Entre tapas y trampas 5. Churros fríos
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5. Churros fríos

Churros fríos

A las tres sonó el móvil y no lo cogí. Era mi madre, que llama todos los días a esa hora, y yo no tenía nada que contarle que se pudiera contar por teléfono. Había encontrado la llave del portal, pero no había llegado a subir. Seguía en la plaza, de pie delante de la puerta de Casa Chelo.

Sibón había atado la cinta de reja a reja, cruzando la puerta, y el levante la hacía zumbar.

Detrás estaba la persiana a medio bajar, como la había dejado Toñi por la mañana.

Al lado, en El Cañaílla, había cola hasta la esquina: gente con el tapaporte en la mano, sevillanos del puente con gorra, una pareja con un carrito de gemelos.

Por la puerta salía el olor de las tortillitas.

Dejé que el móvil se callara solo y me lo guardé.

—No te vas a quedar aquí mirando la cinta.

Era Encarna. Venían las tres del brazo desde la esquina de la parroquia, con Encarna en medio, recién comidas y peinadas para salir.

—No estoy mirando la cinta.

—Llevas un cuarto de hora —dijo Rosi—. Te hemos visto desde el quiosco.

Maruja se soltó de las otras y me colocó el cuello de la camisa, que se me había quedado doblado para dentro.

Encarna abrió el bolso y sacó cuatro tapaportes nuevos, doblados por la mitad. Los había cogido en la inauguración, uno para cada una y otro para mí. Me dio el mío bocabajo, igual que se reparte un examen.

—¿Cuántos sellos hacen falta para votar?

—Seis.

—¿Cuántos votos se dan?

—Tres. Oro, plata y bronce, a tres bares distintos.

—¿Y dónde se echa?

—En la urna de cualquier bar. Entero, con su número.

—Un ocho —dijo Encarna—. Te has dejado el sorteo.

El sorteo me lo sabía. Hasta sabía que nadie sabía de dónde era el jamón. Me lo callé, porque un ocho de Encarna era un ocho y no convenía discutirlo.

Maruja, mientras, le daba vueltas a su tapaporte. Se paró en la esquina de arriba, donde iba el número en rojo, y pasó la yema del pulgar por encima, despacio.

—Mira, hija. El número está hundido. Como las papeletas de rifa de antes. Esto es de numerador.

—Maruja, por Dios —dijo Encarna—, que es un papel.

Maruja cogió mi tapaporte, me puso el pulgar encima del número y me lo apretó para que lo notara yo también. Lo noté. Era un 0847 que se hundía un poco en la cartulina, lo justo para sentirlo. Me lo devolvió satisfecha y yo lo metí en el bolsillo de atrás del vaquero.

Luego discutieron el orden. Rosi quería ir por el de las bases, que era el de inscripción.

Maruja quería empezar donde hubiera sombra.

Encarna dijo que por cercanía, que a su edad la Ruta se hacía por cercanía, y como los tapaportes los había traído ella, se hizo por cercanía.

El Cañaílla, con esa cola, para otro día.

Los de fuera del pueblo, también. Tocaban cuatro: El Pósito, La Caleta, Sal Gorda y La Lonja.

Salimos por la calle Real, con las tiendas cerradas por ser domingo.

Delante de la peña había dos hombres fumando que se callaron al vernos y volvieron a hablar cuando ya habíamos pasado.

Una mujer que regaba geranios en un balcón se asomó a decirle algo a la del balcón de al lado, y las dos me miraron a la vez.

En la esquina de la farmacia, una madre cogió de la mano a un niño que no se estaba escapando.

Me pareció lo normal. Aurelio había aparecido muerto en mi almacén hacía cinco horas y yo iba por la calle Real con los zuecos verdes y la misma cara del sábado. Yo también me habría mirado.

—Y las croquetas, buenísimas —dijo Maruja en voz alta al pasar por la peña, a nadie en particular.

Pensé que seguía con lo de la presentación y le apreté el brazo.

La Bodeguita El Pósito es un pasillo con barra, cuatro barricas que hacen de mesa y fotos de toreros olvidados.

Pepe y Paco Candón estaban detrás de la barra, iguales, con el mismo chaleco de punto y la misma manera de secarse las manos en el trapo.

Tenían setenta y un años y llevaban desde niños terminando uno las frases del otro.

—Ay, Clara, qué cosa lo de...

—...Aurelio. Qué cosa.

Nos pusieron los chicharrones en platitos de loza, en lonchas finas, con sal gorda por encima y medio limón al lado. La sal crujía entre los dientes antes que la carne. Rosi pidió su manzanilla.

—La primera —dijo—. La segunda me la guardo para La Lonja.

