Entre tapas y trampas 4. Tres puertas
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4. Tres puertas

Tres puertas

El cabo Sibón llegó a las once menos dos, según el reloj de la cafetera, con el guardia Ruiz detrás y la gorra en la mano.

Sibón tenía cincuenta años y era primo de media plaza, de la otra media era cuñado.

Miró a Aurelio desde la cortina, se santiguó igual que Toñi, en el mismo orden, y dijo «Madre mía, Aurelio» con una voz que no era la de un guardia.

Luego se puso la gorra y ya fue un guardia.

Los sanitarios llegaron detrás, se arrodillaron donde me había arrodillado yo, hicieron lo que yo había hecho con más aparatos y dijeron lo que yo había dicho con más palabras.

A las once y veinte se fueron a otro aviso.

Uno de ellos me puso la mano en el hombro al salir y me preguntó si quería sentarme. Le dije que no y me senté.

A Toñi, a Nando y a mí nos mandaron al salón, cada uno en una mesa, separados.

Ruiz se quedó en la cortina del almacén.

Sibón se plantó en la puerta de la calle, que Toñi había dejado a medio bajar, y desde allí empezó a despachar a la plaza, que se estaba juntando delante de Casa Chelo con el primer café del domingo en la mano.

—Tú, el de la Reme, para atrás. ¡Para atrás, que te conozco! Y tú, la de Manolita, ¿qué haces aquí si tu madre está en la misa? Venga. Venga, venga.

Retrocedían dos pasos cuando Sibón nombraba a su madre y avanzaban uno cuando se volvía a mirar a otro.

A las once y veinticinco le pedí permiso para darle agua al perro.

—¿Qué perro?

—El de Aurelio. No está dentro. Tiene que estar en la furgoneta.

Sibón lo pensó un momento, me miró los zuecos y me dijo que fuera y volviera, que él me veía desde la puerta.

Llené un cuenco en el grifo de la barra y salí por la plaza, entre la gente, que se apartaba y me miraba el cuenco.

Doblé la esquina de la izquierda y entré en el callejón del Pósito, que corre por detrás del edificio y desemboca en la calle Pescadería, donde está la churrería de la Paqui con su ventanita.

La furgoneta blanca estaba allí, arrimada a la pared, con «Distribuciones Benjumea · Desde 1962» pintado en el costado.

Albarán estaba en la cabina, con el hocico por la rendija de la ventanilla, que seguía bajada un palmo, como la noche antes.

No ladró. Me miró el cuenco. La puerta de la cabina no estaba cerrada con llave.

La abrí y el perro bebió como si hubiera cruzado un desierto, salpicando el asiento, y cuando terminó me lamió la muñeca.

La furgoneta estaba aparcada junto a una puerta verde de dos hojas, con la pintura levantada a escamas a la altura de los pies.

La había visto toda mi vida, de niña, en los agostos que pasaba con mi tía, y después desde junio, cada vez que tiraba la basura por ese lado.

Nunca me había preguntado adónde daba. Era una puerta de callejón.

Las puertas de callejón no dan a ningún sitio, dan al callejón.

Estaba cerrada. Miré la pared del edificio, calculé por dónde caía mi almacén y no me gustó la cuenta.

El sargento Cordero llegó a las doce menos cuarto con tres personas más, dos de paisano y una de uniforme.

Era alto, delgado y pálido, de esa palidez de la gente que no es de la costa, con una americana azul que el levante le había llenado de arena en los hombros.

Se presentó como el sargento Cordero, de Policía Judicial.

Me dio la mano como se da en un entierro y me llamó señora Roldán.

Le dije que me llamaba Clara. Me siguió llamando señora Roldán.

Entró en el almacén y no tocó nada. Lo vi desde la puerta de la cocina.

Estuvo mucho rato de pie, mirando, girando despacio sobre sí mismo como quien busca una mosca, sin acercarse al cuerpo más de lo necesario.

Luego dijo tres o cuatro palabras que no oí y la gente que venía con él empezó a hacer fotos, a medir, a poner numeritos de plástico amarillo en el suelo.

Uno de los guardias se agachó junto a la carretilla volcada, cogió algo con unas pinzas y lo metió en una bolsa de plástico transparente.

Era algo pequeño y marrón. No vi qué. Otro se llevó la cazuelita con las croquetas, metida en una caja de cartón.

Otro abrió la cámara vieja y se llevó la bandeja del sábado, tapada todavía con el film de Toñi, y detrás el tarro grande de las aceitunas de aliño.

—Eso es mío —dije.

—Ya lo sabemos, señora Roldán —dijo Cordero sin volverse.

Poco antes de las doce se oyó en la puerta una voz que yo conocía de los micrófonos.

Era Inma, la concejala, que venía desencajada, con el pelo recogido de cualquier manera y un fajo de folios de la inauguración en la mano.

