Entre tapas y trampas 2. Eso es lo que me temo
7%

2. Eso es lo que me temo

Eso es lo que me temo

Planté la bandeja en la mesa de Casa Chelo, la que daba al tronco del ficus, y le quité el papel de aluminio antes de que me lo quitara el levante.

Eran las nueve. Habían puesto nueve mesas en corro alrededor del árbol, con manteles de papel sujetos con pinzas de tender, y una ristra de farolillos de colores que se golpeaban unos con otros.

Los niños corrían entre las mesas con la cara pegajosa.

Los mayores estaban de pie, con el plato en una mano y la copa en la otra, y la mitad de los hombres llevaba un palillo en la boca.

A mi derecha, Nando colocaba sus tortillitas, finas como papel de fumar, y me guiñó un ojo.

Al otro lado del tronco, Pepa servía el atún encebollado de La Lonja con un cucharón y una risa que se oía desde el Ayuntamiento.

Más allá estaban los chicharrones de los Candón, con su sal gorda y su limón, el cazón de La Caleta, que olía a adobo desde el quiosco, y la berza de la Venta El Cruce en cazuelitas de barro que quemaban.

En la mesa de Sal Gorda había un tataki de atún con una espuma blanca encima que el pueblo miraba como a un perro que habla.

—¿Y esto qué es? —le preguntó una señora a Leti, la de Sal Gorda.

—Espuma de ajoblanco.

La señora la probó con la punta de la cucharilla y se quedó pensando.

—El ajoblanco se bebe —dijo por fin, y se fue a por berza.

Durante un buen rato la gente miró más que comió. Inma, la concejala, abrió la presentación con un discurso de doce minutos en el que dio las gracias a todo el mundo, dos veces a algunos. Después le pasó el micrófono a Aurelio, que no lo quería. Lo cogió con el brazo estirado.

—Nueve bares, una semana, seis sellos para votar —dijo—. Que gane el mejor y que nadie haga trampa, que lo apunto todo.

La plaza se rio. Yo también. Luego me di cuenta de que unos se reían más alto que otros, y de que el que más alto se reía era Manolo, el de Los Faroles. No le di más vueltas. Aurelio devolvió el micrófono y se fue sin esperar el aplauso.

Entonces empezó el desfile.

El Tribunal se había colocado junto a mi mesa en tres sillas de enea que alguien les había sacado de algún sitio, con los bolsos en el regazo, y desde allí vigilaba la plaza como un palco. Cada vez que alguien se acercaba a mis croquetas, Maruja se adelantaba en la silla.

—Están buenísimas. Las he probado yo esta mañana.

—Las ha probado esta mañana —confirmaba Encarna, que no soportaba que se contara nada a medias.

—Un cinco —añadía Rosi, que no soportaba que se contara nada sin nota—. Pero de los altos.

La gente asentía, cogía una croqueta y, en cuanto se alejaba dos pasos del Tribunal, me decía lo del jamón.

La primera me lo dijo a las diez menos cuarto, con la croqueta todavía en la boca: que estaba muy rica, que mi tía el jamón lo picaba más fino.

La segunda, a las diez menos diez, una mujer con un carrito de bebé: más fino.

La tercera, un señor con gorra del Betis, que no sé qué hacía en Caños Blancos con esa gorra: más fino, y un poco salada.

En la aseguradora llevábamos un registro de reclamaciones.

Fecha, hora, reclamante, motivo. Me salió solo.

Número cuatro, pareja de sevillanos del puente, más fino.

Número cinco, el cura, don Ramiro, más fino y que Dios me diera paciencia.

Números seis a nueve, una familia entera, en bloque.

Número diez, salada. Número once, más fino, pero con cariño.

Números doce y trece, los Candón, a dos voces: «Están muy ricas, pero tu tía... », «...lo picaba más fino».

A la veinte ya no sonreía. Movía la cabeza de arriba abajo, como los perritos que se ponen en la bandeja trasera de los coches, y colocaba las croquetas en filas para que la bandeja pareciera menos llena de lo que estaba.

Toñi no decía nada. Se llevaba las servilletas usadas, dejaba las limpias y volvía a cruzar la plaza.

