7. La servilleta
La servilleta
A las doce, con la primera campanada de San Telmo, Sibón desató la cinta de la reja y la fue enrollando en el antebrazo igual que se recoge una manguera.
—El bar y la cocina, sí —dijo—. El almacén y lo de atrás, a las siete.
Detrás de él venía Cordero, con la americana del domingo y menos arena en los hombros. Me llamó señora Roldán y se sentó en el último taburete de la barra, el que está pegado a la pared. Toñi le puso un café solo sin preguntarle. Él le dio las gracias sin preguntar tampoco.
Subí la persiana entera, saqué la pizarra a la puerta y encendí la freidora.
Las croquetas del jamón fino seguían en la cámara de la cocina, donde las había metido Toñi antes del precinto.
Freí la primera tanda y la puse en la vitrina, en fila.
El grifo de la derecha no echaba nada desde el domingo; el de la izquierda aguantaba.
La plaza estaba llena. Era lunes, pero era el Pilar y era la Ruta, y los sevillanos del puente iban de bar en bar con el tapaporte en la mano. Pasaban por delante de Casa Chelo, leían la pizarra y cruzaban a la otra acera. Algunos cruzaban antes, para no tener que leerla.
Durante el primer cuarto de hora solo entró el señor de Chiclana, el del domingo, con la cartera ya abierta.
—Ayer me fui sin pagar el café. Con el jaleo.
Toñi le cobró uno veinte. Él dejó uno cincuenta, miró la vitrina de las croquetas un buen rato y se fue sin pedir nada.
El Tribunal llegó a las doce y cuarto y ocupó su mesa como una trinchera.
Encarna se sentó de cara a la puerta, que no era su silla, y a cada uno que cruzaba a la otra acera le ponía nombre en voz baja.
«La nuera de los Pavón.» «Esa es de fuera, esa no cuenta.
» Rosi lo apuntaba en una servilleta. Maruja había traído una bolsa de pipas y no se comió ni una.
Nando entró detrás de ellas, con la camiseta del Cádiz.
—Una caña, vecina.
Se la puse. Le dio un sorbo, la dejó en la barra y me pidió otra. Y otra. A la cuarta le pregunté si pensaba beberse alguna.
—No son para beber. —Cogió dos y salió con ellas a la terraza—. Son para que parezca que hay vida.
Las fue repartiendo por las mesas de fuera, una por mesa. A la una había ocho cañas en ocho mesas vacías, perdiendo la espuma al sol. Una pareja de sevillanos se paró a mirarlas y el marido le dijo a la mujer, sin bajar la voz:
—Mira. Se han ido todos sin bebérsela.
Y cruzaron.
Nando se bebió la siguiente de un trago, en la puerta, y me dijo que esa sí se la había ganado.
Rafi cruzó la plaza a las doce y media con una bandeja de pestiños tapada con un paño. Se paró en mi terraza, miró las ocho cañas, miró a Nando y se echó a reír.
—Muy bien, Rey. Muy bien pensado. —Entró y dejó la bandeja en la barra, delante de la vitrina—. Los ha hecho Pepa esta mañana, mi niña. Aquí no se deja a nadie solo.
Los pestiños brillaban de miel y olían a anís, como los del sábado. Maruja cogió dos.
Al salir, Rafi se plantó en medio de mi terraza, entre las cañas, y le habló a la plaza con la voz del micrófono.
—¡Aquí se come la mejor croqueta del pueblo! ¡Y lo digo yo, que tengo el bar enfrente!
La gente se rio. Alguno aplaudió. Nadie entró. Rafi me guiñó un ojo desde la mitad de la plaza y yo le di las gracias con la mano dos veces, la segunda cuando ya iba de espaldas.
Cordero seguía en su taburete. Venía de la nave de Aurelio; se lo dijo a Toñi al pedirle el segundo café: que había estado allí a primera hora con el sobrino y que había mucho papel. No dijo qué papel.
