Entre tapas y trampas 6. Lo dije bien
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6. Lo dije bien

Lo dije bien

Maruja dejó el móvil en el centro de la mesa, encima del hule de limones, le subió el volumen con la uña hasta arriba del todo y apretó el triángulo.

Eran las ocho. Habíamos subido las cuatro al piso por el portal, porque abajo seguía la cinta, y nos habíamos sentado en la cocina de mi tía, que tiene una mesa de formica con un cajón que no se abre y era el único sitio de la casa con cuatro sillas.

Maruja había llamado a Tomás desde la escalera para decirle que la sopa se la calentara él.

La voz del audio salió más aguda que la de Maruja de verdad, con el levante de fondo:

«Que Aurelio se ha muerto en Casa Chelo desayunando croquetas a las siete y media, con una a medio comer, pobrecito, pero que las croquetas estaban buenísimas, que yo las probé anoche».

Se acabó. Maruja nos miró a las tres.

—¿Lo veis? Buenísimas. Lo dije bien.

Nadie le contestó. Rosi tenía su móvil en la mano e iba leyendo en voz alta lo que llegaba, con la voz de leer actas.

—«Vecinos de la plaza». Una tal Mari Luz: «Dicen que lo de Aurelio fue de unas croquetas en mal estado».

«Camareras de la Virgen del Carmen», la Reme: «Qué horror, en lo de Chelo, con lo limpia que era Chelo».

—Bajó con el dedo—. Y esto me lo manda mi prima de Barbate, que no sé cómo le ha llegado a Barbate: «Matarratas en la bechamel. Lo sabe ya la Guardia Civil».

—¿Matarratas? —dijo Encarna.

—Matarratas —repitió Rosi—. Que eso ya no se vende desde el noventa y tantos.

—¡Pero si yo dije que estaban buenísimas! —Maruja dio una palmada en la mesa y el móvil saltó—. ¡Buenísimas, dije!

—Por eso, Maruja —dijo Encarna—. Nadie jura que una croqueta está buena si no hay nada que jurar.

Maruja abrió la boca, la volvió a cerrar y se puso a alisar el hule con la mano, un limón detrás de otro.

Rosi siguió bajando con el dedo.

—Aquí otra dice que la sobrina de Chelo no tiene ni el carné de manipuladora. —Me miró por encima de las gafas—. ¿Lo tienes?

—Lo tengo.

—¿Dónde?

—En el cajón de la barra.

—O sea, precintado.

Lo dijo sin maldad, como quien apunta que falta una firma, y siguió leyendo.

Sonó el telefonillo. Era Toñi. Subió con el casco en la mano, lo dejó en la encimera y se puso a fregar las tazas que había en el fregadero desde el sábado, sin decir a qué venía. No se sentó.

El móvil de Maruja seguía en medio de la mesa. Lo cogí. El audio estaba en el grupo del aquagym, y al lado ponía la hora a la que lo había mandado: 11:41. Lo volví a poner y lo fui parando frase por frase, como leía un parte, separando lo que el que declara ha visto de lo que ha oído contar.

«Que Aurelio se ha muerto en Casa Chelo.» Lo paré. Verdad, y a esa hora lo sabía media plaza, que había visto llegar la ambulancia y a Sibón plantado en mi puerta.

«Desayunando croquetas.» Otra vez. Nadie de la casa se las había servido. Yo estaba dormida, y Toñi, según le había dicho a Cordero, en su casa. Las de la cazuelita eran del sábado, de taquitos grandes.

«A las siete y media.» Eso no lo sabía nadie. Pero cualquiera que tenga un bar sabe que Aurelio reparte antes de las ocho, y a las siete y media está desayunando medio mundo. Era una hora que se podía suponer.

«Con una a medio comer.»

Ahí lo paré del todo.

Yo había visto la croqueta partida. La había visto Toñi desde la cortina y la había visto Nando.

Después la vieron Sibón, el guardia Ruiz y los sanitarios, que se fueron a otro aviso a las once y veinte.

Cordero y los suyos llegaron a las doce menos cuarto, cuando el audio ya estaba mandado.

A las once y cuarenta y uno, la croqueta partida estaba en el suelo de mi almacén, detrás de una cortina, de una cocina y de una persiana a medio bajar. Desde la plaza no se veía.

Dejé el móvil en la mesa y conté con los dedos.

Toñi, Nando y yo habíamos pasado aquel rato en el salón, cada uno en su mesa, con Ruiz en la cortina.

Ellos dos no se levantaron. Yo solo salí a darle agua al perro.

Sibón había estado en la puerta despachando curiosos por el nombre de su madre, y lo que le oí fueron madres.

De lo de dentro, nada. Si alguien escribió algo en un móvil, yo no lo vi.

Lo único seguro era la hora: a las once y cuarenta y uno, alguien de fuera ya sabía una cosa que solo sabíamos los de dentro.