La vigesimotercera me la dijo un niño de nueve años. Se empinó para llegar a la bandeja, cogió una croqueta, se la metió entera en la boca y habló con la boca llena.

—Mi abuela dice que tu tía lo picaba más fino.

—¿Y tú qué dices?

Se lo pensó mientras masticaba.

—Que me gustan más las tortillitas.

Y se fue corriendo a la mesa de Nando.

A Aurelio lo vi venir desde lejos. Iba de mesa en mesa con Albarán pegado a las piernas, probando una tapa en cada una, de pie.

No se sentaba aunque le sacaran una silla.

En la de La Parada se comió una cucharada de huevas y dijo una palabra, y Fina, la dueña, se puso contenta.

En la de los Candón aceptó una manzanilla, se la bebió de un trago, dejó el catavino boca abajo y no dijo nada.

Entre mesa y mesa sacaba el móvil del bolsillo del chaleco y miraba la pantalla, y yo pensé que miraba la hora hasta que me acordé de los pasos.

A las diez y cuarto llegó a la mía, con las manos en los bolsillos del chaleco. Cogió una croqueta con dos dedos, la partió por la mitad, miró los taquitos y se comió una mitad. Luego la otra. Masticó mucho rato.

—¿Y estas croquetas quién las ha hecho, niña?

Lo dijo sin bajar la voz. Alrededor de mi mesa había gente: las tres del Tribunal, un matrimonio de Jerez, Nando, que había venido a por una croqueta para comparar, y Rafi, que venía de hablar con Inma.

—Las he hecho yo, como las hacía mi tía.

Aurelio me miró un momento. No como me habían mirado los veintitrés anteriores. Como se mira una cuenta que no cuadra.

—Eso es lo que me temo.

En tres metros a la redonda no habló nadie.

Oí el levante en los farolillos y el cucharón de Pepa al otro lado del ficus.

El matrimonio de Jerez dejó sus croquetas en el plato.

Encarna se quedó con el vermú a medio camino de la boca.

Aurelio se limpió los dedos en una servilleta, la dobló en cuatro, la dejó en el borde de la mesa y se fue hacia la mesa siguiente.

Yo tenía en la mano la caja de los palillos lisos y no sabía para qué la había cogido. Se me ocurrieron tres respuestas. La mejor se me ocurrió a las dos de la mañana.

Nando fue el primero en moverse.

—Eso es que no ha probado las mías, vecina —dijo, más alto de lo necesario—. Las mías sí que dan miedo.

Algunos se rieron por ayudar. Rafi me pasó el brazo por los hombros y me apretó contra su rebeca, que olía a colonia de las de antes y a cocina.

—No le hagas caso, que es un sieso. Toda la vida ha sido un sieso. Le hizo lo mismo a tu tía en el setenta y nueve, con un flan.

—¿Con un flan?

—Con un flan. Y mírala. Tres Rutas.

Me soltó, me dio un beso en la frente y se fue a su mesa. Encarna terminó por fin de beberse el vermú. Maruja me cogió la mano por encima del mantel y me la apretó. Rosi no abrió la boca, pero sacó un bolígrafo del bolso y apuntó algo en una servilleta, y yo no quise saber qué.

Durante un rato no se acercó nadie. La gente pasaba por delante de mi mesa mirando las croquetas de reojo.

Los únicos que vinieron fueron los de Sal Gorda, Bruno y Leti, que eran de Madrid, llevaban dos años en el pueblo y todavía saludaban a todo el mundo.

Leti se comió una croqueta, cerró los ojos y dijo que estaban brutales.

Bruno dijo que el taquito grande le daba mucha verdad al producto.

Se lo agradecí de corazón. También supe, mientras se lo agradecía, que en Caños Blancos aquello no iba a contar.

El resto de la noche sonreí a todo el que se acercaba. Al final fueron treinta. Dejé de apuntarlas, pero no de contarlas.

A las doce menos cuarto empezaron a recoger.

Yo doblaba el mantel de papel, que el levante se empeñaba en desdoblar, y desde allí vi a Aurelio ir de mesa en mesa.

No recogía nada; los manteles y las cazuelitas eran cosa de cada bar.