A partir de la una convirtió el final de mi barra en un despacho. Hacía pasar a gente de la plaza de uno en uno, con la libreta abierta, y el Tribunal lo seguía sin disimular.
El primero fue el jubilado de la calle Real, el de las esquelas, que el domingo estaba en mi barra cuando bajé al almacén. Entró con la gorra en la mano.
—¿A qué hora salió usted de casa el domingo?
—Después del tiempo de Canal Sur, que lo da la sobrina de Manoli.
Cordero esperó.
—¿Y eso a qué hora es?
—Pues cuando lo da ella.
—No es sobrina —dijo Encarna desde el rincón—. Es la nieta del primer marido.
Le vi escribir «Canal Sur» con una interrogación al lado, y debajo, más pequeño, «nieta».
Después vino Manoli, la del quiosco, que entró ya hablando.
—¿Tenía Aurelio enemigos?
—Enemigos, no. Tenía a los Candón.
—¿Por qué motivo?
—Eso viene de antes.
—¿De antes de qué?
Manoli se lo pensó.
—De antes.
—Del sesenta y ocho —dijo Encarna.
—Del sesenta y nueve —dijo Rosi.
Cordero lo apuntó todo, los dos años también, y no se rio ni una vez.
Cuando Nando pasó por su lado camino del baño, Cordero lo paró con dos dedos.
—Señor Rey. ¿Sigue usted en las nueve y media?
—Nueve y media, sargento. Como ayer.
—Gracias.
Nando siguió hacia el baño. Los testigos que se equivocan redondean la hora; los que mienten la adornan.
Eso lo aprendí con los partes y me lo creía.
Las nueve y media de Nando eran redondas.
La noche antes, en el portal, les había puesto la Martina y las pegatinas.
No supe en cuál de los dos cajones meterlas.
A mí Cordero me preguntó si alguien más usaba la escalera interior, la que sube de la cocina a mi piso.
—Toñi, cuando tiene que subirme algo. Nadie más.
Aproveché que tenía la libreta abierta.
—Sargento. La bandeja de la cámara vieja, la del sábado. ¿Cuántas croquetas tenía?
Me miró un momento, pesando si aquello era de lo que se cuenta.
—Dieciocho.
Toñi estaba de espaldas, colocando vasos en la estantería de detrás de la barra.
—Quedaron veintidós —dijo, sin volverse.
Cordero lo apuntó y no dijo nada. Yo hice la resta sin querer, que es lo único que me sale sin querer con los números. Veintidós menos dieciocho, cuatro. En la cazuelita había cuatro. Las cuentas salían. Lo que no salía era quién había abierto la cámara.
—¿Y se sabe ya algo de...?
—Gracias por el café, señora Barroso —dijo Cordero, y se levantó.
Aquel mediodía hice ensaladilla para veinte. Se comieron tres raciones, las del Tribunal, y una Nando, por compromiso.
A las cinco entró un chico con unas ojeras que le llegaban a la boca y me dijo que era Sergio, el sobrino. Pidió un café y se lo tomó de pie, con la taza pegada al pecho.
—Me han dado una lista de lo que llevaba mi tío encima —dijo—. El móvil, las llaves, la cartera, un pañuelo, calderilla. —Se frotó los ojos—. La libreta no está.
—¿La libreta negra?
—Mi tío no daba un paso sin ella. Tenía que estar en el chaleco, en el bolsillo de dentro, el de la izquierda. Siempre ahí.
Me acordé de los Candón mirándose por encima de los chicharrones y de Loli preguntándome dos veces lo mismo.
Luego, sin que nadie le preguntara:
—El viernes discutí con él, en la nave, delante del mecánico. Un grupo de Jerez quiere comprar la distribuidora. Yo quería vender y él no. —Dejó la taza en el plato—. Le dije cosas.
No le dije nada. Le puse otro café.
—Y el perro —dijo al final—. Yo no me lo puedo quedar. En el piso de Jerez no nos dejan.