—Maruja, ¿quién te dijo lo de la croqueta?

—En la plaza, hija. No se hablaba de otra cosa.

Al decirlo se miró el bolso, que tenía en el regazo, y le colocó bien el cierre. Lo vi. No supe qué hacer con aquello y lo dejé donde estaba, al lado de lo demás.

—Las croquetas eran del sábado —les dije a las tres—. Las de la presentación. Las de hoy llevaban el jamón fino y estaban en la mesa de acero, sin freír.

Desde el fregadero, Toñi dijo:

—Del sábado quedaron veintidós. Las conté yo.

—¿Y cuántas hay ahora en la bandeja? —le pregunté.

—Esta mañana no entré en el almacén.

—Pues eso habrá que saberlo —dijo Encarna.

—Eso lo sabe la Guardia —dije yo, y me lo guardé para preguntarlo.

En el aparador tenía un rollo de carteles de la Ruta que me había dado Inma para pegar en los cristales y que no había pegado. Saqué uno, le di la vuelta y lo pegué a la puerta de la nevera con cinta de embalar, por las cuatro esquinas. La trasera era blanca y satinada, y el rotulador corría bien.

—¿Qué haces? —dijo Maruja.

—Un cuadro.

—Un cuadro es otra cosa —dijo Rosi—. Eso es un tablón.

Y se quedó en tablón.

Arriba, en fila, escribí los nombres. Yo, la primera, porque la lista empezaba por mí. Toñi. Nando. Sergio, el sobrino, que según Encarna era lo único que le quedaba a Aurelio en el mundo y se quedaba con todo. Y una quinta columna que titulé «El callejón».

—¿Qué callejón? —dijo Encarna.

Se lo conté. El cuarto, las tres puertas, la llave de mi tía, los miércoles y los domingos desde el año 2003, la puerta verde sujeta con un calzo mientras Aurelio metía los barriles. Lo conté como se lo había oído contar a Toñi delante de Cordero, y Toñi siguió fregando.

—¿Desde el 2003? —dijo Encarna.

—Eso dijo Toñi.

Las tres miraron la espalda de Toñi. Toñi enjuagó un vaso y lo dejó bocabajo en el escurridor.

—¿Y el perro? —dijo Maruja—. ¿Dónde estaba el perro, el pobre?

—En la furgoneta, en el callejón. Le llevé agua.

—Aurelio sin el perro no iba ni a misa —dijo Encarna. Después volvió a lo suyo—. Tu tía eso no lo contó nunca.

—En el registro está —dijo Rosi—. «Zona común de carga». Desde el setenta y cuatro, cuando se partió el almacén de coloniales. Yo lo tenía en los papeles. —Se quedó un momento callada—. No sabía que se usaba.

Debajo de cada nombre puse lo que cada uno decía que había hecho y a qué hora. Rosi me mandó poner las horas en números, que era como constaban las cosas, y le hice caso. Debajo de mi nombre escribí:

«De 01:45 a 09:45, dormida, con tapones. Nadie puede probarlo.»

Encarna lo leyó desde su silla con la cabeza echada hacia atrás.

—¿Y a las diez menos cuarto quién te vio?

—Toñi. Estaba en la barra.

—Pues ponlo. Que tú lo sepas no quiere decir que esté dicho.

Lo puse: «09:45, me ve bajar Toñi».

Debajo de Toñi, lo que le había dicho a Cordero: «En su casa hasta las 09:30.

Sola». Debajo de Nando, sus nueve y media, que antes dormía y que la gris estaba cerrada, y entre comillas su «Ay, el cuarto».

Debajo de Sergio, que había llegado de Jerez a mediodía y que heredaba.

Debajo del callejón, lo de la verde sujeta con el calzo y una sola palabra: «Cualquiera».

Y aparte, abajo, en una línea sola:

«Croqueta partida. A las 11:41 ya la conocía alguien de fuera. ¿Quién la vio? ¿Quién la contó?»

Pasadas las nueve sonó mi móvil. Era la madre de los Galán, la del bautizo del domingo que viene: cuarenta personas, el salón entero y doscientos euros de señal.

Me habló muy bajito, como si hubiera alguien durmiendo en la habitación de al lado.

Que era por la abuela. Que la abuela era muy mayor y muy impresionable.

Que ya me diría. Le dije que lo entendía y le devolví la señal por el móvil antes de colgar, para que no tuviera que pedírmela.

Saqué del bolso el cuaderno de las cuentas, el de los colores, busqué el domingo 18 y taché el bautizo en rojo.

Abajo, en la cámara precintada, tenía ya la paletilla que había comprado para las tapas de aquel bautizo.

A los diez minutos llegaron dos mensajes seguidos.

Una bandeja de croquetas para el cumpleaños de una niña, el martes.

Dos bandejas para la merienda de las catequistas, el miércoles.