Hablaba. A Manolo, el de Los Faroles, le dijo algo al oído, con la mano en el hombro, y Manolo dejó de sonreír.

Luego a los Candón, a los dos a la vez, inclinado entre las dos cabezas iguales, y Pepe y Paco se miraron y por una vez ninguno terminó la frase del otro.

Luego a Rafi, junto al tronco del ficus, de espaldas a mí.

A mí no se me acercó. Aurelio repartía avisos igual que barriles, uno por puerta, y la mía ya tenía el suyo.

Albarán se quedó conmigo mientras su dueño hacía la ronda. Se sentó a mis pies y me miró las manos. Cogí una croqueta de la bandeja, fría ya. Se la di. Se la comió en dos bocados, sin masticar, y me lamió los dedos buscando más. Fue el único en toda la noche que no me dijo nada del jamón.

Desde la esquina del quiosco, Aurelio silbó una vez y el perro se fue sin despedirse, igual que su dueño.

Los vi cruzar la plaza hacia la furgoneta blanca de la distribuidora.

Aurelio le abrió la puerta de la cabina, el perro saltó dentro y él bajó la ventanilla un palmo antes de cerrar, como quien deja una rendija para que entre el aire. Luego arrancó.

Crucé la plaza con la bandeja, que volvía más llena de lo que me habría gustado, y la mesa plegable debajo del brazo. Nando me la quitó a mitad de camino sin preguntarme y la metió en el bar.

A las doce y media, con Casa Chelo ya cerrada y las sillas encima de las mesas, Toñi cogió la bandeja de la presentación, la tapó con film y la llevó al almacén, a la cámara vieja, la de las sobras. Desde la cocina la oí contar en voz alta, como hacía siempre con las mermas.

—Veintidós.

—¿Veintidós qué?

—Croquetas.

Volvió y se quitó el delantal.

—Toñi. Lo de Aurelio. ¿Tú sabes qué ha querido decir?

Colgó el delantal en su gancho y lo estiró con la mano, como si tuviera arrugas.

—Aurelio dice muchas cosas.

—Esa me la ha dicho a mí.

—Mm.

Cogió el casco de la moto y se fue. No me dio las buenas noches. Casi nunca me las daba, así que tampoco lo apunté.

A la una menos cuarto yo estaba otra vez en la cocina, con el cuchillo grande en la mano y el trozo de jamón en la tabla.

Tenía que hacer la masa del domingo. Al día siguiente empezaba la Ruta y necesitaba croquetas para una semana entera de tapaportes.

Pensé en hacerlas igual, con los taquitos, por orgullo.

Desde la puerta de la cocina se veía la pizarra de la barra, con mi letra, que no se parecía nada a la de mi tía y que todo el que entraba comentaba: «Las croquetas de Chelo».

La miré un rato. Aguanté con el orgullo lo que tardé en quitarle la corteza al jamón.

Luego lo piqué fino. Finito, finito, como decía Rafi, en virutas que se pegaban al cuchillo y que tenía que despegar con el dedo cada tres golpes.

Fuera, la plaza se había quedado en silencio y solo se oía el levante, que ya no era flojo, arrastrando por el suelo algún vaso de plástico.

Lo picaba y en cada golpe oía a alguien.

Tardé el doble. Me odié un poco a cada uno, pero no paré.

Mantequilla, aceite, harina, el caldo del brik, la leche, la nuez moscada del bote, que ya no me parecía tan bien como por la mañana.

El jamón fino, al final, con el fuego apagado.

La extendí en la fuente, la tapé con film y la metí en la cámara de la cocina.

Se quedó ahí, al lado del hueco donde por la mañana había estado la otra, reposando para el domingo.

Fregué la cazuela de mi abuela. La sequé. La colgué.

A las dos menos cuarto subí por la escalera interior.

Mi dormitorio está justo encima del almacén, y aquella noche el levante golpeaba ya la persiana con ganas, así que me puse los tapones de espuma naranja que me había recomendado Toñi en junio, los de dormir en levante.

Al otro lado de la pared, la tele de Nando daba un programa de coches. Luego ya no oí nada.

Me dormí pensando en qué había querido decir Aurelio. Tardé una semana en saberlo, y para entonces él ya no podía explicármelo.