Sibón no la dejó pasar, ni siquiera a ella, y la conversación se tuvo por encima de la persiana a medio bajar.

—Antonio, déjame, que soy la concejala.

—Tú eres la hija de Paquita la del estanco, y aquí no se pasa.

—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Aurelio! —Se tapó la boca con los folios—. ¡Y yo quejándome de los churros fríos esta mañana, y el pobre Aurelio aquí!

—¿Qué churros? —preguntó Sibón, que siempre quería saber de qué churros se hablaba.

—Los del desayuno del jurado. Que llegaron helados, y yo venga a protestar, que si parecían de ayer... —Se echó a llorar—. Y el pobre hombre aquí.

Sibón le dio unas palmaditas en el brazo por encima de la persiana y le dijo que se fuera a la inauguración, que era su obligación, y que no dijera nada a nadie. Inma se fue diciéndoselo a todo el mundo.

A las doce empezó la Ruta. Yo lo vi desde la ventana de la derecha del salón, la del Tribunal, sentada en la silla de Maruja, que era la que daba a la plaza.

Inma dijo algo desde el atril que no se oyó.

Luego pidió un minuto de silencio y la plaza entera se quedó quieta, con la cabeza baja, los niños también, y solo se oían los farolillos golpeándose unos con otros.

Después habló Rafi. Llevaba la rebeca gris.

Desde la ventana le oí trozos: cuarenta años, el primer barril de la mañana, un hombre que no le fallaba a nadie.

Se le quebró la voz dos veces. En la plaza la gente lloraba abiertamente, y en el salón de Casa Chelo lloraba Toñi, sentada en su mesa, sin hacer ruido, con la cara vuelta hacia la pared.

A las doce y diez Cordero me mandó llamar.

—Señora Roldán, necesito que me diga qué es suyo de lo que hay aquí detrás. No toque nada. No pase de donde yo le diga.

Me llevó por el borde del almacén, pegada a las estanterías, lejos de Aurelio, que seguía donde estaba, tapado ya con una manta térmica dorada. Cordero se puso unos guantes, se acercó a la puerta gris y la abrió por el pomo. Se abrió hacia dentro del cuarto, sin ruido.

Detrás había un cuartito de unos seis metros cuadrados, encalado, con el suelo de losetas de barro y una bombilla colgando del techo.

Olía a cal y a cerveza derramada. En el suelo había dos barriles con la marca de mi proveedor, los mismos que los del almacén.

A la izquierda, una puerta verde de dos hojas, cerrada.

La reconocí por dentro antes de entenderla: era la del callejón, la de la furgoneta.

Enfrente, otra puerta, de madera oscura, también cerrada.

—¿Esos dos barriles son suyos?

—Supongo. Son los que me traen a mí.

—¿Y esa puerta de ahí enfrente?

Hice la cuenta del edificio otra vez, ahora desde dentro.

—Esa tiene que dar al almacén de Nando.

En el suelo, junto a la puerta verde, había una cuña de madera.

Cordero la miró mucho rato sin tocarla. Luego se agachó, pidió con la mano, y uno de los suyos le dio la bolsa donde habían metido la llave de la lana roja.

La sacó con los guantes, salió al cuarto, cerró la puerta gris desde fuera, con él dentro del cuarto y yo en el almacén, y la oí entrar en la cerradura y girar. La puerta se abrió otra vez.

—Es de esta puerta —dijo.

Yo tenía la anilla vacía detrás de la barra y un cuarto que no sabía que existía detrás de mi almacén. Me faltaba entender cómo encajaban.

Me lo explicó Toñi un cuarto de hora después, sin saber que me lo estaba explicando a mí.

Cordero le tomó declaración en la barra, de pie él y sentada ella en un taburete, con Ruiz apuntando. A mí me habían dejado en mi mesa del salón, a tres metros, y nadie me pidió que me fuera. Toñi contestó a todo sin rodeos, con las manos quietas en el regazo, como contesta a los proveedores.

—¿Desde cuándo tiene el señor Benjumea llave de este local?

—Del local no. Del cuarto. Desde el año 2003. Se la dio Chelo.

—¿Para qué?

—Para el reparto. Los miércoles y los domingos, de madrugada. Antes de las ocho.

—¿Por dónde entra?

—Por el callejón. Abre la verde con su llave y la sujeta con el calzo mientras mete los barriles. Abre la gris con la llave de Chelo, aparta la estantería y mete lo nuestro en el almacén. Al irse lo deja todo como estaba. La estantería arrimada, la gris cerrada, la verde cerrada.

—¿El calzo es esa cuña?

—Esa. La cuelga de un clavo, al lado de la puerta verde. Siempre. —Se miró las manos—. Lo colgaba.