Pagó los dos cafés aunque le dije que no, y se fue. En cuanto se cerró la puerta, Rosi dijo «el heredero», en el tono en que se lee el nombre de un expediente, y Encarna dijo «Rosi», y con eso bastó.
A las seis, la hora del café, Maruja llegó tarde, que no le pasa nunca, y habló antes de sentarse.
—Anselmo ha puesto una reclamación en Sanidad. Por las croquetas del sábado. —Se sentó—. Dice que se comió catorce.
—¿Catorce? —dije yo.
—Catorce, sí —dijo Toñi desde la cafetera—. Las cogía de dos en dos.
—Lo ha contado él mismo —siguió Maruja— en la puerta de la farmacia de guardia, que había ido a por sales de frutas. Y hay otra, de una sevillana del puente. Esa la sabía ya todo el aquagym.
Anselmo Barea tenía sesenta y ocho años y llevaba cuarenta muriéndose. En el pueblo le llamaban el Moribundo, y a él no le parecía mal, porque le parecía exacto.
A la media hora entró por la puerta.
—Un vermú, hija. —Se sentó en la barra, en el taburete de Cordero—. He venido para ver cómo estás, hija.
Le puse el vermú.
—¿Y usted cómo se encuentra, Anselmo? —le pregunté, muy educada.
—Mal, hija. Como siempre. Un poco peor. —Miró la vitrina—. ¿Esas son de hoy?
—De hoy.
—Ponme la tapa, que las pruebe.
Le puse la tapa de la Ruta en un platito: dos croquetas y una aceituna gordal pinchada con un palillo liso. Se comió las croquetas despacio, con los ojos entornados, igual que un catador. Se limpió los dedos en la servilleta.
—Están buenas. Pero con un poco de queso estarían mejor.
—Anselmo —dijo Encarna desde el rincón—, has puesto una reclamación.
—Por las del sábado —dijo él—. Esto es lunes.
Luego sacó del bolsillo de la camisa un tapaporte hecho un acordeón para que se lo sellara. El sello salió entero, sin borrones, por primera vez. Fue el único sello que di en todo el día.
—Tres cincuenta —le dije—. La tapa y el vermú.
Me pagó con monedas contadas, se bajó del taburete con un quejido y se fue a tomarse la tensión.
A las siete volvió Sibón y quitó la cinta de la cortina del almacén. Se la metió hecha una pelota en el pantalón y se acercó a la barra bajando la voz, que en Sibón es hablar normal.
—Mi prima, la de la funeraria, dice que ha sido un golpe en la cabeza, de caída. —Miró a los lados—. Y que fue temprano. Entre las siete y las nueve, que eso lo ha oído ella allí.
—¿Eso es oficial?
—Eso es mi prima.
Se fue. Cogí una comanda del taco y apunté por detrás: «Golpe en la cabeza, de caída. Entre 7 y 9. Prima de Sibón». Le puse una interrogación a cada cosa.
Toñi se quedó en la barra. Yo crucé la cocina y la cortina de tiras.
El almacén estaba casi como siempre. Alguien había levantado la carretilla y la había dejado apoyada en la pared. Los tres barriles del domingo seguían en fila, más adelantados de la cuenta. No pisé el trozo de suelo que había entre la báscula y los barriles. Nadie me lo había prohibido.
La estantería de ruedas seguía apartada, y la puerta gris seguía allí, donde yo había visto siempre una pared. La abrí por el pomo. Desde el otro lado solo se abría con llave, y la llave la tenía la Guardia, así que antes de pasar la sujeté con una caja de botellines.
Encendí la bombilla.
El cuarto me pareció más pequeño que el domingo, o yo lo veía por fin de su tamaño. La cal, las losetas de barro, el olor a cerveza vieja. Los dos barriles con la marca de mi proveedor, contra la pared. La puerta de Nando, de madera oscura, cerrada. La verde, de dos hojas, cerrada.