Encarna levantó una loncha a contraluz para estudiar el corte.

—Un siete. El corte es bueno.

—Un ocho —dijo Maruja.

—Un seis —dijo Rosi—. El limón no es de hoy.

—Es de esta mañana —dijo Pepe.

—...de anoche —terminó Paco.

Se miraron. Pepe cogió mi tapaporte para sellarlo y le dio al sello un golpe que hizo saltar los platitos.

—Aurelio lo apuntaba todo en esa libreta —dijo.

—A saber quién la tiene ahora —terminó Paco.

Me acordé del lomo negro con su goma, asomando por el bolsillo del chaleco el sábado por la tarde mientras Aurelio nos enseñaba sus pasos.

—La tendrá la Guardia —dije—. Con el resto de sus cosas.

Los gemelos se miraron otra vez. Pepe dejó el sello en el tampón y Paco se puso a secar un catavino que ya estaba seco. Esta vez ninguno terminó nada.

La Freiduría La Caleta está junto al puerto, con el cazón en cucuruchos de papel y una pizarra de precios escrita con prisa. Loli Galván hablaba tan deprisa que había que ir un poco por delante para entenderla. Nos selló los tapaportes antes de que se los diéramos.

—¿Y la libreta de Aurelio? ¿Se la ha llevado la Guardia?

—Supongo.

Nos trajo el cazón en adobo, en taquitos rebozados, con el vinagre y el comino subiéndote a la nariz antes de que llegara a la boca. Rosi pidió agua. A los dos minutos Loli volvió con un plato de pan que nadie había pedido.

—Oye, Clara, y lo de la libreta. ¿Tú sabes si la han leído ya?

—No lo sé, Loli.

En veinte años de siniestros aprendí que quien pregunta dos veces lo mismo no quiere la respuesta. Quiere que le digas que no pasa nada. No se lo dije, porque no lo sabía. Loli se metió en la cocina y no volvió a salir mientras estuvimos allí.

Sal Gorda está en la calle de la playa, en lo que antes era una zapatería.

Tiene las paredes de ladrillo visto, bombillas colgando de cables y una pizarra negra con letra de imprenta que dice «Producto.

Temporada. Territorio». Llegamos a las seis, que es la hora del café del Tribunal, y Maruja pidió el suyo nada más cruzar la puerta.

Leti se lo trajo en taza, con un dibujo en la espuma.

—¿Esto qué es?

—Una hoja.

—Yo lo quería en vaso.

—En vaso no sale la hoja.

—Pues sin hoja, hija.

Leti se llevó la taza con una sonrisa muy amable y volvió con el café en un vaso de agua, templado y sin dibujo. Maruja se lo bebió a sorbitos, contenta, y le dijo que tenía muy buena mano.

El tataki venía en una pizarra: cuatro lonchas de atún rojo, marcadas por fuera y crudas por dentro, con una línea de espuma blanca por encima. Encarna apartó la espuma al borde del plato con la punta del cuchillo, con mucho cuidado, igual que se aparta la nata de la leche.

—Para ver el atún.

Al atún le puso un ocho. A la espuma no le puso nota, porque dijo que aquello no era comida. Rosi le preguntó a Bruno de qué era.

—Ajoblanco. Almendra marcona, ajo confitado y aceite de aquí, de kilómetro cero.

—¿Y eso dónde está?

—¿El qué?

—El kilómetro cero.

Bruno se rio. Rosi no. Bruno le explicó que no era un sitio, que era una manera de decir cerca, y Rosi le dijo que entonces pusiera «cerca», que así lo entendía todo el mundo.

Leti me selló el tapaporte y Bruno me preguntó qué freidora me había puesto en la reforma.

Estuvimos diez minutos hablando de aceite, de cuánto aguanta y de cuándo hay que tirarlo.

Fue lo más descansado de todo el día. Hasta la puerta no caí en que ninguno de los dos había dicho el nombre de Aurelio.

Volvimos a la plaza a las seis y media. La terraza de La Lonja estaba llena: doce mesas, las sombrillas plegadas por el levante y un camarero joven con la bandeja por encima de la cabeza. Desde allí se veía entera mi puerta, con su cinta, y la cola del Cañaílla, que no se había acabado.

Rafi salió a recibirnos antes de que nos sentáramos. Me abrazó en medio de la terraza, fuerte y largo, con el paño al hombro, y olía igual que el sábado, a cocina y a colonia de las de antes.

—Mi niña. Mi niña. Qué trago.

Cuando me soltó le vi la cara. La tenía desencajada, con los ojos hinchados, y la sonrisa le costaba. Me acordé de la voz que se le había quebrado al micrófono, a mediodía.