—¿Algo más?

—Yo le dejo al perro las puntas del jamón encima de un barril. Envueltas en papel.

—¿Y usted esta mañana dónde estaba?

—En mi casa. Hasta que salí a abrir, a las nueve y media.

—¿Sola?

—Sola.

Cordero lo apuntó todo. Yo no apunté nada. El sábado, delante de ella, le había dado las gracias por las cajas que aparecían solas. Me ardía la cara. Toñi no me miró ni una vez.

Después le tocó a Nando. Se sentó en el taburete que dejó Toñi, se secó las manos en el pantalón y habló alto, como hablaba siempre, pero más deprisa.

—Entré a por mis barriles a las nueve y media, como todos los domingos. Por mi puerta. Aurelio me los deja en el cuarto, que él no tiene llave de la mía. La gris estaba cerrada. Cogí lo mío, cerré y me fui.

—¿Y antes de las nueve y media?

—Durmiendo, sargento. El sábado de la presentación, figúrese.

Cordero lo apuntó. Yo me acordé del «Ay, el cuarto» del almacén y de la cara que había puesto al decirlo, y de cómo miraba la puerta gris y no a Aurelio. No se lo dije a nadie.

Cuando Nando terminó, Cordero le pidió un teléfono. Nando se lo dictó dos veces, la segunda con un número cambiado, y lo corrigió él mismo.

A la una en punto, porque sonaron las campanas de San Telmo, lo vi por la ventana del salón cruzar la plaza rodando dos barriles, uno con cada mano, en dirección a La Lonja.

Uno del corro de la puerta le preguntó a Sibón y Sibón le contestó a gritos, como se contestan allí las cosas, que a La Lonja se le había acabado la cerveza el día de la apertura y que el Rey le prestaba dos barriles al Rafi, que en los malos momentos es cuando se ve a la gente.

Me hizo gracia que se le acabara la cerveza a La Lonja justo ese día.

Luego me sentí mal por que me hiciera gracia algo ese día.

Declaré la última, en mi mesa del salón. Cordero pidió permiso y se sentó enfrente, y Toñi, sin que nadie se lo pidiera, le puso delante un café solo. Él la miró. Ella dijo:

—Solo. Se le ve.

—Gracias.

Se lo bebió de dos tragos, sin azúcar, y abrió la libreta.

Nadie cuenta un golpe sin contar antes de dónde venía.

Lo aprendí en mi primer año en la aseguradora y lo apliqué conmigo misma: empecé por la noche anterior.

Le conté la presentación, lo que me había dicho Aurelio delante de todos y lo que le contesté.

Que la llave de la lana roja yo la creía perdida desde junio.

Que vivía encima de Casa Chelo, justo encima del almacén, y que desde la cocina subía una escalera interior a mi piso.

Que me había acostado a las dos menos cuarto con tapones y no había oído nada hasta las diez menos cuarto.

Cordero apuntó también lo de la escalera. Lo subrayó.

Cuando terminé, en vez de callarme, añadí algo que no me había preguntado.

—Esas croquetas son de ayer. Las de la cazuelita. Tienen el jamón en taquitos grandes. Las de hoy llevan el jamón picado fino. Están ahí, en la cocina, sin freír.

Cordero levantó la vista de la libreta y me miró a mí por primera vez. Lo apuntó. No dijo nada. Pasó la hoja.

—¿Alguien más tiene llave de la calle, además de usted y de la señora Barroso?

—Nadie. Que yo sepa.

—Que usted sepa. —Cerró la libreta—. Señora Roldán, yo no digo que usted mienta. Digo que en su almacén hay más puertas de las que usted conocía.

A la una y media llegó el forense. A las dos y media se llevaron a Aurelio en una camilla, tapado, por el bar, por delante de la barra y de la pizarra y de la urna vacía de la Ruta.

La plaza se quedó callada otra vez al verlo salir.

Sergio, el sobrino de Aurelio, que había llegado de Jerez al mediodía con los ojos hinchados, ya se había llevado al perro. Me lo contó Ruiz.

Antes de salir vi que la bandeja de las croquetas nuevas ya no estaba en la mesa de acero. Toñi la había metido en la cámara de la cocina sin que nadie se lo pidiera, entre la declaración de Nando y la mía.

A las tres, Sibón puso una cinta en la puerta de Casa Chelo y me dijo que hasta nueva orden ni el bar, ni la cocina, ni el almacén. Para subir a mi piso tenía que entrar por el portal de la plaza, porque la escalera interior daba a la cocina y la cocina estaba precintada.

Ya no importaba solo quién quería muerto a Aurelio. Importaba quién había podido entrar en mi almacén sin pasar por mi barra, y esa lista empezaba por mí.

Delante del portal, con el llavero en la mano, tardé un rato en encontrar mi propia llave.