«Mejor lo dejamos», decía uno. «Ya te digo algo», decía el otro, que es lo mismo con más miedo.

Los taché también. Sumé lo tachado y no lo apunté.

Rosi, mientras, se había ido a la despensa a buscar algo de comer, porque en casa de una tabernera nunca hay nada, y había vuelto con una lata de mejillones en escabeche.

—Caduca en marzo del año que viene —leyó, y la abrió de un tirón de la anilla.

Nos comimos los mejillones con un tenedor cada una, pinchando en la misma lata, y mojando pan duro en el escabeche, que picaba de pimentón y dejaba los dedos naranjas. No había otra cosa.

A las diez y pico volvió a sonar el móvil. Mi madre, a una hora que no era la suya.

—Te he llamado a las tres.

—Ya lo sé, mamá.

—¿Tú sabes lo que me ha mandado la Puri? La Puri, la del tercero, que su hija veranea ahí. Que has envenenado a un hombre.

—Mamá, miarma, que no he envenenado a nadie.

—Eso ya lo sé yo. —Se oía la tele de fondo—. Pero la gente no lo sabe. Tu tía no sabía freír un huevo y tú has salido a ella.

Le dije que tenía gente en casa, que era verdad, y colgué. Las tres habían oído a mi madre perfectamente, porque mi madre por teléfono habla como en un patio de vecinos. Ninguna dijo nada. Encarna se levantó, cogió el rotulador y le puso el capuchón, que yo me había dejado quitado.

A las once menos cuarto llegó el último mensaje. Lo mandaba el secretario de la tertulia de los jueves, seis jubilados que llevaban desde antes de que yo naciera discutiendo de Carnaval en las dos mesas del fondo. Era el único de los seis con móvil.

«Por las circunstancias, la tertulia se reunirá provisionalmente en La Lonja. Un abrazo.»

—Provisionalmente —dijo Rosi—. Eso lo escribe uno que no piensa volver.

Poco después sonó otra vez el telefonillo.

—Baja un momento, vecina.

Era Nando. Bajé en zapatillas por la escalera del portal. Estaba en el escalón de la calle, con una camiseta del Cádiz limpia y una bolsa de papel de estraza con manchas de aceite.

—Tortillitas. Me han sobrado. —Me la puso en la mano—. Recalientas en el horno, ¿eh? En el micro se ponen blandas.

—Nando. Lo de esta mañana. Lo de «Ay, el cuarto».

—¿Y qué iba a decir, vecina? Si era lo primero que se veía. Una estantería fuera de sitio en tu almacén es como un defensa fuera de sitio en el Carranza: lo ve hasta el que vende pipas.

—¿Y lo de las nueve y media?

—Nueve y media, como todos los domingos. —Levantó las manos—. ¿Tú sabes lo que es la noche de la presentación? Un domingo antes de las nueve y media yo no soy persona. Soy un mueble. Pregúntale a la Martina, que de chica me ponía pegatinas en la frente los domingos y yo ni me enteraba.

Se rio él solo. Hablaba con la voz de siempre, la que se oye desde el puerto, y hablaba más de lo que pedían las once de la noche en un portal.

Ya se iba cuando se volvió desde la acera.

—Oye, vecina. ¿Tú has cenado algo?

—Mejillones.

—Eso no es cenar. —Señaló la bolsa con la barbilla—. Cómetelas calientes, que frías no valen nada. Me voy, que tengo la plancha encendida.

Y se fue. Me quedé en el portal con la bolsa caliente en la mano. Yo le había dicho lo mismo a mi madre el sábado, lo de la freidora, para colgarle.

Arriba no había horno que funcionara, así que las recalenté en el micro, y se pusieron blandas, como él había dicho. Nos las comimos igual, con los dedos, de pie delante de la nevera, mirando el tablón. Eran finas y saladas y sabían a camarón y a puerto. A mí me costó tragarlas.

Pasadas las doce, Maruja dijo que Tomás no se dormía sin ella, y el Tribunal se fue. Rosi me dijo que no borrara nada del tablón, que lo que se borra no consta. Maruja me abrazó en la puerta más rato del normal.

Toñi secó el último vaso, dobló el paño en tres sobre el grifo, igual que en la barra, y cogió el casco de la encimera.

No había pensado preguntárselo hasta que la vi con el casco cogido por la correa.

—Toñi. ¿Por qué no me dijiste lo del cuarto?

Me miró. No soltó el casco.

—No me lo preguntaste.

Se puso el casco y se fue. Oí sus pasos en la escalera, la puerta del portal y la moto arrancando en la plaza. Después, solo el levante. En el microondas eran las doce y media.

Fui a la nevera y le quité el capuchón al rotulador. Debajo del nombre de Toñi, después de «Sola», escribí: «No me lo preguntaste».

Debajo del mío me quedé un rato con el rotulador en el aire. No escribí nada.

Tardé cinco días en saber qué tenía que poner.