3. Detrás de los barriles
Detrás de los barriles
Me quité los tapones en la escalera, con un pie en el último escalón, y el levante entró en mis oídos de golpe, como cuando se abre la puerta de un bar lleno.
Había dormido ocho horas seguidas sin oír nada.
Ni el viento, ni la tele de Nando, ni los camiones de la basura, ni el reparto. Esa era la gracia de los tapones.
Eran las diez menos cuarto. Toñi había abierto a las nueve y media, como todos los domingos, y cuando entré en la cocina ya olía a café y en la barra había dos clientes: un jubilado de la calle Real que venía cada domingo a leer las esquelas del periódico por si conocía a alguien, y un señor de Chiclana que se había equivocado de bar y había decidido quedarse.
La urna de la Ruta seguía en la esquina de la barra, vacía y reluciente, con su candado y su ranura.
El sello de Casa Chelo estaba al lado de la urna, con su tampón de tinta morada.
Cada bar tenía uno de goma, hecho en la imprenta.
Lo probé en una servilleta. Salió bien, con las letras un poco borrosas por un lado.
Lo probé otra vez para que salieran enteras y salieron borrosas por el otro.
El señor de Chiclana, que me miraba por encima de la taza, me dijo que a él en la mili le pasaba lo mismo con los sellos de la compañía y que la solución era no apretar tanto.
Toñi le retiró la taza aunque no se la había terminado.
—¿Y esto de la cartilla cómo va? —me preguntó él, señalando la urna.
Se lo expliqué, porque me lo sabía de memoria y porque me gustaba decirlo en voz alta.
El tapaporte era una cartulina doblada con una casilla para cada uno de los nueve bares.
Se pedía la tapa, se sellaba la casilla, y con seis sellos ya se podía votar.
En la última cara se repartían tres votos a tres bares distintos: oro, plata y bronce.
Luego se echaba el tapaporte entero a la urna de cualquier bar, con su número y sus sellos.
Si se ponía nombre y teléfono, entraba en el sorteo de un fin de semana en Zahara, un jamón y una cena.
—¿Y el jamón de quién es?
—Del que gane el sorteo.
—No, digo que de dónde es.
No lo sabía. Me dijo que eso había que saberlo antes de votar, y se volvió a su periódico.
Saqué la masa del jamón fino de la cámara.
Había reposado toda la noche y se despegaba sola del film.
Me puse a formar las croquetas en la mesa de acero: una cucharada, las manos untadas, un giro, a la bandeja.
El jamón picado fino se veía por dentro como pecas rosas, repartido y obediente, y la masa se dejaba hacer sin pegarse.
Esta vez me salieron cilindros. Encarna habría estado orgullosa.
Toñi entró a por hielo, se paró detrás de mí y miró la bandeja.
No dijo nada.
En cuatro meses yo había ido haciendo un diccionario de los silencios de Toñi, igual que de sus «Mm».
Había un silencio que quería decir que la cámara estaba mal cerrada.
Había otro, más largo, que significaba que alguien había pagado con un billete de cincuenta un café.
Y había uno muy corto, casi un respiro, que quería decir que la cosa estaba bien pero que no pensaba reconocerlo. Fue ese. Cogió el hielo y se fue.
Seguí formando croquetas con una alegría que no me correspondía.
Repasé lo que me quedaba antes de las doce, contándolo con los dedos manchados de masa: freír la primera tanda, cortar el pan, llenar el cuenco de las aceitunas, fregar la cesta de la freidora, sacar la pizarra a la puerta, cambiarme la camisa.
A las doce se abría la Ruta, y yo tendría croquetas nuevas, con el jamón fino, calladas y en fila.
A las once menos cuarto se acabó el barril.
Lo supe porque el señor de Chiclana pidió una caña y el grifo escupió espuma y luego aire. Toñi me miró desde la barra. Me lavé las manos, me sequé en el delantal y fui al almacén a por otro, que es lo que hago yo porque Toñi tiene la espalda regular y yo tengo los hombros de mi padre.
