?

—Porque el Rafi es así —dijo Rosi.

—Porque es un señor —dijo Maruja.

Encarna calló.

—¿Y si no gano yo ni gana él? —dije—. Si la gana otro. Los Candón, o los de Madrid.

Rosi volvió a coger la servilleta y la leyó entera otra vez, en voz baja.

—Eso aquí no lo pone. —La dejó en el hule—. Esto lo escribieron dos que no pensaban perder.

Rosi miró el tablón por encima de mi hombro. Lo miró un rato largo, con los ojos entornados, igual que había mirado la botella de manzanilla el sábado.

—Te falta gente —dijo—. Ahí no hay nadie que viera nada.

—Porque no vio nada nadie.

—Eso no lo sabes. —Se volvió hacia Encarna—. Encarna, dile lo que viste. Tú lo ves todo.

Encarna se quitó las gafas, las limpió con el borde de la rebeca y se las volvió a poner. Luego empezó por el principio, sin prisa y sin saltarse nada, y yo fui apuntando con el rotulador en la mano.

El sábado, a las nueve, la mesa de La Caleta no tenía servilletas y Loli mandó a por ellas a un sobrino.

Los Candón discutieron con Loli por un enchufe para el calientaplatos.

En el discurso de Aurelio, el que más alto se rio fue Manolo, el de Los Faroles, y luego se quedó serio de golpe.

Inma dio las gracias a la banda municipal, que no había venido.

El matrimonio de Jerez dejó las croquetas en el plato después de lo de Aurelio, las dos.

A las doce menos cuarto, recogiendo, Aurelio les habló al oído a Manolo, a los Candón y al Rafi, «que se quedó blanco como la cal».

Nando me cargó la mesa plegable sin preguntarme, y eso a Encarna le había parecido bien.

El domingo se levantó a las siete y media, como siempre, con el levante dando en la persiana.

Se vistió para misa de ocho. Salió de su casa a las ocho menos cuarto por el reloj de pulsera, que pone en hora todas las mañanas con la radio.

Cruzando la plaza, el Rafi pasó con el cucurucho de los churros camino de La Lonja, «a las diez para las ocho».

Manoli todavía no había abierto el quiosco.

En la esquina de la plaza con el callejón se paró a sacudirse arena del zapato, y por el fondo del callejón, por Pescadería, cruzó la moto de Toñi, «la roja, que no hay otra», «a las ocho menos cinco».

Don Ramiro llegó a su propia misa tres minutos tarde. En misa eran once.

Paró. Se bebió lo que le quedaba de Colacao.

—Eso es lo que vi.

En siniestros lo teníamos claro: el que miente pone detalles donde no hacen falta y se salta la hora. Nunca me había fallado del todo. Encarna había puesto detalles hasta en el enchufe de los Candón, y no se había saltado ni una hora. Si mi regla valía algo, era la testigo más fiable del pueblo.

Pasé al tablón lo que tenía hora. «Sáb 23:45. Aurelio habla al oído: Manolo, Candón, Rafi (blanco, según E.).» «Dom 07:50. Rafi cruza la plaza con los churros (E.).» «Dom 07:55. Moto de Toñi, fondo del callejón, por Pescadería (E.).»

Lo de Rafi me cuadraba. Inma se había quejado de los churros fríos y él había dicho que se entretuvo hablando. Había ido a por churros, se había liado con alguien y a las ocho menos diez volvía. Todo el pueblo tiene algo que decirle al Rafi.

Lo de Toñi no me cuadraba con nada. Toñi le había dicho a Cordero, delante de mí, que estuvo en su casa hasta las nueve y media. Sola.

Cogí el rotulador rojo y le quité el capuchón dos veces. Toñi me había enseñado dónde van los vasos de caña y cuánto aguanta un barril abierto, y me había recomendado los tapones con los que dormí aquella noche. Le hice un círculo a la línea de la moto.

Maruja dijo «ay, la Toñi» muy bajito. Rosi dijo que a lo mejor había ido a por algo. Yo pensé a por qué va nadie en moto a las ocho menos cinco de un domingo por el fondo de un callejón, y no lo dije. Encarna se abrochó el botón de arriba de la rebeca.

—Yo digo lo que vi —dijo—. Lo que signifique, no.

Pasada la una, Maruja dijo que Tomás se despertaba a la una y media para ver si había vuelto, y el Tribunal se fue.

Maruja se dejó la lata de galletas. Rosi me dio su servilleta: «2011, a las cinco.

2017, sombrilla, archivado. 2019, geranios».

Para el tablón, me dijo, que yo con las fechas no me enteraba.

No pude dormir. Al rato bajé por la escalera interior, que desde el mediodía volvía a ser mía, y encendí solo la luz de la barra.

Quería hacer algo con las manos que no fuera mirar el tablón.

En el cajón de la barra, debajo del carné de manipuladora, estaba la libreta de fiados de mi tía, la de tapas de hule verde.

La había hojeado alguna vez en junio y la había vuelto a guardar, porque me daba vergüenza cobrarle a nadie una deuda de mi tía.

La abrí por el principio. 1991. La letra redonda, apretada al principio y más suelta con los años. Cafés, cañas, un bocadillo, «el de la gorra, 3 cafés, paga el viernes». En 1997, «Anselmo, 2 vermús, dice que se muere antes de pagar», y debajo, con otro bolígrafo, «pagó».

A partir de 2006 empezaba a salir una línea que se repetía.

«Cañaílla: 1 barril.» Casi todas las semanas, a veces dos.

Sin precio. Al final de cada mes, una raya y una marca, como una uve.

Pasé las hojas deprisa y la línea seguía: 2008, 2012, 2016, el año en que murió la madre de Nando, y seguía.

La última era de febrero de este año, con la letra de mi tía ya temblona.

Después, nada. En junio abrí yo, y yo no le había apuntado un barril a nadie en mi vida.

Nando entraba en el cuarto a por sus barriles.

Eso lo sabía desde el domingo. Lo que no sabía era que, casi cada semana desde hacía veinte años, El Cañaílla se llevaba también uno de los míos, y que mi tía lo apuntaba.

No supe si como deuda o como otra cosa. Me imaginé a Nando en el cuarto, de madrugada, con sus barriles y uno de los míos, y a mi tía al día siguiente con el bolígrafo, apuntándolo sin enfadarse.

Cerré la libreta y me quedé con la mano encima.

El reloj de la cafetera marcaba las dos cuando sonó algo por la parte de atrás, hacia el almacén.

Un golpe sordo y luego un arrastre largo, de algo pesado sobre baldosa, y otro golpe.

Venía del lado de Nando. Apagué la luz de la barra para oír mejor, y me sentí ridícula, y no la volví a encender.

El arrastre volvió, y otra vez. Luego una puerta.

A las dos de la mañana, al otro lado de la pared, mi vecino estaba moviendo barriles. O algo que pesaba como un barril.