Al lado del marco de la verde, a la altura del hombro, había un clavo grande, de los de antes, un poco torcido hacia arriba, con la cal gastada alrededor de tanto colgar y descolgar.
Estaba vacío.
Me acordé de Toñi en el taburete, delante de Cordero, mirándose las manos. «La cuelga de un clavo, al lado de la puerta verde. Siempre.» Y después, más bajo: «Lo colgaba».
Abrí la verde desde dentro, con el pomo. Daba al callejón, a tres pasos de donde el domingo estaba la furgoneta. El levante me llenó los ojos de arena. Tiré de la puerta y la oí encajar sola.
Los dos barriles del cuarto los metí en el almacén con la carretilla, porque eran míos. Con uno de los tres del domingo cambié el barril de la derecha. La estantería la dejé apartada. Ya no tenía sentido taparla.
A las diez, con cincuenta y tres euros con ochenta en la caja, Toñi bajó la persiana sin preguntarme.
Una parte de esos euros eran las cañas de Nando, que habían acabado por el fregadero a media tarde, sin espuma y sin que nadie las tocara. Nueve. Las había pagado todas, y eso fue peor.
Subí al piso a buscar papeles del cuarto: una escritura, un plano, cualquier cosa de mi tía que dijera «cuarto» además de una etiqueta en una anilla vacía.
Mi tía guardaba los papeles en el armario del pasillo, detrás de las mantas.
Bajé las carpetas del notario, una caja de zapatos con recibos de la luz y, al fondo, una lata azul de galletas danesas, con casitas nevadas en la tapa.
Todo el mundo sabe lo que hay en una lata de galletas danesas: hilos y botones. Por eso no la había abierto nunca.
La abrí en la mesa de la cocina.
Dentro había papeles.
Recetas, primero: los borradores de las fichas de la cocina, escritos en lo que tuviera a mano, el reverso de un albarán, una servilleta, la trasera de una estampa.
La berza. El tocino de cielo, con «doce yemas» subrayado.
El aliño de las papas, con el vinagre corregido encima de lo corregido.
Las pasé por si acaso. Tampoco allí estaban las croquetas.
Después, estampas: San Telmo, la Virgen del Carmen, recordatorios de comuniones de medio pueblo.
Después, una foto.
Era de Carnaval. Por detrás, con la letra redonda de mi tía, ponía «Carnaval 94».
Estaba ella, con cuarenta y tantos años, un mantón y una flor en el moño, riéndose con la boca abierta y la cabeza echada hacia atrás, de una manera que yo no le había visto nunca.
A su lado, con el brazo por detrás de ella, había un muchacho delgado y moreno, con bigote y un sombrero de marinero, que miraba a la cámara de medio lado.
Detrás, cortados por el borde, había más disfrazados con sombreros iguales.
Al muchacho no lo conocí. En el noventa y cuatro llevaba bigote medio pueblo.
Debajo de la foto, doblada en cuatro, había una servilleta de papel de Casa Chelo, de las de la barra, con el nombre impreso en una esquina. La desdoblé encima del hule. Estaba escrita con bolígrafo azul, con la letra de mi tía:
«Ruta del 26. La que gane se queda la sombra del ficus cuatro veranos. La otra, a la esquina del quiosco. Juez, Aurelio.»
Debajo había dos firmas. Una decía «Chelo». La otra, con una letra inclinada y apretada que daba una vuelta al final, decía «Rafi».
Esa Ruta era esta, la que había empezado el domingo con un minuto de silencio. La sombra del ficus era la de las mesas de mi tía. La esquina del quiosco era la que se lleva el sol a plomo en agosto, donde no se sienta nadie. El juez estaba muerto.
En Caños Blancos había un solo Rafi. Su bandeja de pestiños seguía abajo, en mi barra, tapada con el paño, y quedaba la mitad.
Mi tía se había apostado la sombra contra el hombre que me traía pestiños. Y me la había dejado en herencia sin decírmelo.