El almacén está detrás de la cocina, tras una cortina de tiras de plástico que suena a lluvia cuando la cruzas.
Es un cuarto largo, de unos doce metros cuadrados, con estanterías metálicas, la cámara vieja de las sobras, la carretilla de los barriles y, en medio, la báscula de hierro del antiguo almacén de coloniales de la familia, con su chapa de Pesos y Medidas de 1961, que pesa tanto que nadie la ha movido nunca.
Al fondo hay una estantería grande sobre ruedas, arrimada a la pared.
Encendí la luz. Desde allí se oía la radio de la barra, que daba el tiempo: levante fuerte en el Estrecho toda la semana, rachas de ochenta.
Los barriles del domingo estaban allí, pero no donde solían.
Tres, en fila, más adelantados que de costumbre.
Pensé que Toñi se había hecho un lío con el sitio al recibirlos.
Luego vi los zapatos.
Aurelio estaba detrás de los barriles nuevos, boca arriba en el suelo, entre ellos y la báscula. Tenía la cabeza junto a la esquina de la plataforma de hierro y los ojos cerrados. Debajo de la nuca había una mancha oscura. La carretilla estaba volcada a sus pies.
No grité. Me arrodillé y le busqué el pulso en el cuello, con dos dedos, como me enseñaron en el curso de primeros auxilios de la aseguradora, el que nos obligaban a hacer cada dos años y que todos hacíamos mirando el reloj.
Conté hasta treinta. Luego volví a contar.
Tenía la piel fría. El suelo estaba frío a través del vaquero.
Detrás de la cortina y de la cocina, Toñi se rio de algo que había dicho el señor de Chiclana y la cafetera silbó.
Todo aquello siguió pasando mientras yo contaba.
Me quedé de rodillas y la cabeza de siniestros empezó a hacer inventario sin que yo se lo pidiera.
Junto a su mano derecha había una cazuelita de barro de Casa Chelo con cuatro croquetas. Una estaba partida por la mitad. Por dentro se veían los taquitos de jamón, grandes, rosados. Eran de las del sábado. Las de hoy llevaban el jamón fino y estaban en la cocina, sin freír.
En el borde de la cazuelita había una aceituna gordal pinchada con un palillo. Era un palillo de bambú, con nudo. En Casa Chelo solo había palillos lisos de madera, de los de toda la vida. Mi tía decía que los de nudo eran de bar de ciudad.
Junto a la mano izquierda, casi debajo de la sombra de la báscula, había una llave. Una llave antigua, de hierro, larga como la mano, con una hebra de lana roja atada en el ojo.
La cámara vieja, la de las sobras, estaba mal cerrada. La puerta no había encajado y se veía la luz de dentro por la rendija.
Y al fondo del almacén, la estantería de ruedas no estaba arrimada a la pared. La habían apartado un metro largo, y detrás, donde yo había visto siempre una pared, había una puerta gris. Cerrada. Con su pomo y su cerradura.
—¿Eso es una puerta?
Lo dije en voz alta, a nadie.
El inventario del notario, el que firmé en marzo con un bolígrafo que no pintaba, decía «armario empotrado clausurado». Yo nunca había movido aquella estantería. No me había hecho falta. Tenía el almacén lleno de cosas que no entendía, y aquella me había parecido una más.
Me levanté. Me temblaban las rodillas, pero no las manos, y lo agradecí porque tenía que marcar un número.
Llamé al 112 con el móvil. Me salió ordenado: la dirección de Casa Chelo, en la plaza de la Constitución de Caños Blancos, la hora, que miré en la pantalla antes de hablar, las diez y cuarenta y siete; un hombre de unos setenta años, Aurelio Benjumea, sin pulso, frío, en el almacén de un bar, con un golpe en la cabeza.
La operadora me preguntó si estaba segura de que no respiraba y le dije que sí.
