Lady Frances Vane no estaba dispuesta a aceptar su destino sin desafiarlo.
Antes de someterse a un matrimonio conveniente, decide viajar a América en busca de algo prohibido para una dama de su rango: libertad y respiro, aunque fuera momentáneo.
William Vanderbilt , en cambio, es enviado a Londres como castigo.
Su padre, cansado de su conducta escandalosa y de su peligrosa inclinación a ignorar toda autoridad, lo arranca de Boston y lo coloca bajo la vigilancia de su familia política inglesa, esperando que la rigidez de aquella sociedad lo enderece.
El destino, no obstante, tiene una ironía cruel, porque un encuentro en el puerto, breve, tenso, casi incendiario, deja entre ellos una huella que ninguno de los dos reconoce como peligrosa.
Sin embargo, cuando Frances regresa a Londres y se encuentra con el hombre insolente del puerto, viviendo inesperadamente en su casa, todo cambia.
Ahora conviven bajo el mismo techo, bajo las mismas reglas, bajo la misma mirada social, y bajo una tensión que ninguno sabe nombrar.
Un William descarado, arrogante y provocador, parece decidido a irritarla en cada oportunidad, mientras Frances, firme en su búsqueda de un esposo adecuado, intenta mantenerlo a distancia como si él fuera una distracción indeseada.
Sin embargo, William se convierte con demasiada facilidad en su inesperado consejero matrimonial. La ayuda a evaluar pretendientes, a analizar cada propuesta y, con una sonrisa peligrosa, los va espantando uno a uno.
Primero, por diversión. Después, sin admitirlo, por algo mucho más profundo.
Lo que comenzó como un juego de voluntades, pronto se convierte en una guerra íntima donde ambos descubren que el mayor peligro no es el deber, sino ceder ante alguien que no deberían desear.
Cuatro jóvenes inglesas.
Un océano de distancia.
Y amores capaces de cambiarlo todo…