—Venga, a sentarse. ¡Pepa! ¡El atún para esta mesa, que invita la casa!

—Rafi, déjame que por lo menos...

—Hoy tú aquí no pagas.

Nos sentó en la mesa de la esquina, la de mejor vista, y se fue para dentro.

Pepa salió con cuatro cazuelitas de barro y un cesto de pan.

Pepa tenía sesenta años y las mejillas coloradas del fogón.

Aquella tarde no se rio. Dejó las cazuelitas, me puso la mano en el hombro y miró hacia la barra, donde Rafi le servía una caña a alguien sin mirar el vaso.

—Lleva así desde el minuto de silencio —me dijo—. Cuarenta años viendo entrar a Aurelio por esa puerta con los barriles. No sabe ni lo que hace.

Maruja dijo que sí con la cabeza. Encarna también. Detrás de mí, un señor al que no conocía dijo «el pobre Rafi» y su mujer dijo «qué hombre más bueno». Yo pensé lo mismo que todos.

El atún encebollado venía en su aceite, con la cebolla pochada tanto rato que se había vuelto dulce y oscura, casi una mermelada, y dos hojas de laurel asomando por el borde.

El atún se deshacía con la punta del pan.

Me comí la mitad antes de darme cuenta de que era lo primero que me sabía a algo desde la tostada del sábado.

Mojé pan hasta dejar la cazuelita limpia.

Rosi pidió su segunda manzanilla y se la bebió a sorbos cortos, pasando revista a la plaza.

En la mesa de al lado se había sentado Inma, la concejala, con dos compañeras del Ayuntamiento y un montón de carpetas de la Ruta en una silla. Llevaba todo el día de acto en acto y se le notaba en el moño. Cuando Rafi volvió a salir a la terraza con una bandeja, Inma se giró en la silla.

—¡Rafi! ¡Que todavía tengo aquí los churros de esta mañana! —Se dio dos golpecitos en el estómago—. ¡Aquí, Rafi! ¡Fríos como piedras! ¡Como piedras!

—Me entretuve hablando, Inma, que el día de la Ruta todo el mundo tiene algo que decirte. Perdóname.

Lo dijo riéndose, con la bandeja en alto, y la terraza entera se rio con él. Inma también. Fue la primera vez en toda la tarde que lo vi reírse, y se le quitó un poco lo gris de la cara.

Rafi se metió dentro. Inma se me quedó mirando un momento con la cabeza ladeada. Después arrastró su silla hasta la mía, me cogió la mano y me la tuvo un rato entre las suyas.

—Ay, hija. Ay, hija, qué cosa más grande. Qué cosa más grande te ha pasado. —Me dio unas palmaditas—. Y tú ni caso, ¿eh? Ni caso a nadie. Con el caldo del puchero, hija, eso lo sabe todo el mundo.

Me lo dijo como quien da el pésame, bajando la voz en lo del puchero. Pensé que hablaba de las treinta del sábado y del jamón. Yo había hecho la bechamel con caldo de brik. No se lo dije. Le di las gracias por la receta y ella volvió a su mesa y a sus carpetas.

Se nos fue haciendo de noche en la terraza. Los farolillos de la presentación seguían colgados del ficus, algunos rotos, y el levante los empujaba a todos hacia el mismo lado. Rosi dobló su tapaporte con sus cuatro sellos y lo guardó en la cartera, en el hueco de los billetes.

A las siete y media vibraron los tres móviles a la vez.

Maruja buscó el suyo en el bolso y no lo encontraba.

Encarna miró el suyo con el brazo estirado y dijo que sin las otras gafas no veía nada.

Rosi fue la primera. Sacó el móvil de la cartera, miró la hora antes que el mensaje, porque ella es así, y después leyó.

Leyó otra vez. Se quitó de la cabeza las gafas de sol, que no se quitaba nunca, y me pasó el teléfono por encima de la mesa sin decir nada.

Era una captura de pantalla que alguien había mandado al grupo de «Vecinos de la plaza». Arriba se leía el nombre de otro grupo, «Madres del San Telmo», y debajo había un mensaje de las doce y diez de la mañana:

«Aurelio ha muerto por unas croquetas de Casa Chelo. A saber qué le echaron».

Lo leí dos veces. La primera no lo entendí. La segunda sí.

Miré mi puerta, al otro lado de la plaza, con la cinta cruzada. Después miré la mesa. Encarna tenía la boca apretada. Rosi me miraba a mí. Maruja había encontrado por fin el móvil en el fondo del bolso y tenía en la pantalla el mismo mensaje, y se había puesto blanca, del color del mantel.

—Clara, hija... Eso lo he dicho yo. Pero yo lo dije bien.