Me preguntó mi nombre y se lo dije. Me dijo que no tocara nada.
Le dije que ya le había tocado el cuello.
Colgué y me quedé un momento quieta, con el móvil en la mano, mirándole las manos a Aurelio porque no podía mirarle la cara. Tenía las uñas cortas y limpias y una mancha de tinta azul en el dedo corazón, de apuntar. La noche antes, con esa misma mano, había doblado una servilleta en cuatro.
Pensé en el perro. Aurelio no iba a ningún sitio sin el perro, y el perro no estaba allí.
Cuando levanté la vista, Toñi estaba en la cortina, con las tiras de plástico en una mano.
Miró el cuerpo. Se santiguó, despacio, frente, pecho, hombro, hombro. Luego bajó los ojos hacia la mano izquierda de Aurelio, hacia la llave de la lana roja, y los dejó ahí.
No dijo nada. De su diccionario de silencios, aquel no lo conocía.
—Toñi, cierra la puerta del bar —le dije—. Que no entre nadie. Y que los que están no pasen de la barra.
Se fue sin contestar. Oí la persiana a medio bajar y la voz del señor de Chiclana preguntando a quién le pagaba.
Yo no sabía qué había al otro lado de la puerta gris.
Sabía qué había al otro lado de la pared de la derecha: el almacén de El Cañaílla, el bar de Nando, la otra mitad del mismo edificio.
Salí por la cocina, crucé la barra sin mirar a nadie, salí a la plaza, que se había llenado de levante y de farolillos rotos de la noche, y aporreé la puerta de El Cañaílla con el puño.
Tardó. Aporreé otra vez.
Nando bajó en camiseta, una de propaganda de un taller, y con el pelo aplastado de un lado. Traía cara de no haber pensado todavía en nada.
—¿Qué pasa, vecina? ¿Se te ha inundado algo?
—Tienes que venir.
No preguntó más. Entró detrás de mí en Casa Chelo, cruzó la cocina y la cortina y se paró en seco al ver a Aurelio. Se quedó blanco de golpe. Dijo el nombre de Aurelio dos veces, bajito. Vio las croquetas. Después levantó la vista hacia el fondo, hacia la estantería apartada y la puerta gris.
—Ay, el cuarto.
—¿Qué cuarto?
Nando me miró como si yo le hubiera preguntado de qué color era el agua.
—El de los barriles —dijo—. Eso es de toda la vida.
A lo lejos, por la plaza, se oía una sirena que no terminaba de acercarse. Nando dio dos pasos atrás, hasta chocar con la estantería de las cajas, y se quedó ahí con las manos en la cabeza.
—No toques nada —le dije.
—No toco nada. No toco nada. —Se pasó las manos por la cara—. Si anoche estaba bien. Anoche estaba en la plaza, tan tieso. ¿Has llamado?
—Sí.
—¿A quién?
—Al 112.
—Vale. Vale. —Asintió muchas veces, como si le hubiera dado una respuesta difícil—. Vale.
Hablaba mucho y no miraba a Aurelio. Miraba la puerta gris.
—¿Qué hay ahí detrás, Nando?
—Barriles, vecina. —Tragó saliva—. Lo que te he dicho.
No añadió nada, y fue la única vez en cuatro meses que le vi quedarse sin nada que añadir.
Pensé en lo que iba a tener que contar cuando llegaran: a qué hora había bajado, qué había tocado, quién más había entrado en el almacén desde la noche anterior. La última pregunta no sabía contestarla.
Por la cortina entreabierta se veía un trozo de la cocina y, en la mesa de acero, la bandeja de las croquetas nuevas, en fila, sin freír, esperando la Ruta.
Yo miraba la llave. No la toqué. Me acordé del clavo detrás de la barra, de las seis anillas con sus etiquetas de cartulina y de la que estaba vacía.
Aquella llave era de mi tía. Y yo llevaba cuatro meses buscándola.